Entonces, Rosa levantó la mano de repente y, con un rápido movimiento, le quitó los gruesos lentes negros de armazón de la cara. Luego, con un grácil giro de muñeca, los tiró al bote de la basura.
Sin ese plástico negro que ocultaba sus facciones, el rostro de Clara adquirió de inmediato un aspecto más nítido y claro. Su frente lisa y sus ojos brillantes destacaban ahora bajo las luces, y cada detalle era visible sin obstáculos.
"Mucho mejor", dijo Rosa mientras la estudiaba de cerca, claramente satisfecha con el resultado.
Poco después, Clara se encontró sentada erguida ante un espejo de tocador.
La mujer que aparecía en el reflejo apenas se parecía a la aburrida versión que había mostrado al mundo durante años.
Su pelo, antes liso, ahora estaba acomodado en suaves ondas que enmarcaban su rostro y la hacían parecer viva y llamativa. Su maquillaje seguía siendo sencillo, casi natural, salvo por el atrevido toque de pintalabios rojo.
De repente, la realización la sacudió hasta el fondo de su alma. La mujer que la miraba en el espejo no se parecía en nada a la Clara callada y fácil de ignorar que la familia Guerrero se había acostumbrado a pasar por alto.
Desde el sofá de terciopelo, Rosa se estiró cómodamente y observó con una sonrisa de satisfacción a su amiga.
"Te lo dije", la provocó con confianza. "Con una cara como la tuya, solo hace falta un poco de esfuerzo y harás girar todas las cabezas de la sala".
"Es increíble...", murmuró en voz baja el estilista, pues a pesar de que trabajaba a diario con mujeres hermosas, no pudo ocultar su reacción.
Clara permaneció callada, mientras contemplaba el reflejo que tenía frente a sí. Durante años, ocultó deliberadamente este rostro.
A su mente acudió el recuerdo de los últimos momentos de su madre. Marta Reyes la agarró con fuerza de la mano, a pesar de que su extremidad estaba frágil y su respiración era endeble. De hecho, la mujer apenas podía pronunciar palabra.
"Clara... la belleza invita a la mentira y solo hace que la gente te utilice. Escóndela. Si tu apariencia no es nada destacable, estarás a salvo".
Clara creyó cada palabra. Su madre fue conocida en su día por su belleza, pero eso fue lo que atrajo a hombres que la manipularon y engañaron hasta que quedó atrapada en un matrimonio que parecía una prisión. Al final, el abandono y la crueldad destruyeron su espíritu y, poco después, falleció.
Cuando todo se vino abajo, Clara fue abandonada y enviada a un orfanato. A partir de ese momento, se enterró bajo capas destinadas a borrar su presencia: un espeso flequillo le ocultaba la frente, unos lentes demasiado grandes le tapaban los ojos, un polvo pálido le apagaba la piel y la ropa holgada le ocultaba la figura.
Poco a poco, se transformó en alguien lo bastante común como para pasar desapercibida.
Por aquel entonces, incluso se convenció de que Carlos podría ser diferente. Pensó que él podría ver más allá de las apariencias y apreciar quién era en realidad.
Pero se equivocaba. Ocultar quién era en realidad nunca la protegió. En todo caso, solo hizo que la gente se sintiera más cómoda mostrando su desprecio y crueldad.
Y fue así como llegó a una conclusión: ya no se escondería.
"Clara", la llamó Rosa, con un tono repentinamente serio, mientras se acercaba a ella. "A partir de este momento, sé tú misma y deja de encogerte para quedar en segundo plano. Te mereces mostrarte como realmente eres y tener la mejor vida posible".
Poco a poco, la aludida levantó la mano y se rozó la mejilla con la punta de los dedos, como si estuviera comprobando la realidad de lo que veía.
"Tienes razón. Vámonos", comentó mientras se levantaba. Aunque su voz sonaba tranquila, había en ella una silenciosa determinación imposible de ignorar, mientras agregaba: "Tenemos que llegar a un lugar".
***
Mientras tanto, dentro de una sala VIP privada del hospital, Diana descansaba apoyada en la cabecera de su cama. Lucía pálida y tenía un tubo intravenoso pegado al dorso de la mano.
"Carlos... lo siento. Volví a preocuparte", murmuró, con la voz lo suficientemente temblorosa para sonar frágil. "Solo me sentí un poco mareada. Es un viejo problema que va y viene".
Carlos, que estaba sentado junto a la cama, le agarró la mano con suavidad y, con un tono cálido que rara vez le mostraba a los demás, contestó: "No te disculpes. Tu salud importa, así que tienes que tener cuidado. ¿Qué te dijo el médico?".
"No es nada grave. Solo necesito descansar un poco", respondió Diana con una suave sonrisa, mirándolo fijamente con una expresión de tranquila gratitud. Luego, agregó: "Carlos... poder volver a tu lado me hace muy feliz".
El hombre sintió que la calidez se extendía por su pecho. Estaba a punto de responder cuando su celular vibró. Bajó la vista y vio un mensaje de su asistente, Nigel George.
"Señor, la señorita Lloyd ya se mudó. También firmó el acuerdo de divorcio. En cuanto a la transferencia de activos y el acuerdo adicional de cincuenta millones, ¿deberíamos empezar a procesarlo ahora?".
'¿Tan rápido?', se preguntó el patrón, con el ceño fruncido. Imaginó que ella dudaría. De hecho, esperaba lágrimas, discusiones o incluso súplicas.
Dados sus sentimientos por él, supuso que su cónyuge intentaría chantajearlo con todo lo que había hecho por él en los últimos tres años.
Por un momento, una emoción débil y desconocida pasó por su mente. Era tan leve que ni siquiera se detuvo lo suficiente para identificarla. Entonces Diana tosió suavemente a su lado y el pensamiento desapareció por completo.
"¿Qué pasó?", preguntó ella, con suave preocupación. "¿Hay algún problema en la empresa?".
Carlos bloqueó la pantalla del teléfono antes de volver a guardarlo en su bolsillo. Cuando se giró hacia su amada, le dedicó una sonrisa serena y tranquilizadora. "No es nada importante. Deberías descansar. Me quedaré aquí contigo".
Al cabo de un rato, Diana se quedó dormida. Al percatarse de ello, Carlos salió al pasillo del hospital, donde Nigel ya lo esperaba. Su asistente le entregó enseguida una tableta, apenas capaz de ocultar la emoción en su rostro.
"Señor Guerrero", dijo Nigel con entusiasmo. "Acabamos de recibir nueva información sobre la Doctora L".