Justo después llegó la respuesta de Kenneth Wright, el genio de la medicina al que todos llamaban en broma el doctor milagroso.
"Esto merece una celebración. Ya eres libre. Tragos esta noche. No puedes faltar".
El siguiente en reaccionar fue Zayne Rojo, el hacker del grupo, quien ofreció: "¿Quieres que borre tu rastro en línea? Mándame tu IP. Lo haré gratis. Carlos no podrá rastrearte".
Gema Scott, su amiga diseñadora de joyas, intervino con evidente emoción: "¡Ya era hora! Te dije que ese hombre nunca fue suficiente para ti. Clara, te enviaré algo de mi colección 'Renacimiento'. Deja que el mundo vea lo mucho que puedes brillar".
A Clara le llegaban tantas notificaciones al teléfono que le fue imposible leerlas todas. Sin embargo, cuando por fin leyó todos los mensajes, sintió que algo en su interior se ablandaba. Sus amigos eran ruidosos, tercos e incondicionalmente leales.
Con tranquilidad, tecleó en respuesta: "Hablo en serio. El divorcio está finalizado. Nos vemos más tarde en el lugar de siempre".
Tras dejar el celular a un lado, la chica caminó hasta el rincón más alejado del vestidor. Oculto tras una fila de ropa colgada, se encontraba un cajón secreto, que se deslizó silenciosamente frente a ella.
Dentro no había ropa alguna. Su único contenido consistía en un maletín de metal negro.
Clara colocó el pulgar en el escáner y, con un suave clic, la cerradura se abrió.
Todo en el interior del portafolio estaba dispuesto con un orden impecable. Un bisturí quirúrgico reflejaba un frío brillo metálico. A su lado descansaba un juego de llaves de autos de carreras completamente único, una elegante laptop de alta gama y una gruesa pila de bocetos de diseño llenos de líneas precisas y detalles meticulosos. El trabajo era tan refinado que podría exhibirse en una galería.
Durante tres años, había guardado todas esas facetas bajo llave para poder vivir como la esposa de Carlos. En ese mismo periodo, enterró sus agudos instintos, su determinación y cada rastro de vida que alguna vez tuvo.
Sin embargo, ahora recuperaría todas esas facetas suyas.
Clara sacó la laptop del maletín y la encendió. El familiar sistema apareció en la pantalla mientras ella movía rápidamente los dedos sobre el teclado. En cuestión de segundos, se había infiltrado en la red interna del Grupo Guerrero.
Uno por uno, eliminó cada registro de las crisis que había resuelto en silencio durante los últimos tres años. La eliminación incluyó la tecnología central que ella misma creó, el mismo proyecto que el Grupo Guerrero había planeado usar en su cooperación con la familia Mendoza.
Carlos siempre había asumido que esos éxitos eran resultado de la suerte o de un personal competente. Nunca se dio cuenta de cuántas noches pasó en vela su esposa mientras él dormía, eliminando cada obstáculo que se interponía en su camino.
Clara mantuvo una expresión impasible, incluso cuando la pantalla mostró un mensaje que decía "Eliminación Completa".
El matrimonio había terminado. Ahora, hasta la última conexión entre ellos debía desaparecer.
La familia Guerrero ya no tenía ningún derecho sobre ella. A partir de este momento, esa gente nunca más obtendría beneficio alguno de sus esfuerzos.
Tras cerrar la laptop, Clara agarró su teléfono y le envió un mensaje privado a su mejor amiga, Rosa Miller. "Soy completamente libre".
"Dame diez minutos. Estaré afuera de la casa de ese idiota para recogerte", respondió la otra, casi de inmediato.
Así era como operaba Rosa. Cuando tomaba una decisión, se movía con una rapidez que ponía nerviosa a la gente.
Prometió que llegaría en diez minutos, pero el rugido de un motor retumbó en la calle en menos de seis.
Instantes después, un llamativo auto deportivo se deslizó hasta la acera y frenó en seco. Vestida completamente de negro, Rosa se apoyó en el vehículo con total seguridad. En el momento en que vio a Clara salir con su maleta, no pudo contener una amplia sonrisa.
"Felicidades", le dijo a su amiga con alegría. "Por fin eres libre".
Clara ni siquiera había abierto la boca cuando su mejor amiga hizo gala de sus dotes de maga, pues sacó de la nada una botella de champaña. Con un movimiento de muñeca sin esfuerzo, descorchó la botella.
El corcho salió disparado hacia el cielo y una espuma brillante estalló en el aire bajo el resplandor del atardecer, salpicando el hombro de Clara.
"No tuve tiempo de conseguir nada extravagante", comentó la recién llegada, con una sonrisa juguetona. "Así que tendrá que bastar con champaña. Celebremos tu nuevo comienzo".
Clara terminó con la blusa empapada por el frío líquido, pero apenas se percató del asunto. En cambio, una calidez llenó sus ojos mientras las lágrimas amenazaban con rodar por sus mejillas.
Se sentía maravillosamente. Ahora que se había alejado de Carlos, la vida que verdaderamente le pertenecía por fin comenzaba de nuevo.
"¿Quieres conducir?", le preguntó Rosa, con una sonrisa traviesa, lanzándole las llaves y alzando una ceja.
"Sube", respondió la otra, que atrapó las llaves, se deslizó tras el volante y pisó, sin dudarlo, el acelerador a fondo.
El Bugatti Veyron rugió y se lanzó hacia adelante, alejándose de la casa antes de incorporarse suavemente al tráfico.
La velocidad aumentó rápidamente, pero el auto se mantuvo perfectamente estable bajo el control de Clara.
Rosa se reclinó en el asiento e inclinó la cabeza hacia su amiga, mientras pedía: "Dime algo. ¿Qué fue lo que finalmente te hizo abrir los ojos sobre el pésimo gusto que tienes para los hombres?".
"Su primer amor regresó", respondió Clara con voz serena, sin apartar la vista de la carretera. "Están juntos de nuevo".
"¿Es en serio? ¿Se larga, desaparece y luego regresa como si nada tres años después? ¿Acaso no hay más hombres en el mundo? ¿Tenía que ir justo por tu esposo?", exclamó Rosa, a quien poco le faltó para estallar. Su frustración seguía creciendo, y las palabras salían de su boca cada vez más rápido.
"¿Y Carlos? Es un completo idiota. Casado y todavía aferrado a su primer amor. De verdad que es repugnante".
Clara permaneció en silencio. El arrebato de su amiga fue tan intenso que no supo cómo responder.
Al sentir la incomodidad de su interlocutora, Rosa tosió ligeramente y comentó: "Es que estoy furiosa. ¿Ellos pueden retomar las cosas donde las dejaron mientras se espera que tú desaparezcas en las sombras? ¿Por qué facilitarles las cosas? Y esa tal Diana... por favor. Deberías competir directamente con ella".
"¿Y qué lograría con eso? ¿Anunciar al mundo que soy la mujer que fue desechada?", replicó Clara con calma.
"¡Pero se están saliendo con la suya demasiado fácil!".
"No lo harán", replicó la otra en voz baja, aunque su tono denotaba una tranquila certeza. "De ahora en adelante, soy simplemente Clara. Ya no soy el accesorio de nadie. Y nunca más lo seré".
"Eso es lo que quería oír", declaró su amiga, cuyo enojo desapareció tan rápido como llegó. "Esto merece una celebración. ¿Unos tragos?".
"Eso será más tarde", dijo Clara mientras giraba ligeramente el volante. "Primero necesito hacer una parada. Voy a cambiar de look".
"Por fin", comentó Rosa, con la emoción brillando en sus ojos. Entonces, otro pensamiento cruzó por su mente y se inclinó un poco hacia adelante, para decir: "Ah, cierto. Has estado completamente desaparecida durante tres años, y un montón de gente en el mundo de la medicina se ha vuelto loca tratando de localizarte. ¿Cuándo piensas volver?".
"Siento que este es el momento adecuado. Que corra la voz", contestó la otra, manteniendo su expresión severa.
"Hablando de eso, Carlos también te ha estado buscando", comentó Rosa, soltando una risita, claramente divertida con todo el asunto. Su diversión solo aumentó mientras continuaba: "Al parecer, su primer amor necesita tratamiento. No se dará cuenta de la verdad hasta que se estrelle de frente contra ella. La mujer que descartó con tanta indiferencia es la misma a la que ha intentado contactar desesperadamente en busca de ayuda: la legendaria Doctora L".
Con una sonrisa afilada, Rosa remató: "Sinceramente, no puedo esperar a ver su cara cuando por fin vea la verdad y su habitual arrogancia se quiebre".