Pero Arthur Vane no conocía el miedo, solo la obediencia. Para el patriarca, Isabella era un error de cálculo de su hijo, una distracción que estaba suavizando al heredero del imperio. Arthur no quería un hijo feliz; quería un sucesor de hierro.
Julian, escondido tras las pesadas cortinas de terciopelo del salón principal, solía escuchar las discusiones.
-Estás destruyéndola, padre -decía la voz quebrada de su progenitor-. Ella no es una de tus piezas de ajedrez. Déjanos irnos, renuncio a la herencia.
-Nadie renuncia a ser un Vane -respondía la voz de Arthur, fría y cortante como una guillotina-. Si ella es un obstáculo para tu grandeza, entonces ella es el problema. Y yo siempre elimino los problemas.
Poco a poco, la luz de Isabella se fue apagando. Las pinturas coloridas fueron reemplazadas por lienzos en blanco. El abuelo Arthur empezó a "gestionar" su agenda: le prohibió ver a sus amigos, controló sus llamadas y la aisló en la mansión bajo la excusa de una "fragilidad mental" que él mismo estaba provocando.
El golpe final llegó una noche de invierno. Julian tenía diez años. Recordaba haber visto a su madre correr hacia el coche bajo una lluvia torrencial, con una maleta pequeña y los ojos desorbitados por el terror.
-¡Me voy, Julian! ¡Vuelvo por ti, lo prometo! -le gritó ella antes de arrancar.
Nunca volvió. El coche se salió de la carretera en una curva cerrada. "Fallo en los frenos", dijeron los peritajes pagados por la empresa Vane. Julian vio a su padre hundirse en el alcohol hasta morir de tristeza un año después, pero nunca olvidó la mirada de su abuelo durante el funeral: no había dolor, solo la satisfacción del que ha recuperado el orden en su tablero.
Ese día, el niño que pintaba con su madre murió. Julian aprendió a enterrar sus emociones tan profundo que ni siquiera él mismo podía encontrarlas. Se convirtió en el nieto perfecto, el heredero despiadado, el hombre que Arthur quería... todo para acercarse lo suficiente al cuello del viejo y apretar.
Presente.
Julian apartó la mano del rostro de Mila, como si el contacto con otra persona herida hubiera quemado sus dedos. Sus ojos grises, que por un segundo habían mostrado el vacío de aquel niño de diez años, volvieron a ser dos láminas de metal.
-Mi abuelo cree que soy como él -dijo Julian, su voz recuperando la aspereza-. Cree que te estoy usando como un objeto para conseguir mis acciones. Y quiero que siga creyéndolo. Si él sospecha que hay un gramo de humanidad en este trato, nos destruirá a los dos antes de que termine la semana.
Mila lo observó con una nueva comprensión. El odio de Julian no era ideológico como el suyo; era personal. Él no quería justicia; quería parricidio empresarial.
-¿Por eso la fecha? -preguntó Mila, recordando la clave del reloj que Julian mencionó en el plan inicial-. ¿19 de abril?
Julian tensó la mandíbula.
-Es la fecha en que ella murió. Mi abuelo la usa para todo. Para él es un trofeo. Para mí, es el recordatorio de por qué no puedo permitirme fallar.
Se hizo un silencio espeso en la oficina. Dos extraños, unidos por la pérdida y el deseo de ver arder al mismo hombre, se miraban en la penumbra.
-Mañana a primera hora iremos a la mansión -sentenció Julian, recuperando su máscara de CEO-. Arthur estará desayunando en la terraza. No quiero que seas sumisa, Mila. Él odia la sumisión, le aburre. Quiero que seas un desafío. Hazle creer que eres una amenaza que solo yo puedo controlar.
Mila asintió, sintiendo el peso del anillo invisible que ya empezaba a apretarle el dedo.
-No te preocupes, Julian. Llevo diez años ensayando cómo mirar a ese hombre a los ojos sin vomitar. Estaré a la altura.
Julian la miró una última vez antes de darle la espalda para mirar por el ventanal hacia la ciudad que pretendía conquistar.
-Espero que sí, Mila. Porque en esta casa, si no eres el depredador, terminas siendo la alfombra de la entrada.