Si esa figura esquiva había reaparecido de verdad, significaba algo más que una buena noticia para Carlos. De hecho, desde su perspectiva, era la última esperanza que les quedaba.
"Señor Guerrero, hay otro asunto del que debería estar al tanto. Diego Mendoza, el jefe del Grupo Mendoza, también empezó a buscar a la Doctora L. Por lo que oímos, es para su abuelo, Tobías Mendoza", continuó Niger, tras una pausa.
"¿Ya descubrieron algo?", preguntó el jefe, con el ceño ligeramente fruncido.
"Hasta ahora, nada sólido", respondió Nigel. "Pero el Grupo Mendoza ya corrió la voz. Cualquiera que proporcione información fiable o ayude a conseguir la ayuda de la Doctora L recibirá una generosa recompensa. Además, obtendrá prioridad para futuras asociaciones comerciales".
Miles de ideas pasaron por la mente de Carlos.
Durante años, el Grupo Guerrero intentó establecer lazos más estrechos con la familia Mendoza, sobre todo en el campo de las inversiones médicas. Si esta situación podía abrir esa puerta, tal vez se convirtiera en la oportunidad que tanto había estado esperando.
"Moviliza todos los contactos que tenemos", ordenó Carlos, con un tono firme pero decidido. "Tenemos que encontrar a la Doctora L antes que nadie".
"Entendido, señor Guerrero".
***
Esa noche, el club privado más exclusivo del centro, Nimbus, brillaba con fuerza bajo un mar de luces.
Cuando Clara y Rosa entraron en la sala privada que habían reservado, el ambiente ya era animado.
"¡Clara!", exclamó un muchacho de pelo gris plateado, corriendo hacia ella de inmediato, con los brazos abiertos como si se preparara para abrazarla.
Ella se apartó con suavidad, dejando que el joven abrazara el aire.
"Nate", lo saludó, con una leve sonrisa. "Sigues siendo tan ruidoso como siempre".
"No puedo evitarlo, ¡estoy emocionado!", exclamó el joven, frotándose la nuca, con los ojos brillantes de entusiasmo. El conocido corredor de su círculo parecía encantado mientras decía: "Por fin volviste. Los hombres de mi equipo no paran de hablar de ti. Siguen diciendo que nadie consiguió batir tu récord de vuelta".
Mientras hablaba, otro hombre se acercó con una copa en la mano. Sus finos lentes de montura metálica reflejaron la luz mientras examinaba a Clara con el escrutinio tranquilo de alguien que evalúa a un paciente.
"Te ves perfectamente bien", lanzó con una sonrisa aguda. "Ese miserable matrimonio no pareció agotarte como podría haberlo hecho. Aun así, te haré un chequeo completo más tarde. Yo mismo me encargaré".
Era Kenneth, un prodigio de la medicina que podía parecer relajado en un ambiente de fiesta y, sin embargo, dar a la gente la inquietante sensación de que llevaba un bisturí en algún lugar a la espalda.
Al otro lado de la sala, un joven delgado con una sudadera con capucha permanecía concentrado en la laptop que tenía delante. Ni siquiera levantó la cabeza mientras movía rápidamente sus dedos por el teclado.
"Clara, ya me colé en el sistema de vigilancia de la familia Guerrero. Puedo controlar sus movimientos durante los próximos tres meses. Y si quieres, podría crear un pequeño problema para las finanzas de Carlos".
El chico era Zayne, una sombra en el mundo cibernético que podía irrumpir en casi cualquier sistema que eligiera.
"No hace falta", contestó Clara, acomodándose en el sofá y aceptando la bebida que Rosa le pasó. "Mis lazos con la familia Guerrero terminaron. Los corté por completo".
"¿Terminaron?", preguntó Gema, una renombrada diseñadora de joyas, levantando la cabeza de la tableta que estudiaba. Tras subirse los lentes por el puente de la nariz, comentó: "No, eso no es suficiente. No se merecen una salida limpia. Te deben algo y deben pagar esa deuda en su totalidad".
Acto seguido, metió la mano en el bolso, sacó una carpeta y la deslizó sobre la mesa, mientras explicaba: "Echa un vistazo a esto. Lo creé especialmente para ti. Mi nueva línea de joyas, 'Renacimiento'. Cada diseño se inspiró en ti". Con la emoción llenando sus pupilas, agregó: "El tema es la transformación. Espinas, llamas, alas que se elevan tras las cenizas. Cuando vuelvas a ser el centro de atención, llevarás estas piezas. Quiero que todo el mundo sienta tu regreso".
Clara abrió la carpeta y estudió las páginas. Los bocetos de las joyas eran impresionantes, tan llamativos que casi la hicieron detenerse.
Cuando se casó con un miembro de la familia Guerrero, dedicó todo su tiempo y energía a Carlos. Las amistades de su pasado se desvanecieron poco a poco porque dejó de buscar esa vida por completo. Sin embargo, a pesar de los años transcurridos, ellos seguían allí, a su lado, como siempre.
Esa realización hizo que la calidez se extendiera por su pecho.
Bajando la vista, Clara dio un sorbo a la bebida. El alcohol se deslizó por su garganta con un fuerte ardor; ese era un sabor que no se había permitido disfrutar en m mucho tiempo.
Poco después, el celular de Rosa empezó a sonar y ella salió a contestar.
Clara se levantó un momento después y se dirigió al baño.
Apenas salió cuando un hombre, que se tambaleaba por el pasillo, le bloqueó el paso. De su cuerpo emanaba el fuerte tufo a alcohol.
"Vaya, vaya. ¿Una mujer hermosa caminando sola? Ven a tomar una copa conmigo", soltó el desconocido, que parecía tener unos treinta años y llevaba una camisa llamativa que lo hacía destacar aún más. Mientras decía eso, posó su mirada sobre la chica, cargada de una confianza que solo era capaz de conferir la borrachera.
Clara mantuvo la calma. Le lanzó un vistazo desinteresado e intentó pasar a su lado.
"Oye, espera", exclamó el hombre, alargando la mano, cuando ella intentó marcharse. "¿Qué? ¿Acaso crees que eres demasiado buena para mí? Quienes venimos aquí lo hacemos con la intención de pasar un buen rato. Y yo tengo mucho dinero. Tú...".
Antes de pudiera tocarla, otra mano apareció de la nada y le detuvo la muñeca en el aire. Dedos largos y firmes se apretaron con una fuerza aplastante contra la piel del intruso.
"¡Ay, oye! ¡Eso duele!", gritó el hombre, sobrio al instante cuando el dolor rompió con su borrachera.
Clara levantó la vista.
En algún momento, un hombre vestido con un traje gris oscuro se interpuso entre ella y su acosador, sin que se diera cuenta.
Era alto, de hombros anchos, y su figura se perfilaba bajo un traje perfectamente entallado que parecía hecho a la medida para él.
Incluso de espaldas, el hombre tenía una presencia inconfundible, del tipo que hablaba de un poder y una autoridad que pocos se atreverían a desafiar.
El desconocido ladeó un poco la cabeza. En cuanto posó su fría mirada en el borracho, el ambiente en el pasillo pareció congelarse.
"¿S... señor Mendoza?", balbuceó el hombre al reconocerlo, poniéndose pálido. "Yo... lo siento. No me di cuenta de que estaba con usted. Me iré enseguida", agregó, con la voz temblorosa.
El borracho se alejó tambaleándose, casi tropezando con sus propios pies mientras huía del pasillo.
Clara se quedó mirando al hombre que tenía delante, mientras una ligera sorpresa se extendía por su pecho.
Se trataba de Diego Mendoza, quien controlaba actualmente a la poderosa familia Mendoza en Draesdale. Su solo nombre tenía la influencia suficiente para inquietar incluso al mundo financiero. La gente lo describía como frío y despiadado, el tipo de figura con la que la mayoría solo se encontraba en una mesa de negociaciones, e incluso eso era raro, pues casi nunca aparecía en público. Nadie había oído hablar de que diera un paso adelante para ayudar a alguien así. Entonces, ¿por qué intervendría por ella?
Por un momento, Diego permaneció de espaldas a la mujer. Lentamente, sacó un pañuelo gris oscuro y se limpió con cuidado los dedos que habían agarrado la muñeca del borracho, como si incluso ese breve contacto le hubiera resultado desagradable.
Solo después de terminar se dio la vuelta y se concentró en el rostro de Clara.
Mantenía una expresión estoica, sin calidez, curiosidad ni emoción. Además, mantenía una mirada inescrutable.
Entonces algo cambió.
En cuanto vio a la chica con claridad, detuvo su movimiento.