Dante Cavelli permanecía de pie, a escasos centímetros de Alessia. Desde su posición, ella podía percibir el calor que emanaba de su cuerpo, un contraste perturbador con la frialdad glacial de su mirada. Olía a maderas nobles, a un tabaco costoso y a algo más profundo, algo puramente masculino y primitivo que disparó todas las alarmas de cortocircuito en el cerebro de Alessia.
Él la observó durante un milisegundo que pareció una eternidad, desnudando las capas de su falsa bravura con la precisión de un bisturí. Luego, con una lentitud calculada e insoportable, dio un paso hacia adelante.
Instintivamente, Alessia retrocedió. Sus tacones de aguja se hundieron en la moqueta gruesa, el sonido devorado por la acústica del mausoleo corporativo. Él dio otro paso. Ella retrocedió de nuevo. Era una coreografía macabra, una caza silenciosa donde los roles estaban predefinidos mucho antes de que ella cruzara la puerta principal del edificio. Dante no la tocaba, no la amenazaba físicamente con las manos, pero su mera presencia era una fuerza gravitacional implacable que la empujaba hacia atrás, hacia la oscuridad, hacia el abismo.
La espalda de Alessia chocó contra algo frío y rígido.
El ventanal monumental del piso cincuenta.
Se quedó atrapada. Detrás de ella, el cristal helado y una caída vertical de más de doscientos metros sobre las luces borrosas y lluviosas de un Milán que, en ese momento, parecía pertenecer a otro planeta. Frente a ella, el Tiburón. Dante apoyó ambas manos sobre el cristal, una a cada lado de la cabeza de Alessia, acorralándola por completo en una jaula de acero, ébano y el aroma de la dominación inminente.
La atrapó entre el abismo y su propia oscuridad.
Dante se inclinó. Su rostro quedó a milímetros del de ella. Alessia podía ver las motas doradas bailando en el azul helado de sus pupilas, la textura de la sombra de su barba, la perfección cruel de sus labios. Su respiración, cálida y rítmica, acarició la piel sensible del cuello de Alessia, enviando una descarga eléctrica de terror y una atracción oscura y prohibida directo a su columna vertebral.
-"Lo que sea" -susurró él, su voz un barítono profundo y rasposo que vibró en el pecho de Alessia, resonando contra el cristal helado a sus espaldas-. Esas fueron tus palabras, tesoro. Me ofreciste basura corporativa, acciones hundidas y las cenizas de la galería que tanto amas. Y cuando te diste cuenta de que nada de eso tiene valor para mí, me ofreciste "lo que sea".
El pulso de Alessia martilleaba con tal violencia contra sus costillas que temió que él pudiera escucharlo. Sus pulmones se negaban a llenarse por completo de aire, como si la presencia de Dante estuviera consumiendo todo el oxígeno en un radio de un kilómetro. Estaba temblando. Un temblor fino e incontrolable que comenzó en sus rodillas y amenazaba con extenderse a todo su cuerpo.
Pero era una Thorne. Y era la única persona en todo Milán que sabía lo que significaba la libertad verdadera porque había luchado por cada centímetro de ella. No iba a romperse. No frente a él. No todavía.
Con un esfuerzo supremo de voluntad que le costó cada onza de su energía, Alessia forzó a sus músculos a tensarse. Enderezó la espalda contra el cristal helado, clavó los talones en el suelo y alzó el mentón con un desafío mudo pero absoluto, sosteniéndole la mirada depredadora.
-Dije lo que sea -confirmó ella, su voz saliendo más firme de lo que esperaba, una cuerda tensa a punto de romperse pero negándose a ceder-. Y lo sostengo. Póngale un precio a la vida de mi padre, Cavelli. Póngale un precio a la deuda. Y yo lo pagaré.
Dante soltó una risa baja, un sonido oscuro, casi imperceptible, que no llegó a sus ojos helados.
-Esa arrogancia... -murmuró, su mirada bajando por un segundo a los labios de ella antes de volver a clavarse en sus ojos con una intensidad que la hizo jadear-. Es fascinante. Me recuerda por qué odio tanto a tu apellido, y al mismo tiempo... por qué eres la única moneda de cambio que aceptaré.
Dante se separó milimétricamente de ella, permitiéndole una bocanada de aire viciado, pero sin romper la jaula que formaban sus brazos.
-Aquí están mis términos, Alessia -dijo, cada palabra cayendo con la contundencia ensordecedora de un disparo en la sala de ejecución-. No quiero tu dinero. No quiero las propiedades de tu padre. No quiero tu galería. No me sirven para nada. El pecado de Richard fue el irrespeto. Y el precio del irrespeto se paga con sangre, o con una sumisión absoluta.
Hizo una pausa deliberada, disfrutando de la tortura psicológica de la espera.
-Quiero un año -sentenció-. Trescientos sesenta y cinco días. A partir de este preciso instante, tú me perteneces. Serás mi "asistente personal". Un título pintoresco para la realidad: serás mi propiedad. Vivirás donde yo viva. Irás adonde yo vaya. Obedecerás cada una de mis órdenes, sin preguntas, sin dudas, sin condiciones. Me servirás en todo lo que yo requiera, las veinticuatro horas del día. Aislada del mundo, lejos de tu galería, lejos de tu "libertad".
El corazón de Alessia pareció detenerse por completo en su pecho. La propuesta era monstruosa, una aberración medieval envuelta en términos corporativos modernos. No le estaba pidiendo trabajo; le estaba pidiendo su alma. Estaba comprando su existencia.
-¿Y a cambio? -preguntó ella, el horror tiñendo su voz, aunque se negó a bajar el mentón.
-A cambio -la mirada de Dante se endureció, volviéndose implacable-, en el segundo en que tu firma toque el papel del contrato que tengo en mi escritorio, la deuda de doscientos cincuenta millones de euros de Richard Thorne quedará cancelada. El gemelo de Marcus volverá a su dueño. Tu padre vivirá para contarlo, aunque pasará el resto de sus días en la mediocridad que se merece. Y tú, tesoro, si sobrevives un año a mi lado sin romperte, serás libre. Sin deudas, sin ataduras.
Alessia sintió que el vértigo del piso cincuenta finalmente la alcanzaba. La elección era brutal: entregar su vida durante un año al hombre más peligroso y despiadado de Italia, un monstruo sin alma que la llevaría a una isla privada para hacer con ella lo que quisiera, o ver cómo su padre era torturado y asesinado en cuestión de horas, y luego ella misma correría la misma suerte.
No había elección real. Solo había supervivencia.
Observó el rostro de Dante. No había misericordia en él. No había compasión. Era el Tiburón que la había acorralado contra el cristal, esperando pacientemente a que la presa se diera cuenta de que la única salida era entregarse voluntariamente a sus mandíbulas.
Cerró los ojos un segundo. El olor a trementina de su galería, el silencio de su estudio, el sabor dulce y metálico de su libertad... todo eso pareció disolverse en la oscuridad plomiza de la oficina del piso cincuenta.
-Un año -murmuró ella, abriendo los ojos. Estaban vidriosos, al borde de las lágrimas que se negó a derramar, pero brillaban con una determinación feroz y salvaje-. Un año de mi vida por la deuda completa y la seguridad de mi padre.
-Ni un día menos -respondió Dante, su voz recuperando la frialdad corporativa-. Y recuerda, Alessia: obediencia absoluta. Durante trescientos sesenta y cinco días, yo soy tu dueño. Tu voluntad me pertenece.
Dante se separó de ella finalmente. El cambio en la atmósfera fue instantáneo; la presión asfixiante se alivió, permitiendo que el aire volviera a fluir, pero el despacho se sintió más frío y vacío que antes. Caminó de regreso hacia el monolito de ébano de su escritorio con una gracia fluida y letal. Se sentó en su silla ejecutiva, su postura relajada de nuevo, el emperador esperando la firma del tratado de rendición incondicional.
Abrió el cajón central de su escritorio y sacó un documento de una sola página, impreso en papel de alto gramaje. Lo deslizó sobre la superficie de ébano hacia el lado opuesto. Junto a él, depositó una pluma estilográfica de oro macizo.
Alessia se despegó del ventanal. Sus piernas se sentían como gelatina, pero forzó a cada músculo a obedecerla. Caminó hacia el escritorio con pasos lentos, cada clack de sus tacones de aguja resonando como el segundero de un reloj contando los últimos momentos de su libertad.
Se detuvo frente al escritorio. Bajó la mirada hacia el papel. Solo había una cláusula redactada en un lenguaje legal frío y preciso. No mencionaba la isla, ni los detalles de la "asistencia", solo la transferencia de la tutela legal de la señorita Alessia Thorne a la custodia personal del señor Dante Cavelli por un periodo de un año, a cambio de la liquidación de la deuda de Thorne Investments.
Era un contrato con el diablo, y el diablo estaba sentado al otro lado del ébano, observándola con una curiosidad clínica.
Alessia tomó la pluma de oro. El metal estaba frío al tacto. Le temblaba la mano. Un temblor visible, humillante, que delataba el terror puro que le recorría las venas. Apretó los dientes hasta que sintió dolor en la mandíbula, clavó las uñas en la palma de su mano izquierda para anclarse a la realidad y obligó a su mano derecha a detenerse.
Se negó a que él viera su debilidad en el último segundo.
Con un movimiento rápido, perentorio y desesperado, como quien se corta una extremidad para salvar el resto del cuerpo, Alessia Thorne plasmó su firma en la línea de puntos al final del documento.
La tinta negra se secó instantáneamente sobre el papel costoso.
Alessia soltó la pluma. El sonido metálico al golpear el ébano sonó como el cerrojo de una celda cerrándose con una finalidad absoluta.
En el piso cincuenta, recortados contra el abismo de Milán, Alessia acababa de vender su vida al Tiburón. Y cuando levantó la vista y se encontró con los ojos helados de Dante Cavelli, supo, con una certeza terrorífica, que el infierno no había hecho más que empezar.