Mila enderezó la espalda. Llevaba un vestido de seda negro, tan oscuro que parecía absorber la luz, con un escote asimétrico que revelaba su piel pálida. No llevaba más joyas que el enorme diamante de compromiso que Julian le había entregado esa tarde: una piedra de corte esmeralda que pesaba en su dedo como una promesa de guerra.
-No te preocupes por mí, Julian -respondió ella, mirando a través del cristal tintado-. Preocúpate por tus socios. Algunos de ellos conocieron a mi padre. Voy a disfrutar viendo cómo intentan recordar dónde han visto estos ojos antes de que los hunda.
Las puertas se abrieron y el caos comenzó. Los flashes de las cámaras eran como ráfagas de artillería. Julian pasó un brazo protector por la cintura de Mila, pegándola a su costado. El contacto fue eléctrico; a través de la fina seda del vestido, Mila podía sentir el calor de su mano, una calidez que contrastaba con la frialdad del papel que habían firmado.
El juego de las máscaras
Dentro del salón, la élite de la ciudad se movía con una hipocresía perfectamente ensayada. Arthur Vane ya estaba allí, sentado en una mesa central como un emperador en su palco.
-¡Julian! ¡Qué sorpresa! -exclamó un hombre de mediana edad con una sonrisa falsa y ojos calculadores. Era Marcus Reed, el antiguo socio de Andréi Sokolov, el hombre que le dio la espalda a su padre durante el juicio-. No nos habías dicho que habías encontrado a alguien... tan impactante.
Julian sonrió, esa sonrisa que no llegaba a sus ojos.
-Marcus, te presento a Mila. Mi prometida. Mila, Marcus es uno de los pilares de la constructora.
Mila sintió una náusea violenta, pero su máscara no flaqueó. Extendió la mano con una gracia letal.
-Mucho gusto, señor Reed. Su nombre me resulta familiar. Creo que mi padre lo mencionó una vez... antes de que su memoria se volviera algo tan selectivo como la de esta empresa.
Marcus se tensó, su sonrisa vaciló por una fracción de segundo. Julian apretó la cintura de Mila, una advertencia silenciosa: demasiado pronto.
-¿Ah, sí? ¿Y quién era su padre, querida? -preguntó Marcus, entrecerrando los ojos.
-Un hombre que creía en los cimientos sólidos -respondió Mila, manteniendo la mirada-. Algo que parece escasear en estos días.
El primer robo
A mitad de la noche, mientras Julian distraía a Arthur y a Marcus en una discusión sobre nuevas licitaciones, Mila vio su oportunidad. Marcus Reed siempre llevaba encima una unidad cifrada con los registros de auditoría de hace una década, un hábito paranoico que Julian le había revelado.
-Voy al tocador -susurró Mila a Julian.
Él asintió, dándole la cobertura necesaria. Mila no fue al tocador. Se deslizó hacia el área VIP de los fumadores, donde Marcus había dejado su maletín bajo la vigilancia de un asistente que en ese momento estaba distraído por una camarera.
Con la agilidad que le dieron tres años de ser la "asistente invisible", Mila se acercó. En su bolso llevaba un dispositivo de clonación que Julian le había proporcionado. Solo necesitaba diez segundos.
El corazón le latía con tanta fuerza que temía que alguien lo escuchara. Conectó el clonador.
10%... 40%... 80%...
-¿Buscando algo de maquillaje, señora Vane?
Mila se giró de golpe, escondiendo el dispositivo en la palma de su mano. Era Graham, el primo de Julian, el "buitre" que Julian más temía. Graham tenía una copa de champán en la mano y una mirada cargada de sospecha.
-Me perdí buscando la salida al balcón -dijo Mila, recuperando su tono gélido-. El aire aquí dentro está un poco... viciado de envidia, ¿no crees?
Graham dio un paso hacia ella, acorralándola contra la mesa del maletín.
-Eres muy buena, Mila. Pero Julian no es el único que sabe jugar. Si crees que vas a entrar en esta familia y quedarte con la parte que me corresponde, estás muy equivocada. Sé que no eres lo que aparentas.
Mila sintió el clic vibrar en su mano: clonación completada. Guardó el dispositivo en su bolso y se enfrentó a Graham, reduciendo la distancia hasta que sus rostros estaban a pocos centímetros.
-Tienes razón, Graham. No soy lo que aparento. Soy mucho peor. Y si yo fuera tú, empezaría a preocuparme menos por mi herencia y más por los archivos de gastos personales que Julian tiene sobre ti.
Graham palideció. Mila pasó por su lado, rozando su hombro con desprecio, y regresó al salón.
El regreso al nido
Cuando Julian y Mila finalmente regresaron a la mansión esa noche, el silencio en el coche era distinto. Ya no eran dos extraños negociando; eran dos soldados regresando de una batalla.
Una vez en la suite, Julian cerró la puerta y se aflojó la corbata con un gesto brusco.
-¿Lo conseguiste? -preguntó, su voz ronca por el cansancio.
Mila sacó el clonador de su bolso y lo dejó sobre la mesa de noche.
-Lo tengo. Los registros de Marcus Reed de hace diez años. Si lo que dices es cierto, aquí están las pruebas de que él y Arthur manipularon los informes del puente.
Julian tomó el dispositivo, pero sus ojos se quedaron fijos en Mila. Estaba despeinada, con los labios algo borrosos y una intensidad en la mirada que lo desarmaba.
-Graham te vio -dijo Julian, acercándose a ella-. Me di cuenta por cómo te miraba cuando saliste.
-No puede probar nada. Estaba demasiado ocupado intentando asustarme.
Julian se detuvo frente a ella. El aire entre los dos volvió a cargarse de esa tensión que no era parte del contrato. Él extendió la mano y le quitó el collar de diamantes, sus dedos rozando la nuca de Mila. Ella sintió un escalofrío que no pudo ocultar.
-Te advertí que no te acercaras al fuego, Mila -susurró él, bajando la voz hasta que fue solo un aliento contra su cuello-. Pero creo que ya es tarde para los dos.
-Solo es adrenalina, Julian -dijo ella, aunque su respiración se estaba acelerando.
-¿Eso crees? -Julian la tomó de la barbilla, obligándola a mirarlo-. Entonces, ¿por qué estás temblando?