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La Novia Comprada del Multimillonario
img img La Novia Comprada del Multimillonario img Capítulo 3 El sabor de la rendición
3 Capítulo
Capítulo 6 Al filo del deseo img
Capítulo 7 Un trato profesional img
Capítulo 8 La sombra del tiburón img
Capítulo 9 Mi corona de oro img
Capítulo 10 Trono de acero img
Capítulo 11 El anillo de la discordia img
Capítulo 12 La traición no se perdona img
Capítulo 13 Cadenas de terciopelo img
Capítulo 14 Aliadas en el imperio img
Capítulo 15 Fantasmas del pasado img
Capítulo 16 Un bocado de realidad img
Capítulo 17 El fantasma de su amor img
Capítulo 18 Justicia y cenizas img
Capítulo 19 El fantasma del yate img
Capítulo 20 El precio de la verdad img
Capítulo 21 Todavía me queda cordura img
Capítulo 22 Juego de seducción img
Capítulo 23 Colapso de cristal img
Capítulo 24 La última máscara de Beatrice img
Capítulo 25 Hilos de seda img
Capítulo 26 La línea de fuego img
Capítulo 27 Alba de la nueva piel img
Capítulo 28 El vals img
Capítulo 29 La marea del deseo img
Capítulo 30 Construir nuestro hogar img
Capítulo 31 La rendición del tiburón img
Capítulo 32 Cena de lobos img
Capítulo 33 Verdad entre sombras img
Capítulo 34 La caja de pandora img
Capítulo 35 Secretos bajo el cuero img
Capítulo 36 El eco de Manhattan img
Capítulo 37 El arte de la guerra img
Capítulo 38 La cena del sacrificio img
Capítulo 39 El rugido de la marea img
Capítulo 40 El rescate de la heredera img
Capítulo 41 El costo de perdonar img
Capítulo 42 Cenizas y diamantes img
Capítulo 43 El filo de la confianza img
Capítulo 44 El contraataque de la reina img
Capítulo 45 Sombras de Versalles img
Capítulo 46 Palacio de espejos img
Capítulo 47 La noche de la ejecución img
Capítulo 48 El amanecer de nuestro imperio img
Capítulo 49 El precio de la corona img
Capítulo 50 Jaque de la reina img
Capítulo 51 El jaque del rey img
Capítulo 52 Pulso de poder img
Capítulo 53 Cielo sobre el Atlántico img
Capítulo 54 Sobre Wall Street img
Capítulo 55 Ley en Manhattan img
Capítulo 56 El regreso de los soberanos img
Capítulo 57 Renacimiento del lienzo img
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Capítulo 3 El sabor de la rendición

Me puse el vestido rojo. No lo hice por obediencia, sino por estrategia. Si iba a estar en el infierno, quería que el diablo me viera arder. El tejido de seda se pegaba a mis curvas como una segunda piel, y el escote en la espalda bajaba peligrosamente hasta donde empezaba la curva de mis caderas. Al mirarme al espejo, la gargantilla de diamantes que Dorian me había impuesto brillaba con una luz obscena. Parecía una marca de propiedad, un collar de lujo para una mujer que acababa de perder su nombre.

Cuando entré al comedor, la luz de las velas bañaba la estancia en un tono ámbar. Dorian ya estaba sentado a la cabecera, pero en cuanto mis tacones golpearon el suelo de mármol, se puso en pie como si un resorte lo hubiera impulsado.

No dijo nada. Durante un minuto eterno, su mirada recorrió cada centímetro de mi piel expuesta con una voracidad que me hizo sentir desnuda. Sus ojos grises se oscurecieron hasta volverse casi negros, y vi cómo su nuez de Adán se movía al tragar saliva. Estaba ganando. Su obsesión era su debilidad, y yo iba a explotarla.

-Te dije que cenaría contigo, Dorian. No dije que te facilitaría las cosas -solté, sentándome en el extremo opuesto de la larguísima mesa.

Él frunció el ceño, su expresión de deleite transformándose en una de fría determinación.

-Esa distancia no me gusta, Francesca. Ven aquí. Siéntate a mi lado.

-El contrato dice que debo vivir aquí, no que deba comer de tu mano como un perro faldero. Me quedo aquí.

Dorian dejó su copa de cristal sobre la mesa. El sonido del cristal contra el mármol resonó como un trueno en el silencio del ático. Se levantó con una lentitud calculada y caminó hacia mí. Cada uno de sus pasos hacía que mi instinto de huida gritara, pero me obligué a sostenerle la mirada. Se detuvo detrás de mi silla e inclinó su cuerpo sobre el mío, apoyando las manos en los brazos de mi asiento, atrapándome.

-He sido muy paciente hoy, ma petite -susurró cerca de mi oído, su aliento cálido enviando una traicionera descarga eléctrica por mi columna-. Pero no confundas mi fascinación con debilidad. En este edificio, mi palabra es la ley. Si te pido que te sientes a mi lado, es porque quiero oler tu perfume y sentir el calor de tu piel mientras como.

-Entonces vas a pasar mucha hambre -le espeté, girando la cabeza para encararlo. Estábamos tan cerca que nuestras narices casi se rozaban.

-¿Crees que puedes ganarme en este juego? -Una sonrisa ladeada y cruel apareció en sus labios-. He construido imperios destruyendo a hombres más fuertes que tú.

-Pero ninguno de esos hombres te hacía temblar las manos cuando te acercabas a ellos, ¿verdad?

Dorian guardó silencio. Sus ojos bajaron a mis labios y por un segundo creí que me besaría con la misma violencia con la que me había comprado. En lugar de eso, tomó mi mano y, con una fuerza firme pero delicada, me obligó a levantarme. Me guio hasta la silla junto a la suya y me sentó allí. Su proximidad era abrumadora; podía sentir la energía masculina que emanaba de él, una mezcla de protección y amenaza.

La cena fue un desfile de platos exquisitos que apenas probé. Dorian, en cambio, no dejaba de observarme. No comía; me estudiaba. Como si estuviera tratando de descifrar el código para romper mi voluntad.

-Tu padre me llamó hace una hora -dijo de repente, rompiendo el silencio-. Quería saber si estabas "cómoda".

-¿Y qué le dijiste? ¿Que me pusiste un collar de diamantes para que no se me olvide que soy tu mercancía?

-Le dije que estabas exactamente donde perteneces -Dorian tomó un cuchillo y cortó un trozo de carne con una precisión quirúrgica-. Tu padre es un hombre débil, Francesca. Siempre lo fue. Te crió en una burbuja de cristal mientras él se dedicaba a reventar los cimientos de tu futuro. Yo solo he recogido los pedazos.

-¡No hables de él como si fueras un salvador! -golpeé la mesa con la palma de la mano-. Lo arruinaste. Sé que lo hiciste. Nadie pierde tanto dinero en tan poco tiempo a menos que alguien esté moviendo los hilos desde las sombras.

Dorian dejó los cubiertos y se limpió los labios con la servilleta de lino, con una calma que me ponía enferma.

-El mundo de los negocios es una selva. Si alguien deja su cuello expuesto, yo muerdo. Pero contigo es diferente. Con lo que pagué por tus deudas, podría haber comprado diez mujeres más hermosas y mucho más dóciles. Pero te quería a ti. Desde el momento en que te vi en ese crucero, supe que no descansaría hasta que este vestido rojo estuviera en el suelo de mi habitación.

Sentí que la sangre se me subía al rostro. La crudeza de sus palabras me golpeaba como una bofetada física.

-Eres un asco -susurré.

-Soy honesto. Y tú también deberías serlo -él se inclinó hacia mí, invadiendo mi espacio una vez más-. Odias este contrato, odias a tu padre y me odias a mí. Pero tu cuerpo... tu cuerpo todavía me recuerda.

De repente, su mano se deslizó por debajo de la mesa, posándose sobre mi muslo. El calor de su palma atravesó la seda del vestido, quemándome. Intenté apartarlo, pero sus dedos se cerraron con firmeza, impidiéndome el movimiento.

-Dorian, para -pedí, aunque mi voz me traicionó volviéndose un poco más aguda.

-¿Por qué? Tu pulso está acelerado, Francesca. Puedo sentirlo aquí -deslizó su mano un poco más arriba, peligrosamente cerca del borde de mi ropa interior-. Podría tomarte ahora mismo, sobre esta mesa de mármol, y ambos sabemos que no podrías evitarlo.

-Si lo haces, solo confirmarás que eres un animal. Y nunca, nunca lograrás que te mire como en el barco.

Dorian se detuvo. Sus ojos se fijaron en los míos, una batalla silenciosa de voluntades que parecía durar una eternidad. Lentamente, retiró la mano, pero no se alejó.

-Tienes razón. No quiero a una mujer muerta entre mis brazos. Quiero que supliques por mi toque, igual que lo hiciste en el Caribe -se puso de pie y me ofreció la mano-. La cena ha terminado. Mañana tienes una cita con mi estilista y mi equipo de seguridad. Si vas a ser la mujer de Dorian Leblanc, el mundo entero tiene que envidiarme por ello.

-No soy tu mujer. Soy tu deuda.

-Por ahora -sentenció él, dándome un beso gélido en la frente que se sintió como una promesa de guerra-. Ve a dormir, Francesca. Sueña conmigo. Porque te aseguro que yo no voy a dejar de pensar en ti hasta que amanezca.

Subí a la habitación con las piernas temblando. Al cerrar la puerta, me apoyé contra ella y me dejé caer hasta el suelo. El zafiro en mi cuello pesaba más que nunca. Dorian Leblanc no quería solo mi cuerpo; quería mi rendición total. Pero lo que él no sabía era que yo preferiría prenderle fuego a su imperio antes que volver a amarlo.

Aunque, muy en el fondo de mi ser, la zona donde él me había tocado seguía ardiendo, recordándome que mi mayor enemigo no era él, sino mi propio deseo.

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