El edificio es uno de los mejores que hay en esta zona. Cuando lo compré debo admitir que me salió caro. Todos mis ahorros están aquí, pero me lo merezco por trabajar tan duro. El lugar que habito es agradable. No hay pinturas y adornos que digan "¡Wow, qué caro!", pero es decente y realmente bonito. Luego de comprarlo me botaron del trabajo en donde estaba y me quedé sin un centavo. Así que busqué y busqué. Logré conseguir en este sitio, no como la chef del lugar, pero lo que me toca hacer no está mal y además no pagan mal. Lo único malo allí es mi jefe, que es repugnante, pero de esos hay en todos lados.
Después de mi desayuno, salgo de mi apartamento y me voy para el estacionamiento, subo y luego me dirijo a mi lugar de trabajo.
El tráfico, como todas las mañanas, está algo pesado, pero la ventaja de conducir una motocicleta es que puedes pasar por lugares algo estrechos que un auto jamás podría atravesar. Luego de conducir con cuidado, logro llegar al restaurante. Hay mañanas en las que no se abre tan temprano, pero los que estamos en la cocina debemos ir adelantando todo, ya que a partir de las 12:00 las personas vienen a disfrutar de un rico almuerzo y desde allí en adelante todo comienza a ser estresante.
-Ni cuenta me di cuando te fuiste -escucho que habla Ricardo detrás de mí.
Con el pequeño paño continúo secando mis manos.
-Estabas muy dormido -curvo mis labios-. Ricardo, duermes como si estuvieras muerto -giro mi rostro para mirarlo-. No te mueves ni nada, siempre que duermo contigo pongo mi dedo índice debajo de tu nariz para saber si estás respirando.
Sonríe y siento que me abraza desde atrás.
-Mi amiga se preocupa tanto por mí -deja un beso en mi mejilla y se aleja-. Y tú te mueves mucho -agarra el jabón para comenzar a frotar sus manos haciendo espuma.
Suelto una risita y dejo caer el paño sobre su hombro.
-Por lo menos doy señales de estar viva.
Desliza una sonrisa y sujeta el paño para comenzar a secar sus manos.
-Ya están aquí -habla Naomi, quien viene con una cesta llena de coliflor y la deja caer con cuidado sobre la barra-. ¿Cómo amanecen mis queridos compañeros de trabajo? -inquiere ella, quien desde su lugar comienza a sacar los coliflores con lentitud.
-Muy bien -hablamos Ric y yo al unísono.
-Eso me alegra -sonríe.
En ese momento Rupert llegó y la charla se acabó. Todos de inmediato iniciamos nuestro trabajo como todos los días.
A la hora de la salida decidimos vernos en un bar de la ciudad para charlar y disfrutar un rato de una buena bebida. Es viernes y el cuerpo lo sabe. Scarlett, Ricardo y Naomi se fueron hace 20 minutos. Yo les dije que en cuanto saliera me iría para el sitio de encuentro.
Rupert, desde que llegó y se enteró de que yo también soy chef, cada vez que quiere saber la opinión de alguien sobre alguna comida, me pide el favor a mí. Es por eso que cuando fue la hora de salida todos mis compañeros se fueron, menos yo. Ya los del turno de la noche están entrando a sus labores.
Observo el plato que contiene un postre hecho de manzana, ponqué y galleta. Sobre este hay un acaramelado de azúcar. Está a una temperatura adecuada y huele muy bien.
-Ten -Rupert me entrega una cuchara pequeña mientras me observa.
La agarro y miro el postre frente a mí para después acercar la cuchara y tomar un poco.
-Tiene buena consistencia -comento.
-Bueno, eso está bien, ¿no? -habla él a mi lado.
Asiento y llevo la cuchara a mi boca para probar el postre, que comienzo a masticar con suavidad y lentitud. Cerrando los ojos, disfruto de su sabor. Siento cómo la galleta y el ponqué se derriten en mi boca.
Trago y volteo a mirarlo.
-Está exquisito -sonrío-. El azúcar no está quemada y sabe muy bien. El ponqué y la galleta están suaves. Realmente es un postre con mucho potencial, señor Rupert.
Él me regala una sonrisa.
-Gracias por tu tiempo. Ya sabes, necesito siempre la opinión de otra colega que sepa del significado de la comida -tuerce sus labios.
-Puedes contar conmigo, eso lo sabes -sobo su brazo-. Eres un buen chef, Rupert.
-Gracias, Barbra. Tú no te quedas atrás. El día que me cubriste y preparaste esa rica salsa, superaste mis expectativas -sonríe.
Agarro mi bolso y lo cuelgo de mi hombro derecho.
-¿Lo agregarás a la lista de postres?
Rupert posa la mano en su cintura, mirándome.
-Sí... tengo pensado hacerlo. Pero por supuesto antes debo conversarlo con el señor Masson. Como debes saber, sobre lo que se agrega o quita del menú se debe hablar con él.
Asiento con lentitud.
-Que no se presentó hoy, por cierto.
-Está de viaje -comunica él.
Sí, igual ni me importa.
-Sí, bueno, nos vemos mañana. Adiós -agito mi mano alejándome de él.
-Adiós, Barbra.
Al salir del restaurante me voy en dirección al estacionamiento y me dirijo a mi motocicleta. Saco el casco y subo. Me coloco el casco y de mi pequeño bolso saco la llave para encender la motocicleta. Pero al girarla, no enciende. Lo hago por varios minutos pero no quiere nada de nada. Ni siquiera suena. Solo espero que no sea la batería.
Me quito el casco y suelto un suspiro frustrado sujetando mis caderas.
-¿Necesitas ayuda? -escucho una voz detrás de mí.
Sobre el asiento me giro y puedo dar con un traje ejecutivo color beige, camisa blanca y una corbata color vino. Jon se encuentra detrás de mí mientras me observa con el entrecejo fruncido. En ese momento me percato de que su camioneta color plata está justo a mi lado.
-Bueno... -bajo de la motocicleta-. Creo que se descargó la batería -comento mirando a Miss Pink.
-Vaya, eso sí que es un problema -comenta acercándose con pasos lentos mientras mira la motocicleta.
-Algo... -me cruzo de brazos observando con tristeza el único vehículo que me transporta.
-Si quieres, puedo llevarte hasta tu casa -refiere mirándome con una pequeña sonrisa.
-¡Oh, no! -sonrío apenada-. No quiero molestar, Jon.
-No, para nada -se acerca y sujeta el manubrio de mi motocicleta-. La voy a subir.
Lo observo por un momento y asiento.
No me queda de otra. Es eso o irme caminando.
Jon, con ayuda de Milo, sube mi scooter a la cabina de su camioneta y, después de cerrar la puerta, sacude sus manos para luego aflojar un poco su corbata color vino.
Color vino.
Por mi cabeza pasaron esas palabras que aquel hombre dejó dicho.
"Ahí te dejo mi primera pista".
Puedo ver que la mano de Jon se mueve cerca de mi rostro.
-¿Estás ahí? -inquiere con los ojos muy abiertos.
Trago con suavidad y parpadeo.
-Sí... -suelto distraída.
-Entonces sube, Barbra.
-Claro.
Jon abre la puerta del copiloto y yo subo. Después la cierra, luego lo hace él en el asiento del piloto y, luego de unos minutos, acelera saliendo del estacionamiento.
¿Es Jon? ¿Cómo puede usar justamente la corbata del mismo color y se nota que es la misma tela que aquel hombre me dejó? Sería completamente incómodo imaginar que el encargado del restaurante donde trabajo me folló hace unas horas atrás.
Miro al frente mientras muerdo mi labio y pienso un montón de cosas. Tratando de sacar conclusiones de si puede ser él. Es extraño que justamente tenga ese color de corbata. La verdad es que no le presto atención a cómo Jon va cada día al trabajo, pero ¿será él? Aunque su olor no desprende el que ese hombre usaba, pero tengo entendido que los hombres pueden usar cualquier tipo de perfume, la mayoría tiene entre dos y tres marcas de aromas varoniles. Voy a hacerle algunas preguntas.
¿Qué? ¿Ahora me dicen Barbra en busca del hombre secreto que le dio un revolcón? La verdad es que me da igual, pero ver a Jon usando justamente ese color de corbata me pone algo pensativa y me hace recordar lo que sucedió esa noche.
-¿Y... qué tal tu vida? -volteo a mirarlo.
-Muy bien -asiente lanzándome una mirada rápida.
Miro al frente.
-Me alegro.
Nos quedamos en silencio.
-Y... ¿qué tal tú?
-Estoy bien -afirmo.
-¿Por cuál parte vives?
Le doy la dirección y se va en esa vía. Después de unos largos minutos se detiene frente al edificio donde vivo.
-Gracias -lo miro y le dedico una sonrisa dulce.
Jon me regala una pequeña sonrisa.
-No te preocupes, está bien. Cualquier cosa solo me puedes hablar.
-Realmente me salvaste con el aventón.
Afirma.
-Estoy a tu orden -me mira con el rostro serio-. Y cómo no ayudar a una mujer tan hermosa como tú.
Me quedo en silencio aún mirándolo.
-Se me hace tarde... y gracias de nuevo -le sonrío nuevamente.
-Si quieres que te lleve al trabajo, puedo hacerlo sin ningún problema -comenta con voz tranquila mientras mira al frente-. Solo me dices y yo te hago el favor.
Lo miro con el rostro serio.
-¿Trabajo?
-Sí, tu trabajo -me vuelve a mirar-. Sé que trabajas en ese lugar, Barbra.
Frunzo el ceño y entrecierro los ojos.
-¿De cuál lugar hablas?
-Del club, por supuesto. En donde bailas -suelta observándome mientras arruga sus cejas.
Mi rostro se suaviza al escuchar eso y en sus labios apareció una sonrisa jovial, aún mirándome detenidamente.