(Punto de Vista: Noah Darcy)
El sonido del disparo no fue lo que me despertó. Fue el silencio. Ese silencio gélido y absoluto que siguió al último suspiro de mi padre hace trece años.
Me incorporé en la cama de golpe, con la respiración grabada en la garganta y la sábana pegada al cuerpo por el sudor frío. Mis manos, ahora grandes, callosas y marcadas por años de entrenamiento, temblaban ligeramente. En la oscuridad de mi habitación, las sombras parecían tomar la forma de Marco, alzando de nuevo esa Beretta plateada.
-Maldita sea... -gruñí, frotándome el rostro con brusquedad.
Me puse en pie y caminé descalzo por el lujoso loft de diseño industrial donde vivíamos. El frío del suelo de concreto me ayudó a anclarme al presente. Al pasar frente al espejo del pasillo, me detuve un segundo. Los tatuajes de mis brazos parecían cobrar vida bajo la tenue luz de la luna: marcas de una guerra que nadie más veía. Mis ojos, inyectados en sangre por la falta de sueño, reflejaban lo que era: un hombre que murió a los trece años y fue reemplazado por un arma.
Entré a la sala principal. El olor a café cargado y a papel nuevo llenaba el aire. Tayler estaba sentado en el sofá de cuero negro, con su computadora sobre las piernas y una expresión de frialdad absoluta, esa que solo un CEO que mueve millones puede sostener a las cuatro de la mañana. Thiago estaba en la barra de la cocina, jugueteando con un cuchillo de cerámica, su rostro "amigable" ocultando la misma oscuridad que la nuestra.
-Otra pesadilla -no fue una pregunta. Tayler ni siquiera levantó la vista de la pantalla-. Estás gritando el nombre de Sterling otra vez, Noah. Controla eso. El odio es útil, pero el descontrol es una debilidad.
-No necesito tus sermones de autocontrol, Tayler -respondí con voz ronca, sirviéndome un vaso de whisky en lugar de café. El alcohol me quemó la garganta, justo como me gustaba-. Lo que necesito es sangre.
Thiago dejó el cuchillo sobre la mesa con un golpe seco y me miró con una sonrisa torcida, de esas que no llegan a sus ojos ámbar.
-Paciencia, hermano. Mañana empieza el espectáculo -dijo Thiago, cruzándose de brazos-. He estado siguiendo a Mar en la facultad. Es inteligente, pero predecible. Cree que soy solo otro estudiante con dinero. No tiene idea de quién soy realmente.
Tayler cerró su computadora de golpe y se puso en pie, ajustándose los puños de su camisa de seda. Su presencia llenaba la habitación; él era el orden en nuestro caos.
-Me voy -anunció con tono seco-. Tengo reuniones en Nueva York y Londres. Estaré fuera un par de meses cerrando la fusión que nos dará el control total del mercado logístico. Espero que para cuando regrese, Italia siga en pie y no hayan reducido la ciudad a cenizas en su ausencia.
Caminó hacia la puerta de salida, pero se detuvo antes de salir, mirándonos por encima del hombro.
-Recuerden -advirtió Tayler-. No se trata solo de matarlos. Se trata de arrebatarles la gloria. Quiero a Lucas Sterling de rodillas viendo cómo sus tres preciadas joyas se marchitan en nuestras manos. No fallen.
La puerta se cerró con un clic metálico. El silencio volvió a reinar, pero esta vez era un silencio de anticipación.
Miré a Thiago. Mi rabia, esa que había estado alimentando durante más de una década, vibraba bajo mi piel como una corriente eléctrica.
-Mañana -le dije, mi voz bajando a un susurro letal-. Mañana entro a esa mansión.
-¿Estás listo para cuidar a la "Princesa Rosa", Noah? -se burló Thiago-. Dicen que Emma es la favorita de Lucas. La más mimada. La que él más protege.
Apreté el vaso de cristal hasta que mis nudillos blanquearon. Emma Sterling. El nombre me sabía a cenizas. Ella era la que más se parecía a él. La que vivía en un mundo de privilegios construido sobre los cadáveres de mi familia.
-No voy a cuidarla, Thiago -respondí, mirando hacia la ventana, donde las luces de la ciudad brillaban como diamantes falsos-. Voy a convertirme en su sombra. Voy a hacer que dependa de cada uno de mis pasos, que confíe en cada una de mis palabras... y cuando finalmente se sienta segura, le recordaré el nombre de Damian Darcy justo antes de destruir todo lo que ama.
Mañana, el lobo cruzaría el umbral de los Sterling. Y ninguna de las tres estaba lista para lo que se avecinaba.