Elara se frotó los ojos, sintiendo el escozor de la luz azul de los monitores. Llevaba catorce horas seguidas trabajando. Su chaqueta de sastre colgaba del respaldo de la silla y se había desabrochado los dos primeros botones de su blusa de seda, buscando aire en una oficina que, a pesar del aire acondicionado central, se sentía sofocante. Las hojas de cálculo bailaban ante su vista, pero las proyecciones finalmente estaban cuadrando. Había encontrado la grieta en el modelo anterior: una fuga de capital en publicidad impresa obsoleta que podría redirigirse a los ecosistemas digitales que ella había propuesto.
Se puso de pie para estirar las piernas y caminó hacia el ventanal. La ciudad era un tapiz de luces ámbar y blancas, un hormiguero de vidas que parecían insignificantes desde esa altura. El silencio del edificio era absoluto, roto solo por el crujido ocasional de la estructura de cristal enfriándose bajo el cielo nocturno.
-¿Sigue aquí, señorita Vance?
La voz resonó en el umbral de su oficina, profunda y aterciopelada, enviando una descarga eléctrica directa a la base de su columna vertebral. Elara se giró bruscamente.
Killian Blackwood estaba apoyado contra el marco de la puerta. Se había quitado la chaqueta y la corbata; las mangas de su camisa blanca estaban remangadas hasta los antebrazos, revelando una musculatura tensa y un reloj de platino que brillaba bajo las luces tenues. Se veía menos como un CEO y más como una amenaza física tangible.
-Señor Blackwood -respondió ella, recuperando el aliento-. Me dio cuarenta y ocho horas. No planeo desperdiciar ni un segundo.
Killian entró en la oficina. No pidió permiso; simplemente se apoderó del espacio. Sus pasos eran silenciosos sobre la alfombra de felpa. Se detuvo frente al escritorio de Elara, recorriendo con la mirada el caos de documentos, notas adhesivas y tazas de café vacías.
-Es persistente -comentó él, su mirada volviéndose hacia ella. El gris de sus ojos parecía haber capturado las sombras de la noche-. La mayoría de las personas se habrían rendido tras la junta de esta mañana. Habrían buscado otro empleo antes de enfrentarse a un análisis de este calibre.
-Yo no soy la mayoría de las personas -replicó Elara, acercándose al escritorio-. Y usted lo sabe. Por eso me puso esta trampa. Esperaba que fallara para poder eliminar el "problema" que represento para su preciado control.
Killian soltó un sonido que casi fue una risa, pero carecía de alegría. Era un sonido oscuro, gutural.
-Usted es un problema, señorita Vance. Pero no por las razones que cree.
Se acercó un paso más. Elara podía olerlo ahora: ese aroma a madera y peligro que la había perseguido durante todo el día. Él extendió una mano y tomó uno de los informes impresos que ella había estado marcando con bolígrafo rojo.
-Veamos qué ha descubierto en su vigilia -dijo él, escrutando los datos.
-He encontrado una desviación en el retorno de inversión del sector farmacéutico -explicó Elara, olvidando por un momento su hostilidad ante la oportunidad de probar su punto-. Si observa la página cuatro, verá que estamos perdiendo visibilidad frente a los fondos de capital joven porque nuestra comunicación es...
-Anticuada -completó él, leyendo las notas de Elara-. Eso es lo que escribió aquí, ¿verdad? "Estrategia de dinosaurio".
Elara sintió que el calor subía por su cuello. -Fue una elección de palabras poco afortunada en la reunión, pero los datos la respaldan.
Killian dejó el informe sobre la mesa y se inclinó sobre el escritorio para mirar el monitor principal. Estaba tan cerca que Elara podía sentir el calor que emanaba de su cuerpo. Ella se inclinó también, señalando una celda específica en la hoja de cálculo.
-Mire aquí -dijo ella, su dedo rozando la pantalla-. Si ajustamos el algoritmo de segmentación...
-No funcionará -interrumpió él. Su voz estaba ahora justo al lado de su oído-. El riesgo de volatilidad en esa plataforma es demasiado alto para nuestro perfil de inversor.
-No si diversificamos el mensaje -insistió ella, girándose para mirarlo.
En ese movimiento, sus manos se encontraron sobre la superficie del escritorio.
Fue un roce accidental, apenas una caricia de piel contra piel mientras ambos intentaban alcanzar el mismo documento impreso. Pero en el vacío del edificio silencioso, el contacto se sintió como una explosión.
Elara sintió una descarga de electricidad literal, una vibración que le recorrió el brazo y se instaló en su pecho, acelerando su corazón hasta un ritmo alarmante. Killian no retiró la mano. Al contrario, sus dedos, largos y fuertes, se cerraron levemente sobre el dorso de la mano de Elara, atrapándola contra el papel.
El tiempo se detuvo. Elara levantó la vista y se encontró con los ojos de Killian. Ya no había rastro de la frialdad corporativa. Sus pupilas estaban dilatadas, devorando el gris de sus iris, transformándolos en pozos de obsidiana ardiente. Su respiración se había vuelto pesada, audible en el silencio de la oficina.
-Señor Blackwood... -susurró ella, aunque no sabía si era una advertencia o una invitación.
-Le dije que no tocara el fuego, Elara -dijo él, su voz descendiendo a una octava peligrosa y ronca. Por primera vez, usó su nombre de pila, y el sonido hizo que las rodillas de ella temblaran-. Le advertí que aquí las reglas son absolutas.
-Usted es el que está rompiendo la regla ahora -desafió ella, aunque su voz apenas era un hilo-. Me está tocando.
Killian dio un paso alrededor del escritorio, sin soltar su mano, acortando la distancia hasta que no quedó ni un centímetro de aire entre ellos. La imponente presencia física del hombre la rodeó, atrapándola entre su cuerpo y el escritorio. Su mano libre subió, no para tocarla, sino para apoyarse en la madera a centímetros de su cadera, cercándola.
-Llevo todo el día queriendo hacer esto -confesó él, su mirada fija en los labios de Elara-. Desde el momento en que entraste en esa sala y me miraste como si no fuera más que un hombre, y no el dueño de tu destino profesional.
-No es dueño de nada, Killian -replicó ella, usando su nombre con una audacia que la asustó a ella misma-. Solo es un hombre que tiene miedo de lo que siente cuando me mira.
La mandíbula de Killian se tensó. El conflicto interno era visible en sus facciones: la lucha entre el líder implacable que había construido un muro de hielo a su alrededor y el hombre hambriento que ella había despertado. Sus dedos en su mano se apretaron un poco más, una caricia posesiva y dominante.
-No tienes idea de los demonios que estás despertando -gruñó él, inclinando la cabeza hasta que sus frentes casi se rozaron-. Debería despedirte ahora mismo. Debería sacarte de este edificio y borrar tu nombre de mis archivos antes de que sea demasiado tarde para los dos.
-Entonces, ¿por qué no lo hace? -desafió Elara, su respiración mezclándose con la de él.
Killian cerró los ojos un instante, inhalando profundamente el aroma de ella. Cuando los abrió, el deseo animal que Elara había intuido antes estaba allí, sin máscara, sin disculpas.
-Porque soy un maldito egoísta -respondió él.
Su mano se deslizó de la de ella hacia su muñeca, y luego subió por su brazo, dejando un rastro de fuego a su paso. El roce de sus dedos contra la piel sensible de su antebrazo hizo que Elara soltara un gemido ahogado. Killian se tensó ante el sonido, su mirada oscureciéndose aún más.
Él se inclinó más, su nariz rozando la de ella. Estaban a milímetros de un beso que destruiría todas las barreras, que quemaría los contratos y las reglas de oro. Elara podía sentir el pulso frenético en la muñeca de Killian, un eco del suyo propio.
Pero justo cuando el espacio entre ellos estaba a punto de desaparecer, el sonido de un teléfono vibrando sobre el escritorio rompió el hechizo. Era el móvil de Elara, una alarma que ella había programado para recordarse a sí misma que debía guardar los cambios en el servidor.
El sonido fue como un balde de agua fría. Killian se apartó bruscamente, como si la piel de Elara lo hubiera quemado. Su rostro volvió a transformarse en esa máscara de piedra impenetrable, aunque su respiración seguía siendo irregular.
Se pasó una mano por el cabello, desordenándolo por primera vez en el día, y retrocedió dos pasos largos hacia la puerta.
-Termine el informe, señorita Vance -dijo él, su voz recuperando la frialdad cortante, aunque todavía vibraba con una aspereza residual-. Y asegúrese de que sea perfecto. No toleraré errores. Ni en los datos... ni en nada más.
Sin esperar respuesta, se giró y salió de la oficina, sus pasos resonando en el pasillo vacío hasta que el silencio volvió a reinar.
Elara se dejó caer en su silla, con el corazón martilleando contra sus costillas y la mano donde él la había tocado todavía ardiendo. Miró la pantalla de su ordenador, pero los números ya no tenían sentido.
Maya y Chloe tenían razón: Killian Blackwood era peligroso. Pero no era la frialdad lo que lo hacía letal. Era el fuego que ocultaba debajo del hielo, un incendio que, ella lo sabía ahora, estaba destinada a compartir, sin importar el precio del contrato que acababan de romper en silencio.
Se obligó a respirar, a calmarse. Tenía un informe que terminar. Pero mientras sus dedos volvían a teclear, Elara supo que la verdadera prueba no sería el jueves por la mañana. La verdadera prueba sería sobrevivir a la obsesión que acababa de nacer entre las paredes de cristal de Blackwood Industries.