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Venganza bajo el Altar
img img Venganza bajo el Altar img Capítulo 4 El contrato dice que nos destruiremos juntos
4 Capítulo
Capítulo 7 El arte del veneno lento img
Capítulo 8 El veneno de la verdad img
Capítulo 9 La semilla de la discordia img
Capítulo 10 Votos de ceniza img
Capítulo 11 La vigilancia de la sangre img
Capítulo 12 El aislamiento del lobo img
Capítulo 13 La furia del cielo img
Capítulo 14 El santuario de la roca| img
Capítulo 15 Traición img
Capítulo 16 El eslabón débil de la cadena img
Capítulo 17 El desierto de la sospecha img
Capítulo 18 El santuario del silencio img
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Capítulo 4 El contrato dice que nos destruiremos juntos

La mañana siguiente no llegó con luz, sino con una frialdad metálica. A las seis de la mañana, el apartamento de Mila ya no era su refugio. Un equipo de tres personas, enviadas por Julian, transformó su sala en una estación de guerra estética. Tiraron su ropa de oficina a una bolsa de basura y reemplazaron sus gafas de pasta por lentes de contacto que hacían que sus ojos verdes brillaran con una claridad intimidante.

Cuando el Bentley negro se detuvo frente a la imponente verja de la mansión Vane, Mila sintió un escalofrío. Esta no era una casa; era una fortaleza de piedra gris y secretos enterrados.

Julian la esperaba junto a la fuente del jardín. Al verla bajar del coche, vestida con un traje de seda color marfil que gritaba lujo silencioso, sus ojos grises se entrecerraron.

-Casi no te reconozco -dijo él, ofreciéndole su brazo-. Tu mirada es diferente. Ya no eres la asistente que pide permiso para hablar.

-He dejado de pedir permiso, Julian. Hoy vengo a reclamar -respondió ella, aceptando el brazo de su "prometido". Su piel quemaba a través de la tela de su traje.

Caminaron hacia la terraza trasera, donde el tintineo de una cuchara de plata contra la porcelana marcaba el ritmo de la mañana. Allí, sentado frente a un banquete que apenas tocaba, estaba Arthur Vane. A sus ochenta años, el patriarca conservaba una espalda recta y unos ojos que parecían leer los pecados de cualquiera.

El Primer Enfrentamiento

Arthur no levantó la vista de su periódico cuando llegaron.

-Llegas tarde, Julian -dijo el viejo, su voz era como el crujir de hojas secas-. Y veo que has traído compañía. Espero que sea la secretaria de la que tanto hablan, porque si es otra de tus modelos, puedes darte la vuelta ahora mismo.

Julian apretó ligeramente el brazo de Mila, una señal silenciosa.

-Abuelo, te presento a Mila Sokolov -dijo Julian con una calma perfecta-. Mi prometida. Y no es una secretaria; es la mujer que se encargará de que el apellido Vane siga teniendo valor cuando tú ya no estés.

Arthur bajó el periódico lentamente. Sus ojos recorrieron a Mila con una crueldad clínica. Se detuvo en su rostro, buscando una grieta, un rastro del miedo que solía provocar en los demás.

-¿Sokolov? -Arthur saboreó el apellido como si fuera veneno-. Ese nombre me suena a fracaso y a cimientos que se desmoronan. ¿Eres pariente de aquel ingeniero mediocre que no supo construir un puente?

Mila sintió que la sangre le hervía. La imagen de su padre en la cárcel cruzó su mente, pero no bajó la mirada. Dio un paso hacia adelante, liberándose del brazo de Julian, y se apoyó con elegancia en el respaldo de la silla vacía frente al viejo.

-Soy la hija del hombre que tu empresa usó para tapar sus propias negligencias, señor Vane -dijo Mila, con una sonrisa que no llegó a sus ojos-. Y estoy aquí porque Julian se dio cuenta de algo que usted parece haber olvidado: para mantener un imperio, a veces hay que traer al enemigo a casa para que te enseñe dónde están las grietas.

Arthur se quedó en silencio. La tensión en la terraza era tan alta que el aire parecía a punto de estallar. Julian observaba la escena, listo para intervenir, pero Mila no retrocedió ni un milímetro.

De pronto, Arthur soltó una carcajada seca y ronca.

-¡Vaya! -exclamó, golpeando la mesa con su mano nudosa-. Julian, siempre pensé que no tenías agallas. Pero traer a la hija de Sokolov a mi mesa... es un movimiento suicida o brillante. ¿Qué pretendes, niña? ¿Venganza?

-Pretendo que el contrato matrimonial que firmé anoche se cumpla -respondió Mila, sentándose frente a él sin haber sido invitada-. Y pretendo que, mientras sea la futura señora Vane, usted me trate con el respeto que le debe a la mujer que va a salvar el legado de su nieto.

Arthur miró a Julian y luego a Mila. En su mirada apareció un destello de algo que Mila no esperaba: curiosidad.

-Interesante -susurró el viejo-. Muy bien. Si vas a ser una Vane, tendrás que demostrar que tu sangre no es tan débil como la de tu padre. Esta noche hay una cena benéfica. Irás con Julian. Si sobrevives a los buitres de la prensa y a mis socios sin avergonzarnos, permitiré que este... "arreglo" continúe.

En la intimidad de la mansión

Minutos después, Julian escoltó a Mila hacia el ala este de la casa. Una vez que las puertas dobles se cerraron tras ellos, la máscara de Mila se desmoronó por un segundo y tuvo que apoyarse en la pared.

-Casi pierdes el control cuando mencionó a tu padre -dijo Julian, observándola con una mezcla de reproche y admiración.

-Me llamó hija de un fracasado, Julian. Estuve a punto de clavarle el cuchillo de la mantequilla en la mano.

-Pero no lo hiciste. Eso es lo que importa. -Julian se acercó a ella, invadiendo su espacio personal-. Lo has dejado intrigado. Arthur no respeta el amor, pero respeta el odio que se viste de ambición. Ahora cree que eres una trepadora inteligente que quiere mi fortuna para vengarse de él. Esa es nuestra mejor cobertura.

Mila lo miró a los ojos. Estaban tan cerca que podía ver el reflejo de su propio vestido marfil en las pupilas de él.

-¿Y tú, Julian? ¿Qué crees tú?

Julian guardó silencio. Su mano subió lentamente y rozó la mandíbula de Mila, un gesto que empezó como una inspección y terminó como algo más denso.

-Yo creo que eres el incendio más hermoso que he visto en esta casa -susurró él-. Pero recuerda, Mila: no te acerques demasiado al fuego. El contrato dice que nos destruiremos juntos, no que nos salvaremos.

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