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La Novia Comprada del Multimillonario
img img La Novia Comprada del Multimillonario img Capítulo 2 Mi estúpida jaula
2 Capítulo
Capítulo 6 Al filo del deseo img
Capítulo 7 Un trato profesional img
Capítulo 8 La sombra del tiburón img
Capítulo 9 Mi corona de oro img
Capítulo 10 Trono de acero img
Capítulo 11 El anillo de la discordia img
Capítulo 12 La traición no se perdona img
Capítulo 13 Cadenas de terciopelo img
Capítulo 14 Aliadas en el imperio img
Capítulo 15 Fantasmas del pasado img
Capítulo 16 Un bocado de realidad img
Capítulo 17 El fantasma de su amor img
Capítulo 18 Justicia y cenizas img
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Capítulo 2 Mi estúpida jaula

París se veía diferente desde la ventana del Bentley negro de Dorian. Ya no era la Ciudad de la Luz, la ciudad del arte y el romance que yo tanto amaba. Ahora se sentía como un laberinto de hierro y asfalto diseñado para conducirme a mi destino: la jaula más cara del mundo.

El chofer, un hombre de rostro impasible llamado Marcus, no había dicho una sola palabra desde que recogió mis dos maletas de la mansión Dubois. Mis pertenencias cabían en dos maletas de cuero. Mi vida entera, reducida a seda, un par de zapatos y las joyas que Dorian todavía no me había quitado. Mi padre ni siquiera bajó a despedirse. Se encerró en su despacho con una botella de coñac, lavándose las manos de la sangre de su propia hija.

Cuando el coche se detuvo frente a un imponente edificio de diseño vanguardista cerca del Sena, sentí que el oxígeno se me escapaba de los pulmones. Era un rascacielos de cristal negro que se alzaba como una lanza hacia el cielo grisáceo. El ático. El dominio del Tiburón.

El ascensor privado me llevó directamente a la cima. Al abrirse las puertas, me encontré con un espacio que gritaba riqueza y frialdad. Suelos de mármol blanco, muebles minimalistas y una pared de cristal de ocho metros de altura que ofrecía una vista de 360 grados de la ciudad. Pero no pude apreciar la vista. Porque él estaba allí.

Dorian estaba de pie junto a un mueble bar, sirviéndose un whisky. Se había quitado la chaqueta del traje y tenía las mangas de la camisa negra remangadas hasta los codos, revelando unos antebrazos fuertes y tensos. Al verme, dejó el vaso de cristal con un golpe seco y se giró.

-Llegas tres minutos tarde, Francesca -dijo. Su voz no era de reproche, sino de una observación meticulosa. Como si llevara cada segundo de mi ausencia contado en su reloj.

-¿Vas a descontarlo de mi deuda? -le respondí, cruzándome de brazos. Mi voz salió más firme de lo que esperaba, a pesar de que el corazón me martilleaba las costillas.

Dorian no respondió. Caminó hacia mí con esa elegancia depredadora que me hacía querer retroceder y saltar sobre él al mismo tiempo. Se detuvo a escasos centímetros. No me tocó, pero su presencia era como una barrera física.

-Marcus, lleva las maletas a la habitación principal -ordenó sin apartar los ojos de los míos.

-¿A la principal? -intervine rápidamente-. Supuse que tendría mi propia habitación. En el contrato decía que viviría aquí, no que compartiríamos cama.

Dorian soltó una risa baja, un sonido que vibró en el aire y me erizó el vello de los brazos.

-En el contrato dice que estás bajo mi cuidado y disposición, Francesca. Y yo no tengo intención de buscarte por todo el ático cada vez que quiera verte. Y créeme... voy a querer verte todo el tiempo.

Extendió la mano y, antes de que pudiera esquivarlo, rozó mi mejilla con el dorso de sus dedos. Su tacto estaba ardiendo, un contraste violento con la frialdad de sus ojos. Me aparté como si me hubiera quemado.

-No me toques -le siseé-. Puedes haberme comprado, pero no te pertenezco.

-Eso es lo que más me gusta de ti -susurró él, dando un paso más, invadiendo mi espacio personal hasta que mi espalda chocó contra la puerta del ascensor-. Tu resistencia. En el crucero, cuando te entregaste a mí, eras fuego. Pero ahora, con ese odio quemándote por dentro... eres hipnotizante.

Me quedé helada. Lo que más me aterraba no era su poder, sino su obsesión. Había algo en su mirada, una intensidad oscura y devoradora, que me decía que este hombre no se cansaría de mí en un mes. No era un capricho. Era una fijación enferma.

-¿Por qué yo, Dorian? -pregunté, tratando de entender la magnitud de mi desgracia-. Con tu dinero podrías tener a cualquier modelo, a cualquier heredera de Europa. ¿Por qué montar todo este teatro para atraparme a mí?

Dorian se inclinó, apoyando una mano en la pared, justo al lado de mi cabeza. Su rostro estaba tan cerca que podía ver las briznas doradas en sus ojos grises.

-Porque ninguna de ellas es una Dubois. Y ninguna de ellas me miró como tú me miraste esa noche en la proa del barco -su voz bajó de tono, volviéndose una caricia peligrosa-. Vi tu alma esa noche, Francesca. Y decidí que la quería. Mi dinero solo fue la herramienta para obtener lo que ya era mío por derecho de conquista.

-Estás loco -le solté, sintiendo el nudo en la garganta-. Estás enfermo de poder.

-Estoy loco por lo que me haces sentir -confesó él, y por un momento, la máscara de hielo se rompió, dejando ver una vulnerabilidad aterradora-. Llevo tres días sin dormir, contando las horas para que cruzaras esa puerta. He cancelado reuniones con ministros solo para estar aquí cuando llegaras. He hecho que decoren esta habitación con tus flores favoritas y he traído al mejor chef de la ciudad para que cocine lo que te gusta.

-No quiero tus flores ni tu comida. Quiero mi libertad.

-Tu libertad murió cuando tu padre apostó el primer euro que no tenía -Dorian se apartó bruscamente, recuperando su compostura-. Ahora, ve a refrescarte. Cenaremos en una hora. He hecho que traigan varios vestidos para ti. Elige el que más te guste... o elegiré yo por ti, y te aseguro que mis métodos de vestirte no te gustarán.

Caminé hacia la dirección que Marcus había tomado, sintiendo la mirada de Dorian clavada en mi espalda. Era como una marca de hierro. Entré en la habitación principal y me quedé sin aliento. No era una habitación, era un santuario de lujo excesivo. Una cama king size cubierta de seda blanca, un vestidor que parecía una boutique de la Avenida Montaigne y ventanales que hacían sentir que estaba flotando sobre París.

Sobre la cama, había tres cajas de terciopelo y tres vestidos de alta costura. Uno rojo sangre, uno negro azabache y uno blanco seda.

Me acerqué a los vestidos y sentí ganas de rasgarlos. Eran los uniformes de mi nueva identidad. Fui al baño y me eché agua fría en la cara, tratando de reconocer a la mujer que me devolvía la mirada desde el espejo. ¿Dónde estaba la Francesca que soñaba con escribir novelas y viajar por el mundo? Ahora era la concubina de un tiburón.

De repente, la puerta del dormitorio se abrió sin avisar.

-¡Dorian! -grité, cubriéndome el pecho con las manos, aunque estaba vestida-. ¡Existe algo llamado privacidad!

Él estaba apoyado en el marco de la puerta, observándome con una calma absoluta. Tenía una pequeña caja de terciopelo en la mano.

-En mi casa, no hay secretos para mí -dijo, caminando hacia mí-. Olvidé darte esto.

Abrió la caja. Dentro había una gargantilla de diamantes con un zafiro central del tamaño de una uva. Era una pieza de museo.

-Es preciosa -dije con sarcasmo-. ¿Viene con una correa a juego?

Dorian no se inmutó por mi veneno. Sacó la joya y se colocó detrás de mí. Sentí sus manos grandes y cálidas apartando mi cabello, dejando mi nuca al descubierto. El frío del metal contra mi piel me hizo estremecer, pero él no se detuvo hasta que cerró el broche.

-No es una correa, Francesca -susurró en mi nuca, y pude sentir sus labios rozando mi piel-. Es mi marca. Para que cualquiera que te vea sepa que perteneces a Dorian Leblanc. Y para que tú, cada vez que sientas el peso de estas piedras, recuerdes quién es tu dueño.

Se quedó allí, abrazándome por detrás, obligándome a mirar nuestro reflejo en el espejo. Él se veía poderoso, oscuro, triunfante. Yo me veía como una muñeca rota adornada con piedras preciosas.

-Céname hoy, Francesca -me pidió, y por primera vez, su voz no sonó como una orden, sino como una súplica retorcida-. Dame solo una noche de paz, y te juro que mañana te daré todo lo que pidas. Excepto tu libertad.

Lo miré a través del espejo. Sus manos me apretaban la cintura con una posesividad que me cortaba el aliento. En ese momento supe que mi vida en el ático no sería solo una batalla de voluntades. Sería una guerra de seducción donde el primer corazón en ceder sería el que terminara en cenizas.

-Cenaré contigo -dije, bajando la vista-. Pero no esperes que sonría.

-No necesito tu sonrisa, querida -respondió él, dándome un beso casto pero intenso en el hombro-. Solo necesito que estés aquí. Conmigo. Para siempre.

Cuando salió de la habitación, me desplomé sobre la cama. El peso de los diamantes en mi cuello se sentía como una tonelada. Dorian Leblanc estaba loco, y yo estaba atrapada en el centro de su locura. Pero mientras miraba el vestido rojo sobre la cama, una chispa de mi antigua rebeldía se encendió. Él quería una muñeca, pero yo le iba a dar un incendio.

La cena sería solo el primer round.

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