Sentado al borde de la cama, con los puños apretados sobre las rodillas y los nudillos blancos por la tensión, Maximilian respiraba de forma errática. Las luces de la habitación debían estar encendidas -el hospital contaba con generadores infalibles-, pero en su mente, la oscuridad se sentía más densa, casi asfixiante, presionando contra las gruesas gasas que cubrían sus ojos.
Otro trueno estalló, tan cercano que pareció detonar dentro de la habitación. Maximilian soltó un gruñido ronco, llevándose las manos a las sienes, sintiendo un pinchazo de dolor agudo detrás de las órbitas oculares.
-Señor Roth.
La voz cortó el estruendo de la tormenta como una cuchilla de seda. Suave. Firme. Real.
Maximilian levantó la cabeza de golpe. No la había escuchado entrar. El sonido de la lluvia había ahogado sus pasos, pero ahora que estaba allí, el inconfundible y fresco aroma a gardenias comenzó a desplazar el olor esterilizado de la habitación.
-Deberías estar en tu casa, Sara -dijo él, intentando en vano que su voz sonara con la autoridad habitual. Salió rasposa, delatando el temblor que intentaba reprimir-. El turno de noche terminó hace dos horas.
-Las calles están inundadas. El transporte público está suspendido hasta que pase la alerta roja -respondió ella, acercándose. El roce de su uniforme era un susurro constante que le indicaba su posición exacta-. Además, su ritmo cardíaco en el monitor de control de enfermería estaba por las nubes. Supuse que la tormenta no le estaba haciendo bien.
-No necesito que me vigiles fuera de tu horario. No soy un niño asustado por los truenos -espetó él, a la defensiva, girando el rostro vendado hacia la dirección opuesta.
-Nadie dijo que lo fuera.
Sara no retrocedió. Se detuvo a escasos centímetros de él. Maximilian podía sentir el calor que irradiaba su cuerpo, una presencia reconfortante que contrastaba con el frío gélido del aire acondicionado y la tormenta exterior.
-¿Siente dolor en los ojos? -preguntó ella, con ese tono profesional que a veces lo volvía loco porque le recordaba la barrera entre ellos.
-No es dolor -confesó él, la coraza de arrogancia agrietándose finalmente ante el peso del agotamiento-. Es... es la nada, Sara. Es estar atrapado en esta caja negra sin saber si alguna vez habrá una puerta de salida.
El silencio que siguió solo fue roto por el repiqueteo de la lluvia. Maximilian tragó saliva, odiándose por la vulnerabilidad que acababa de mostrar. Él, el depredador de Wall Street, el hombre de hielo, confesándole sus terrores a una enfermera.
Pero ya no podía detenerse. La presa se había roto.
-Los médicos hablan con términos rebuscados -continuó, su voz bajando a un susurro tenso y desesperado-. Hablan de inflamación corneal, de nervios ópticos comprometidos, de probabilidades. Pero nadie me asegura nada. Nadie me mira a la cara... o a estas malditas vendas... y me jura que volveré a ver. ¿Qué pasa si esto es todo? ¿Qué pasa si este es el resto de mi vida? Un ciego inútil, rodeado de buitres que solo esperan que me tropiece para arrebatarme todo lo que construí.
Sintió un movimiento a su lado. El colchón se hundió ligeramente. Sara se había sentado junto a él.
El atrevimiento de la acción lo dejó mudo. El espacio personal de Maximilian Roth era sagrado, infranqueable. Pero en ese instante, agradeció infinitamente que ella hubiera cruzado la línea.
-Usted no es inútil, Maximilian.
Fue la primera vez que no lo llamó "señor Roth". El sonido de su nombre, pronunciado con esa cadencia aterciopelada y grave, le envió un escalofrío eléctrico por la espina dorsal.
-Construyó un imperio de la nada -continuó ella, y por primera vez, él notó que la voz de Sara también temblaba un poco, traicionando la emoción contenida-. Su mente es brillante, su voluntad es de hierro. La visión es solo uno de sus sentidos. Si la pierde, lo cual aún no es un hecho, el mundo seguirá temblando cuando usted hable. No deje que la oscuridad gane antes de que se libre la batalla.
Lentamente, como si temiera asustarlo, Sara posó su mano sobre la de él, que seguía tensa sobre su rodilla. El tacto de su piel contra los nudillos rígidos de Maximilian fue como agua fría sobre una quemadura.
Esta vez, él no se quedó paralizado. Con un movimiento ágil y desesperado, giró su mano y entrelazó sus dedos con los de ella, aferrándose como un náufrago a un trozo de madera en medio del océano.
-Háblame -suplicó él, la respiración agitada-. Sigue hablando. Tu voz es lo único que tiene sentido en este maldito lugar. Lo único que me ancla.
Sara dejó escapar un suspiro tembloroso, y Maximilian supo, por la cercanía del sonido, que había girado el rostro hacia él.
-Estoy aquí -susurró ella.
Guiado por un instinto primario, una necesidad abrasadora de conocer a la mujer que lo estaba salvando de la locura, Maximilian soltó su mano y levantó ambas hacia el rostro de Sara.
Ella contuvo el aliento, pero no se apartó.
Las yemas de los dedos de Maximilian, ásperas y grandes, encontraron primero la línea de su mandíbula. Trazaron el contorno con una suavidad reverencial que él no sabía que poseía. Sintió la piel tersa, el pulso desbocado latiendo salvajemente en su cuello. Subió por sus mejillas, memorizando la curva de sus pómulos, rozando delicadamente la línea de sus cejas.
Era pequeña en comparación con él, pero irradiaba una fuerza colosal.
Cuando sus pulgares delinearon la forma de sus labios, suaves, cálidos y ligeramente entreabiertos por la anticipación, el control de Maximilian se hizo añicos por completo.
El aroma a gardenias lo embriagó, mezclándose con la electricidad de la tormenta y el olor a piel limpia. Se inclinó hacia adelante, guiado por la respiración entrecortada de ella, hasta que no hubo más espacio entre los dos.
Sus labios se encontraron.
No fue un roce tímido. Fue un choque. Un beso cargado de toda la frustración, el miedo y la pasión cruda que se había estado acumulando en esa habitación durante días. Maximilian la besó con una urgencia posesiva, reclamando su boca como un hombre sediento que finalmente encuentra agua. Sus manos bajaron de su rostro para enredarse en su cabello, atrayéndola más hacia él, buscando absorber su luz para combatir su propia sombra.
Para su total asombro y perdición, Sara no se resistió. Después de un segundo de rígida sorpresa, ella se rindió al beso, soltando un leve gemido que lo volvió loco. Sus manos, pequeñas y firmes, se aferraron a los hombros de él, respondiendo con la misma desesperación pura y sin filtros.
El mundo exterior, la junta directiva, la tormenta, el hospital y las gasas que lo cegaban... todo desapareció. Solo existía el sabor de ella, la calidez de su cuerpo contra el suyo y el latido frenético de dos corazones que estaban a punto de cometer el error más hermoso y trágico de sus vidas.
Cuando la falta de aire los obligó a separarse, ambos tenían la respiración agitada. Maximilian mantuvo sus frentes unidas, sintiendo el rápido latir del corazón de ella contra su pecho. No quería soltarla. Si la soltaba, temía despertar y descubrir que ella era solo un espejismo creado por su mente rota.
-Sara... -murmuró él, rozando con sus labios la comisura de la boca de ella.
-Esto... esto no está bien, Maximilian -susurró ella, su voz temblando por primera vez por algo que no era compasión, sino deseo puro y miedo a las consecuencias. Intentó apartarse ligeramente, recordando el abismo social y ético que los separaba.
Pero él la sujetó por la cintura, manteniéndola cerca.
-No me importa lo que esté bien o mal -sentenció él, con una ferocidad ronca-. He estado muerto durante una semana, y tú eres la única que me hace sentir vivo. No me dejes en esta oscuridad.
Levantó una mano para acariciar la mejilla de Sara una vez más, como un ciego leyendo el braille del universo en su rostro.
-Escúchame bien, Sara -continuó, su tono adquiriendo la solemnidad de un juramento inquebrantable-. No sé de qué color son tus ojos, ni si tu cabello es claro u oscuro. Pero juro por mi vida que, cuando me quiten estas vendas, cuando esta pesadilla termine... tu rostro será lo primero que quiera mirar. Lo único que me importe ver.
En el silencio que siguió a su juramento, iluminado momentáneamente por el relámpago de un trueno lejano, Sara cerró los ojos y dejó caer una sola lágrima silenciosa.
Sabía que él era Maximilian Roth, el príncipe de un imperio de cristal. Y ella era solo la plebeya que lo había encontrado en las sombras. En ese momento de perfección, mientras él le juraba devoción en la penumbra, Sara supo que le acababa de entregar su corazón a un hombre cuyo mundo, cuando finalmente pudiera verlo, jamás tendría lugar para ella.