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El Bebé Secreto del CEO Ciego
img img El Bebé Secreto del CEO Ciego img Capítulo 5 El Ultimátum de la Matriarca
5 Capítulo
Capítulo 6 El eco de las gardenias img
Capítulo 7 La desesperación de una madre img
Capítulo 8 El disfraz de Elena img
Capítulo 9 El tirano de ojos azules img
Capítulo 10 La prueba de la voz img
Capítulo 11 El primer día en el infierno img
Capítulo 12 El perfume prohibido img
Capítulo 13 La guardería de la discordia img
Capítulo 14 El encuentro inevitable img
Capítulo 15 ¿De quién es ese hijo img
Capítulo 16 La trampa de la gala img
Capítulo 17 El cristal se rompe img
Capítulo 18 El Beso de la Venganza img
Capítulo 19 El peso de la verdad img
Capítulo 20 El Secreto Sangriento img
Capítulo 21 Sangre de mi sangre img
Capítulo 22 El contrato implacable img
Capítulo 23 Despertar img
Capítulo 24 El fin de Elena img
Capítulo 25 La mansión de las sombras img
Capítulo 26 El regreso del rey img
Capítulo 27 Reglas de convivencia img
Capítulo 28 El nuevo puesto img
Capítulo 29 Ecos en la oscuridad img
Capítulo 30 Sospechas de la matriarca img
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Capítulo 5 El Ultimátum de la Matriarca

La pálida luz del amanecer se filtraba por las rendijas de las persianas, pintando de gris la lujosa sala de estar de la suite VIP.

Sara tenía las manos heladas. Con movimientos mecánicos y el corazón latiéndole desbocado en la garganta, devolvió el peritaje sobre la explosión del yate a la carpeta de manila, cerró el broche del maletín de cuero y lo dejó exactamente donde había caído la tarde anterior.

El secreto quemaba en su mente. Victoria Roth, la propia madre de Maximilian, estaba orquestando la caída de su hijo. Y ella, una simple enfermera, era la única que lo sabía.

Se puso en pie, alisando su uniforme arrugado con manos temblorosas. Necesitaba despertar a Maximilian. Necesitaba decirle que su vida corría peligro, que la ceguera era solo la primera fase de un plan macabro. Dio un paso hacia la habitación a oscuras, donde la respiración acompasada del hombre que amaba llenaba el silencio.

Pero antes de que pudiera cruzar el umbral, el sonido metálico y seco del ascensor privado abriéndose en el pasillo la paralizó.

El repiqueteo de unos tacones de aguja sobre el mármol rompió la quietud de la madrugada. No eran los pasos de goma del personal médico. Eran pasos autoritarios, afilados como cuchillos, que exigían sumisión a su paso.

La puerta de la suite VIP se abrió sin que nadie llamara.

Victoria Roth entró en la habitación. Era una mujer en la plenitud de sus sesenta años, envuelta en un abrigo de lana color perla de Chanel, con el cabello platinado recogido en un moño impecable y una postura tan rígida y gélida que parecía esculpida en hielo. Su mirada, de un azul acerado idéntico al de su hijo, barrió la estancia antes de clavarse directamente en Sara.

El aire pareció evaporarse de la habitación.

-Señora Roth... -balbuceó Sara, retrocediendo instintivamente un paso. Su voz sonó pequeña, patética, frente a la imponente matriarca.

Victoria no respondió de inmediato. Caminó lentamente hacia el centro de la sala, quitándose los guantes de cuero negro dedo por dedo. Su mirada descendió desde el rostro pálido de Sara hasta el cuello de su uniforme, donde el primer botón, arrancado por la urgencia de Maximilian horas atrás, dejaba al descubierto una sombra rojiza en su clavícula.

Una sonrisa letal, desprovista de cualquier calidez, curvó los labios pintados de rojo de Victoria.

-Hueles a él, querida -dijo la matriarca, su voz un susurro venenoso que no pretendía despertar al hombre de la habitación contigua-. Y, si no me equivoco, él debe oler a ese perfume de farmacia que usas. ¿Gardenias, verdad? Tan... silvestre. Tan ordinario.

Sara sintió que la sangre le hervía de indignación, pero el terror puro y crudo la mantenía anclada al suelo. Pensó en los documentos del maletín. Esta mujer frente a ella no solo era una clasista; era una criminal dispuesta a todo.

-Su hijo me necesitaba -logró articular Sara, levantando la barbilla, negándose a ser aplastada-. Estaba sufriendo un ataque de pánico por la tormenta. Mi deber era...

-Tu deber era cambiarle las vías intravenosas y vaciarle la bacinilla, enfermera -la interrumpió Victoria, el tono cortante como un látigo-. No calentarle la cama. Pero no te culpo. Maximilian siempre ha tenido una debilidad por recoger animales heridos. La ceguera debe haberlo vuelto aún más sentimental.

Victoria hizo una seña con la mano, y un hombre alto en un traje oscuro -su asistente personal- entró silenciosamente, le entregó una elegante carpeta azul con el escudo de Roth Industries estampado en oro, y volvió a salir, cerrando la puerta.

La matriarca arrojó la carpeta sobre la mesa de cristal, justo encima de donde descansaba el maletín de cuero.

-Abrelo -ordenó Victoria.

Sara vaciló, pero la mirada asesina de la mujer no le dejó opción. Con dedos rígidos, abrió la tapa de cartulina.

Dentro no había reportes periciales ni pruebas de sabotaje. Era un documento legal denso, encabezado por las palabras "Acuerdo Prematrimonial". En la primera página, junto a una serie de cláusulas sobre fondos fiduciarios y propiedades en Europa, había una fotografía de alta resolución.

Era una mujer deslumbrante. Rubia, de pómulos altos, ojos verdes esmeralda y una sonrisa diseñada para las portadas de Vogue. Al pie de la foto se leía un nombre: Lady Isabella Sterling.

-Isabella es la hija del Duque de Winchester -explicó Victoria, caminando alrededor de Sara como un depredador evaluando a su presa-. Posee tres maestrías, habla cuatro idiomas y su familia controla la red logística marítima que Roth Industries necesita para su expansión en Europa. Su matrimonio con Maximilian se negoció hace más de un año.

Sara miró la fotografía. Una ola de náuseas la invadió. Maximilian nunca le había mencionado a ninguna prometida, pero, ¿por qué habría de hacerlo? Ella era su refugio en la oscuridad, no su confidente para planes de vida en la alta sociedad.

-Él no la ama -dijo Sara, la voz temblándole por primera vez-. Me lo dijo anoche. Está aterrorizado, se siente solo. Ustedes lo han dejado solo.

La carcajada de Victoria fue breve y carente de humor.

-¿Amor? Por Dios, niña, no leas tantas novelas baratas. El amor es un lujo para los pobres. Nosotros construimos dinastías. Maximilian se casará con Isabella el mes que viene, esté ciego o no. Y tú no eres más que un error de juicio provocado por la morfina y la oscuridad.

-Entonces despídame -la desafió Sara, reuniendo todo el coraje que le quedaba-. Écheme del hospital. Pero no le mentiré. Voy a decirle lo que pasó aquí anoche. Voy a decirle que estuve con él.

El rostro de Victoria se endureció, perdiendo cualquier rastro de fingida amabilidad. Se acercó a Sara hasta que la enfermera pudo oler el asfixiante aroma a laca y polvo de oro.

-No, no lo harás. Te irás de aquí, desaparecerás de la faz de la tierra y nunca volverás a pronunciar su nombre. Porque si decides jugar a la heroína trágica y te quedas a su lado... te aseguro que destruirás lo único que le importa.

Victoria levantó una mano, señalando hacia la habitación donde Maximilian dormía.

-El doctor Aris, el único cirujano en el mundo capaz de realizar el trasplante de córnea experimental que puede devolverle la vista a mi hijo, llega a este hospital mañana a primera hora. Ese procedimiento cuesta tres millones de dólares y es financiado exclusivamente por mi fondo fiduciario personal, no por el seguro de la empresa.

El estómago de Sara se desplomó.

-Si te quedas -continuó Victoria, cada palabra goteando veneno-, si causas un escándalo, si le das a la junta directiva motivos para dudar de la estabilidad mental de Maximilian alegando que se ha vuelto dependiente de una enfermera cualquiera... cancelaré la cirugía.

-¡No puede hacer eso! -jadeó Sara, el horror abriéndole los ojos de par en par-. ¡Es su hijo! ¡Lo condenará a la ceguera para siempre!

-Y perderá su herencia, su puesto como CEO y sus acciones en la empresa, porque el estatuto prohíbe explícitamente que un hombre incapacitado dirija Roth Industries -remató Victoria implacablemente-. Prefiero tener a un hijo ciego y dócil, recluido en una mansión de campo, que a un heredero arruinado por un escándalo con una trepadora social.

El mundo entero pareció derrumbarse sobre los hombros de Sara.

Pensó en la promesa de Maximilian unas horas antes: "Tu rostro será lo primero que quiera mirar". Pensó en la desesperación en su voz, en su pánico a vivir atrapado en la caja negra. Pensó en los documentos del yate; Victoria no estaba faroleando. Esa mujer era un monstruo capaz de mutilar a su propio hijo para mantener el poder.

Si Sara se quedaba, si le contaba la verdad sobre el sabotaje o sobre su amor, Victoria cumpliría su amenaza. Maximilian se quedaría ciego. Perdería su imperio. Sería destruido, y todo por culpa de ella.

-Tú decides, Sara -susurró Victoria, sacando una chequera de su bolso de diseñador-. Te vas hoy mismo, antes de que despierte, y él recupera sus ojos y su trono. O te quedas, juegas al amor verdadero, y lo condenas a la oscuridad eterna.

Victoria arrancó un cheque en blanco ya firmado y lo dejó caer sobre el acuerdo prematrimonial.

-Quiero que le escribas una nota -ordenó la matriarca-. Dile que te cansaste de limpiar a un inválido. Dile que te pagaron mejor en otro lado. Rómpela el corazón de forma tan brutal que su rabia le dé las fuerzas para someterse a la cirugía mañana. Haz que te odie, enfermera. Es el mayor acto de amor que podrás hacer por él.

Sara miró la puerta entreabierta de la habitación de Maximilian. Una lágrima caliente, cargada de la más profunda de las agonías, rodó por su mejilla. El nudo en su garganta era tan grande que casi no la dejaba respirar.

Estaba atrapada. No había salida. Para salvar al hombre que amaba, tenía que convertirse en la villana de su historia.

-No quiero su sucio dinero -susurró Sara, empujando el cheque lejos de sí con desprecio, aunque el alma se le estuviera rompiendo en mil pedazos-. Me iré. Pero escúcheme bien, señora Roth... algún día, la oscuridad que usted lleva por dentro la terminará devorando.

Sin mirar atrás, Sara se giró y caminó hacia la habitación por última vez, preparándose para redactar la mentira que le destrozaría el corazón a ambos.

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