Solo la fría eficiencia de un hombre que gestionaba su vida doméstica como una transacción comercial molesta.
Y ahora, tres días después, Clara se encontraba frente al espejo de su vestidor, preparándose para la Gala Anual de Beneficencia de la Fundación Montenegro. Era el evento social más importante del año para la familia de su esposo, una exhibición obscena de riqueza y filantropía calculada donde la apariencia lo era todo. Para Clara, era simplemente otro escenario donde interpretar el papel de la esposa trofeo, silenciosa y obediente.
Eligió un vestido de satén azul medianoche, ceñido al cuerpo pero conservador, con un cuello barco y mangas tres cuartos. Se recogió el cabello en un moño elaborado, asegurando cada mechón con horquillas invisibles, creando una armadura de elegancia que esperaba que la protegiera de las dagas que sabía que volarían esa noche. Se aplicó un maquillaje sutil, enfatizando sus ojos para ocultar el cansancio y la tristeza que amenazaban con asomar. Se puso el collar de diamantes que Alexander le había regalado en su primer aniversario -un regalo elegido por su secretaria, sin duda- y respiró hondo.
Alexander la esperaba en el vestíbulo principal. Llevaba un esmoquin hecho a medida que resaltaba su figura atlética y su mandíbula cuadrada. Era, sin duda, un hombre devastadoramente guapo, el tipo de hombre que hacía que las cabezas giraran y los suspiros escaparan. Pero para Clara, su belleza era ahora una fachada que ocultaba un vacío emocional.
-Estás lista -dijo él, sin mirarla realmente, mientras ajustaba sus gemelos de oro. No era un cumplido, era una constatación de hecho.
-Sí, Alexander -respondió ella, su voz plana, desprovista de la calidez que solía intentar inyectar en sus interacciones.
El trayecto en la limusina fue silencioso. Alexander revisaba correos electrónicos en su tableta, su rostro iluminado por la luz azul de la pantalla, ajeno a la mujer que se sentaba a su lado. Clara miraba por la ventana, viendo pasar las luces de la ciudad, sintiéndose más sola en ese coche de lujo que si estuviera caminando bajo la lluvia.
Al llegar al Centro de Convenciones, los flashes de los fotógrafos los cegaron. Alexander, en un acto reflejo de relaciones públicas, pasó su brazo alrededor de la cintura de Clara y le dedicó una sonrisa ensayada a la prensa. Ella, entrenada por tres años de este ritual, forzó una sonrisa idéntica. Eran la imagen de la pareja perfecta: poderosos, ricos, atractivos. Una mentira bellamente empaquetada.
Dentro, el salón estaba decorado con una opulencia sofocante. Orquídeas raras, candelabros de cristal y una orquesta de cámara tocando melodías suaves. La crema y nata de la sociedad estaba allí, cada uno luciendo sus mejores galas y sus sonrisas más falsas.
No tardaron en encontrarse con Doña Beatriz, la madre de Alexander. Vestía un traje de alta costura negro, con joyas que podrían haber financiado un pequeño país, y su expresión habitual de altivez aristocrática. Estaba rodeada de un séquito de mujeres adulatorias, pero al ver a su hijo y a su nuera, se separó del grupo con la precisión de un halcón detectando a su presa.
-Alexander, querido -dijo Beatriz, extendiendo sus manos enjoyadas para tomar las de su hijo, ignorando completamente a Clara-. Qué alegría que hayas venido. Estaba tan preocupada de que tus... obligaciones... te mantuvieran alejado.
-Madre -respondió Alexander, besando su mejilla con respeto-. No me perdería esto.
Beatriz finalmente giró su mirada hacia Clara, sus ojos recorriéndola de arriba abajo con una desaprobación mal disimulada.
-Clara, querida -dijo, su voz destilando una dulzura venenosa-. Veo que has elegido el azul de nuevo. Un color tan... seguro. Aunque quizás un poco apagado para una noche como esta, ¿no crees? Bueno, supongo que la sobriedad es una virtud en ciertas... circunstancias.
La humillación sutil, la primera de muchas. Una crítica disfrazada de comentario de moda, diseñada para recordarle a Clara su supuesta falta de gusto y estilo.
-Gracias por el consejo, Doña Beatriz -respondió Clara, manteniendo su voz baja y controlada, su sonrisa congelada en su lugar-. Intentaré recordarlo para la próxima vez.
-Oh, no te molestes, querida -replicó Beatriz con una risita despectiva-. Hay cosas que simplemente no se pueden aprender. Se llevan en la sangre. Alexander, ven conmigo un momento, necesito presentarte al Senador Morales. Clara, estoy segura de que encontrarás algo con lo que entretenerte. Intenta no quedarte parada como una estatua, da mala impresión.
Alexander asintió y se dejó llevar por su madre, sin dedicarle ni una mirada a Clara. Ella se quedó sola en medio de la multitud, sintiendo cómo las miradas de lástima y burla se clavaban en su espalda. Tomó una copa de champán de una bandeja que pasaba, no porque quisiera beber, sino porque necesitaba algo a lo que aferrarse.
La noche continuó en la misma línea. Doña Beatriz la presentaba a sus amigas con comentarios como: "Esta es Clara, la esposa de Alexander. Es tan... tranquila. A veces olvido que está en la habitación". O: "Clara se encarga del hogar, ya sabes. Es tan importante tener a alguien que se ocupe de esas pequeñas cosas mientras los hombres hacen el verdadero trabajo". Cada palabra era una daga, cada sonrisa una burla. Y Clara lo soportaba todo, con la cabeza alta y la sonrisa falsa, sintiendo cómo su dignidad se erosionaba con cada ataque.
Entonces, la vio.
Valeria estaba de pie cerca de la barra, rodeada de un grupo de hombres que colgaban de cada una de sus palabras. Vestía un vestido de seda rojo vibrante que gritaba por atención, su cabello castaño caía en ondas perfectas sobre sus hombros. Era hermosa, con una belleza salvaje y magnética que contrastaba agudamente con la elegancia reservada de Clara. Pero no fue su belleza lo que detuvo el corazón de Clara, sino la forma en que Alexander la miraba desde el otro lado de la habitación.
Él se había disculpado con Doña Beatriz y se dirigía hacia Valeria con una determinación que nunca había mostrado hacia Clara. Su rostro, habitualmente frío y distante, estaba iluminado por una expresión de preocupación y anhelo que hizo que a Clara se le revolviera el estómago.
Se acercó a ellos, impulsada por un masoquismo doloroso. No quería ver, pero no podía evitarlo.
-Valeria, no sabía que vendrías -dijo Alexander, su voz suave, casi íntima, mientras tomaba su mano.
-Oh, Alex -respondió Valeria, su voz temblorosa, sus ojos grandes y llenos de lágrimas contenidas-. No quería venir, de verdad. Pero Doña Beatriz insistió tanto... Dijo que era importante para la fundación. Y después de lo que pasó el otro día... me sentía tan frágil.
"Lo que pasó el otro día". Las palabras resonaron en la mente de Clara. La "emergencia" que había mantenido a Alexander alejado en su aniversario. La pieza del rompecabezas finalmente encajaba.
-No deberías haber venido si no te sentías bien -dijo Alexander, su tono lleno de una preocupación que Clara nunca había recibido-. Estás pálida. Ven, siéntate un momento.
Él la guio hacia un sofá cercano, ignorando completamente a Clara, que estaba a solo unos metros de distancia. Valeria, con una actuación digna de un Oscar, se dejó llevar, apoyando su cabeza en el hombro de Alexander, suspirando con una fragilidad calculada.
-Es que... todo es tan abrumador -susurró Valeria, asegurándose de que Clara pudiera escucharla-. Me siento tan sola a veces. Y Doña Beatriz es tan amable conmigo, pero... no es lo mismo.
En ese momento, Doña Beatriz apareció, como si hubiera estado esperando su señal. Se acercó al sofá, su expresión cambiando instantáneamente de altivez a una preocupación maternal exagerada.
-¡Valeria, querida! ¿Qué pasa? Alexander, ¿qué le has hecho a esta pobre chica?
-Nada, madre. Solo se siente un poco mareada.
-Oh, mi pobre ángel -dijo Beatriz, sentándose al lado de Valeria y acariciando su cabello-. Te dije que no debías esforzarte. Esta noche es demasiado para ti. Eres tan sensible, tan delicada. No como otras personas que parecen tener piel de elefante.
La mirada de Beatriz se dirigió directamente a Clara, una acusación silenciosa. Clara, de pie allí, se sentía como una intrusa en su propia vida. Valeria, la mujer que había sido el primer amor de su esposo, la mujer por la que él había cancelado su aniversario, estaba siendo consolada por su suegra y su esposo, mientras ella, la esposa legítima, era ignorada y humillada públicamente.
-Quizás deberías llevarla a casa, Alexander -sugirió Beatriz-. No está en condiciones de quedarse.
-Sí, madre. Tienes razón.
Alexander se levantó, ayudando a Valeria a ponerse de pie. Ella se aferró a él, fingiendo debilidad, dedicándole a Clara una mirada rápida y triunfante antes de ocultar su rostro de nuevo en el hombro de Alexander.
Él finalmente miró a Clara. No había disculpas en sus ojos, ni remordimientos. Solo una impaciencia fría.
-Clara, llevaré a Valeria a casa. No se siente bien. Madre se quedará contigo. Intenta no hacer una escena.
Sin esperar respuesta, se dio la vuelta y se alejó con Valeria, dejándola sola de nuevo con Doña Beatriz.
-Bueno -dijo Beatriz, su voz volviendo a su tono habitual de desprecio-. Supongo que eso es todo por esta noche. Alexander siempre ha sido tan caballeroso. No puede soportar ver sufrir a alguien que realmente le importa. Deberías aprender de Valeria, Clara. Ella sabe cómo despertar el instinto protector de un hombre. Tú... bueno, tú solo pareces estar ahí.
Clara miró a su suegra, la copa de champán temblando en su mano. La Gala de la Hipocresía había alcanzado su clímax. La humillación pública, la traición descarada, la actuación calculada de Valeria... todo se fusionó en un dolor sordo y ardiente en su pecho. Pero esta vez, no tragó sus lágrimas. No forzó una sonrisa. Simplemente se dio la vuelta y se alejó de Doña Beatriz, hacia la salida, dejando atrás la gala, la mansión Montenegro y la esposa que había intentado ser. El tic-tac del reloj en su mente se había detenido. Era hora de que sonara una nueva melodía. Una melodía de hielo y fuego.