Lentamente, intentó tragar, pero su garganta estaba seca como papel de lija, rasgada por el humo tóxico que había inhalado. Cuando finalmente logró abrir los ojos, una luz blanca y cegadora la obligó a cerrarlos de inmediato. El olor penetrante a yodo, alcohol y medicamentos le confirmó lo que su cuerpo destrozado ya le gritaba: estaba en un hospital.
El recuerdo no regresó de golpe, sino como una marea oscura y asfixiante. Primero, el destello ciego de los faros del camión. Luego, el crujido ensordecedor del metal al retorcerse, la pérdida de gravedad, el impacto brutal. Y finalmente, el fuego.
El fuego y él.
Clara abrió los ojos de nuevo, esta vez soportando el ardor de las luces fluorescentes. Miró el techo blanco con la respiración entrecortada mientras la imagen de Alexander se proyectaba en su mente con una nitidez cruel. Lo vio patear el cristal. Lo escuchó decir: "Te sacaré, Val". Sintió de nuevo el calor abrasador de las llamas rozando su piel mientras el hombre al que había jurado amar en la salud y en la enfermedad, le daba la espalda y corría hacia la lluvia con otra mujer en brazos.
Un gemido bajo y ronco escapó de sus labios agrietados. No era de dolor físico, aunque su cuerpo era un mapa de agonía.
Miró hacia abajo con esfuerzo. Su pierna izquierda estaba inmovilizada, envuelta en un pesado yeso tras haber sido aplastada por la puerta hundida de la camioneta. Sentía una presión punzante en el pecho con cada inhalación; costillas fracturadas. Su brazo derecho y parte del hombro estaban cubiertos por gruesos vendajes blancos, ocultando las quemaduras de segundo grado causadas por la cercanía de las llamas antes de que los equipos de rescate lograran sacarla de los escombros con las mandíbulas de vida.
Había sobrevivido. Físicamente, los bomberos la habían arrancado del infierno de metal justos segundos antes de que el tanque de gasolina explotara por completo. Pero emocionalmente, la Clara que había subido a ese coche, la esposa sumisa, paciente y devota de Alexander Montenegro, se había reducido a cenizas en ese asiento trasero.
La puerta de la habitación privada se abrió con un leve susurro. Una enfermera de mediana edad, con el rostro marcado por la fatiga y la compasión, entró con una tabla de apuntes. Al ver los ojos abiertos de Clara, se detuvo en seco.
-Señora Montenegro... ha despertado -murmuró la mujer, acercándose rápidamente para revisar los monitores-. Gracias a Dios. Estábamos muy preocupados. Ha estado en coma inducido durante casi cuarenta y ocho horas para ayudar a sus pulmones a sanar del daño por el humo. ¿Tiene dolor? ¿Le administro más morfina?
Cuarenta y ocho horas. Dos días enteros sumida en la oscuridad.
Clara la miró fijamente. Sus ojos, que siempre habían sido un remanso de calidez y comprensión, ahora parecían dos pozos de agua congelada.
-Agua... -croó Clara, su voz apenas un rasguido áspero.
La enfermera asintió apresuradamente, vertiendo agua de una jarra de plástico en un pequeño vaso y ayudándola a beber con una pajita. El líquido fresco bajó por su garganta irritada, proporcionando un alivio minúsculo frente a la inmensidad de su tormento.
-Voy a llamar al doctor de inmediato para que la evalúe -dijo la enfermera, acomodando las sábanas con un cuidado maternal que a Clara le revolvió el estómago. No quería lástima. Detestaba la lástima.
-Mi esposo... -Las palabras salieron de la boca de Clara antes de que pudiera detenerlas. Fue un acto reflejo, el último estertor de una lealtad moribunda.
La enfermera se tensó. El movimiento fue sutil, pero Clara, que había pasado tres años leyendo los microgestos de la alta sociedad para sobrevivir a las cenas de su suegra, lo captó al instante. La mujer desvió la mirada hacia el monitor de frecuencia cardíaca, evitando el contacto visual directo.
-El señor Montenegro... él ha estado pendiente de su estado, por supuesto -comenzó a decir la enfermera, su tono repentinamente profesional y evasivo-. Vino a verla ayer por la mañana después de que la subimos de cuidados intensivos.
-¿Dónde está ahora? -insistió Clara, su voz ganando un hilo de fuerza, fría y cortante como el hielo.
La enfermera suspiró, claramente incómoda con la posición en la que se encontraba.
-Señora Montenegro... el accidente fue muy traumático para todos. La señorita Valeria, la otra pasajera, no sufrió heridas físicas graves gracias a que fue evacuada a tiempo, pero desarrolló un cuadro severo de shock postraumático y crisis nerviosas continuas. La ingresaron en el ala de recuperación psiquiátrica del cuarto piso. El señor Montenegro... él ha pasado la mayor parte de estas dos noches allí, asegurándose de que ella se estabilice.
El silencio que siguió a esa revelación fue absoluto. Las máquinas seguían pitando, pero para Clara, el universo entero se había quedado mudo.
Alexander estaba en el mismo edificio. A solo unos pisos de distancia. Ella había estado en coma, con huesos rotos y la piel quemada, al borde de la muerte tras haber sido abandonada por él en un coche en llamas. Y él estaba sosteniendo la mano de la mujer ilesa que había tenido una "crisis nerviosa".
La última venda cayó de sus ojos. No se desprendió con suavidad; fue arrancada de cuajo, llevándose consigo la piel, la carne y cualquier rastro de amor o esperanza que alguna vez albergó por ese hombre.
Sorprendiendo a la enfermera, Clara no lloró. No hubo histeria, ni sollozos de dolor, ni gritos de indignación. En su lugar, las comisuras de sus labios se curvaron en una sonrisa débil, carente de cualquier rastro de humor. Fue una sonrisa vacía, aterradora en su quietud.
La humillación de los tres años de matrimonio. Los comentarios venenosos de Doña Beatriz. Las ausencias justificadas. Los aniversarios olvidados. Y el fuego. Todo encajaba en una verdad cristalina e innegable: ella nunca fue una esposa, solo fue un daño colateral en la historia de amor de alguien más.
-Entiendo -dijo Clara, y el tono de su voz bajó varios grados, desprovisto de cualquier inflexión emocional-. Gracias por la información.
-¿Quiere que envíe a alguien a buscarlo? ¿O a su familia? -ofreció la enfermera, mirándola con una mezcla de lástima e inquietud ante la extraña reacción de la paciente.
-No. A él no -respondió Clara con firmeza, ignorando el pinchazo de dolor en sus costillas-. Pero necesito mi teléfono personal. Si no está entre mis pertenencias rescatadas, necesito que me preste uno. Ahora mismo.
Ante la autoridad repentina e inquebrantable en la voz de la mujer rota en la cama, la enfermera asintió y sacó un teléfono móvil de su bolsillo, entregándoselo antes de salir apresuradamente a buscar al médico.
Clara sostuvo el aparato con la mano izquierda, la única que no estaba vendada ni canalizada con vías intravenosas. Sus dedos temblaban ligeramente, no por debilidad, sino por la adrenalina pura y fría que comenzaba a inundar su torrente sanguíneo.
Marcó un número de memoria. Un número internacional que no había usado en tres años. El teléfono dio tres tonos antes de que una voz masculina, grave y con un marcado acento francés, respondiera al otro lado de la línea.
-¿Alló?
-Bastien -dijo Clara, su voz firme, dejando atrás el tono suave de la señora Montenegro y adoptando la cadencia segura de la mujer que alguna vez fue antes de pisar el altar.
Hubo un silencio pesado al otro lado de la línea. Luego, una exhalación asombrada.
-¿Petite Clara? ¿Eres tú? Han pasado años... Por Dios, las noticias en Europa acaban de hablar de un accidente terrible de la familia Montenegro. ¿Estás bien?
-Sobreviví -respondió ella, mirando las cicatrices blancas del techo-. Pero la esposa de Alexander Montenegro no. Escúchame atentamente, Bastien, porque no tengo mucho tiempo antes de que empiece el circo mediático y mi "esposo" decida bajar del cuarto piso para fingir dolor ante los médicos.
-Te escucho. Lo que necesites.
-Necesito a los mejores abogados de tu firma. Hoy. Que tomen un jet privado si es necesario -ordenó Clara, sus ojos brillando con una determinación letal-. Quiero que redacten los papeles de divorcio de forma inmediata. Renuncio a cada centavo de la fortuna Montenegro. No quiero sus propiedades, no quiero su pensión compensatoria, no quiero nada que tenga su nombre. Renuncia absoluta. Será un divorcio exprés por separación unilateral.
-Clara, ¿estás segura de esto? Estás dejando sobre la mesa miles de millones...
-Estoy comprando mi libertad, Bastien, y mi libertad no tiene el precio de ese miserable -lo cortó ella, el hielo en sus palabras cortando el aire de la habitación-. Y otra cosa más. Prepara todo en París. Mis antiguos estudios, los fondos del fideicomiso de mi abuelo que nunca toqué. Voy a desaparecer. Para cuando Alexander lea esos papeles, yo ya seré un fantasma en este país.
-Considera todo arreglado, Clara. Nadie te encontrará hasta que tú lo decidas. Bienvenido de vuelta al mundo de los vivos.
-Gracias, Bastien.
Clara colgó y dejó el teléfono sobre la mesa de luz. El dolor físico seguía allí, latiendo al compás de las máquinas, pero ya no le importaba. El fuego había quemado su debilidad, y el hielo en sus venas acababa de forjar una nueva coraza. Alexander Montenegro le había enseñado a la fuerza lo que significaba la crueldad absoluta.
Ahora, era su turno de mostrarle a él de lo que era capaz una mujer que ya no tenía nada que perder.