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Una Historia Interminable
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Capítulo 6 EL Problemático

Ayla

-Prometí que sería fuerte por ti. Por favor... no te vayas.

Esa voz seguía resonando en mi cabeza, débil pero implacable, como la de un niño llamando desde muy lejos. Recordaba sus ojos-oscuros, llenos de determinación-pero... ¿quién era?

Todo se volvió borroso cuando vi a ese niño siendo arrastrado hacia un coche. Quería gritar, ayudarlo, pero mi cuerpo me traicionó. La cabeza me latía con violencia, las piernas me pesaban como piedra y, al segundo siguiente, el mundo empezó a girar... y todo se volvió negro.

Cuando desperté, todo era blanco. Una luz cegadora caía sobre mí. Tenía una vía clavada en el brazo, atravesando mi piel pálida. Solté un suspiro tembloroso, intentando entender qué estaba pasando.

Pero algo era extraño. No olía a hospital. No había ese aroma fuerte a desinfectante. En su lugar... el aire estaba impregnado de una fragancia dulce, delicada, ligeramente amarga. Reconfortante y asfixiante al mismo tiempo.

Ya había olido eso antes. Solo que no recordaba dónde.

-Ayla... -una voz rompió mis pensamientos. Suave. Aliviada-. Gracias a Dios que estás despierta.

Giré la cabeza lentamente. El cabello rubio de mamá enmarcaba su rostro a la perfección, cayendo sobre sus hombros. Sus ojos azul cristal-los mismos que heredé, los que siempre admiré-estaban nublados por la preocupación. Su piel de porcelana era impecable, pero la sonrisa forzada en sus labios la delataba. Estaba aterrorizada.

-Mamá... -mi voz era ronca, apenas un susurro.

-Oh, cariño. -Me agarró la mano con fuerza-. Nos has dado un susto de muerte. ¿Lo sabes?

Tragué saliva. Tenía la garganta seca como lija. -Yo... tuve un sueño, mamá. Vi... a un chico. Él-

Antes de terminar, un dolor punzante me atravesó la cabeza. Imágenes parpadearon en mi mente: manos pequeñas y sucias, unos ojos heridos, una voz débil suplicando algo. Cerré los ojos con fuerza, gimiendo.

-¿Ayla? ¡Ayla! -La voz de mamá sonó más aguda mientras me daba suaves palmadas en las mejillas-. Cariño, no te esfuerces. Aún estás débil.

Respiré hondo, obligando al dolor a aflojar su agarre. Cuando volví a abrir los ojos, la puerta se deslizó.

Un hombre entró, seguido de un médico con bata blanca.

Y con solo mirarlo, lo supe-era mi padre. Virone Corsetti.

Un nombre capaz de hacer temblar a hombres adultos. Su cabello negro azabache estaba peinado hacia atrás, su traje negro a medida le quedaba como una armadura. Su presencia llenaba la habitación-fría, dominante, letal. Cada paso sobre el suelo de mármol sonaba como un disparo de advertencia, obligándome a bajar la mirada sin querer.

-Ayla. -Su voz era profunda, firme, absoluta. Sin titubeos. Se detuvo al pie de la cama, observándome con esos ojos grises indescifrables-. ¿Cómo te sientes?

-Un poco mareada -murmuré.

Asintió y luego dirigió su atención al médico. Hablaron brevemente; solo alcancé a oír palabras como "estable" y "reposo absoluto". El médico se marchó. Ahora solo estábamos mamá, él y yo-el hombre que no era solo mi padre, sino la leyenda oscura de Sicilia.

-Lo que pasó en el campus... -empezó papá, con un tono que me aceleró el pulso- no volverá a ocurrir.

Lo miré, esperando.

-Rhett actuó de forma imprudente. Empezó una pelea con otro estudiante. Fue descuidado. -Su mirada se endureció, pero no hacia mí. Era como si estuviera mirando más allá, hacia la sombra de Rhett flotando en la habitación-. Será castigado por esto. Por su culpa, tu PTSD se activó.

Ese nombre me atravesó como un cuchillo. Rhett. Mi primo testarudo y asfixiante.

-¿Dónde está, papá? -Mi voz fue baja, pero afilada.

La mandíbula de papá se tensó un segundo. -No te preocupes por él.

Apreté los dientes. -Sabes que se pasó. ¡Rhett siempre-siempre hace lo que le da la gana! Y ahora yo... -Se me cortó la respiración-. Yo casi-

-Basta. -Una sola palabra suya fue suficiente para silenciarme-. Necesitas descansar. No esta conversación.

Pero lo sabía. Lo sentía. Estaba ocultando algo. La forma en que evitó mi mirada, cómo sus dedos se cerraron en un puño durante un instante antes de relajarse. Esto no era solo enfado con Rhett. Era algo más.

-Papá-

-Ayla. -Su tono se suavizó, pero la autoridad no desapareció-. Déjalo en mis manos.

Y con eso, se dio la vuelta y salió. Su abrigo negro se deslizó tras él mientras la puerta se cerraba con un clic.

-Mamá... -mi voz se quebró-. ¿Sabes dónde está Rhett? Necesito hablar con él. Acabar con esto. Le pegó a ese chico delante de mí... solo porque estaba cerca de mí.

Mamá se sentó en el borde de la cama, apartándome suavemente el cabello enmarañado de la cara. -Cariño, no pienses en él ahora. Solo céntrate en recuperarte, ¿vale?

Me giré, mirando la pared blanca. El pecho me ardía de rabia y frustración. Rhett siempre conseguía arruinarme la vida cuando intentaba vivir con normalidad.

-Mamá, me está asfixiando.

-Shh... Ayla, escúchame. -Me envolvió en un abrazo suave-. Aquí estás a salvo. Eso es lo que importa.

Respiré hondo, intentando tragar el nudo en la garganta. Pero ese aroma volvió a golpearme-la misma fragancia embriagadora de antes. Miré hacia la mesilla y lo vi: una elegante flor blanca en un jarrón de cristal.

-¿Quién puso eso ahí? -pregunté.

Mamá siguió mi mirada. -Yo. El mensajero lo dejó antes. Sin nombre. Solo esto. -Sacó una pequeña tarjeta entre los pétalos y me la entregó.

Una caligrafía pulcra sobre papel color crema:

Recupérate pronto. El mundo aún no ha terminado de esperarte.

- RC

Fruncí el ceño. ¿RC? ¿Quién demonios era?

-Mamá, esto...

Ella se encogió de hombros ligeramente. -¿Quizá algún amigo tuyo?

Me mordí el labio. RC. Conocía las iniciales de todos mis amigos. Ninguna coincidía.

-Ah, y... -Mamá me tendió una caja pequeña-. Móvil nuevo. Yuna dijo que el anterior estaba... completamente destrozado.

Lo encendí y coloqué mi tarjeta SIM. En cuanto la pantalla se iluminó, mis dedos volaron sobre el teclado.

Yo: Yun, ¿qué demonios pasó? Rhett... River... explícame.

Silencio. Cinco minutos. Diez. Quince.

Entonces el móvil vibró. Una sola respuesta-solo una foto.

Se me cortó la respiración al mirar la pantalla. Era River. Tumbado en la cama de la enfermería del campus. La cabeza vendada, sangre seca manchándole la sien.

El corazón me golpeó las costillas con fuerza. Apreté el teléfono hasta que me dolieron los nudillos. El dolor en la cabeza regresó con violencia-esta vez alimentado por una rabia ardiente.

Maldita sea, Rhett... ¿qué demonios has hecho?

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