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Pecado bajo Contrato
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Capítulo 2 Hielo y fuego

El silencio en la Sala Obsidian era tan espeso que parecía tener peso propio. La orden de Killian Blackwood flotaba en el aire gélido, vibrando con una exigencia que no admitía réplica. Elara sintió cómo todas las cabezas en la inmensa mesa de mármol negro giraban hacia ella con una sincronía casi cómica, si no fuera porque la situación era aterradora. Las miradas de los altos ejecutivos oscilaban entre la lástima anticipada y el morbo de presenciar una ejecución corporativa.

Elara tragó saliva, obligando a su corazón a ralentizar su ritmo frenético. La intensidad de ese cruce de miradas apenas unos segundos antes todavía le quemaba en la piel, pero no podía permitirse el lujo de analizarlo ahora. Estaba en la arena de los gladiadores y el emperador acababa de pedir sangre.

Se puso de pie con una fluidez que desmentía el temblor de sus rodillas. Alisó imperceptiblemente el borde de su falda y caminó hacia la cabecera de la mesa, deteniéndose a una distancia prudencial de la pantalla de proyecciones, pero lo suficientemente cerca de Killian como para percibir el leve y embriagador aroma de su colonia: una mezcla de madera de cedro, vetiver y algo oscuro, peligrosamente masculino.

-Buenos días, señor Blackwood. Directivos -comenzó Elara. Su voz salió clara, firme, proyectándose por la sala sin un ápice de vacilación-. Como saben, el departamento de marketing ha estado operando bajo una estrategia conservadora durante los últimos tres años. Si bien esto mantuvo la estabilidad de Blackwood Industries en el mercado, nos ha costado una cuota de penetración del quince por ciento en el sector demográfico emergente.

Conectó su tableta al sistema de la sala y un gráfico audaz, en tonos carmesí y negro, iluminó la pantalla.

-Mi propuesta para la reestructuración no se basa en seguir la corriente, sino en desviar el río. Necesitamos una campaña de reposicionamiento agresiva. Rediseñar nuestra presencia digital, optimizar la narrativa corporativa y abandonar las plataformas tradicionales para centrarnos en ecosistemas de inversión donde nuestro público objetivo realmente respira.

Elara hizo una pausa, buscando la reacción en la mesa. Algunos directivos asentían lentamente, intrigados por la crudeza de los datos que se desplegaban en pantalla. Sin embargo, cuando su mirada se cruzó con la de Killian, chocó contra un muro de hielo sólido.

El tormento y la atracción salvaje que había creído ver en sus ojos grises hacía unos instantes habían desaparecido por completo, reemplazados por una máscara de frialdad tan absoluta que a Elara le dio un vuelco el estómago. Él la observaba no como a una mujer, sino como a un insecto bajo un microscopio.

-¿Eso es todo, señorita Vance? -La voz de Killian cortó el aire como un látigo. No levantó el tono, pero la quietud letal en sus palabras hizo que un escalofrío colectivo recorriera la sala.

Elara parpadeó, desconcertada por la hostilidad inmediata.

-Es el resumen ejecutivo del primer trimestre, señor. Si me permite desglosar las métricas...

-No se moleste -la interrumpió él, apoyando ambas manos sobre el mármol y echándose ligeramente hacia adelante-. Lo que acaba de presentar no es una estrategia corporativa para una empresa multimillonaria. Es un sueño febril de una agencia de publicidad de segunda categoría que cree que un diseño llamativo puede suplir la falta de sustancia.

El impacto de sus palabras fue físico. Elara sintió como si le hubieran propinado un golpe en el estómago. El murmullo de sorpresa en la sala fue inaudible, pero la tensión se disparó.

-Con todo respeto, señor... -intentó intervenir Elara, pero Killian no había terminado.

-Habla de "narrativa corporativa" y "ecosistemas de inversión" como si estuviéramos vendiendo zapatillas deportivas, señorita Vance. Somos Blackwood Industries. Manejamos activos que superan el producto interno bruto de varios países. Nuestros clientes no buscan una narrativa; buscan rentabilidad, seguridad y acero. Su propuesta es ingenua, frívola y, francamente, un insulto a la inteligencia de esta junta.

La humillación quemó las mejillas de Elara, pero rápidamente fue reemplazada por algo mucho más potente: pura y ardiente furia. Había pasado las últimas tres semanas sin dormir, analizando cada variable, estudiando cada riesgo. Su trabajo era impecable. Él no la estaba atacando por la estrategia; la estaba atacando por algo más. Estaba construyendo un muro entre los dos a base de crueldad.

El Director de Recursos Humanos se aclaró la garganta, intentando suavizar el ambiente.

-Señor Blackwood, quizás si le damos a la señorita Vance la oportunidad de...

-La oportunidad ya se le dio, y acaba de desperdiciarla -sentenció Killian, sin apartar sus ojos de Elara. La mirada de él era un desafío abierto, casi empujándola a que se rindiera, a que agarrara sus cosas y saliera corriendo por la puerta para no volver jamás.

Pero Killian Blackwood había subestimado gravemente con quién estaba tratando.

Elara no se encogió. No bajó la mirada. En lugar de eso, enderezó los hombros, levantó la barbilla y dio un paso al frente, acortando la distancia entre ellos. La audacia del movimiento hizo que el Director de Operaciones jadeara por lo bajo.

-Tiene razón en una cosa, señor Blackwood -dijo Elara. Su tono era hielo puro, igualando la temperatura del CEO-. Sus clientes buscan rentabilidad. Y es exactamente por eso que su modelo actual está condenado a estancarse.

Killian entornó los ojos, sus mandíbulas tensándose peligrosamente. -¿Está cuestionando la rentabilidad de mi empresa en su primer día de trabajo?

-Estoy cuestionando su ceguera ante el futuro, señor -disparó Elara, sin titubear. Presionó un botón en su tableta y el gráfico cambió, mostrando una línea de tendencia descendente-. Blackwood Industries es un titán, sí. Pero incluso los titanes caen si no se adaptan. Sus inversores principales superan los sesenta años de media. La transferencia de riqueza generacional que ocurrirá en la próxima década pondrá trillones de dólares en manos de una generación a la que usted le parece, francamente, un dinosaurio inalcanzable.

La sala entera dejó de respirar. Alguien dejó caer un bolígrafo al suelo y el sonido resonó como un disparo. Llamarle "dinosaurio" al Rey de Hielo en su propia sala de juntas era un suicidio profesional del más alto nivel.

Los ojos de Killian brillaron con una furia oscura, pero, para sorpresa de Elara, no gritó. En lugar de eso, rodeó lentamente la cabecera de la mesa, caminando hacia ella con pasos medidos de depredador. Cada paso resonaba en la sala en silencio. Se detuvo a escasos centímetros de ella. Era tan alto que Elara tuvo que inclinar la cabeza hacia atrás para mantener el contacto visual.

La proximidad era abrumadora. El calor que emanaba de su cuerpo era palpable, una contradicción directa con la frialdad de su comportamiento.

-Es usted muy valiente o muy estúpida, señorita Vance -murmuró Killian. Su voz era tan baja que solo ella podía escuchar el tono rasposo y cargado de una peligrosa advertencia-. Jugar con fuego en mi empresa suele terminar en cenizas.

-No juego con fuego, señor Blackwood -respondió Elara, manteniendo la voz firme a pesar de que su corazón amenazaba con romperle las costillas-. Lo utilizo para forjar cosas nuevas. Mi estrategia no es frívola, está respaldada por tres años de análisis de mercado que su anterior director ignoró por miedo a enfadarle. Yo no le tengo miedo. Estoy aquí para hacer mi trabajo, y mi trabajo es evitar que esta empresa se oxide por pura arrogancia.

Se quedaron mirándose fijamente. La guerra silenciosa entre ellos crepitaba en el aire. Killian respiraba pesadamente, su pecho rozando casi imperceptiblemente contra el de ella. Había ira en sus ojos, sí, una furia brutal por haber sido desafiado frente a sus subordinados. Pero debajo de esa ira, brillaba otra cosa. Respeto. Y algo mucho más oscuro y salvaje que amenazaba con devorarla viva.

Él estaba intentando asustarla, intentando alejarla porque la atracción que había estallado entre ellos era un riesgo inaceptable para un hombre obsesionado con el control. Pero al no retroceder, Elara no solo había desarmado su táctica; había encendido una chispa que ninguno de los dos podría apagar.

Killian apretó los dientes, los músculos de su cuello marcándose con tensión. Retrocedió medio paso, restaurando el espacio profesional, aunque el aire entre ellos seguía denso e irrespirable.

-Palabras valientes -dijo él en voz alta, dirigiéndose de nuevo a la sala, pero sin apartar los ojos de Elara-. Pero en Blackwood no operamos con promesas, sino con resultados.

Se giró bruscamente y caminó de regreso a su asiento, recogiendo la carpeta negra que había arrojado antes.

-Tiene cuarenta y ocho horas, señorita Vance -sentenció, su tono volviendo a ser un témpano de hielo-. Quiero un modelo predictivo completo. Costos de implementación, análisis de riesgos a cinco años y proyecciones de retorno de inversión al centavo. Si puede probar matemáticamente que su "fuego" no va a quemar mis cimientos, implementaremos su campaña.

Hizo una pausa, sus ojos grises clavándose en los de ella con la precisión de un francotirador.

-Pero si encuentro un solo error en sus cálculos, un solo fallo en su lógica... no solo rechazaré su propuesta. La despediré antes de que termine de recoger su escritorio. ¿Nos entendemos?

Era una tarea imposible. Un análisis de esa magnitud requería al menos dos semanas de trabajo de un equipo completo. Cuarenta y ocho horas significaba no dormir, no comer y rezar por un milagro. Era una sentencia de muerte disfrazada de oportunidad.

Elara sintió las miradas de compasión de la junta directiva. Sabían que Killian la estaba empujando al abismo.

Pero Elara Vance no había llegado hasta la cima del edificio de cristal para saltar. Había llegado para gobernar.

Recogió su tableta con movimientos tranquilos y pausados, encontrando la mirada de Killian una última vez. Una pequeña sonrisa, afilada y desafiante, se dibujó en la comisura de sus labios.

-Tendrá el informe en su escritorio el jueves a primera hora, señor Blackwood -respondió con una calma gélida que rivalizaba con la de él-. Prepárese para evolucionar.

Killian no respondió. Simplemente asintió, un movimiento seco y cortante.

-La reunión ha terminado -anunció el CEO.

Mientras la sala estallaba en un caos de sillas apartándose y murmullos urgentes, Elara salió por las pesadas puertas de madera oscura. Le temblaban las manos, la adrenalina corriendo por sus venas como electricidad. Acababa de declararle la guerra al hombre más peligroso de Wall Street en su primer día.

Y lo peor de todo, mientras caminaba hacia su nueva oficina, no podía dejar de pensar en lo bien que olía y en cómo el gris de sus ojos parecía arder cuando la miraba.

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