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El Precio de tu Libertad
img img El Precio de tu Libertad img Capítulo 2 Ruina
2 Capítulo
Capítulo 6 Cenizas img
Capítulo 7 Vuelo sin retorno img
Capítulo 8 La Fortaleza img
Capítulo 9 La jaula img
Capítulo 10 Las Cláusulas img
Capítulo 11 Día uno img
Capítulo 12 La cena de los condenados img
Capítulo 13 La chispa img
Capítulo 14 Consecuencias img
Capítulo 15 Adrenalina img
Capítulo 16 Más que una cara bonita img
Capítulo 17 Lobos en la isla img
Capítulo 18 La rebelde img
Capítulo 19 Furia y fuego img
Capítulo 20 Guerra de hielo img
Capítulo 21 Al borde del abismo img
Capítulo 22 El trofeo img
Capítulo 23 Cazador y presa img
Capítulo 24 Cielos negros img
Capítulo 25 Sin escapatoria img
Capítulo 26 Fantasmas del pasado img
Capítulo 27 La tregua de la tormenta img
Capítulo 28 Luz de día, luz de realidad img
Capítulo 29 Órbita colapsada img
Capítulo 30 El punto de quiebre img
Capítulo 31 El castigo del silencio img
Capítulo 32 Puertas cerradas img
Capítulo 33 El santuario del dolor img
Capítulo 34 Atrapada img
Capítulo 35 Combustión img
Capítulo 36 Cenizas en la cama img
Capítulo 37 La jaula de cristal img
Capítulo 38 Grietas en el paraíso img
Capítulo 39 El rastro de migas img
Capítulo 40 El motivo oculto img
Capítulo 41 La traición del salvador img
Capítulo 42 Orgullo y prejuicio img
Capítulo 43 El mundo exterior llama img
Capítulo 44 Jaque mate img
Capítulo 45 Fin del aislamiento img
Capítulo 46 Jungla de asfalto img
Capítulo 47 La jaula de titanio img
Capítulo 48 La alumna supera al maestro img
Capítulo 49 Pacto con el diablo img
Capítulo 50 El caballo de Troya img
Capítulo 51 Fuego cruzado img
Capítulo 52 Sangre por sangre img
Capítulo 53 El precio pagado img
Capítulo 54 Blanco hospital img
Capítulo 55 Sin armadura img
Capítulo 56 Día 365 img
Capítulo 57 Cenizas de un contrato img
Capítulo 58 La puerta img
Capítulo 59 Mi turno img
Capítulo 60 (Epílogo): Socios img
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Capítulo 2 Ruina

El traqueteo metálico y ensordecedor de las persianas de acero descendiendo sonó como la puerta de una bóveda sellándose para siempre. La luz natural de la tarde lluviosa de Milán fue aniquilada en un instante, sumiendo la galería en una penumbra artificial, apenas rota por los tenues focos direccionales que iluminaban las obras de arte.

Cuando el motor eléctrico se detuvo con un chasquido final, el silencio que invadió el recinto fue sepulcral, interrumpido únicamente por el sonido húmedo y patético de los sollozos de Richard Thorne.

Alessia se quedó un segundo apoyada contra la pared fría junto al interruptor, sintiendo cómo el pulso le martillaba en las sienes. Su mente, habituada a resolver problemas complejos y a restaurar lo que estaba roto, luchaba por encajar la imagen irreal de su padre, el inquebrantable titán de las finanzas, arrodillado en el suelo polvoriento como un mendigo despojado de su cordura.

Respiró hondo, forzando a sus pulmones a llenarse de aire impregnado de trementina, y caminó hacia él. Sus botas de cuero resonaron sobre la madera con una cadencia firme que estaba muy lejos de sentir. Se detuvo junto a la figura encorvada y, con una mezcla de reticencia y deber filial, se arrodilló frente a él.

-Levántate, papá -ordenó. Su voz no fue un consuelo suave, sino un látigo envuelto en seda. No podía permitirse derrumbarse con él; alguien en esa habitación tenía que mantener la cabeza fría-. Levántate ahora mismo y siéntate en el sofá. No puedo ayudarte si estás en el suelo temblando como un niño aterrorizado.

Richard levantó el rostro. La visión de sus facciones, siempre tan afiladas y soberbias, ahora desfiguradas por el terror absoluto, hizo que el estómago de Alessia diera un vuelco. Con torpeza, el hombre mayor asintió, apoyando una mano temblorosa en el borde de una mesa de exposición para impulsarse hacia arriba. Sus articulaciones crujieron, delatando una fragilidad que su costoso traje a medida ya no podía ocultar. Se dejó caer pesadamente en el sofá de cuero chesterfield, frotándose el rostro con ambas manos.

Alessia se puso de pie, caminó hacia un pequeño gabinete de caoba disimulado tras una escultura renacentista y sacó una botella de whisky escocés de malta que reservaba para sus clientes más elitistas, junto con un vaso de cristal tallado. Sirvió dos dedos de líquido ámbar y regresó al sofá, tendiéndole el vaso a su padre.

El sonido del cristal chocando contra los dientes de Richard delató la magnitud de su temblor. Bebió el licor de un solo trago, tosiendo roncamente cuando el alcohol quemó su garganta reseca.

-Habla -exigió Alessia, cruzándose de brazos y manteniéndose de pie frente a él, erigiéndose como su jueza y único salvavidas-. Y no me des evasivas corporativas ni discursos sobre las fluctuaciones del mercado. Quiero la verdad desnuda. ¿Qué has hecho?

Richard apretó el vaso vacío entre sus manos hasta que los nudillos se le pusieron blancos. Mantuvo la mirada fija en el fondo de cristal, incapaz de sostener el escrutinio de su hija.

-Fui un imbécil -susurró, con la voz rasposa de un hombre que acaba de tragar cenizas-. Un maldito imbécil ciego de arrogancia. El mercado europeo se estaba estancando, Alessia. Los fondos buitre de Londres y Nueva York estaban devorando nuestras cuotas de mercado. Necesitaba un golpe maestro, una inyección de capital masiva que asegurara la posición de Thorne Investments para la próxima década. No podía simplemente esperar a que los rendimientos anuales del tres por ciento nos mantuvieran a flote.

Alessia asintió lentamente, reconociendo el patrón. La ambición desmedida siempre había sido el motor principal y el defecto fatal de su padre.

-¿En qué invertiste? -preguntó, su tono clínico, como un médico evaluando el alcance de una hemorragia.

-Una mina de extracción de cobalto y tierras raras en la República Democrática del Congo -confesó él, las palabras saliendo a trompicones, como si quemaran su lengua-. Era un trato por debajo de la mesa, extraoficial, lejos del radar de las regulaciones internacionales y de los inspectores de la ONU. Una exclusividad comercial total. Si funcionaba, íbamos a controlar el veinte por ciento del suministro para componentes de baterías en toda Europa. Iba a triplicar la inversión inicial en menos de seis meses. Era el trato perfecto. La joya de la corona.

-Pero no funcionó -completó Alessia, sintiendo que el hielo empezaba a cristalizarse en sus venas.

-Hubo un golpe militar en la región de la noche a la mañana -la voz de Richard se quebró, sus ojos llenándose de lágrimas de frustración-. Una facción paramilitar tomó el control de la provincia. Ejecutaron a nuestros enlaces gubernamentales, confiscaron los terrenos por la fuerza armada, se quedaron con el equipo, con la infraestructura logística y... con la totalidad del dinero de la inversión. Todo desapareció. Se esfumó en humo en cuestión de seis horas.

Alessia cerró los ojos un segundo, calculando el daño. Una expropiación extranjera. Un desastre total de relaciones públicas y una pérdida masiva. Pero las empresas se recuperaban de cosas peores.

-De acuerdo -dijo ella, abriendo los ojos, intentando inyectar pragmatismo a la situación-. Es un desastre, sí. Las acciones de la empresa van a caer en picado mañana cuando se filtre el rumor. Tendrás que declarar Thorne Investments en bancarrota, liquidar los activos, vender las propiedades. La casa del Lago de Como, la flota de autos, el yate... Perderemos el estatus, pero nos recuperaremos. Tienes contactos. Puedes empezar de cero como consultor.

Una risa seca, desprovista de cualquier alegría, escapó de los labios pálidos de Richard. El sonido rebotó contra los lienzos y las estatuas, sonando como el crujido de un hueso fracturándose.

-No lo entiendes, Alessia -murmuró, levantando por fin la vista hacia ella con una mirada de condena absoluta-. No utilicé el dinero de Thorne Investments. La junta directiva jamás habría aprobado una aventura financiera de ese riesgo en un territorio en conflicto.

El silencio que siguió fue denso, pesado, asfixiante. Alessia sintió que el suelo de madera perdía solidez bajo sus pies.

-Entonces... ¿de dónde sacaste el dinero, papá? -La pregunta abandonó sus labios en un susurro gélido-. ¿Cuánto dinero era?

Richard tragó saliva con dificultad. Cuando pronunció la cifra, el número resonó en la habitación con la fuerza de una explosión nuclear. Doscientos cincuenta millones de euros líquidos.

Alessia retrocedió un paso, chocando de espaldas contra un pedestal de mármol que sostenía un busto romano. La matemática básica de la tragedia golpeó su cerebro analítico. Era una cantidad astronómica, una suma que destrozaba cualquier posibilidad de salvación por la vía legal.

-Eso es imposible -dijo ella, negando con la cabeza, su respiración comenzando a acelerarse-. Ningún banco europeo, ni siquiera en Suiza, aprobaría un crédito de esa magnitud a título personal sin garantías colaterales que superaran el doble del valor. Nosotros no tenemos ese respaldo. Ni de lejos.

-Por supuesto que no fui a un banco -escupió Richard, la amargura de su propia estupidez envenenando cada sílaba-. Los bancos hacen preguntas. Los bancos exigen auditorías y toman meses para liberar los fondos. Yo necesitaba el efectivo en cuarenta y ocho horas para asegurar la concesión antes de que los chinos la compraran. Fui al mercado negro de liquidez. Al sector de la sombra financiera de esta maldita ciudad.

Alessia sintió náuseas. Su padre, un hombre que siempre se jactaba de operar dentro de las zonas grises de la legalidad de cuello blanco, había cruzado la línea directa hacia el inframundo criminal.

-¿A quién recurriste, Richard? -El uso de su nombre de pila marcó el fin de la compasión filial. Ya no era su hija; era una mujer interrogando a un criminal que acababa de arruinar sus vidas-. ¿A quién le pediste prestada esa cantidad de dinero manchado de sangre?

Richard metió la mano temblorosa en el bolsillo interior de su arrugada chaqueta y sacó un objeto pequeño. Lo depositó sobre la mesa de cristal que los separaba.

El sonido metálico fue agudo y final. Alessia bajó la mirada. Era un gemelo de camisa. Un bloque cuadrado de oro macizo grabado con una fina letra "M". El mismo par exclusivo que Richard le había regalado a su socio de mayor confianza, Marcus, hace apenas un mes. Pero el oro brillante estaba ahora opacado y manchado por una gruesa costra de sangre marrón y seca.

-Marcus desapareció anoche al salir de su club de campo -susurró Richard, la voz temblando descontroladamente-. Encontré esto esta mañana, reposando en el asiento de cuero de mi propio coche, dentro de mi garaje privado de máxima seguridad. No forzaron las cerraduras. No sonaron las alarmas. Simplemente lo dejaron ahí, junto con una nota.

-¿Quién, papá? ¡Dime el maldito nombre! -estalló Alessia, la paciencia rota por el terror inminente.

Richard cerró los ojos, como si pronunciarlo invocara al mismo demonio en el centro de la sala.

-Cavelli. Dante Cavelli.

El nombre golpeó a Alessia con la fuerza brutal de un impacto físico en el pecho. El aire abandonó sus pulmones y la galería pareció girar a su alrededor por un instante vertiginoso.

Todo el mundo en Milán, desde los altos ejecutivos de la Piazza degli Affari hasta los vendedores ambulantes de los callejones más lúgubres, conocía ese nombre. Dante Cavelli no era simplemente un prestamista o un empresario exitoso. Era una leyenda urbana forjada en acero, crueldad absoluta y éxito letal. Le llamaban "El Tiburón de Milán" porque, al igual que el depredador supremo de los océanos, jamás dejaba de moverse y, cuando olía sangre en el agua, nunca soltaba a su presa hasta destrozarla por completo.

Era el heredero inescrutable de un imperio oscuro que había logrado lavar su dinero para codearse impunemente con la élite global a plena luz del día, mientras mantenía un control férreo, sádico y despiadado sobre los bajos fondos de la ciudad en la oscuridad. Cavelli no demandaba a sus deudores morosos, ni les enviaba cartas de embargo. Los desaparecía de la faz de la tierra.

-Has firmado tu sentencia de muerte -susurró Alessia, la cruda realidad cayendo sobre ella como un yunque.

-Tengo cuarenta y ocho horas -lloró Richard, rompiéndose por completo-. La nota decía que tengo exactamente cuarenta y ocho horas, contadas desde esta mañana, para depositar los doscientos cincuenta millones íntegros en una cuenta de las Islas Caimán. Si no lo hago, el próximo "paquete" que dejarán en mi coche no será un gemelo, será mi propia lengua.

-Iremos a las autoridades. A la inteligencia antimafia...

-¡Él es el dueño de esta ciudad! -gritó Richard, poniéndose en pie con la energía desesperada de un hombre al borde del colapso-. ¡Los fiscales y los jueces asisten a sus cenas de caridad, Alessia! ¡La policía trabaja como su seguridad privada! Si intento ir a las autoridades, estaré muerto antes de llegar al umbral de la comisaría. ¡No hay escapatoria legal, no hay juicio, no hay nada!

El patriarca se acercó a su hija, intentando agarrar sus brazos, pero Alessia retrocedió un paso, asqueada por la cobardía que emanaba de cada uno de sus poros.

-Tengo un contacto -balbuceó Richard-. Un contrabandista en el puerto de Génova. Puede sacarme de Italia esta misma noche en un carguero rumbo a Sudamérica. Pero mis cuentas ya han sido congeladas. Las alarmas de mis bancos saltaron esta tarde. Necesito efectivo, Alessia. Necesito el dinero de la caja fuerte de tu galería para pagar el pasaje. Si me quedo aquí, mañana seré un cadáver.

Alessia lo miró fijamente. El silencio se instaló entre ellos, espeso y frío como el hielo. Observó al hombre que le había dado la vida, el hombre que la había menospreciado durante años por elegir la "mediocridad" del arte sobre la "grandeza" de sus negocios corruptos, ahora suplicándole dinero de esa misma galería para salvar su propio pellejo.

Y de repente, una comprensión oscura y terrorífica iluminó la mente brillante de Alessia.

Si su padre huía al otro lado del mundo en la oscuridad de la noche, el Tiburón de Milán no simplemente se encogería de hombros y aceptaría la pérdida de doscientos cincuenta millones de euros. Cavelli buscaría a la persona más cercana. Buscaría sangre para saldar la deuda.

Si Richard huía, Alessia heredaría la ira incontrolable del hombre más peligroso de Italia. Su vida, su galería, su amada libertad... todo sería reducido a cenizas, y ella terminaría en el fondo de un canal oscuro pagando por los pecados de su padre.

No quedaba tiempo para lágrimas. Quedaban cuarenta y ocho horas para el colapso total. El infierno tenía una puerta, y Alessia se dio cuenta, con una claridad aterradora, de que la única forma de sobrevivir no era huyendo de las llamas, sino caminando directamente hacia el fuego.

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