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El Regreso de la Esposa Despreciada
img img El Regreso de la Esposa Despreciada img Capítulo 1 El Aniversario de Cristal
1 Capítulo
Capítulo 6 El Imperio en París img
Capítulo 7 La Necesidad de Montenegro img
Capítulo 8 Pisando Terreno Enemigo img
Capítulo 9 La Puerta se Abre img
Capítulo 10 Cero Emociones img
Capítulo 11 El Contrato del Diablo img
Capítulo 12 Ecos en la Alta Sociedad img
Capítulo 13 La Fiesta de Bienvenida img
Capítulo 14 El Primer Encierro img
Capítulo 15 Garras Afiladas img
Capítulo 16 Proximidad Forzada img
Capítulo 17 La Tormenta img
Capítulo 18 Fuego y Hielo img
Capítulo 19 El Investigador img
Capítulo 20 Jaque a la Reina img
Capítulo 21 Trazando la Línea img
Capítulo 22 Confusión Momentánea img
Capítulo 23 El Rival img
Capítulo 24 Instinto Territorial img
Capítulo 25 Castigo y Deseo img
Capítulo 26 Sabotaje img
Capítulo 27 La Trampa Perfecta img
Capítulo 28 La Expulsión img
Capítulo 29 Copas de Victoria img
Capítulo 30 Rompiendo el Dique img
Capítulo 31 La Resaca de la Realidad img
Capítulo 32 Asedio de Atenciones img
Capítulo 33 Rechazo Continuo img
Capítulo 34 Los Secretos de la Víctima img
Capítulo 35 La Entrevista img
Capítulo 36 El Guardián en las Sombras img
Capítulo 37 El Colapso img
Capítulo 38 Cuidando al Lobo Herido img
Capítulo 39 De Rodillas img
Capítulo 40 Grietas en el Muro img
Capítulo 41 Retirada Táctica img
Capítulo 42 Persecución en la Pista img
Capítulo 43 Reclamo Salvaje img
Capítulo 44 Rendición Nocturna img
Capítulo 45 La Exigencia img
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El Regreso de la Esposa Despreciada

Autor: S. Mejia
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Capítulo 1 El Aniversario de Cristal

La fecha, 15 de enero, estaba grabada en la mente de Clara con la precisión de un bisturí. Tres años. Tres años exactos desde que había firmado el contrato que la convirtió en la Señora Montenegro, la esposa del hombre más codiciado y frío del país. Ella recordaba la esperanza inicial, el tonto deseo de que con el tiempo, con paciencia y amor devoto, podría derretir el hielo que rodeaba el corazón de Alexander.

Esa mañana, Clara se había levantado antes del amanecer. Su cuerpo, aunque frágil, estaba impulsado por una determinación que raramente mostraba. Hoy era diferente. Hoy era su aniversario de cristal. La pureza, la transparencia y la fragilidad del cristal representaban, irónicamente, la percepción que ella tenía de su unión: una estructura hermosa, pero tan delicada que un mal golpe la destruiría.

A pesar de contar con un personal doméstico completo, Clara había pasado la mayor parte del día en la cocina. Quería que esta cena fuera personal. Ella había preparado su plato favorito, Boeuf Bourguignon, un estofado que requería horas de cocción lenta y atención. Había amasado la masa para el pan de ajo desde cero y había horneado su pastel de chocolate favorito, asegurándose de que la textura fuera perfecta.

La mansión Montenegro, una estructura de acero y vidrio que dominaba la ciudad, siempre se había sentido estéril para ella. Era un monumento al éxito de Alexander, no un hogar. Pero hoy, Clara había intentado insuflarle vida. Había dispuesto orquídeas blancas en cada esquina, y en el comedor principal, la mesa había sido puesta con la vajilla de porcelana más fina y cubiertos de plata pulida.

En el centro de la mesa, brillaba el regalo que ella había seleccionado con tanto cuidado: un cisne de cristal minimalista, diseñado por una artista emergente a la que admiraba. Era simple, elegante, y a sus ojos, perfecto. Ella lo había comprado semanas antes, escondiéndolo como un tesoro. Representaba la pureza de su compromiso, a pesar de las humillaciones de su suegra y la indiferencia de su esposo.

Clara se había vestido con un vestido de seda blanco marfil, simple, con mangas largas y un escote modesto. Se había recogido el cabello en un moño bajo y recatado. Quería que él la viera como la esposa paciente y devota que siempre había intentado ser. Ella había evitado los colores brillantes, sabiendo que él prefería la sobriedad.

Las 20:00 PM, la hora establecida para la cena, pasaron. El reloj de pared de la cocina, un modelo antiguo que chocaba con el diseño moderno de la casa, sonó con un tic-tac metálico y rítmico. Ella se quedó de pie en el comedor, mirando la mesa perfecta. Su pulso se aceleró. Alexander siempre era puntual en los negocios, pero en los asuntos del hogar, la puntualidad no era una prioridad.

Ella llamó a su oficina. Sin respuesta. Su secretaria tampoco contestaba. Un mal presentimiento empezó a arraigar en su pecho. Ella conocía el patrón. Alexander solía llegar tarde, pero nunca sin un mensaje, una disculpa superficial. Hoy era diferente. Hoy era su aniversario.

20:30 PM. Las velas empezaban a derretirse.

21:00 PM. Clara tomó la botella de vino tinto que él prefería y se sirvió una copa. El aroma era rico y complejo, pero no podía disfrutarlo. Ella llamó a su suegra, buscando respuestas. Fue un error.

-¿No sabes dónde está tu esposo, Clara? -la voz de la Señora Montenegro salió afilada y llena de condescendencia a través del altavoz-. Qué poco interesante debes ser para que él prefiera cualquier otra cosa a volver a casa. Quizás deberías aprender a ser más cautivadora, querida. El hombre necesita una mujer, no una empleada doméstica.

La llamada se cortó, dejando un silencio ensordecedor en la casa. Las palabras de su suegra, aunque crueles, contenían una verdad que Clara no quería enfrentar. Ella era solo un mueble más en esta mansión.

21:30 PM. El teléfono de Clara vibró sobre la mesa. Su corazón saltó. Un mensaje de Alexander. Finalmente.

Ella desbloqueó la pantalla con dedos temblorosos, esperando una disculpa, una explicación plausible sobre una crisis corporativa. Pero el mensaje fue corto, frío y devastador:

No esperes. Asunto urgente. Alexander.

No había más. Ni "lo siento", ni "te veré más tarde", ni "hablaremos mañana". Solo esas seis palabras que reducían tres años de matrimonio y un día de preparación a la nada.

El aire en el comedor se volvió pesado. Clara miró la comida perfecta que se enfriaba. El Boeuf Bourguignon, su obra maestra, parecía ahora un montículo de carne fría. El pastel de chocolate, que ella había horneado con tanto cariño, se veía solitario en el plato. Y el cisne de cristal, el símbolo de su unión pura, parecía ahora una burla, una estatua de fragilidad a punto de romperse.

Ella no gritó. No lloró. Durante tres años, ella había sido la esposa despreciada que tragaba sus lágrimas y su orgullo. Pero hoy, algo en ella, algo que ella creía muerto, se agito.

Clara tomó el cisne de cristal. Sus dedos, helados por el shock, tocaron la superficie pulida. Era hermoso. Era perfecto. Era frágil. Ella lo miró, y por primera vez en tres años, la duda no era "cómo hacerlo mejor para que él me ame", sino "por qué sigo aquí".

Ella se sirvió otra copa de vino. No para consolarse, sino para encender el fuego que empezaba a arder en su interior. Ella no se quitó el vestido blanco. Ella no se recogió el pelo. Ella simplemente se sentó en la cabecera de la mesa, la silla de él vacía frente a ella. Y mientras las velas se consumían, Clara empezó a contemplar el aniversario que él había olvidado, y la esposa que él pronto descubriría que nunca había conocido.

El reloj de pared siguió marcando el tiempo, rítmico y metálico. Tic, tac. Tic, tac. Pero para Clara, el tiempo de la paciencia y la devoción había llegado a su fin.

            
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