Me quedé mirando el techo, luchando contra la opresión en mi pecho. Lo odiaba. Odiaba su arrogancia, su control maníaco y la forma en que había usado a mi padre para atraparme. Pero, mientras me giraba en las sábanas de seda, el aroma de su perfume -ese sándalo oscuro y tabaco que se había quedado impregnado en la almohada de la noche anterior- me golpeó los sentidos.
Cerré los ojos y, por un instante traicionero, mi mente volvió al barco. Recordé sus manos grandes guiándome en la oscuridad de la cubierta, la suavidad de su voz cuando no intentaba dar órdenes y la forma en que me hacía sentir como si yo fuera lo único que importaba en el mundo. Me dolía admitirlo, incluso en la intimidad de mi cabeza, pero mi cuerpo todavía lo buscaba. Cada vez que me tocaba, mi piel recordaba lo que era ser adorada por él, y esa era la traición más grande de todas.
-No seas estúpida, Francesca -me susurré a mí misma, sentándome en la cama-. Te compró. Eres un trofeo, nada más.
Me levanté y me puse una bata de seda blanca que encontré en el vestidor. Salí de la habitación, esperando encontrar el ático vacío, pero Dorian estaba allí, sentado frente a su computadora con un espresso en la mano. Se había quitado la corbata y el primer botón de su camisa blanca estaba desabrochado. Se veía devastadoramente guapo, y eso me irritó más que cualquier otra cosa.
En cuanto mis pies descalzos tocaron el mármol, él levantó la vista. Sus ojos recorrieron mi figura con una lentitud que me hizo sentir como si la bata fuera transparente.
-Buenos días, Francesca. Dormiste más de lo que esperaba -dijo. Su voz era profunda, todavía rasposa por el sueño-. El desayuno está en la terraza.
-No tengo hambre -respondí, tratando de mantener mi voz plana y fría.
Dorian se puso de pie y caminó hacia mí. No se detuvo hasta que estuvo en mi espacio personal. Extendió una mano y, con una suavidad que me desarmó, apartó un mechón de pelo de mi frente. Su tacto era cálido, y por un microsegundo, estuve a punto de inclinarme hacia él. Mi corazón dio un vuelco traicionero, latiendo contra mis costillas con una fuerza que él seguramente podía sentir.
-Mientes -susurró-. Estás pálida. Necesitas comer si vas a sobrevivir al día que te tengo preparado.
-¿Sobrevivir? ¿Qué más tienes planeado para tu adquisición? -le solté, dando un paso atrás para romper el contacto. Necesitaba distancia; su cercanía nublaba mi juicio.
-Hoy el mundo sabrá quién eres. Tenemos una gala benéfica esta noche. Es la presentación oficial de la futura señora Leblanc.
-¿Señora Leblanc? -me reí, una risa amarga-. No recuerdo haber aceptado una propuesta de matrimonio. Solo un contrato de esclavitud.
Dorian arqueó una ceja, y una sonrisa peligrosa apareció en sus labios.
-En mi mundo, Francesca, las etiquetas importan. Si vas a estar a mi lado, serás respetada como mi mujer. Nadie tiene por qué saber los detalles de nuestra "transacción".
-Tú lo sabrás. Yo lo sabré. Cada vez que me mires, verás el precio que pagaste -le dije, clavando mis ojos en los suyos.
Él no se inmutó. Al contrario, se acercó de nuevo, esta vez atrapándome por la cintura con un brazo firme. Me pegó a su cuerpo y sentí la dureza de sus músculos contra los míos. Mi respiración se volvió errática. Lo odiaba, me repetí. Pero mi pulso se aceleró y un calor líquido empezó a extenderse por mi vientre. Era humillante sentir esta atracción por mi captor.
-Mirarte es lo más fácil que he hecho en mi vida -dijo él, bajando la voz hasta que fue apenas un murmullo-. No me importa el precio, Francesca. Paguaría diez veces más solo por tenerte en mi desayuno cada mañana.
-Dorian, suéltame -pedí, aunque mis manos, en lugar de empujarlo, se apoyaron en su pecho, sintiendo el latido rítmico de su corazón.
-¿De verdad quieres que te suelte? -preguntó, inclinando la cabeza. Sus labios estaban a milímetros de los míos-. Porque tus ojos dicen otra cosa. Dicen que extrañas el barco tanto como yo.
-Te equivocas -mentí. Era la mentira más grande de mi vida.
Dorian no dijo nada más. Simplemente acortó la distancia y me besó. No fue un beso suave; fue una declaración de guerra. Sus labios eran exigentes, hambrientos, reclamando cada pedazo de mi boca como si fuera su territorio soberano. Por un segundo, intenté resistirme, intenté mantener los dientes cerrados, pero cuando su lengua rozó la mía, mi voluntad se desintegró.
Gemí contra sus labios y mis dedos se enredaron en su cabello, tirando de él para atraerlo más. Todo el odio, toda la frustración y toda la rabia se mezclaron con un deseo salvaje que no podía controlar. En ese momento, no había deudas ni contratos. Solo estábamos Dorian y yo, y la electricidad abrasadora que siempre estallaba cuando estábamos cerca.
Él me apretó más contra él, sus manos bajando por mi espalda hasta mis caderas, levantándome un poco para que sintiera lo mucho que me deseaba. Mi cuerpo gritaba por más, por su tacto sobre mi piel desnuda, por el olvido que solo él sabía darme.
De repente, Dorian se apartó. Estaba respirando con dificultad, sus ojos nublados por la pasión, pero con un brillo de triunfo que me dolió más que una bofetada.
-¿Ves? -dijo, su voz ronca-. Puedes decir lo que quieras, Francesca. Puedes llamarme animal, monstruo o dueño. Pero tu cuerpo sabe la verdad. Me perteneces, no porque haya pagado por ti, sino porque no puedes evitarlo.
Me quedé allí, temblando, con los labios hinchados y el corazón destrozado por mi propia debilidad. Me sentía desnuda frente a él, no físicamente, sino emocionalmente. Había visto mi punto débil. Había visto que, a pesar de todo lo que me había hecho, yo todavía lo quería.
-Vete al infierno, Dorian -susurré, dándome la vuelta para correr hacia mi habitación.
-Ya estoy en él, mi vida -lo oí decir a mis espaldas-. Y tú eres el ángel que me mantiene ardiendo.
Cerré la puerta con llave y me apoyé contra ella, tapándome la cara con las manos. Estaba perdida. Estaba en una jaula de cristal, y el carcelero tenía la llave no solo de la puerta, sino también de mis sentidos. El juego de poder acababa de volverse mucho más peligroso, porque ahora sabía que mi mayor enemigo no era el contrato de mi padre. Era el amor que todavía sentía por el hombre que me había destruido.
La gala de esta noche no sería solo una presentación social. Sería una prueba de fuego. Y no estaba segura de si saldría de ella con mi orgullo intacto o convertida en cenizas a los pies de Dorian Leblanc.