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La Novia Comprada del Multimillonario
img img La Novia Comprada del Multimillonario img Capítulo 5 Marca tu territorio
5 Capítulo
Capítulo 6 Al filo del deseo img
Capítulo 7 Un trato profesional img
Capítulo 8 La sombra del tiburón img
Capítulo 9 Mi corona de oro img
Capítulo 10 Trono de acero img
Capítulo 11 El anillo de la discordia img
Capítulo 12 La traición no se perdona img
Capítulo 13 Cadenas de terciopelo img
Capítulo 14 Aliadas en el imperio img
Capítulo 15 Fantasmas del pasado img
Capítulo 16 Un bocado de realidad img
Capítulo 17 El fantasma de su amor img
Capítulo 18 Justicia y cenizas img
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Capítulo 5 Marca tu territorio

La gala benéfica en el Palacio de Versalles era un despliegue de opulencia que me revolvía el estómago. Miles de cristales de Swarovski colgaban del techo, reflejando la luz de las velas sobre una multitud vestida de seda y diamantes. Yo caminaba del brazo de Dorian, sintiendo el peso de su mano sobre mi cintura como una advertencia constante. Llevaba un vestido de encaje negro que se ceñía a mi cuerpo como una armadura, y el zafiro en mi cuello brillaba bajo los flashes de los fotógrafos.

-Sonríe, Francesca -susurró Dorian cerca de mi oído. Su voz era suave, pero llevaba el filo del acero-. El mundo nos está mirando.

-Que miren -respondí entre dientes, manteniendo la barbilla en alto-. Que vean cómo se ve una mujer que ha sido subastada al mejor postor.

Dorian apretó un poco más su agarre, pero antes de que pudiera responder, una figura se interpuso en nuestro camino. Era una mujer alta, de una belleza gélida y perfecta. Llevaba un vestido de satén plateado que parecía fundirse con su piel pálida, y su cabello rubio estaba recogido en un moño tan tirante que acentuaba sus rasgos afilados. Su mirada, cargada de un veneno que no intentó ocultar, se clavó directamente en la mía antes de pasar a Dorian.

-Dorian, querido -dijo ella, con una voz que pretendía ser dulce pero sonaba a cristal roto-. No sabía que las "compras de última hora" se exhibían en eventos de este calibre.

Sentí que la temperatura a mi alrededor bajaba diez grados. Dorian se tensó a mi lado, su postura volviéndose rígida y peligrosa.

-Rosalía -dijo él, con una voz tan plana que me dio escalofríos-. No recuerdo haberte incluido en la lista de invitados.

-Oh, un Leblanc siempre deja huellas, incluso cuando intenta borrar sus contratos -ella dio un paso hacia nosotros, ignorando por completo la hostilidad de Dorian. Se volvió hacia mí con una sonrisa de suficiencia-. Así que tú eres la famosa Francesca Dubois. La hija del hombre que apostó hasta su propia sangre.

-Y tú debes ser la mujer que no fue lo suficientemente interesante como para mantener la atención de Dorian -respondí, devolviéndole la mirada con la misma intensidad-. Lo siento, no suelo memorizar los nombres de los negocios fallidos.

El rostro de Rosalía se transformó. La máscara de perfección se agrietó para dejar ver una furia pura.

-Escúchame bien, perra -siseó, acercándose tanto que pude oler su perfume a gardenias rancias-. Yo era la prometida oficial. Había un contrato firmado por nuestras familias mucho antes de que tú aparecieras con tus trucos de barata seducción en un crucero. Dorian rompió una alianza de décadas por una cara bonita que está en oferta por una deuda de juego.

-¿Perra? -me eché a reír, una risa seca y cargada de desprecio-. Qué falta de originalidad, Rosalía. Si vas a insultarme, al menos usa el vocabulario que se espera de alguien con tu supuesto pedigrí.

Dorian intentó intervenir, pero puse una mano sobre su brazo, deteniéndolo. Esto era mío. Necesitaba descargar toda la rabia acumulada en alguien, y ella se había servido en bandeja de plata.

-Dices que él rompió un contrato por mí -continué, dando un paso hacia ella, obligándola a retroceder-. Eso no me hace ver mal a mí, querida. Eso dice mucho de ti. Dice que ni con firmas, ni con apellidos, ni con toda la historia de tu familia pudiste lograr que él te deseara. Eres como un mueble viejo: estabas ahí por herencia, pero en cuanto vio algo que realmente quería, te mandó al depósito de chatarra.

-¡Cómo te atreves! -Rosalía levantó la mano, ciega de rabia, pero Dorian la atrapó en el aire antes de que pudiera acercarse a mi rostro.

-Basta, Rosalía -la voz de Dorian resonó como un trueno contenido. Sus ojos grises eran ahora dos pozos de oscuridad-. Si vuelves a dirigirte a Francesca, o si te atreves a levantarle la mano de nuevo, me aseguraré de que tu familia no tenga ni un céntimo para pagar el abogado que necesitarás cuando te destruya financieramente. Vete de aquí. Ahora.

Rosalía temblaba de humillación. Miró a Dorian con desesperación, buscando algún rastro del hombre que una vez aceptó casarse con ella, pero solo encontró al Tiburón de París, protegiendo ferozmente su nueva adquisición.

-Esto no ha terminado -escupió ella, mirándome con un odio infinito-. Disfruta tu jaula, Francesca. Porque cuando Dorian se canse de su juguete nuevo, no habrá contrato que te salve de la caída.

Se dio la vuelta y desapareció entre la multitud, dejando un rastro de tensión insoportable tras de ella. Me quedé de pie, respirando con dificultad, sintiendo el subidón de adrenalina recorrer mis venas. Por un momento, me sentí poderosa, pero la sensación se desvaneció en cuanto sentí la mirada de Dorian sobre mí.

-Te defendiste bien -dijo él, su voz cargada de una mezcla de orgullo y algo más que no pude identificar-. Aunque no era necesario que te rebajaras a su nivel.

-No me rebajé, Dorian. Solo puse la basura en su lugar -le solté, soltándome de su agarre-. Y no te equivoques. No lo hice por ti. Lo hice porque nadie, y mucho menos una despechada que no pudo retenerte, me va a llamar perra en mi propia cara.

Dorian me rodeó por la cintura, pegándome a su cuerpo de nuevo. Esta vez no opuse resistencia, estaba demasiado agotada emocionalmente.

-Rompí el contrato con ella el mismo día que volvimos del Caribe -confesó él, hundiendo su rostro en mi cuello-. No podía casarme con ella sabiendo que tú existías. Me importaba un demonio la alianza familiar o los millones que perdí en la ruptura. Te quería a ti.

Su confesión me golpeó con más fuerza que los insultos de Rosalía. Me odiaba por lo que estaba sintiendo. Mi corazón latía desbocado, respondiendo a su cercanía, a su olor, a la forma en que su cuerpo parecía encajar perfectamente con el mío. Me gustaba que me defendiera. Me gustaba que hubiera elegido mi ruina antes que la perfección de Rosalía. Y ese pensamiento era la traición definitiva a mí misma.

-Ella tiene razón en algo, Dorian -susurré, mirándolo a los ojos-. Cuando te canses de mí, ¿qué me quedará? No tengo familia, no tengo fortuna, no tengo nada. Solo este collar que me recuerda que soy tuya.

Dorian me tomó la cara con ambas manos, obligándome a ver la verdad en su mirada obsesiva.

-No me voy a cansar de ti, Francesca. Ese es tu problema. No eres un capricho. Eres mi enfermedad. Y no tengo ninguna intención de curarme.

Me besó allí mismo, en medio de la gala, frente a toda la élite de París. Fue un beso de posesión absoluta, una marca pública de que yo le pertenecía. Y aunque una parte de mí quería gritar de indignación, la otra, la que todavía recordaba el barco, se fundió en su toque, admitiendo en silencio que la guerra entre nosotros estaba lejos de terminar, pero que la batalla de esta noche la habíamos ganado juntos.

Pero mientras nos separábamos, vi a Rosalía observándonos desde lejos, hablando por teléfono con una expresión siniestra. Supe entonces que esto solo era el comienzo. El contrato de mi padre no era la única cadena que me ataba a Dorian; ahora también estaba en la mira de sus enemigos. Y en este nido de víboras, no sabía quién sería el primero en morder.

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