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El Precio de tu Libertad
img img El Precio de tu Libertad img Capítulo 1 El peso del apellido
1 Capítulo
Capítulo 6 Cenizas img
Capítulo 7 Vuelo sin retorno img
Capítulo 8 La Fortaleza img
Capítulo 9 La jaula img
Capítulo 10 Las Cláusulas img
Capítulo 11 Día uno img
Capítulo 12 La cena de los condenados img
Capítulo 13 La chispa img
Capítulo 14 Consecuencias img
Capítulo 15 Adrenalina img
Capítulo 16 Más que una cara bonita img
Capítulo 17 Lobos en la isla img
Capítulo 18 La rebelde img
Capítulo 19 Furia y fuego img
Capítulo 20 Guerra de hielo img
Capítulo 21 Al borde del abismo img
Capítulo 22 El trofeo img
Capítulo 23 Cazador y presa img
Capítulo 24 Cielos negros img
Capítulo 25 Sin escapatoria img
Capítulo 26 Fantasmas del pasado img
Capítulo 27 La tregua de la tormenta img
Capítulo 28 Luz de día, luz de realidad img
Capítulo 29 Órbita colapsada img
Capítulo 30 El punto de quiebre img
Capítulo 31 El castigo del silencio img
Capítulo 32 Puertas cerradas img
Capítulo 33 El santuario del dolor img
Capítulo 34 Atrapada img
Capítulo 35 Combustión img
Capítulo 36 Cenizas en la cama img
Capítulo 37 La jaula de cristal img
Capítulo 38 Grietas en el paraíso img
Capítulo 39 El rastro de migas img
Capítulo 40 El motivo oculto img
Capítulo 41 La traición del salvador img
Capítulo 42 Orgullo y prejuicio img
Capítulo 43 El mundo exterior llama img
Capítulo 44 Jaque mate img
Capítulo 45 Fin del aislamiento img
Capítulo 46 Jungla de asfalto img
Capítulo 47 La jaula de titanio img
Capítulo 48 La alumna supera al maestro img
Capítulo 49 Pacto con el diablo img
Capítulo 50 El caballo de Troya img
Capítulo 51 Fuego cruzado img
Capítulo 52 Sangre por sangre img
Capítulo 53 El precio pagado img
Capítulo 54 Blanco hospital img
Capítulo 55 Sin armadura img
Capítulo 56 Día 365 img
Capítulo 57 Cenizas de un contrato img
Capítulo 58 La puerta img
Capítulo 59 Mi turno img
Capítulo 60 (Epílogo): Socios img
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El Precio de tu Libertad

Autor: S. Mejia
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Capítulo 1 El peso del apellido

El olor a aguarrás, barniz envejecido y polvo centenario era el único perfume que Alessia Thorne toleraba durante sus mañanas.

Para la alta sociedad milanesa, una mujer de su linaje debía oler a exclusivas fragancias francesas, pasar sus tardes rotando entre las boutiques de diseñador de la Via Montenapoleone y sonreír mecánicamente en las interminables galas benéficas, siempre del brazo de algún heredero insípido con más fondos fiduciarios que personalidad. Esa era la jaula de cristal que le había sido asignada al nacer. Pero Alessia había renunciado a ese mundo de sonrisas plásticas y alianzas estratégicas mucho tiempo atrás. Su verdadero santuario no estaba en los palacios de mármol de sus conocidos, sino en aquel taller lúgubre, silencioso y perpetuamente desordenado, ubicado en el corazón del bohemio distrito de Brera.

Bajo la luz fría y calculada de una lámpara halógena de brazo articulado, sus dedos se movían con una precisión casi quirúrgica. Sostenía un hisopo minúsculo, apenas más grueso que un alfiler, empapado en la mezcla exacta de solventes químicos. Lo rodaba con una paciencia infinita sobre la superficie agrietada de un óleo sobre tabla de finales del siglo XVII. Milímetro a milímetro, retiraba la mugre, el hollín de antiguas velas y las capas de barniz oxidado acumuladas por cientos de años, revelando el azul ultramar vibrante del manto de una virgen que se escondía debajo del daño del tiempo.

Era un trabajo que exigía un control absoluto de las emociones, una respiración acompasada y una devoción casi religiosa por los detalles más minúsculos. Un movimiento en falso, una gota extra de solvente, y siglos de historia podrían disolverse para siempre. Aquí, en el silencio sepulcral de su estudio, aislada del frenesí metropolitano, ella no era el codiciado "trofeo" de la élite, ni la "inmanejable hija de Richard Thorne". Era simplemente Alessia. La mujer que tenía el poder de devolverle la vida a aquello que el resto del mundo había dado por perdido u olvidado.

Su independencia tenía un sabor dulce y metálico, y le había costado años de encarnizadas guerras frías familiares conseguirla. Richard Thorne, su padre, era un hombre que medía el valor de los seres humanos pura y exclusivamente por la cantidad de ceros a la derecha en sus cuentas bancarias offshore y la influencia que podían ejercer en las juntas directivas. Para el patriarca, la profesión de su hija no era arte; era un pasatiempo excéntrico, inútil y, sobre todo, una mancha vergonzosa en el inmaculado historial de ambición de la familia.

"Los Thorne no raspan pintura vieja en sótanos húmedos con las manos manchadas de químicos, Alessia. Nosotros compramos las galerías enteras para decorar nuestros pasillos y luego nos olvidamos de que existen", le había espetado la noche que ella empacó sus maletas, con esa voz de barítono cargada de un desdén tan afilado que aún resonaba en sus peores pesadillas.

A pesar de la falta de apoyo, o quizás precisamente alimentada por ella, Alessia había construido su propio imperio. Era minúsculo en comparación con los rascacielos financieros de su padre, pero era sólido y, lo más importante, le pertenecía solo a ella. Su galería de arte, modesta en tamaño pero sumamente elitista en su curaduría, junto con su reputación internacional emergente como restauradora, le proporcionaban los ingresos suficientes para sostener su propia vida. Pagaba el alquiler de su apartamento de techos altos, sus propios cafés matutinos y dictaba sus propios horarios. Era la dueña de su libertad, una loba solitaria que había logrado escapar de una manada obsesionada con el poder.

Se retiró un rebelde mechón de su pesado cabello castaño oscuro que se había escapado de su desordenado moño, apartándolo con el dorso de la muñeca para no mancharse el rostro con los residuos de la pintura. Suspiró profundamente, enderezando la espalda y sintiendo el crujido familiar en sus lumbares tras cuatro horas de estar encorvada sobre el lienzo. Admiró el pequeño parche de cielo renacentista que acababa de despejar. La tranquilidad en ese momento era tan espesa que casi podía tocarse.

Afuera, más allá de los gruesos cristales emplomados de su local, la bestia de asfalto y acero que era Milán rugía con el tráfico de la tarde y el estrés de los negocios multimillonarios de Piazza degli Affari. El cielo se había tornado de un gris plomizo y una lluvia fina comenzaba a repiquetear contra los adoquines de la calle, pero dentro de esas cuatro paredes de ladrillo expuesto y vigas de madera, el tiempo y el clima exterior carecían de significado.

Alessia sonrió levemente. Estaba a salvo. Estaba en paz.

O al menos, así fue hasta que el sonido estridente y desesperado de la campanilla de la puerta principal destrozó la atmósfera, como una piedra atravesando un vitral.

No fue el tintineo sutil, pausado y respetuoso propio de un cliente cauteloso, un turista perdido o un curador de arte husmeando nuevas piezas. Fue un estallido brusco y violento que hizo que Alessia diera un respingo. La pesada puerta de caoba maciza de la galería fue empujada con una fuerza tan desmedida que golpeó ruidosamente contra el tope de bronce en el suelo, haciendo vibrar los frágiles lienzos colgados en la pared más cercana.

Los pasos que siguieron y resonaron en el área de exposición no tenían el ritmo pausado de alguien admirando arte. Eran erráticos, pesados, tropezando de forma torpe y frenética contra el eco del suelo de madera pulida, acompañados por el sonido de una respiración sibilante y rasposa.

Alessia frunció el ceño de inmediato, la alarma disparándose en la base de su nuca. Dejó el hisopo y el bisturí sobre la mesa de trabajo con un cuidado milimétrico, negándose a permitir que el susto arruinara su obra, pero su corazón ya había comenzado a latir con una cadencia acelerada. Se limpió las manos apresuradamente en el delantal de lona gruesa y caminó a paso rápido hacia la pesada cortina de terciopelo borgoña que separaba su santuario privado del área pública.

-Lo siento mucho, pero la galería está cerrada por inventario. Si desea concertar una cita para una evaluación, le ruego que deje su tarjeta en el buzón y...

Las palabras educadas, formales y ensayadas cientos de veces murieron decapitadas en su garganta en el instante exacto en que descorrió la tela.

Allí, de pie en el centro exacto de la sala principal, rodeado por obras maestras de incalculable valor histórico a las que no prestaba ni la más mínima atención, se encontraba una figura que desafiaba toda la lógica de la realidad de Alessia.

Era su padre.

Pero el hombre que tenía enfrente no era el Richard Thorne que la élite financiera de Europa conocía y temía. Richard siempre había sido un hombre de presencia avasalladora, un titán. Alto, de hombros anchos que nunca se encorvaban y una postura erguida que exigía sumisión instantánea. Emanaba una arrogancia natural y fría que le había servido increíblemente bien en el despiadado mundo de las inversiones de alto riesgo. Un depredador de cuello blanco impecable.

El individuo que ahora se tambaleaba bajo la suave luz de la galería parecía un espectro demacrado, un anciano decrépito que llevaba puesto el traje a medida de Richard a modo de disfraz barato e inmenso.

Alessia se quedó paralizada, sus ojos escaneando la escena con una creciente sensación de horror paralizante. La costosa chaqueta azul marino de lana vicuña estaba arrugada, empapada por la lluvia exterior y colgaba torcida de sus hombros caídos de manera antinatural. Su corbata de seda italiana, siempre anudada con una precisión matemática que rozaba lo obsesivo, estaba salvajemente aflojada y tirada hacia un lado, como si él mismo hubiera intentado arrancársela del cuello en un ataque repentino de asfixia o claustrofobia.

Pero lo que verdaderamente hizo que la sangre de Alessia se helara en sus venas, deteniendo su respiración, fue su rostro.

Richard estaba pálido, no con la palidez de la falta de sol, sino de un tono grisáceo, cerúleo y enfermizo que bordeaba lo cadavérico. Su respiración era un jadeo superficial, errático y ruidoso, como si sus pulmones hubieran olvidado cómo procesar el oxígeno. Finas gotas de sudor frío y brillante perlaban su frente y sus sienes, mezclándose con las gotas de lluvia. Y sus ojos... esos ojos oscuros, siempre astutos, afilados, calculadores y rebosantes de superioridad, estaban monstruosamente dilatados, enrojecidos e inyectados de un terror primario tan puro que resultaba contagioso.

-¿Papá? -La voz de Alessia abandonó sus labios como un susurro rasposo e incrédulo.

El instinto filial, enterrado bajo años de amargas decepciones, atravesó la muralla de hielo que había construido entre ellos. Dio un paso apresurado hacia adelante, la preocupación desplazando cualquier sombra de resentimiento. Lo primero que cruzó por su mente fue la salud. Su padre tenía sesenta años y un nivel de estrés que mataría a un hombre de la mitad de su edad.

-¿Qué ocurre? -preguntó, acortando la distancia casi a la carrera-. ¿Estás enfermo? ¿Es tu corazón? ¿Llamo a una ambulancia ahora mismo?

Richard no respondió a la pregunta. Levantó una mano temblorosa, con los dedos engarfiados temblando incontrolablemente en el aire, como si intentara agarrarse a una cuerda invisible para no hundirse en el abismo. Miró a su alrededor con movimientos paranoicos y espasmódicos del cuello, escudriñando las sombras de la galería como si esperara que una jauría de lobos saltara de detrás de los lienzos renacentistas.

-Cierra... -graznó él. Su voz sonaba ronca, hueca y dolorosamente quebrada, como si llevara horas tragando cristal molido-. Cierra la maldita puerta.

Alessia se detuvo a un metro de él, la confusión luchando contra el pánico.

-¿Qué? Son apenas las cuatro de la tarde, la cerradura está puesta, pero...

-¡Echa el cerrojo de seguridad! ¡Baja las persianas de acero! ¡Ahora, maldita sea, Alessia!

El grito resonó en la bóveda de la galería con una crudeza tan salvaje y animal que Alessia retrocedió físicamente un paso, atónita. No era el tono de autoridad condescendiente de un patriarca furioso al que estaba tristemente acostumbrada. Era el alarido agudo, desesperado y humillante de una presa que sabe que el depredador ya le ha clavado los dientes en el cuello.

Mientras ella se giraba, impulsada únicamente por la inercia del shock, para cumplir la orden absurda y bajar las pesadas persianas metálicas que aislarían el local de la calle, escuchó el sonido sordo de un cuerpo pesado cayendo.

Al voltear, Richard Thorne, el implacable titán de las finanzas milanesas, el hombre de acero que jamás se había arrodillado ante nadie, se había derrumbado sobre el suelo de madera de su pequeña galería. Estaba de rodillas, con la cabeza enterrada entre sus manos temblorosas, sollozando con una desesperación tan profunda y oscura que amenazaba con devorar todo el oxígeno de la habitación.

Alessia lo observó desde la puerta, su mano aún aferrada a las llaves frías, sintiendo cómo su pacífico mundo de lienzos y restauraciones se resquebrajaba irrevocablemente. La normalidad acababa de morir en su suelo, y cualquiera que fuera la tormenta que había arrastrado a su padre hasta allí, estaba a punto de ahogarla a ella también.

            
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