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El Bebé Secreto del CEO Ciego
img img El Bebé Secreto del CEO Ciego img Capítulo 2 El idioma de las sombras
2 Capítulo
Capítulo 6 El eco de las gardenias img
Capítulo 7 La desesperación de una madre img
Capítulo 8 El disfraz de Elena img
Capítulo 9 El tirano de ojos azules img
Capítulo 10 La prueba de la voz img
Capítulo 11 El primer día en el infierno img
Capítulo 12 El perfume prohibido img
Capítulo 13 La guardería de la discordia img
Capítulo 14 El encuentro inevitable img
Capítulo 15 ¿De quién es ese hijo img
Capítulo 16 La trampa de la gala img
Capítulo 17 El cristal se rompe img
Capítulo 18 El Beso de la Venganza img
Capítulo 19 El peso de la verdad img
Capítulo 20 El Secreto Sangriento img
Capítulo 21 Sangre de mi sangre img
Capítulo 22 El contrato implacable img
Capítulo 23 Despertar img
Capítulo 24 El fin de Elena img
Capítulo 25 La mansión de las sombras img
Capítulo 26 El regreso del rey img
Capítulo 27 Reglas de convivencia img
Capítulo 28 El nuevo puesto img
Capítulo 29 Ecos en la oscuridad img
Capítulo 30 Sospechas de la matriarca img
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Capítulo 2 El idioma de las sombras

Tres días. Ochenta y dos horas sumido en una noche perpetua.

Para Maximilian Roth, el tiempo había dejado de medirse en las manecillas de su Patek Philippe y ahora se calculaba por el sonido de la puerta abriéndose, el roce de las sábanas cambiadas y el eco de sus propios pensamientos oscuros. La ceguera no era solo la ausencia de luz; era una prisión opresiva que lo despojaba de su arma más letal: el control.

Sus asistentes personales entraban a la habitación del hospital temblando. Podía oler el sudor frío del terror emanando de sus trajes caros cuando les exigía informes sobre las acciones de Roth Industries. Balbuceaban, dudaban, trataban de suavizar las malas noticias como si su ceguera repentina lo hubiera vuelto también estúpido o frágil. Los detestaba a todos.

A todos menos a ella. Sara.

No sabía su apellido. No sabía el color de sus ojos, la forma de su rostro o si su cabello era largo o corto. Pero en la oscuridad constante, la mente de Maximilian había comenzado a construirla a través de fragmentos sensoriales. Su voz era un faro en la niebla: tranquila, constante, sin un ápice del temor reverencial que lo asqueaba en los demás. Sus pasos eran precisos; nunca tropezaba, nunca dudaba.

Y luego, estaba su perfume.

-Los dividendos del último trimestre en la filial asiática han caído un tres punto cuatro por ciento -la voz de Sara resonó en la quietud de la lujosa habitación, interrumpiendo el torbellino de sus pensamientos.

Maximilian estaba sentado en el sillón de cuero junto a la ventana panorámica que no podía ver, con la cabeza y los ojos cubiertos por gruesos vendajes. Sara estaba sentada a un par de metros de distancia, leyendo en voz alta el informe financiero que su incompetente asistente principal no había tenido el valor de recitarle sin tartamudear.

-Es por la huelga en los puertos de Shanghái -murmuró Maximilian, frotándose la barbilla. Detestaba no poder afeitarse por sí mismo, odiaba la textura de la barba incipiente raspar contra sus dedos-. Continúa con la página cuatro. Salta la jerga inútil de relaciones públicas y ve directo a los márgenes de beneficio bruto.

Escuchó el crujido limpio y preciso del papel. Sara pasó la página sin emitir queja alguna por su tono imperioso.

-"El margen de beneficio bruto se ha contraído a un veintidós por ciento, debido principalmente a..." -hizo una pausa diminuta, tan breve que nadie más la habría notado, pero en su ceguera, Maximilian captaba cada micro-respiración-. "Debido a la fluctuación adversa de las divisas y el aumento del coste de las materias primas en el sector de semiconductores".

-Maldición -masculló él, apretando los puños sobre los reposabrazos del sillón-. Sabía que la junta directiva intentaría usar esa excusa barata para presionar por la fusión.

-La fusión con Apex Holdings se menciona en el siguiente párrafo, de hecho -comentó ella, con un tono neutro, desprovisto de opinión, como una simple observadora que narra el clima.

-Léelo. Todo.

Durante la siguiente hora, la habitación se llenó únicamente con la cadencia de la voz de Sara. Leía términos complejos de economía, maniobras corporativas y estrategias de mercado agresivas con la misma calma con la que le había cambiado el vendaje de la mano dos días atrás.

Había una extraña disonancia que fascinaba y perturbaba a Maximilian. Esa mujer, una enfermera de turno que probablemente vivía en un apartamento modesto y tomaba el transporte público para llegar al hospital, estaba articulando en voz alta la ruina o el triunfo de imperios multimillonarios. Y lo hacía sin que su voz temblara ante las cifras astronómicas, cifras con más ceros de los que ella vería en toda su vida.

-Tienes buena dicción -soltó él de repente, interrumpiéndola a mitad de un sombrío análisis de riesgo.

No era un hombre dado a los cumplidos gratuitos, y las palabras se sintieron extrañas, casi ajenas, al abandonar su lengua.

El sonido del papel crujió de nuevo, señal de que ella había bajado el documento sobre su regazo.

-Gracias, señor Roth. Mi madre era profesora de literatura. Supongo que la exigencia por la pronunciación correcta se me quedó grabada desde niña.

-No suenas como una enfermera asustada tratando de aplacar a un paciente difícil. Suenas como si estuvieras presidiendo una junta directiva. ¿Por qué no estás temblando, Sara? Todos los demás lo hacen.

Hubo un silencio. Maximilian agudizó el oído, intentando descifrar el ritmo de la respiración de ella para adivinar su estado de ánimo. Quería ver su rostro. Deseaba fervientemente poder arrancar las gasas de sus ojos y ver qué expresión acompañaba a esa inquebrantable serenidad.

-Tal vez porque, a diferencia de los hombres de traje gris que vienen a visitarlo sudando frío, mi salario no depende de su estado de humor, señor Roth. Mi trabajo es cuidar su cuerpo, que se recupere del trauma, no proteger su ego ni su billetera. Y francamente, los números en estos papeles no me asustan.

-¿Ah, no? ¿Y qué asusta a una mujer tan imperturbable?

-La muerte, la enfermedad incurable, el sufrimiento de una madre que no puede pagar un tratamiento para salvar a quien ama... esas son cosas realmente aterradoras. Que sus acciones bajen un punto porcentual es solo un mal día en la oficina.

La franqueza brutal de su respuesta lo golpeó como un impacto físico. Nadie le hablaba de esa manera. Absolutamente nadie reducía sus inmensas crisis corporativas a "un mal día". La respuesta lógica y esperada en él habría sido estallar en ira, exigir que la despidieran por insubordinación. En su lugar, una carcajada ronca, oxidada por la falta de uso en los últimos días, escapó del pecho de Maximilian.

-Eres insolente, Sara. Profundamente insolente.

-Soy realista, señor Roth.

Pudo jurar que escuchó una leve, levísima sonrisa en su voz. Una sonrisa que no estaba destinada a adularlo, sino que era genuina.

La atmósfera en la habitación cambió de forma imperceptible. La tensión férrea que tensaba constantemente los hombros de Maximilian comenzó a ceder. En ese mundo de tinieblas donde cada paso era una amenaza y cada sombra un enemigo potencial, Sara se había convertido en su refugio seguro. Su ancla.

Empezó a anticipar sus turnos con una ansiedad impropia de él. Aprendió a reconocer su presencia en la habitación incluso antes de que ella articulara una palabra, guiado por ese rastro invisible y embriagador que dejaba a su paso al caminar.

Las gardenias.

Un aroma floral, profundamente fresco pero con una nota oculta de calidez, como si los blancos pétalos hubieran sido bañados por el sol de la tarde y luego machacados suavemente. No era uno de esos perfumes caros y agresivos de diseñador que usaban las supermodelos frívolas con las que solía salir; era algo mucho más íntimo. Más terrenal. Más real.

Cada vez que ella se acercaba para tomarle la presión arterial, ajustar los monitores o revisar las vías de sus brazos, el aroma lo envolvía por completo, domando a la fiera rabiosa y asustada que vivía en su pecho desde el accidente del yate. En la ceguera, los sentidos restantes buscan desesperadamente compensar la pérdida, y Maximilian sentía que estaba devorando la esencia de esa mujer en cada respiración profunda que daba a escondidas.

Quería preguntarle por qué olía así. Quería saber si la piel de su cuello tenía el mismo sabor fresco y dulce que su aroma prometía. El pensamiento, oscuro, intrusivo e inmensamente inapropiado para la situación, lo tomó por sorpresa, haciendo que la sangre bombeara más rápido por sus venas.

-Su ritmo cardíaco se ha elevado de repente, señor Roth -observó Sara. Escuchó el ligero pitido rítmico del monitor a su lado confirmando sus palabras-. ¿Siente dolor agudo en las heridas?

-No -mintió él, sintiendo un calor traicionero subiendo por su cuello, oculto bajo el pijama de seda-. Solo... tengo la garganta seca. Todo este aburrido papeleo corporativo me ha deshidratado.

-Le serviré agua.

Escuchó sus pasos alejándose del centro de la habitación y acercándose a la mesita de noche. El sonido cristalino del agua fresca vertiéndose en un vaso de plástico rompió el silencio.

-Aquí tiene -dijo ella, su voz proviniendo ahora desde su lado derecho, mucho más cerca.

Maximilian levantó la mano grande y masculina, tanteando el aire oscuro frente a él con una torpeza que le avergonzaba profundamente. Estaba acostumbrado a que el resto del personal médico le dejara las cosas en la mesa de noche por miedo a acercarse demasiado a su espacio personal y desencadenar su ira, pero Sara no lo hizo. Ella simplemente acercó el vaso hacia él, esperando a que lo tomara.

Sus dedos extendidos, buscando el plástico frío, calcularon mal la distancia. No encontraron el vaso de agua.

En su lugar, la yema de sus dedos rozó algo inmensamente suave, cálido y vivo.

La mano de Sara.

El contacto fue ínfimo, un accidente minúsculo de milímetros. Apenas una caricia involuntaria en el dorso de su mano mientras ambos buscaban en el aire la posición correcta para transferir el vaso. Pero para Maximilian Roth, que llevaba días confinado en una burbuja de aislamiento táctil, doloroso y emocional, aquel mínimo roce fue como recibir el impacto directo de un relámpago.

Se quedó rígidamente paralizado, con la respiración súbitamente atrapada en la garganta.

Sus dedos reaccionaron instintivamente, pero no retrayéndose con sorpresa. En un acto reflejo impulsado por una necesidad que no comprendía, sus dedos se flexionaron levemente hacia abajo, envolviendo la mano de ella, como si quisieran atrapar esa calidez vital antes de que se desvaneciera en la nada. Por un segundo eterno, la áspera yema de su pulgar acarició la delicada textura de la piel de Sara, comprobando que era tan perfecta y suave como su mente en las sombras había imaginado.

Sara tampoco apartó la mano de inmediato.

El silencio en la habitación VIP se volvió denso. Pesado. Repentinamente cargado de una tensión eléctrica, palpable y caliente que no tenía absolutamente nada que ver con acciones, fusiones o informes financieros. El aroma a gardenias pareció intensificarse de golpe, cerrándose alrededor de él, llenando sus pulmones hasta casi embriagarlo.

-Señor Roth... -murmuró ella.

Su voz, que siempre había sido el epítome de la firmeza inquebrantable, esta vez tenía una ligerísima vibración. Un quiebre rasposo, casi imperceptible, que delató ante el agudo oído del CEO que aquel breve contacto en la oscuridad también la había afectado a ella.

Maximilian sintió el contorno firme del vaso de plástico empujando suavemente contra su palma, guiado por la mano de ella, que finalmente se zafó de su agarre de forma renuente. Sus dedos largos se cerraron alrededor del recipiente, pero la profunda huella de calor de la piel de Sara se quedó grabada a fuego en la suya.

-Gracias, Sara -su voz sonó áspera, oscura, una octava mucho más baja de lo normal.

Escuchó cómo ella daba un paso hacia atrás de inmediato, el roce rápido de su uniforme delatando una retirada apresurada.

-Debo... debo ir a revisar los monitores de otros pacientes en el piso. El turno casi termina. Volveré más tarde con la medicación nocturna para el dolor.

Los pasos de goma se alejaron hacia la puerta, esta vez desprovistos de su cadencia pausada habitual, revelando una urgencia nerviosa que jamás había estado allí antes. La pesada puerta se abrió y se cerró con un clic definitivo.

Maximilian se quedó en soledad, sentado en el sillón de cuero, sosteniendo el vaso de agua intacto. Llevó la mano derecha, la misma que ella había tocado apenas unos segundos atrás, cerca de su rostro vendado. El fantasma del perfume de gardenias aún flotaba en el aire a su alrededor.

En la más profunda de sus oscuridades, el despiadado y solitario CEO acababa de darse cuenta de un hecho aterrador que haría temblar los cimientos de su ordenado mundo. No estaba simplemente dependiendo de su enfermera para sobrevivir a la pesadilla de la ceguera.

Se estaba volviendo adicto a ella.

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