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Venganza bajo el Altar
img img Venganza bajo el Altar img Capítulo 2 El eco del colapso
2 Capítulo
Capítulo 7 El arte del veneno lento img
Capítulo 8 El veneno de la verdad img
Capítulo 9 La semilla de la discordia img
Capítulo 10 Votos de ceniza img
Capítulo 11 La vigilancia de la sangre img
Capítulo 12 El aislamiento del lobo img
Capítulo 13 La furia del cielo img
Capítulo 14 El santuario de la roca| img
Capítulo 15 Traición img
Capítulo 16 El eslabón débil de la cadena img
Capítulo 17 El desierto de la sospecha img
Capítulo 18 El santuario del silencio img
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Capítulo 2 El eco del colapso

Diez años atrás.

El mundo de Mila Sokolov solía tener olor a planos de papel vegetal y café recién hecho. Su padre, Andréi, era un hombre de manos grandes y ojos que siempre parecían estar calculando la resistencia de un arco o la tensión de un cable. Para él, la ingeniería no era solo números; era una promesa de seguridad para los demás.

-Si el cálculo falla aquí, Mila -le decía, señalando un punto infinitesimal en un plano-, el puente no es más que una trampa de acero. Nunca sacrifiques la integridad por la velocidad.

Ese fue el mantra con el que ella creció. Hasta que apareció Arthur Vane.

Mila recordaba perfectamente la tarde en que el patriarca de los Vane llegó a su casa. No era una visita oficial; era un "gesto de amistad" hacia su mejor ingeniero. Arthur era un hombre que llenaba la habitación con su presencia, un sol negro que atraía a todos a su órbita. Prometió a Andréi que el Proyecto Riverview sería su legado, la obra que pondría el nombre de los Sokolov en la historia.

Lo que Andréi no vio -y lo que Mila, a sus dieciocho años, solo pudo intuir por la forma en que su padre empezó a perder el sueño- fue que Arthur no buscaba un monumento, buscaba un chivo expiatorio.

-Papá, has revisado esos cálculos cien veces -le dijo Mila una noche, encontrándolo en el estudio a las tres de la mañana, rodeado de botellas de agua vacías y ceniceros colmados.

-Hay algo que no cuadra, Mila -respondió él, con la voz quebrada-. Los materiales que están llegando a la obra... no son los que yo pedí. He firmado las órdenes de compra de acero grado 50, pero en el sitio están descargando chatarra de bajo costo.

-Díselo a Arthur. Él lo arreglará.

Andréi soltó una risa amarga que Mila nunca olvidaría.

-Se lo dije. Me dijo que estaba alucinando. Que confiara en él.

Dos semanas después, el puente Riverview colapsó durante una prueba de carga. Tres obreros murieron. Al día siguiente, la policía llamó a la puerta de los Sokolov. En el despacho de Andréi, plantadas con una precisión quirúrgica, aparecieron cuentas bancarias en paraísos fiscales a su nombre y registros de sobornos que coincidían exactamente con el dinero ahorrado por la constructora Vane al usar materiales defectuosos.

El juicio fue una carnicería mediática. Arthur Vane testificó con lágrimas falsas en los ojos, lamentando cómo su "querido amigo" lo había traicionado por codicia.

Mila recordaba la última vez que vio a su padre antes de que lo trasladaran a la prisión de máxima seguridad. Estaba detrás del cristal, con el uniforme naranja que parecía colgar de sus huesos ahora frágiles.

-Mila, escúchame -susurró él a través del intercomunicador-. No dejes que la rabia te consuma, pero no dejes que la verdad muera. Hay una llave... en el cajón de los hilos de tu madre. Una llave pequeña. Algún día entenderás para qué sirve.

Tres meses después, recibió la llamada. "Suicidio", dijeron. Pero Mila sabía que su padre nunca se habría rendido sin luchar por su nombre. Lo habían silenciado porque Andréi Sokolov finalmente había encontrado el rastro del dinero que conducía directamente al despacho de Arthur.

Desde ese día, Mila Sokolov dejó de existir. Se convirtió en una experta en borrar huellas. Estudió finanzas con una beca bajo un apellido materno lejano. Aprendió a bajar la cabeza, a hablar en voz baja y a ser tan indispensable como un mueble de oficina. Se infiltró en la boca del lobo, esperando el momento en que un Vane bajara la guardia.

Presente.

Mila parpadeó, regresando a la penumbra de la oficina. Julian seguía allí, observándola con esa paciencia de depredador que sabe que su presa no tiene adónde ir.

Ella bajó la vista hacia el contrato. Sus dedos rozaron la pluma de oro. Recordó el rostro demacrado de su padre y la arrogancia de Arthur en el estrado. Si casarse con Julian era el precio para entrar en el santuario de los Vane y encontrar lo que su padre intentó decirle antes de morir, lo pagaría con gusto.

-Un año -dijo Mila, su voz ahora era un bloque de hielo-. Pero si intentas traicionarme, Julian, recuerda que he pasado tres años estudiando cada grieta de esta empresa. Sé dónde están enterrados los cadáveres, y no me importará caer si eso significa que tú también te hundes.

Julian no se inmutó. Por el contrario, dio un paso hacia ella y, con una lentitud deliberada, le retiró un mechón de cabello de la cara. Su toque fue inesperadamente suave, pero su mirada seguía siendo una promesa de guerra.

-Entonces tenemos un acuerdo, futura señora Vane. Prepárate. A partir de mañana, tu vida de asistente gris termina. El mundo va a odiarte por tenerme, y yo voy a enseñarte a disfrutar de ese odio.

Mila tomó la pluma y firmó. El trazo de la tinta sobre el papel sonó, para sus oídos, como el cierre de una celda... o el inicio de una demolición.

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