El cielo sobre la capital estaba cubierto por densas nubes cuando la flota imperial regresó a Varethia. La ciudad aún guardaba luto por la muerte de los hijos del emperador, pero la guerra no daba tregua. No había tiempo para lamentos ni ceremonias adicionales. Magnus IV, apenas puso un pie en el palacio, convocó a su consejo de guerra para discutir la siguiente fase de la campaña en Thal'Dorien.
Orión descendió de su nave con la mente cargada de pensamientos. La ceremonia de sucesión, la inesperada decisión del emperador y la conversación con su prima aún lo inquietaban, pero debía enfocarse en lo inmediato. Había dejado la mayor parte de su ejército en Norathis para asegurar la estabilidad del territorio conquistado, pero antes de ocuparse de la guerra, había algo más que no podía ignorar.
Caminó a paso firme por los corredores del palacio, acompañado por Kassandros. Había un hombre en prisión, alguien que solía ser un oficial de confianza y que ahora estaba condenado por la muerte de Apolonio.
-No puedo creer que haya dejado pasar esto -dijo Orión en voz baja.
-No lo dejaste pasar -respondió Kassandros con su tono tranquilo y distante-. Solo que hasta ahora tienes el poder para hacer algo al respecto.
Orión frunció el ceño. Sabía que Kassandros tenía razón. En aquel entonces, solo era un general más, sin influencia suficiente para cuestionar un juicio imperial. Pero ahora era el heredero del trono. Si su palabra aún no era ley, pronto lo sería.
El Fuerte Valerian se alzaba en los cimientos de la ciudadela, un laberinto de piedra oscura donde se encarcelaba a traidores, criminales de alto rango y prisioneros que el imperio prefería mantener en las sombras. Mientras descendían por los estrechos pasillos iluminados por antorchas, el aire se volvía más denso, impregnado de humedad y del olor rancio de la desesperación.
El carcelero los recibió con una inclinación torpe, sorprendido por la inesperada visita.
-Príncipe Orión, lord Kassandros... ¿a qué debo el honor?
-Vengo a ver a... -Orión se detuvo un momento antes de pronunciar el nombre-. Varek.
El carcelero parpadeó, como si hubiera escuchado mal.
-Mi señor... ¿el capitán Varek?
-Sí. Ábreme su celda.
El hombre dudó, pero ante la mirada de Orión, asintió y tomó un manojo de llaves.
-Síganme.
El chirrido de los cerrojos resonó en la penumbra. Cuando la puerta se abrió, la figura de Varek emergió de la oscuridad, sucia y maltrecha, pero con la mirada intacta.
Orión dio un paso al frente.
-Tenemos que hablar.
Varek se levantó lentamente de su rincón en la celda, encadenado de muñecas y tobillos. Su cabello, antes corto y bien cuidado, estaba desaliñado, y su rostro mostraba las cicatrices de días de encierro sin recibir más que lo mínimo para sobrevivir. Aun así, cuando sus ojos se encontraron con los de Orión, no había desesperación en ellos. Solo rabia contenida.
-Hacía tiempo que esperaba verte, Orión -dijo con voz ronca, pero firme.
El príncipe cruzó los brazos.
-Deberías estar muerto, si lo que dicen de ti es cierto.
Varek sonrió con amargura.
-Y sin embargo, aquí estoy. ¿No es curioso? Me llaman traidor, asesino, cobarde... pero en vez de ejecutarme, me mantienen encerrado. Como si no supieran qué hacer conmigo.
Orión intercambió una mirada rápida con Kassandros, quien permanecía en la sombra, observando en silencio.
-Quiero saber la verdad -dijo Orión-. Desde el principio. ¿Cómo murió Apolonio?
El gesto de Varek se endureció, y sus manos se crisparon en los grilletes.
-La verdad es que nos enviaron a una emboscada. Lo sabían. Sabían que el enemigo estaba preparado. Pero nos mandaron igual.
-¿Quién? -preguntó Orión.
Varek lo miró fijamente antes de responder.
-El Alto Consejo Militar.
El silencio cayó como una losa. Kassandros dejó escapar un susurro casi inaudible.
-Sabían que Apolonio iba a morir.
Orión sintió un escalofrío recorrerle la espalda.
-Dame nombres.
Varek negó con la cabeza.
-Si los tuviera, ya estarían muertos. Solo sé que alguien dentro del consejo filtró información al enemigo. Cuando llegamos, ya nos estaban esperando con una fuerza que superaba el doble de la nuestra. Resistimos todo lo que pudimos, pero fue inútil. Apolonio murió en el campo. Yo traté de llevar su cuerpo de vuelta, pero me capturaron. Y cuando logré regresar... ya habían decidido que yo era el culpable.
Orión apretó los puños.
-¿Por qué no lo dijiste antes?
Varek rió sin humor.
-¿Y quién me iba a creer? El emperador ya había perdido un hijo y necesitaba alguien a quien culpar.
Orión lo miró en silencio, sintiendo cómo una ira fría comenzaba a asentarse en su pecho.
-Voy a sacarte de aquí -dijo finalmente.
Kassandros levantó una ceja.
-¿Estás seguro de eso?
Orión no lo dudó.
-Sí. Si lo que dice es cierto, alguien mató a Apolonio desde dentro. Y lo vamos a descubrir.
Varek lo miró con una mezcla de esperanza y escepticismo.
-Si me sacas de aquí, príncipe... ya no habrá vuelta atrás.
Orión dio un paso adelante y lo miró fijamente.
-Nunca la hubo.
Más tarde, Orión se dirigió al palacio para reunirse con el emperador antes del consejo de guerra. Lo encontró en sus aposentos, mirando mapas de las regiones en conflicto.
-Quiero ir contigo al frente -dijo Orión sin rodeos.
Magnus IV dejó el mapa sobre la mesa y lo miró con calma.
-No podemos darnos ese lujo. El trono no puede quedar vacío.
-No confío en el canciller -replicó Orión.
El emperador frunció el ceño.
-Debes dejar esa rivalidad. El canciller es un hombre de Estado. No puedes gobernar con desconfianza en todos.
Orión apretó los puños.
-No se trata de eso. Se trata de lo que es mejor para el imperio.
Magnus IV suspiró y le dio una palmada en el hombro.
-Lo mejor para el imperio es que haya orden. Tú te quedas. Yo partiré a la guerra.
Orión no pudo evitar una sensación de inquietud. Mientras su tío marchaba a la batalla, él se quedaría en la capital, un lugar donde las guerras no se libraban con espadas, sino con palabras y traiciones.
Orión observó a su tío en silencio por un momento antes de hablar.
-Hay algo más que debes saber. Liberé al capitán Varek.
El emperador levantó la vista de los mapas, su expresión permaneció neutra, pero sus ojos se afilaron con interés.
-Varek... -murmuró-. ¿El mismo que fue acusado de la muerte de Apolonio?
-Sí -afirmó Orión sin titubeos-. No confío en la versión oficial de lo que ocurrió ese día. Varek fue parte de su guardia, lo conozco desde hace años. No es un traidor.
Magnus IV entrecerró los ojos y apoyó ambas manos sobre la mesa, como si sopesara sus palabras.
-¿Y qué te dijo?
Orión cruzó los brazos.
-Que hubo una emboscada, que alguien movió nuestras tropas a una posición vulnerable. Y que él solo siguió órdenes.
El emperador no respondió de inmediato. Caminó alrededor de la mesa con las manos cruzadas a la espalda, sumido en sus pensamientos.
-Si lo liberaste -dijo finalmente-, asumo que piensas mantenerlo cerca.
-Lo he asignado a mi guardia personal -confirmó Orión-. Si alguien lo quería fuera del tablero, ahora está protegido.
Magnus IV lo observó durante un largo momento, su mirada penetrante buscando algo en los ojos de su sobrino. Finalmente, asintió.
-Es tu decisión, y cargarás con las consecuencias de ella. Solo asegúrate de que tu confianza esté bien colocada.
Orión sostuvo la mirada de su tío.
-Siempre lo hago.
El emperador no respondió de inmediato, pero en su semblante se reflejaba la gravedad de la situación. La guerra avanzaba, las sombras del pasado volvían a la superficie, y el destino del imperio pendía de hilos cada vez más delgados.
Orión salió del palacio con el ceño fruncido, sintiendo cómo la frustración le ardía en el pecho. No podía entender por qué su tío insistía en ir a la guerra mientras él debía quedarse en la capital. ¿De qué servía ser el heredero si no podía estar en el campo de batalla, donde realmente se decidía el destino del imperio?
Apretó los puños y caminó con paso firme por los pasillos exteriores del palacio, buscando algo que le permitiera despejar su mente. Justo entonces, se cruzó con Lord Callidus, un hombre de mediana edad con una barba bien recortada y ropas adornadas con los emblemas de su casa. Era uno de los nobles más influyentes en el consejo, un estratega experimentado con años de servicio en la armada imperial.
-Lord Callidus -lo llamó Orión, deteniéndose frente a él-. Necesito saber la situación en el archipiélago. ¿No sería más sensato movilizar todas nuestras fuerzas de una vez?
El noble lo miró con curiosidad antes de responder.
-Mi señor, la situación en el archipiélago es tensa, pero no desesperada. Los rebeldes han consolidado su control sobre algunas islas menores, pero nuestras flotas aún dominan las rutas principales.
Orión negó con la cabeza, impaciente.
-Eso no durará si no actuamos rápido. Si el emperador está dispuesto a marchar al frente, ¿por qué no enviar la fuerza completa y acabar con esto de una vez?
Callidus cruzó los brazos, observándolo con un gesto de respeto, pero también con la calma de quien ha visto demasiadas campañas.
-Porque la guerra no solo se gana con fuerza bruta, mi señor. Si enviamos todas nuestras tropas a un solo frente, dejamos la capital y el resto de nuestras posesiones vulnerables. Además, los otros reinos y potencias están observando. Si perciben debilidad, podrían aprovechar la oportunidad.
Orión exhaló con frustración, comprendiendo la lógica, pero sin compartirla del todo.
-Entonces, ¿vamos a seguir prolongando este conflicto?
-Vamos a asegurarnos de que lo ganemos sin perder más de lo necesario -respondió Callidus con firmeza-. El emperador lo sabe, por eso ha tomado esta decisión.
Orión permaneció en silencio unos segundos, masticando sus pensamientos. Seguía sin gustarle la idea, pero quizás había más en juego de lo que él podía ver desde su posición. Aun así, no estaba dispuesto a quedarse de brazos cruzados.
-Gracias por la información, Lord Callidus -dijo finalmente, aunque su tono indicaba que aún tenía asuntos que resolver.
El noble inclinó la cabeza y continuó su camino, dejando a Orión con la mirada fija en el horizonte. Si no podía ir a la guerra junto a su tío, encontraría otra forma de asegurarse de que el imperio no cayera en el caos.