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El Bebé Secreto del CEO Ciego
img img El Bebé Secreto del CEO Ciego img Capítulo 4 La Noche del Destino
4 Capítulo
Capítulo 6 El eco de las gardenias img
Capítulo 7 La desesperación de una madre img
Capítulo 8 El disfraz de Elena img
Capítulo 9 El tirano de ojos azules img
Capítulo 10 La prueba de la voz img
Capítulo 11 El primer día en el infierno img
Capítulo 12 El perfume prohibido img
Capítulo 13 La guardería de la discordia img
Capítulo 14 El encuentro inevitable img
Capítulo 15 ¿De quién es ese hijo img
Capítulo 16 La trampa de la gala img
Capítulo 17 El cristal se rompe img
Capítulo 18 El Beso de la Venganza img
Capítulo 19 El peso de la verdad img
Capítulo 20 El Secreto Sangriento img
Capítulo 21 Sangre de mi sangre img
Capítulo 22 El contrato implacable img
Capítulo 23 Despertar img
Capítulo 24 El fin de Elena img
Capítulo 25 La mansión de las sombras img
Capítulo 26 El regreso del rey img
Capítulo 27 Reglas de convivencia img
Capítulo 28 El nuevo puesto img
Capítulo 29 Ecos en la oscuridad img
Capítulo 30 Sospechas de la matriarca img
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Capítulo 4 La Noche del Destino

El eco del trueno aún vibraba en las paredes de la habitación, pero para Maximilian y Sara, el único sonido ensordecedor era el de sus propias respiraciones agitadas.

El beso que había comenzado como una colisión de miedo y desesperación se había transformado en un fuego lento, denso y devorador. Maximilian rodeó la cintura de Sara con sus brazos fuertes, levantándola en vilo y atrayéndola hacia él en el borde de la cama. Ella soltó un pequeño jadeo al sentir la dureza del pecho de él contra el suyo, pero sus manos no lo apartaron; en cambio, se aferraron a sus hombros anchos, sus dedos hundiéndose en la suave seda de su pijama.

En la oscuridad de su ceguera, los demás sentidos de Maximilian se habían agudizado hasta el extremo. Podía sentir el calor febril de la piel de Sara a través del fino algodón de su uniforme. Podía saborear la dulzura fresca de su boca, una mezcla de menta y de un anhelo que rivalizaba con el suyo. Y, sobre todo, podía respirar ese aroma a gardenias que lo había anclado a la cordura durante los días más oscuros de su vida.

-Sara... -murmuró contra sus labios, su voz ronca y cargada de una urgencia primitiva-. Dime que no me detenga. Si me pides que pare, lo haré. Pero tienes que decírmelo ahora.

Ella cerró los ojos, aunque él no pudiera verla. La lógica, la ética profesional, el abismo insalvable entre el todopoderoso CEO de Roth Industries y una simple enfermera de turno... todo eso le gritaba en la mente que huyera. Que saliera por esa puerta y no volviera jamás.

Pero cuando bajó la mirada y vio los gruesos vendajes blancos que cubrían los ojos del hombre más temido del país, no vio al titán corporativo. Vio a un hombre herido, aislado en una fortaleza de cristal, rodeado de buitres que solo esperaban su caída. Vio al hombre que, a pesar de su furia y su arrogancia, temblaba al confesarle sus miedos más profundos.

En ese instante de claridad, el corazón de Sara tomó la decisión que su mente intentaba vetar.

No estaba enamorada del imperio, ni del dinero, ni de la leyenda de Maximilian Roth. Se había enamorado irreparablemente del hombre en las sombras. Del hombre que la buscaba a ciegas como si ella fuera la única fuente de luz en el universo.

-No te detengas -susurró ella, dejando caer su frente contra la de él-. No quiero que te detengas.

Un gemido sordo escapó de la garganta de Maximilian. Como si aquellas palabras hubieran roto la última cadena de su autocontrol, sus manos se movieron con una destreza hambrienta. Los botones del uniforme de Sara cedieron uno a uno bajo sus dedos impacientes. Ella correspondió, deslizando la seda del pijama de él por sus hombros, revelando la musculatura tensa y las cicatrices menores que la explosión había dejado en su torso.

Cuando la piel de ambos finalmente se encontró sin barreras, fue como si una corriente eléctrica los atravesara. Maximilian trazó la curva de la columna de Sara con devoción ciega, memorizando cada vértice, cada estremecimiento que provocaba con su tacto. En un mundo donde le habían arrebatado la vista, él estaba decidido a verla a través de sus manos, a tatuarse su forma en la memoria táctil para que ninguna oscuridad pudiera borrársela.

Se dejaron caer sobre las sábanas blancas, envueltos en la sinfonía de la tormenta que arreciaba afuera. No hubo palabras altisonantes, ni promesas de futuro. Solo hubo la urgencia del momento presente, el lenguaje de los cuerpos que se reconocen en la adversidad. Cada caricia de Maximilian era una pregunta desesperada: "¿Estás aquí?", y cada respuesta de Sara era un eco reconfortante: "No me iré".

Fue una consumación salvaje y a la vez profundamente tierna. Cuando finalmente cruzaron el umbral, unidos en la penumbra de la habitación VIP, Maximilian pronunció su nombre como si fuera una plegaria sagrada, aferrándose a ella mientras la tormenta estallaba en sus venas, ahuyentando finalmente el frío de la ceguera.

Horas más tarde, la tormenta se había reducido a un suave repiqueteo contra los cristales.

La habitación estaba sumida en un silencio sepulcral, iluminada únicamente por la débil luz azulada de las luces de emergencia del hospital y los monitores médicos silenciados. En la amplia cama, Maximilian dormía profundamente. Era la primera vez desde el accidente que su rostro, parcialmente oculto por los vendajes, no mostraba una mueca de dolor o tensión. Su brazo fuerte descansaba pesadamente sobre la cintura de Sara, como si temiera que ella desapareciera si aflojaba el agarre.

Sara estaba despierta. Tumbada de lado, observaba el pecho de él subir y bajar rítmicamente.

El peso de lo que habían hecho comenzaba a asentarse en su pecho. Había cruzado una línea sin retorno. Había entregado no solo su cuerpo, sino su alma entera a un hombre que, cuando recuperara la vista y volviera a su trono de cristal, probablemente la olvidaría o, peor aún, la vería como una distracción momentánea de su tragedia.

Una lágrima silenciosa resbaló por su mejilla. Con un cuidado extremo para no despertarlo, deslizó el brazo de Maximilian fuera de su cintura. El suelo frío la hizo estremecerse cuando se puso de pie, buscando su ropa esparcida por la alfombra. Se vistió en silencio, abotonando su uniforme arrugado con dedos temblorosos.

Necesitaba un vaso de agua. Su garganta estaba seca y su mente era un torbellino de emociones contradictorias.

Caminó descalza hacia la pequeña sala de estar de la suite VIP. La débil luz de la luna, abriéndose paso entre las nubes que se disipaban, iluminaba débilmente el lujoso mobiliario. Se acercó a la mesa de centro para servirse agua de la jarra, pero su pie tropezó con algo pesado en el suelo.

El maletín de cuero negro del abogado de Maximilian.

El hombre de traje gris había venido esa misma tarde, poco antes de la tormenta, sudando frío y tartamudeando excusas mientras le dejaba unos documentos importantes que el CEO había exigido revisar en cuanto recuperara la vista. En uno de los arrebatos de frustración de Maximilian, el maletín había sido empujado de la mesa al suelo, y nadie se había atrevido a recogerlo.

Al tropezar, el broche metálico se soltó, esparciendo una carpeta de manila sobre la alfombra. Un grupo de fotografías brillantes y papeles sellados se deslizó fuera.

Sara se agachó para recogerlos. No tenía intención de fisgonear en los asuntos corporativos de Roth Industries, pero la luz de la luna iluminó el título del documento principal, sellado con un timbre rojo de "ESTRICTAMENTE CONFIDENCIAL".

Reporte Pericial de Ingeniería: Siniestro Yate "Odisea".

El corazón de Sara dio un vuelco. Ese era el yate de Maximilian. El accidente que lo había dejado ciego.

Se sentó en el suelo de la sala, su pulso acelerándose mientras la curiosidad profesional y un instinto de protección casi animal la impulsaban a leer. Acercó las páginas a la tenue luz de la ventana.

No era un reporte oficial de la policía. Era una investigación privada contratada por la propia familia Roth.

«Tras la inspección minuciosa de los restos del compartimento del motor, se concluye de manera irrefutable que la explosión no fue producto de un fallo mecánico fortuito. La válvula de presión de la línea de combustible principal fue alterada deliberadamente con una herramienta de corte de precisión doce horas antes del zarpe.»

Sara dejó de respirar. Alterada deliberadamente.

No había sido un accidente. Alguien había intentado asesinar a Maximilian.

Sus manos comenzaron a temblar mientras pasaba a la siguiente página. Encontró un memorándum interno adjunto al reporte pericial. Estaba dirigido al bufete de abogados y llevaba la firma estilizada e inconfundible de Victoria Roth, la matriarca de la familia y madre de Maximilian.

El texto, frío y calculador, hizo que a Sara se le helara la sangre en las venas:

«Bajo ninguna circunstancia este reporte debe llegar a las autoridades ni a los medios de comunicación. Paralice a los peritos privados. Maximilian está incapacitado y fuera de peligro, pero su ceguera nos otorga la ventana de tiempo necesaria. Procedan a redactar de inmediato el traspaso de poderes notariales. Si recupera la vista antes de firmar, perderemos el control de la junta ante la facción disidente. Asegúrense de que el equipo médico prolongue su estancia en el hospital todo lo que sea médicamente justificable. Victoria.»

Sara dejó caer los papeles al suelo como si estuvieran en llamas. Se llevó una mano a la boca para ahogar un grito de puro horror.

La familia de Maximilian no solo estaba encubriendo el sabotaje que casi le cuesta la vida. Estaban utilizando su ceguera, su vulnerabilidad y su desesperación como una ventaja estratégica para usurparle el control de su propia empresa. Querían mantenerlo en las sombras, aislado e impotente, mientras ellos desmantelaban su imperio a sus espaldas.

Giró la cabeza hacia la habitación oscura donde Maximilian dormía, ajeno a la traición que lo rodeaba. El hombre fiero y arrogante estaba rodeado de lobos disfrazados con trajes a medida y sonrisas maternales. Estaba completamente solo.

Una oleada de pánico frío invadió a Sara. Había descubierto el secreto más oscuro y peligroso de la familia más poderosa del país. Si Victoria Roth o sus abogados se enteraban de que una simple enfermera había leído esos documentos, su vida y su carrera estarían acabadas en cuestión de horas. Podrían desaparecerla sin dejar rastro.

Miró los papeles esparcidos, luego la puerta de salida, y finalmente, la silueta del hombre que amaba, respirando en la oscuridad.

El juego acababa de cambiar. Ya no se trataba solo de un romance prohibido entre un millonario y su cuidadora. Ahora, era una cuestión de supervivencia.

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