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Matrimonio Forzado con el Mafioso
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Capítulo 5 Paola

Se puso delante del coche, con la puerta por la que salió cerrada. Mi abuela sollozaba en silencio, el miedo que compartíamos entumecía los pensamientos racionales y la incapacidad nos asfixiaba.

- Como dije, solo quiero a la chica. -Vi al dueño de la voz de antes; su voz nos llegaba amortiguada por el sonido y tenía una apariencia asiática, siendo miembro de la mayor organización criminal de China. Vestía un traje azul oscuro con una camisa blanca debajo. En una de sus manos también sostenía un arma y miraba a mi abuelo como pocos hombres que he conocido eran capaces de hacerlo.

- Y sabes que no te la entregaré tan fácilmente, Lee. Estamos hablando de mi nieta. -El otro asintió levemente, aparentando que de hecho comprendía la dificultad de la situación y, extrañamente, lo respetaba por ello.

- Entiendo. Cargas con el peso de proteger a tu familia, desafortunadamente yo no pude hacer eso por mi hermano. Creo que ahora comprendes lo que quiero decir. Pero nadie necesita morir aquí... -Mi abuelo se rió y el hombre dejó de hablar, mirándolo con una expresión de frialdad en su rostro.

- Soy el antiguo Capo de la Cosa Nostra. No necesitamos montar una escena, Lee. Ambos sabemos que jamás podrías dejarme salir vivo. -Un silencio mortal se instaló y mi pecho amenazaba con asfixiarme por el pavor-. ¿O no tienes tanta sed de sangre como tu padre para vengar la muerte de tu hermano? -Incluso de lejos fue posible ver que el hombre ni siquiera vaciló al escuchar la provocación.

Yo sabía el porqué de la guerra entre nosotros y por qué yo era el objetivo. Mi padre había asesinado al hijo del líder de la Tríada en un enfrentamiento y, en la mafia, meterse con un familiar de cualquiera, pero en especial con el de la cabeza de toda la organización, era como poner un blanco enorme en tu espalda, del cual jamás serías capaz de librarte por el resto de tu vida, o hasta que todos los que tienen sed de venganza estén muertos.

- Puedo garantizar que mis actos no se tratan de venganza, pero no puedo decir lo mismo de mi padre. Bien, si es así como lo deseas, ¡podemos terminar con esto pronto! -Levantó su arma e inmediatamente mi abuelo hizo lo mismo.

Todos los demás hombres alrededor le apuntaron también, una desventaja absurda y cargada de pura injusticia. Hice lo único que sabía que podía hacer para evitar la muerte de mi abuelo e ignorando cualquier pensamiento de miedo y evitando pensar de más, abrí la puerta del coche y salí; mi abuelo ya había dicho que me llevarían de todos modos, no tenía por qué ser al precio de su vida.

- ¡Paola! -mi abuela me llamó y la ignoré, cerrando la puerta tras de mí. Algunos ojos se movieron en mi dirección, especialmente los de ese tal Lee. Él no podía verme por completo, solo mi cabeza por encima del coche.

El hombre asiático todavía miraba por encima del hombro de mi abuelo cuando hizo un movimiento con una de las manos y todos los demás bajaron sus armas, excepto uno: el hombre que estaba a la derecha de Lee. Tenía hombros anchos y una barba que cerraba su mandíbula; sus ojos no se desviaban del antiguo Capo, mientras que el otro mantenía sus ojos oscuros en mí a cada paso que daba.

Mi abuelo no miró atrás, pero yo sabía que probablemente esperaba esto. Él me conocía demasiado bien como para engañarse pensando que me quedaría quieta dentro del coche esperando a que me sacaran por la fuerza. Erguí la barbilla y caminé, aunque con pasos vacilantes, hacia adelante, manteniendo el mínimo de dignidad que podía tener. Mi abuelo aún mantenía sus ojos fijos en su enemigo cuando me detuve a unos metros a su lado.

- Si voy contigo... -comencé, intentando que la voz no saliera tan temblorosa y vacilante-, ¿los dejarás en paz? -Con una expresión neutra e impasible, asintió con la cabeza una sola vez y extendió la mano en mi dirección.

Como una invitación...

¡Como si tuviera opción!

- Paola... -dijo la abuela, saliendo del coche-. ¡Por favor, vuelve al coche! -Tenía la absoluta certeza de que ella sabía que esto no podía terminar de otra forma, pero Simona siempre fue una mujer de fe. Sin embargo, ¡no creía que su Dios o cualquier otro pudiera evitar esto! Porque al final, fuimos nosotros quienes trajimos esta consecuencia sobre nuestra familia en el momento en que nuestros antepasados decidieron involucrarse en el mundo del crimen y nosotros continuamos siguiendo sus pasos.

- No hay forma de que salga de aquí sin que sea acompañada por estos caballeros, abuela. -No omití el disgusto y el desdén en mi voz-. Él mismo lo dijo, ¿no? -Mi abuelo me dio una breve mirada de reojo y asintió casi imperceptiblemente-. Es innecesario que esto sea a costa de sus vidas. -Él no dijo nada, no podía. Pero era demasiado orgulloso y también era una cuestión de honor permitir que su nieta fuera secuestrada bajo su protección sin reaccionar, y yo sabía que la impotencia probablemente lo estaba carcomiendo por dentro.

Di un paso adelante; mis piernas parecían que iban a fallar en cualquier momento. Sentía mi cuerpo temblar y las manos sudar frío, el corazón latiendo rápido y la respiración descompasada. Las lágrimas en los ojos que ahora intentaba más que nunca contener. No lloraría, ¡de ninguna manera! Me negaba a tal humillación y enfrentaría la situación con la frente en alto, como a mi padre le gustaría y para que mis abuelos vieran valor en mí. Sin demostrar debilidad. No soy una damisela indefensa, me niego a asumir ese papel.

"Hay otras formas de lidiar con situaciones críticas, Paola", dijo mi madre una vez por teléfono, cuando le supliqué que me llevaran de vuelta por no aguantar más vivir en aquella hacienda. "Puedes apreciar tu vida en lugar de dedicarte tanto a odiarla". ¿Qué diría ella que apreciara ahora?

Respiré hondo y saqué valor, un paso tras otro y entonces estuve entre ambas armas. Lee bajó la suya, pero el hombre a su lado no, y no necesité mirar para saber que mi abuelo ni siquiera había vacilado en su puntería; sabía que incluso en una situación como esta, si disparaba, jamás fallaría su blanco. Sin embargo, tenía la impresión de que el soldado de Lee tampoco fallaría.

Me acerqué más, con su mano aún extendida hacia mí. Lo miré de cerca: los ojos negros y rasgados, la nariz angulosa y el rostro de mandíbula cerrada. Una expresión de impiedad y calma. Los peores suelen aparentar control y serenidad, como si nada fuera capaz de alterarlos; yo lo sabía precisamente por mi padre, quien aunque siempre era muy cariñoso y gentil conmigo, cargaba con su fama de crueldad en el mundo de la Mafia. Lo cual, obviamente, la gran mayoría aplaudía, pues eso en especial ya se esperaba de un Capo. Y él era tan imbatible como hoy decían que era mi abuelo.

Con la vida de alguien a quien amaba en riesgo, consideré mejor no ceder al deseo de ignorar su caballerosidad y apoyé una de mis manos sobre la suya. Estaba caliente y su agarre alrededor de mis dedos, aunque ligero, transmitía firmeza. Ciertamente él podía sentir lo frías que estaban las mías y mi temblor tampoco pasaría desapercibido.

Miré hacia atrás y me encontré con los ojos claros de Vittorio Provenzano. Por primera vez en toda mi vida, por unos segundos, vi el miedo en sus ojos al mirarme y mirar de vuelta a Lee.

- Él no se detendrá. Lo sabes. -Todos sabían que se refería a mi padre.

El hombre de al lado se rió con desdén, pero Lee se mantuvo serio al responder:

- Cuento con ello. -Su mano me guió hacia el coche. Miré a mi abuelo y mi propio cuerpo se negó a ceder. Esperé el tirón en el brazo o alguna palabra amenazadora, pero Lee solo apoyó su otra mano en mi cintura, me guió con un poco más de fuerza y me miró seriamente.

No necesitó decir nada, su mirada ya dejaba clara la amenaza: la vida de mi abuelo aún estaba en juego ante un arma y por más que fuera un excelente tirador, nada lo haría más rápido que una bala viniendo de docenas de direcciones diferentes. Cedí y caminé a su lado hasta el coche; me abrieron la puerta y, antes de entrar, miré a mi abuela junto al vehículo, que lloraba con una de sus manos sobre los labios. Cuando me preparaba para entrar, escuché el disparo...

Todo pareció suceder en cámara lenta: mi abuelo cayendo al suelo con un agujero en medio de la frente, la sangre corriendo, mi abuela gritando y corriendo en completo desespero hacia él. Fui testigo de la escena horrible ante mis ojos: mi abuelo, una figura querida, siendo víctima de la crueldad implacable de la Tríada. Mis ojos se agrandaron por el choque y el dolor, y un grito angustiante escapó de mis labios. Intenté llegar hasta ellos, pero unas manos me alcanzaron; me debatí con intensidad, intentando romper la barrera invisible que me separaba de aquel momento brutal. Y en el instante en que el arma disparó, creí oír a alguien a mi lado maldecir en voz baja, pero no estaba en condiciones de notar nada a mi alrededor más que el dolor en mi pecho.

La desolación pulsaba en mis venas y, aterrorizada, mis ojos encontraron los de mi abuelo, cuyo semblante mostraba el vacío del destino inminente. Mi abuela, que ahora estaba de rodillas al lado del cuerpo inerte de su marido, lloraba desesperada; una banda sonora agonizante para el horror al que la sometieron. Y supe, en ese momento, que recordaría esos gritos todos los días de mi vida.

Me sentí impotente ante la crueldad frente a mí; no contuve las lágrimas esta vez. La escena era como una pesadilla de la que no podía despertar. Mientras me arrastraban lejos, los recuerdos de la infancia feliz al lado de mis abuelos inundaron mi mente, haciendo la situación aún más insoportable.

Lee, el líder despiadado de la Tríada, actuó con una frialdad calculada. Era él quien me sujetaba por detrás; sus brazos fuertes impedían cualquier intento de avance. En sus brazos, los de mi enemigo, permití que la realidad me abatiera, dejando de luchar, dejando de intentar llegar hasta mi abuela para consolarla, porque sé que no lo lograré. Dejo que todo me golpee, como un diluvio de dolor que encuentra una salida: aceptación, derrota. El calor de mi rostro contrasta con el frío que se instala en mi pecho, donde la noticia de la muerte de mi abuelo parece abrumadora y sé que no puedo hacer nada al respecto.

Cada sollozo es un eco de la tristeza que hunde mi corazón en un mar profundo de desesperación. El dolor es palpable, un nudo apretado en la garganta que me asfixia y no importa que Lee sea quien es; en este momento, él es solo el soporte físico para mi dolor desenfrenado. Por un momento, no me importa que literalmente me esté arrastrando al coche; grito de dolor, de rabia y de revuelta y al final dejo de luchar, permitiéndome ser llevada y encerrada en el asiento trasero del coche, que en minutos parte. Lo último que veo antes de seguir hacia mi destino incierto es a mi abuela abrazando el cuerpo ensangrentado del hombre que ama.

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