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Las Princesas de la mafia Mi dulce Destrucción
img img Las Princesas de la mafia Mi dulce Destrucción img Capítulo 3 EL NIDO DE LAS VÍBORAS
3 Capítulo
Capítulo 6 POMPONES Y VENENO img
Capítulo 7 EL JUEGO DE LAS MÁSCARAS img
Capítulo 8 EL JUEGO DEL GATO Y LAS RATONES img
Capítulo 9 EL GATO Y EL CASCABEL img
Capítulo 10 EL VELO DE ATENAS img
Capítulo 11 EL CÓDIGO DE LAS TRES img
Capítulo 12 EL EFECTO ESPEJO img
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Capítulo 3 EL NIDO DE LAS VÍBORAS

(Punto de Vista: Noah Darcy)

La mansión Sterling se alzaba sobre la colina como un mausoleo de mármol y soberbia. Crucé los portones de hierro forjado sintiendo el peso del arma en mi sobaquera y el peso del odio en mi pecho. Para el mundo, yo era Noah, un ex-operativo de fuerzas especiales con un historial impecable y referencias que Tayler se había encargado de falsificar con maestría quirúrgica. Para mí, yo era el virus que acababa de entrar en el sistema.

Al entrar, el lujo me dio náuseas. Todo allí había sido pagado con la sangre de hombres como mi padre. Un mayordomo de expresión gélida me guio por el gran salón hasta una terraza acristalada que daba a los jardines.

Allí estaban dos de ellas.

Ámbar estaba sentada a la mesa, rodeada de libros de derecho y carpetas legales. Tenía una elegancia natural, el cabello castaño perfectamente recogido y una mirada que analizaba todo como si estuviera frente a un tribunal. A su lado, Mar bebía café con una actitud indolente; su cabello negro azabache contrastaba con su piel pálida, y vestía una bata de seda oscura que gritaba rebeldía y dinero.

-El nuevo -soltó Mar sin siquiera mirarme, su voz cargada de una ironía afilada-. Espero que seas más entretenido que el anterior. Duró dos semanas antes de que mis hermanas lo volvieran loco.

-Soy Noah -dije, manteniendo la voz plana, profesional, mientras por dentro imaginaba cómo se vería ese salón envuelto en llamas-. He sido contratado para la seguridad de la tercera señorita Sterling.

Ámbar levantó la vista y me dedicó una sonrisa pequeña, mucho más suave que la de su hermana, aunque sus ojos café no dejaban de estudiarme con cautela.

-Bienvenido, Noah. Mi padre y su esposa están en la Riviera Francesa por unos días, así que el mando de la casa lo tengo yo -explicó con tono pausado-. Siento que hayas tenido que empezar hoy, las cosas están un poco... desorganizadas.

-¿Dónde está ella? -pregunté, yendo directo al grano. Necesitaba verle la cara a la que faltaba.

Mar soltó una carcajada seca y dejó la taza sobre el plato con un tintineo metálico.

-¿Emma? Por favor. Nuestra pequeña "princesa rosa" hace lo que se le da la gana. Ha estado tres años en ese internado de Suiza y regresa cuando quiere, como quiere y si quiere. No se molesta en avisar a los mortales.

-Mar, no seas así con ella -la reprendió Ámbar con dulzura, aunque se notaba el cansancio en su voz. Luego se volvió hacia mí-. Lo cierto es que mi padre te contrató específicamente para ella porque Emma es... especial. Tiene un carácter difícil de dominar. No sabemos con exactitud cuándo aterrizará su vuelo; podría ser hoy o dentro de tres meses. Pero aquí la seguridad se paga por adelantado, así que puedes empezar a familiarizarte con el perímetro.

-Cualquiera de las tres es mi responsabilidad hasta que ella llegue, supongo -dije, ocultando mi desprecio tras una máscara de indiferencia.

-No te confundas, guardaespaldas -intervino Mar, poniéndose en pie y acercándose a mí lo suficiente para que pudiera ver el brillo de desafío en sus ojos negros-. Ámbar y yo sabemos cuidarnos solas. Tú estás aquí por el capricho de mi hermana menor. Pero mientras ella no esté, puedes cargar mis maletas si te aburres.

La miré fijamente. Mar era fuego y arrogancia; Ámbar era calma y estrategia. Dos piezas del tablero que tarde o temprano tendría que romper. No me importaba cuál de las tres fuera la primera en caer bajo mi vigilancia. Para mí, las tres eran extensiones de la mano de Lucas Sterling, y cualquiera de ellas servía para empezar a cobrar la deuda.

-Estaré en la caseta de seguridad revisando las cámaras -respondí, dándoles la espalda sin esperar permiso.

Caminé hacia la salida sintiendo sus miradas en mi nuca. Una de ellas había mentido. Una de ellas había condenado a mi padre. O quizás fueron las tres, unidas en ese pacto de sangre que las hacía intocables.

"Disfruten de la paz", pensé mientras apretaba los dientes. "Porque cuando el confeti rosa aterrice, este mausoleo se va a convertir en su propia cárcel"

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