-Deberíamos ir a ver a Elena -dije, la culpa ya picándome bajo la piel-. Probablemente esté furiosa porque no aparecimos para ayudar a desempacar.
-Cómprale flores -sugirió Sofía débilmente-. Le encantan las azucenas.
Dejamos a Sofía en la casa de seguridad con una enfermera y condujimos directamente a la Universidad de Monterrey.
Nos detuvimos en una florería de lujo y compramos un enorme ramo de azucenas blancas. Eran frescas, prístinas y ridículas.
Caras.
Llamativas.
Del tipo que dice "lo siento, soy un idiota, por favor perdóname".
Nos detuvimos en la puerta principal de las residencias, el motor de mi coche ronroneando con impaciencia.
-Llámala -dijo Mateo, mirando los edificios de ladrillo.
Marqué su número.
El número que usted marcó no está en servicio.
Fruncí el ceño, apartando el teléfono de mi oreja para mirar la pantalla.
-No hay señal -dije, aunque las barras en mi pantalla estaban llenas-. Entremos.
Nos acercamos a la caseta de seguridad.
-Entrega para Elena Villarreal -dije, mostrando mi sonrisa ganadora, la que usualmente abría puertas-. Residencias de primer año.
El guardia tecleó en su computadora, su rostro aburrido.
Frunció el ceño.
-¿Villarreal? -preguntó-. Deletréelo.
-V-I-L-L-A-R-R-E-A-L -dije lentamente, inclinándome-. Hija del Subjefe. Deberían tenerla marcada como VIP. Revise la lista de donantes si es necesario.
El guardia negó con la cabeza, sin impresionarse por mi tono.
-No tengo registro de ninguna Elena Villarreal inscrita aquí.
Mi estómago cayó hasta el suelo.
-Revise de nuevo -gruñó Mateo, golpeando el borde de la ventana-. Transfirió su inscripción hace meses.
-Estoy viendo la lista activa, joven -dijo el guardia, girando ligeramente su monitor-. No está aquí.
No esperamos a que terminara. Corrimos de vuelta al coche.
Conduje hasta la Hacienda.
Rompí todos los límites de velocidad, zigzagueando entre el tráfico como un loco.
Algo andaba mal.
El silencio de su teléfono no era solo enojo.
Era ausencia.
Llegamos rechinando a las puertas de hierro de la mansión Villarreal, los neumáticos humeando.
Los guardias de la familia estaban allí.
Armados.
Se pararon frente al coche, con los rifles en alto de una manera que no era ceremonial.
-¡Abran la puerta! -grité, asomándome por la ventana-. ¡Necesitamos ver a Elena!
El jefe de seguridad, un hombre llamado Rocco que nos había enseñado a disparar cuando apenas éramos lo suficientemente altos para sostener un arma, se acercó al lado del conductor.
Su rostro era de piedra.
-Dense la vuelta, muchachos -dijo Rocco.
-¿Dónde está? -exigí, mi voz subiendo de tono-. ¿Está adentro?
Rocco miró las flores en el asiento del copiloto.
Las miró como si fueran basura.
-La señorita Elena ha dejado el estado -dijo Rocco.
El mundo dejó de girar.
-¿Qué quieres decir con que dejó el estado? -preguntó Mateo, su voz quebrándose bajo el peso de las palabras-. ¿Por cuánto tiempo?
Rocco ajustó su agarre en el rifle.
-Indefinidamente.
-¿A dónde fue? -grité, golpeando el volante.
-Ya no es asunto suyo -dijo Rocco fríamente-. No son bienvenidos en tierras de los Villarreal. Dense la vuelta. O abrimos fuego.
Miré más allá de él, hacia la casa en la colina.
La ventana de su habitación estaba oscura.
Las persianas estaban cerradas herméticamente.
Parecía hueca, como un cráneo con cuencas vacías.
Se había ido.
Y las azucenas en el asiento junto a mí de repente olieron a funeral.