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Intocable tras la despedida: Ahora revela su imperio secreto
img img Intocable tras la despedida: Ahora revela su imperio secreto img Capítulo 1 Pongamos fin a este matrimonio
1 Capítulo
Capítulo 8 ¿Cómo puedes ser la Doctora L img
Capítulo 9 Humillada img
Capítulo 10 Carlos nunca fue digno de ti img
Capítulo 11 No hay registros públicos de ella img
Capítulo 12 Carlos estaba muy por encima de ella img
Capítulo 13 Simplemente ya no lo amo img
Capítulo 14 Acepta todas las condiciones img
Capítulo 15 Día de la carrera img
Capítulo 16 El regreso de la leyenda img
Capítulo 17 Él es Krypton img
Capítulo 18 Secuestrada img
Capítulo 19 ¿Quién te envió img
Capítulo 20 ¿Me mandaste a vigilar img
Capítulo 21 Vine a tratarla img
Capítulo 22 ¿Qué razón tengo para ayudar img
Capítulo 23 ¿Cuántas semanas tienes de embarazo img
Capítulo 24 Carlos, ¿no me crees img
Capítulo 25 La sensación de familiaridad img
Capítulo 26 Quiero que investigues a alguien img
Capítulo 27 No quería mentirte img
Capítulo 28 Quítese ese vestido img
Capítulo 29 ¿Me cacheteaste img
Capítulo 30 Les prohibirá la entrada de forma permanente img
Capítulo 31 Viviría a su manera img
Capítulo 32 Esto no es un ejercicio de práctica img
Capítulo 33 Algunas personas simplemente nacen diferentes img
Capítulo 34 Una operación impecable img
Capítulo 35 Por fin te cayó una mujer img
Capítulo 36 Porque eres diferente img
Capítulo 37 Alguien nos observaba img
Capítulo 38 Clara ayudó a Carlos más de una vez img
Capítulo 39 Clara había bloqueado su número img
Capítulo 40 ¿Es creíble img
Capítulo 41 ¿Aún hay posibilidades de que me recupere img
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Intocable tras la despedida: Ahora revela su imperio secreto

Autor: Mira Westfield
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Capítulo 1 Pongamos fin a este matrimonio

"Pongamos fin a este matrimonio", dijo Carlos Guerrero sin previo aviso, con un tono tan tranquilo que parecía que estaba cerrando un trato comercial.

Con esa simple frase, acababa con tres años de matrimonio. Abrió el cajón de su escritorio, sacó un documento y lo deslizó sobre la mesa.

"La situación de Diana se ha complicado", explicó mientras encendía un cigarrillo. El humo se elevó y suavizó los bordes afilados de su expresión, mientras seguía: "Su esposo murió hace poco y ella está embarazada de su hijo. No tiene familia que la respalde. Ella no soportará volverse la comidilla del pueblo".

Finas hebras de ceniza gris cayeron lentamente de la punta del cigarrillo del hombre, quien continuó con sus excusas.

"Lo menos que puedo hacer es darles a ella y al bebé mi apellido y un lugar adecuado para vivir", añadió, mirando a Clara Reyes con distante indiferencia. "Si tienes alguna exigencia, dila ahora. De lo contrario, firma el papel".

Diana Murphy fue una vez el amor de la vida de Carlos. Ahora estaba embarazada, esperando un hijo sin padre, y esa era exactamente la razón por la que él dejaba a su esposa, para casarse con su primer amor.

El peso de la situación de Diana oprimió a Clara, quien terminó con la mente nublada y sintió que todo se desvanecía en una neblina opaca. Se quedó donde estaba, incapaz de moverse. Una fina capa de lágrimas brilló en sus ojos antes de que pudiera contenerlas. Con dedos temblorosos, tomó el documento titulado "Acuerdo de divorcio".

Al leer el encabezado en negritas en la parte superior, sintió el equivalente a un golpe.

"¿De verdad no hay...?", empezó, con voz tensa y desigual. Un espeso flequillo colgaba bajo las monturas de sus lentes, haciéndola parecer frágil y derrotada. "¿De verdad no hay otra opción?".

"Ella está en un estado frágil. Si la abandono ahora, no lo soportará. Pero tú no eres así, Clara. Siempre has sido fuerte", contestó su cónyuge, frunciendo ligeramente el ceño.

'¿Es mi fuerza la razón por la que tengo que ser desechada?', se preguntó Clara, y la mera idea hizo que sintiera que le estrujaban el corazón.

Antes de que pudiera serenarse, los recuerdos la transportaron años atrás. Volvió a ver el orfanato y al niño de pie con la luz del sol sobre sus hombros. Él se puso delante de ella con los brazos extendidos, mirando a los niños a los que les gustaba intimidarla.

"No se atrevan a tocarla", les advirtió.

Poco después, hizo otra promesa: "Pase lo que pase, te mantendré a salvo".

Fue entonces cuando ella le entregó completamente su corazón. A partir de ese momento, lo amó por completo, sin esperanza de volver atrás.

Clara cerró lentamente los dedos, hasta que se volvieron puños.

"No hace falta que armes un drama", le advirtió Carlos, sin ocultar la irritación en su voz, al observarla con la cabeza gacha. "Tú y yo sabemos que nuestro matrimonio nunca fue por amor. Te elegí porque eras la opción adecuada...".

El hombre se detuvo un momento para soltar lentamente una bocanada de humo, y agregó: "Clara, supuse que al menos sabías manejar las cosas con algo de... dignidad".

Ante la mención de la última palabra, la aludida casi se carcajeó.

"Diana es una persona amable", continuó Carlos, con un tono más frío. "Nunca quiso hacerte daño. Además, entre nosotros nunca ha pasado nada inapropiado".

Clara sintió una opresión tan fuerte en el pecho que hasta respirar le parecía doloroso.

¿Así que ahora, seducir a un hombre casado y dar muestra de una moralidad cuestionable era aceptable?

"Me aseguraré de compensarte justamente", prosiguió Carlos, quien apretó el cigarro contra el cenicero de cristal hasta que la brasa se apagó. Luego, en un tono más agudo, agregó: "Solo firma los papeles y deja de aferrarte a una posición que nunca fue para ti".

Él reconocía que Clara había manejado la casa a la perfección. Aunque su aspecto era sencillo y fácil de pasar por alto, mantenía el hogar impecable. Lo organizaba todo, gestionaba sus asuntos diarios y mantenía en silencio su vida en orden sin pedir nunca reconocimiento.

Aun así, era demasiado comedida y correcta. Estar cerca de ella era como beber agua simple: únicamente ofrecía un alivio básico. Sí, satisfacía su sed, pero no dejaba ningún sabor persistente. Y Carlos se había cansado de eso.

"Te daré tres días para que decidas", sentenció el hombre. "Pero no pongas a prueba mi paciencia alargando esto".

"No será necesario", respondió su esposa, levantando la cabeza y agarrando el bolígrafo.

El sonido de la punta raspando la página rompió el silencio.

Con trazos rápidos y firmes, estampó su firma. No vaciló ni un segundo mientras lo hacía.

Carlos no pudo ocultar su sorpresa por un momento. Poco después, su expresión volvió a su habitual frialdad.

"Al menos sabes tomar la decisión sensata", declaró. Tras un momento de duda, agregó: "Como tienes un pasado manchado, puede que no te resulte fácil encontrar trabajo. Además de lo que ya establece el acuerdo, te transferiré otros cincuenta millones como compensación. También puedes quedarte con el Porsche que has estado conduciendo".

"Si tu corazón siempre le perteneció a ella, ¿por qué te casaste conmigo?", preguntó Clara, en voz baja.

Carlos la miró. Esta vez no evitó la pregunta, sino que la respondió.

"En aquel entonces, Diana ya había decidido irse", dijo. "Conduje hasta el aeropuerto para detenerla, pero nunca llegué. Choqué el auto en el camino y casi quedé paralítico", narró estoicamente, y casi parecía que estaba contando la vida de otra persona. En ese mismo tono, agregó: "Mi abuelo amenazó con quitarme todo. Me llamó inútil y dijo que estaba arruinando mi futuro por una mujer. Si mi madre no hubiera intervenido, me habrían expulsado por completo de la familia. Para recuperar lo que me pertenece, necesitaba un matrimonio estratégico. Necesitaba una esposa que no creara complicaciones".

Tras decir eso, posó su mirada en su mujer. En sus pupilas había una serena crueldad, mientras añadía: "Me conocías del orfanato. Eras sencilla, callada y leal a mí. Sé lo de la cárcel. La condena que cumpliste. Eso significaba que podía manejarte fácilmente e irme cuando lo necesitara".

Alzando ligeramente la comisura de sus labios, agregó, casi como si la estuviera felicitando: "Durante estos últimos tres años, desempeñaste tu papel a la perfección. Lo hiciste tan bien que casi olvidé la verdad. Desde el principio, este matrimonio no fue más que un trato entre mi familia y yo".

Clara no derramó ni una sola lágrima.

En cambio, una abrumadora sensación de absurdo se extendió por su pecho.

Durante años, lo había amado sin reservas. Su paciencia, su devoción, la forma en que permanecía en silencio a su lado lo significaban todo para ella. Sin embargo, para él solo fue un trato.

Sin embargo, Carlos nunca se dio cuenta del precio tan alto que ella pagó para convertirse en la esposa que todos esperaban que él tuviera.

Sin dudarlo, cortó todo rastro con la vida que había llevado. Abandonó su computadora, el bisturí, su trabajo de diseñadora, la pista de carreras... Todas esas cosas la habían llenado de emoción en el pasado. Y ahora, había pasado tanto tiempo que apenas podía recordar la sensación.

Día tras día, su vida giraba por completo en torno a su esposo. Le masajeaba las piernas, lo guiaba en la rehabilitación y permanecía despierta a su lado en las largas noches en que el dolor no lo dejaba dormir. Cuando el sufrimiento se volvía insoportable, solo se quedaba en silencio, agarrándolo de la mano.

Hacía dos años, que él por fin recuperó la capacidad de caminar. ¿Pero qué diferencia había supuesto?

En cuanto Diana regresó, todos los sacrificios que Clara había hecho durante esos tres años parecieron desvanecerse en algo trivial y sin peso. La ironía de todo aquello le pareció casi ridícula.

Y con eso en mente tomó una decisión. Sabía que dejar que las cosas se alargaran solo agravaría el daño. Por ende, terminar con todo ahora era la mejor opción.

En ese momento, el celular de Carlos empezó a sonar. Al contestar, su expresión cambió de inmediato. "¿Qué dijiste? ¿Diana se siente mal? Voy para allá ahora mismo".

Sin decir una palabra más, terminó la llamada, agarró su abrigo y salió corriendo por la puerta. No le dedicó ni un solo vistazo a Clara.

Siempre que se trataba de Diana, este era el patrón. En cuanto ella lo necesitaba, se convertía en otra persona, un hombre que no tenía espacio para nadie más que para ella.

El sonido de la puerta principal al cerrarse resonó en el silencioso salón.

Clara permaneció donde estaba, aún luchando contra el repentino vacío que se extendía en su interior, cuando voces y pasos llegaron desde el exterior.

Lorena Guerrero, la madre de Carlos, había vuelto a casa, y su hija, Jessie, entró con ella.

La puerta se abrió de golpe con un fuerte estruendo. Jessie entró como si fuera la dueña del lugar, con varias bolsas de compras de lujo colgando de sus manos, mientras mantenía la barbilla levantada con orgullo. Lorena la siguió, perfectamente vestida y con el mismo aire frío y de superioridad de siempre.

"Mamá, mira este bolso que compré hoy. ¡Es una edición limitada!". La joven seguía admirando su compra cuando de repente se dio cuenta de que Clara estaba de pie en medio del salón. Sin ocultar su desdén, preguntó: "¿Por qué estás ahí parada así? Eres desagradable a la vista".

Clara ignoró por completo el comentario. Sin responder, se dio la media vuelta para ir hacia las escaleras, donde se dispondría a hacer las maletas.

"¡Espera!", exclamó Jessie, poniéndose delante de ella de golpe.

Barrió con la mirada a su cuñada, con una expresión que sugería que estaba contemplando basura, antes de soltar: "El collar de diamantes que dejé en mi tocador desapareció. ¿Te lo llevaste?".

            
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