El ascensor se detuvo con una suavidad perturbadora. Las puertas de acero pulido se deslizaron abriéndose en absoluto silencio, revelando el epicentro del poder del "Tiburón de Milán".
A diferencia del vestíbulo de la planta baja, frío y expuesto, el piso cincuenta era un santuario asfixiante de lujo oscuro y minimalismo brutal. No había secretarias tecleando frenéticamente, ni teléfonos sonando, ni el caos habitual de un corporativo internacional. Había un pasillo ancho, flanqueado por paredes revestidas en paneles de nogal oscuro y un suelo de moqueta tan gruesa que devoraba por completo el sonido de los tacones de aguja de Alessia.
Al final del pasillo, flanqueando unas gigantescas puertas dobles de roble negro, se encontraban dos hombres. No llevaban uniformes de seguridad, sino trajes oscuros de corte impecable, pero la forma en que descansaban las manos cerca de las solapas y la inmovilidad de sus posturas delataban su verdadera naturaleza. Eran muros de carne y hueso. Sin mediar palabra, al verla acercarse, uno de ellos giró el pomo de bronce macizo y abrió una de las puertas, invitándola a entrar a la guarida.
Alessia cruzó el umbral. La puerta se cerró a sus espaldas con un clic sólido y metálico que sonó peligrosamente a la cerradura de una celda.
El despacho no era una oficina; era la sala del trono de un emperador moderno. La habitación era de proporciones casi absurdas, diseñada específicamente para hacer que cualquier visitante se sintiera minúsculo, insignificante. No había cuadros en las paredes, ni trofeos, ni fotografías personales. Toda la pared del fondo estaba compuesta por un único y monumental ventanal de cristal ininterrumpido que ofrecía una vista vertiginosa y omnipotente de todo Milán, ahora oscurecido por la tormenta y bañado por la lluvia.
Y allí, recortado contra la luz plomiza del ventanal, sentado detrás de un escritorio monolítico de ébano macizo que parecía flotar en el centro de la sala, estaba él.
Dante Cavelli.
Alessia se detuvo a tres metros del escritorio, su corazón latiendo tan fuerte contra sus costillas que temió que el sonido delatara su terror.
Dante no se levantó.
Ese simple acto, esa flagrante omisión de la cortesía corporativa o caballerosidad básica, fue una bofetada de poder absoluto. Un depredador alfa no se pone de pie para recibir a una presa que acaba de caminar voluntariamente hacia sus fauces. Mantuvo su postura relajada, recostado contra el respaldo de cuero de su silla ejecutiva, leyendo un grueso expediente con una tranquilidad letal.
Físicamente, era tan perturbadoramente hermoso como aterrador. El cabello oscuro, cortado con precisión militar, rozaba el cuello de una camisa negra hecha a medida, usada sin corbata, con los dos primeros botones desabrochados. La chaqueta de su traje descansaba perfectamente sobre la amplitud de sus hombros. Su mandíbula era una línea de granito tallado, cubierta por la sombra de una barba de un día que solo acentuaba la dureza de sus facciones.
El silencio se prolongó durante treinta agónicos segundos. Él sabía que ella estaba allí. Ella sabía que él lo sabía. Era una táctica de guerra psicológica básica: obligarla a esperar, exprimirle los nervios hasta que se rompiera.
Pero Alessia no había cruzado las puertas del infierno para quedarse temblando en silencio. Enderezó la espalda, clavó las uñas en las palmas de sus manos para canalizar el miedo hacia el dolor, y habló.
-Señor Cavelli. Soy Alessia Thorne.
Dante no levantó la vista del documento. Con un movimiento lánguido, casi perezoso, giró la página.
-Sé perfectamente quién eres, signorina Thorne -respondió. Su voz fue un impacto físico. Era un barítono profundo, oscuro y aterciopelado, desprovisto de cualquier acento regional. Era la voz de un hombre que nunca necesitaba gritar para ser obedecido-. Lo que me resulta verdaderamente fascinante es intentar descifrar por qué sigues respirando el aire de mi edificio en lugar de estar empacando tus maletas para huir a la misma isla tropical a la que tu cobarde padre planea escapar esta noche.
El estómago de Alessia dio un vuelco violento. Él lo sabía. Lo sabía todo. La inteligencia del Tiburón no era un mito; sus ojos y oídos estaban en cada puerto, en cada cuenta bancaria.
-Mi padre no va a ir a ninguna parte -dijo ella, manteniendo el tono firme, como una cuerda tensa a punto de romperse-. Y yo no he venido a huir. He venido a solucionar la discrepancia financiera que Richard Thorne ha provocado. He venido a negociar.
Por primera vez, el movimiento de Dante se detuvo. Lentamente, con la letargia calculada de un felino que acaba de encontrar algo divertido con lo que jugar antes de matarlo, cerró el expediente y levantó la vista.
Los ojos de Dante Cavelli se clavaron en los de ella, y Alessia sintió un escalofrío glacial recorrerle la columna vertebral. Eran de un azul tan claro, tan desprovisto de calidez, que parecían fragmentos de hielo tallado. No había alma en esa mirada, solo un cálculo frío, depredador y despiadado. La evaluó de pies a cabeza en un milisegundo, desnudando su traje negro, escrutando su postura rígida, leyendo su desesperación oculta bajo capas de falsa bravura.
-¿Negociar? -Una sonrisa minúscula, letal y vacía de humor curvó la comisura de sus labios-. Esa es una palabra muy ambiciosa para alguien que no tiene absolutamente nada sobre la mesa. Ilumíname, Alessia. ¿Qué exactamente crees que puedes ofrecerme?
-Liquidez estructurada -respondió ella rápidamente, aferrándose al plan que había armado en el taxi, recitando los números con la eficiencia que había aprendido odiando el mundo de su padre-. Asumiré la deuda de doscientos cincuenta millones de euros a título personal y como representante legal de Thorne Investments. A primera hora de mañana, liquidaré el treinta por ciento de las acciones de la empresa a precio de mercado. Pondré en venta inmediata la villa del Lago de Como, la flota de vehículos y la propiedad de Londres. Además, transferiré la totalidad de los fondos de mi galería de arte. Todo eso cubrirá un treinta y cinco por ciento de la deuda inicial. Para el resto, estableceremos un plan de pagos a plazos garantizado, con un interés a cinco años.
Dante se quedó inmóvil, observándola en un silencio que pesaba toneladas. Juntó las yemas de sus largos dedos sobre el escritorio de ébano. La temperatura de la inmensa oficina pareció descender varios grados de golpe.
-¿Has terminado? -preguntó, su voz apenas un susurro rasposo que resonó en cada rincón del despacho.
Alessia tragó saliva, sintiendo la boca seca como papel de lija.
-Esa es la oferta inicial. Si necesita más garantías colaterales, estoy dispuesta a...
-Basta -la cortó él. No levantó la voz, no golpeó el escritorio, pero la palabra tuvo la fuerza de un latigazo que la hizo callar instantáneamente.
Dante descruzó las manos y se inclinó milimétricamente hacia adelante. El aura de peligro que emanaba de él era tan densa que casi podía saborearse en el aire.
-Tu ingenuidad es casi insultante, signorina Thorne -dijo él, cada sílaba goteando un desprecio gélido-. Vienes a mi territorio, invades mi tiempo y te plantas frente a mí para ofrecerme las ruinas humeantes de la empresa de tu padre y las ganancias de tu pequeña tienda de cuadros como si me estuvieras haciendo un favor.
-Es capital real, señor Cavelli. Es una vía para recuperar su inversión.
Dante soltó una risa baja, un sonido oscuro que no llegó a sus ojos.
-¿Mi inversión? ¿Crees que esto se trata de recuperar dinero? -Se reclinó de nuevo en la silla, mirándola como si ella fuera una criatura fascinante pero profundamente estúpida-. Genero doscientos cincuenta millones de euros en intereses mientras duermo, Alessia. Ese dinero es irrelevante para mí. No me sirve. Tu plan de pagos a plazos, la venta de una casa en el lago que no me interesa y las acciones de una empresa que puedo hundir con una sola llamada telefónica antes del almuerzo... todo eso es basura.
Alessia retrocedió medio paso, la lógica de su plan estrellándose contra la pared irrompible de la realidad de ese hombre.
-Si no le importa el dinero -murmuró ella, su voz flaqueando por primera vez-, ¿entonces por qué le dio cuarenta y ocho horas de plazo a mi padre? ¿Por qué la amenaza?
-Porque tu padre cometió el único pecado imperdonable en mi mundo -los ojos de Dante se oscurecieron, convirtiéndose en pozos de obsidiana-. Me faltó al respeto. Creyó que podía usar mi capital para financiar sus juegos sucios y salir impune. Me mintió en la cara. Y en la pirámide alimenticia de esta ciudad, yo no tolero la insolencia de los gusanos. Si permito que Richard Thorne respire mañana por la mañana debiéndome un solo céntimo, el resto de la ciudad pensará que el Tiburón ha perdido los dientes. Y eso no va a ocurrir.
-Por favor -la palabra escapó de los labios de Alessia antes de que pudiera detenerla, el orgullo destrozado bajo el peso de la certeza de que su padre estaba muerto-. Tiene que haber algo. Un acuerdo. Un precio. Dígame qué quiere. Le daré lo que sea.
Dante la observó. El silencio volvió a reinar, pero esta vez era diferente. Ya no era el silencio del desprecio o del aburrimiento. Era el silencio de un cazador que finalmente ve a la presa correr exactamente hacia la trampa que había diseñado desde el principio.
Lentamente, Dante Cavelli apoyó ambas manos sobre el escritorio de ébano. Sus músculos se tensaron bajo la tela del costoso traje y, con una gracia fluida y letal, finalmente se puso de pie.
Era inmenso. Superaba a Alessia por más de una cabeza de altura. Caminó bordeando el escritorio, sus pasos silenciosos sobre la alfombra, acercándose a ella con la lentitud de una ejecución inevitable.
-Lo que sea -repitió él, saboreando las palabras, deteniéndose a centímetros de ella, su presencia bloqueando por completo la luz del ventanal y envolviéndola en su propia sombra-. Es una promesa muy peligrosa para hacerla en esta oficina, tesoro. Especialmente cuando estamos a punto de descubrir que la única moneda de cambio que tienes... eres tú