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El Precio de tu Libertad
img img El Precio de tu Libertad img Capítulo 3 Entrando a la guarida
3 Capítulo
Capítulo 6 Cenizas img
Capítulo 7 Vuelo sin retorno img
Capítulo 8 La Fortaleza img
Capítulo 9 La jaula img
Capítulo 10 Las Cláusulas img
Capítulo 11 Día uno img
Capítulo 12 La cena de los condenados img
Capítulo 13 La chispa img
Capítulo 14 Consecuencias img
Capítulo 15 Adrenalina img
Capítulo 16 Más que una cara bonita img
Capítulo 17 Lobos en la isla img
Capítulo 18 La rebelde img
Capítulo 19 Furia y fuego img
Capítulo 20 Guerra de hielo img
Capítulo 21 Al borde del abismo img
Capítulo 22 El trofeo img
Capítulo 23 Cazador y presa img
Capítulo 24 Cielos negros img
Capítulo 25 Sin escapatoria img
Capítulo 26 Fantasmas del pasado img
Capítulo 27 La tregua de la tormenta img
Capítulo 28 Luz de día, luz de realidad img
Capítulo 29 Órbita colapsada img
Capítulo 30 El punto de quiebre img
Capítulo 31 El castigo del silencio img
Capítulo 32 Puertas cerradas img
Capítulo 33 El santuario del dolor img
Capítulo 34 Atrapada img
Capítulo 35 Combustión img
Capítulo 36 Cenizas en la cama img
Capítulo 37 La jaula de cristal img
Capítulo 38 Grietas en el paraíso img
Capítulo 39 El rastro de migas img
Capítulo 40 El motivo oculto img
Capítulo 41 La traición del salvador img
Capítulo 42 Orgullo y prejuicio img
Capítulo 43 El mundo exterior llama img
Capítulo 44 Jaque mate img
Capítulo 45 Fin del aislamiento img
Capítulo 46 Jungla de asfalto img
Capítulo 47 La jaula de titanio img
Capítulo 48 La alumna supera al maestro img
Capítulo 49 Pacto con el diablo img
Capítulo 50 El caballo de Troya img
Capítulo 51 Fuego cruzado img
Capítulo 52 Sangre por sangre img
Capítulo 53 El precio pagado img
Capítulo 54 Blanco hospital img
Capítulo 55 Sin armadura img
Capítulo 56 Día 365 img
Capítulo 57 Cenizas de un contrato img
Capítulo 58 La puerta img
Capítulo 59 Mi turno img
Capítulo 60 (Epílogo): Socios img
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Capítulo 3 Entrando a la guarida

-No.

La palabra, seca, cortante y rotunda, atravesó el aire viciado de la galería de arte como el filo de una guillotina.

Richard Thorne parpadeó, la confusión nublando por una fracción de segundo el terror cerval que inyectaba de sangre sus ojos. Continuaba de rodillas sobre la madera pulida, con las manos extendidas hacia su hija en una súplica patética.

-¿Qué... qué estás diciendo, Alessia? -balbuceó, el pánico estrangulando sus cuerdas vocales-. Tienes efectivo en la caja fuerte. Lo sé. Conozco tus márgenes de ganancia. Solo necesito cincuenta mil euros para asegurar la salida del puerto y los pasaportes. Te lo devolveré, lo juro por Dios que encontraré la forma de...

-He dicho que no, papá -repitió ella, retrocediendo un paso para alejarse físicamente de las manos suplicantes del hombre que la había engendrado-. Y deja de jurar por Dios, porque si Dante Cavelli es la mitad de lo que dicen los rumores, Dios no tiene jurisdicción en este asunto.

Alessia lo miró desde arriba, sintiendo cómo una náusea helada le retorcía el estómago. Toda su vida había soportado las críticas de su padre, su desdén por el arte, su implacable exigencia de perfección en un mundo de apariencias vacías. Y ahora, cuando su propio castillo de naipes corrupto se derrumbaba, esperaba que ella le financiara una fuga cobarde.

-Si te doy ese dinero y te subes a ese carguero esta noche, Cavelli no se encogerá de hombros y dará por perdidos doscientos cincuenta millones de euros -continuó Alessia, su voz adquiriendo una frialdad y una dureza que no reconoció como propias-. Buscará al siguiente Thorne en la línea de sangre. Me buscará a mí. No voy a vaciar mis cuentas para financiar tu huida y quedarme aquí esperando a que sus matones me encuentren flotando en el canal de Navigli en tu lugar.

Richard se encogió, como si sus palabras fueran golpes físicos. El último vestigio de su ego de macho alfa corporativo se evaporó, dejándolo convertido en un cascarón vacío y tembloroso.

-Si me quedo, amaneceré muerto, Alessia -lloró, las lágrimas resbalando por sus mejillas grises.

-Entonces te esconderás en el sótano de mi edificio. Nadie conoce la dirección de mi apartamento personal, nunca la pusiste en los registros de la empresa por pura vergüenza hacia mi estilo de vida -sentenció ella, dándose la vuelta y caminando hacia su escritorio para recoger su abrigo-. Te quedarás allí, a oscuras, sin encender ni siquiera un fósforo.

-¿Y tú qué harás? -preguntó él, su voz apenas un susurro tembloroso en la penumbra de la galería cerrada.

Alessia se detuvo en seco. Apretó la correa de su bolso hasta que los nudillos se le pusieron blancos. El pulso le martillaba en los oídos con la fuerza de un tambor de guerra, pero su mente estaba extrañamente lúcida, operando bajo la letal calma del puro instinto de supervivencia.

-Voy a ir a limpiar el desastre que provocaste. Voy a negociar el precio de nuestra supervivencia.

A la mañana siguiente, el cielo de Milán parecía haber sido pintado con el mismo tono de desesperanza que habitaba en el interior de Alessia. Una tormenta pertinaz azotaba la ciudad, transformando las elegantes calles en un laberinto gris y resbaladizo.

Frente al espejo de cuerpo entero de su dormitorio, Alessia no veía a la apasionada restauradora de arte que solía ser. Se estaba preparando para la guerra y, como cualquier soldado a punto de adentrarse en territorio hostil, necesitaba su armadura.

Eligió un traje sastre de lana fría color negro obsidiana. Era un corte impecable, severo y andrógino, que no buscaba seducir, sino exigir respeto. Se abotonó la camisa de seda blanca hasta la clavícula y recogió su indomable cabello castaño en un moño tirante en la nuca, sin permitir que un solo mechón escapara. No habría debilidad visible. No habría vulnerabilidad. Sus tacones de aguja, altos y afilados como estiletes, serían su única arma.

Tomó un respiro profundo, sintiendo que el oxígeno quemaba sus pulmones, y salió a la lluvia.

El trayecto en taxi hacia el moderno distrito financiero de Porta Nuova fue un borrón de luces rojas y limpiaparabrisas frenéticos. Cuando el vehículo se detuvo finalmente frente a la dirección indicada, Alessia sintió que la gravedad se multiplicaba por diez, aplastándola contra el asiento trasero. Pagó al conductor con manos que, afortunadamente, no temblaban, y salió a la acera.

Allí estaba. La guarida del Tiburón.

La sede central de Cavelli Enterprises no era simplemente un edificio de oficinas; era una declaración de intenciones, un monumento físico al poder absoluto y la dominación. A diferencia de los rascacielos vecinos, que jugaban con formas curvas, luces LED y cristales transparentes para simular cercanía y modernidad, la Torre Cavelli era un monolito implacable.

Era un rascacielos de setenta pisos forrado íntegramente en cristal negro y acero mate. No reflejaba la ciudad a su alrededor; parecía absorber la poca luz de la mañana tormentosa, devorándola como un agujero negro en el centro de Milán. Sus líneas eran rectas, afiladas, carentes de cualquier tipo de adorno arquitectónico innecesario. Era brutalismo corporativo en su máxima expresión. Elevándose hacia las nubes plomizas, el edificio parecía una inmensa cuchilla clavada en el corazón de la tierra.

Alessia se quedó un instante bajo la lluvia, observando la colosal estructura. El edificio era exactamente igual a la reputación de su dueño: frío, inescrutable, letalmente elegante e imposible de penetrar.

Acomodó la solapa de su chaqueta negra, alzó el mentón para disimular el latido frenético en la base de su garganta y empujó las gigantescas puertas de cristal giratorias.

Si el exterior era intimidante, el interior era asfixiante por su calculada perfección. El inmenso vestíbulo de la Torre Cavelli tenía la acústica y la temperatura de un mausoleo de alta tecnología. El suelo era de mármol negro veteado, pulido hasta alcanzar un brillo casi líquido. No había plantas, ni cuadros de colores cálidos, ni música de fondo diseñada para relajar a los visitantes. Solo acero cepillado, iluminación indirecta de un blanco gélido y un silencio sepulcral que imponía respeto inmediato.

Lo primero que notó Alessia fue la seguridad. No eran los típicos guardias aburridos de otras corporaciones. Hombres de traje oscuro, con auriculares translúcidos y posturas rígidas, patrullaban el perímetro con la mirada fría y evaluadora de militares en zona de conflicto. El aire allí dentro era denso, pesado con la promesa tácita de que cualquier movimiento en falso tendría consecuencias inmediatas.

En el centro del inmenso vacío del vestíbulo se alzaba el mostrador de recepción, un bloque macizo de granito oscuro que parecía el altar de sacrificios de una religión corporativa. Detrás de él, una mujer rubia, de belleza escultural y expresión robótica, tecleaba en silencio.

Los tacones de Alessia resonaron con fuerza sobre el mármol negro. Clack, clack, clack. El sonido, agudo y desafiante, rompió la perfección del silencio del vestíbulo. Varios de los guardias de seguridad giraron la cabeza hacia ella al unísono, evaluando la amenaza. Alessia mantuvo la mirada fija al frente, negándose a permitir que el terror que sentía se filtrara en su lenguaje corporal.

Al llegar al mostrador, la recepcionista levantó la vista. Sus ojos, del color del hielo, recorrieron a Alessia de pies a cabeza en un milisegundo, catalogándola y procesándola.

-Buenos días. Bienvenida a Cavelli Enterprises -dijo la mujer, con una voz afinada y carente de inflexión emocional-. ¿Nombre y propósito de su visita?

-Alessia Thorne -respondió ella. Su propia voz sonó más firme de lo que esperaba, resonando en el vasto espacio con una autoridad heredada que por fin le daba un uso útil a su odiado apellido.

La recepcionista no parpadeó, pero sus dedos se detuvieron sobre el teclado por una fracción de segundo imperceptible. El apellido no era uno más en la lista de visitantes.

-No veo ninguna cita programada a su nombre, señorita Thorne. El señor Cavelli y los vicepresidentes no reciben visitas sin previo aviso. Le sugiero que contacte al departamento...

-No estoy aquí para agendar una reunión con un vicepresidente -la cortó Alessia, apoyando ambas manos sobre el frío granito del mostrador, inclinándose ligeramente hacia adelante para invadir el espacio de la mujer-. Estoy aquí para ver a Dante Cavelli. Personalmente.

La recepcionista mantuvo su máscara de indiferencia profesional, pero una chispa de genuina incredulidad cruzó sus ojos helados.

-El señor Cavelli, el Director Ejecutivo, no está disponible. Como le indiqué, no tiene cita. Tendré que pedirle que se retire antes de que llame a seguridad.

Alessia no se inmutó. Sabía que estaba jugando a la ruleta rusa con cinco balas en el tambor, pero retroceder ahora significaba la muerte segura de su padre y, por extensión, la suya propia.

-Levante el teléfono de su intercomunicador privado -ordenó Alessia, el tono perentorio de las cien generaciones de la élite de su familia fluyendo a través de ella de forma instintiva-. Llame al piso superior. Dígale a Dante Cavelli que la hija de Richard Thorne está parada en su vestíbulo principal. Dígale que vengo a discutir la discrepancia de los doscientos cincuenta millones de euros y que soy la única persona en todo Milán que sabe exactamente dónde se encuentra su deudor en este momento.

El silencio que siguió a esa declaración fue absoluto. La recepcionista miró a Alessia, evaluando la veracidad de la locura suicida que tenía frente a sus ojos. Lentamente, la mujer levantó el auricular de un teléfono rojo oculto bajo el mostrador, presionó un único botón y habló en susurros inaudibles durante treinta agónicos segundos.

Alessia sintió cómo el sudor frío perlaba su nuca bajo el impecable moño. Podía sentir las miradas pesadas de los guardias de seguridad clavadas en su espalda, esperando solo un gesto sutil de la recepcionista para abalanzarse sobre ella y arrastrarla hacia la calle... o peor.

La mujer colgó el auricular. Su rostro estaba ligeramente más pálido que hace un minuto. Miró a Alessia ya no con desdén burocrático, sino con una mezcla perturbadora de respeto profesional y auténtica lástima, como si estuviera mirando a un prisionero condenado subiendo los peldaños del cadalso.

-Ascensor privado número uno, al final del pasillo a su derecha -indicó la recepcionista, su voz perdiendo un grado de su gélida perfección-. Piso cincuenta. El señor Cavelli la está esperando.

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