Ámbar caminaba con la vista fija en sus apuntes de derecho, ignorando el mundo. Mar, por el contrario, caminaba como si la acera fuera su pasarela personal, con una mueca de aburrimiento que solo el exceso de dinero puede comprar.
-Ahí está el idiota de nuevo -masculló Mar, deteniéndose en seco frente a la entrada del edificio de medicina.
Seguí su mirada. Thiago estaba apoyado contra una columna, con un libro en la mano y esa sonrisa estúpida y "encantadora" que usaba para mimetizarse. Se veía exactamente como lo que pretendía ser: un estudiante de buena familia, atlético y brillante. Nuestras miradas se cruzaron por una fracción de segundo. Un choque de reconocimiento que ninguno de los dos permitió que llegara a los músculos de la cara. Éramos extraños. Éramos enemigos potenciales. Éramos hermanos esperando el momento de atacar.
-¿Problemas, señorita Mar? -pregunté, mi voz plana como una hoja de afeitar.
-Ese tipo, Thiago -señaló ella con un gesto despectivo-. No sé de dónde salió, pero se cree que puede estar al mismo nivel que yo solo porque aprobó un par de exámenes. Es un estorbo.
Thiago, actuando su papel a la perfección, se acercó con fingida timidez.
-Hola, Mar. Ámbar. Solo quería preguntarte sobre el grupo de estudio de anatomía de...
-Ni lo pienses, Darcy -lo cortó Mar con una crueldad que me hizo apretar los dientes-. No te quiero cerca de mi grupo, ni de mi mesa, ni de mi aire. Búscate a alguien de tu clase social para perder el tiempo.
Thiago bajó la mirada, fingiendo estar afectado, aunque yo sabía que por dentro estaba memorizando cada palabra para devolvérsela con intereses. Ámbar no dijo nada; simplemente ajustó sus libros y miró hacia otro lado. Su silencio era tan cómplice como el insulto de Mar.
De repente, un chirrido de neumáticos rompió la tensión.
Un Lamborghini Aventador, de un color rosa chicle tan ofensivo que parecía un insulto a la ingeniería automotriz, derrapó frente a la entrada principal. El motor rugió una última vez antes de apagarse. El silencio que siguió fue absoluto. Todos los estudiantes se detuvieron.
La puerta se abrió hacia arriba.
Primero, una pierna interminable con una sandalia de tacón de aguja que brillaba bajo el sol. Luego, ella. Emma Sterling.
Vestía un conjunto de dos piezas de Chanel, rosa por supuesto, que dejaba ver la piel de su abdomen. El cabello rojizo le caía por la espalda como una cascada de fuego. Se quitó las gafas de sol de pasta blanca con una lentitud exasperante, revelando esos ojos café claro y las diminutas pecas en el puente de su nariz. Caminaba como si el suelo le debiera dinero.
Ignoró los murmullos. Ignoró a los fotógrafos improvisados. Caminó directo hacia sus hermanas, pero antes de llegar, sus ojos se posaron en Thiago.
Se detuvo frente a él. Lo recorrió de arriba abajo con una mirada lenta, depredadora y, por primera vez, vi una chispa de algo parecido a la humanidad en su rostro: curiosidad pura.
-Vaya... -ronroneó Emma, su voz era como terciopelo rozando una herida-. ¿Quién es este bombón? Es mucho más lindo que los cuadros que mi padre cuelga en el pasillo.
Mar puso los ojos en blanco, soltando un bufido de asco.
-Por favor, Emma. Acabas de bajar del avión y ya tienes mal gusto. Es solo un becado engreído. Camina, papá nos espera para cenar por videollamada.
Emma no se movió. Le dedicó a Thiago una sonrisa ladeada, una que prometía problemas y caos.
-A mí me parece que tiene un gusto excelente... -dijo ella, ignorando por completo mi presencia a pesar de que yo estaba a menos de un metro de ella. Para Emma Sterling, el servicio no tenía rostro-. Nos vemos luego, lindo.
Se dio la vuelta y empezó a caminar hacia la cafetería. Mar y Ámbar se unieron a ella de inmediato. El ambiente cambió en un segundo. La frialdad de Ámbar y la arrogancia de Mar se fundieron en una complicidad casi eléctrica al estar las tres juntas. Empezaron a hablar en susurros, riendo, moviéndose como una sola entidad de tres cabezas.
Las "Princesas de la Mafia" estaban completas.
Me quedé allí, de pie, viendo cómo se alejaban. Thiago se acercó a mi lado, fingiendo que recogía algo del suelo.
-Vaya con la "Versión Rosa" -susurró mi hermano, con la mandíbula tensa-. Es más peligrosa de lo que Tayler dijo. Casi me hace olvidar que quiero matarla.
-No lo olvides -le respondí sin mover los labios, mirando la espalda de Emma-. Una de ellas apretó el gatillo con sus palabras. No dejes que el confeti te ciegue, Thiago. Mañana empieza el verdadero infierno.
Emma Sterling había regresado. Y con ella, el juego de espejos de las trillizas se volvía letal. Una de esas tres niñas había destruido mi vida con una mentira. Mientras las veía reír en la cafetería, sentí un frío abrasador en el pecho. No me importaba cuántos vestidos rosas usara; yo iba a ser la sombra que le recordara que el pasado siempre vuelve a cobrar sus deudas.