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Pecado bajo Contrato
img img Pecado bajo Contrato img Capítulo 3 La Regla de Oro
3 Capítulo
Capítulo 6 Celos irracionales img
Capítulo 7 Advertencias img
Capítulo 8 El vestido img
Capítulo 9 El desastre img
Capítulo 10 El punto de no retorno img
Capítulo 11 La mañana siguiente img
Capítulo 12 El contrato de exclusividad img
Capítulo 13 Cielo extranjero img
Capítulo 14 Límites borrosos img
Capítulo 15 Pesadillas img
Capítulo 16 La rendición img
Capítulo 17 El veneno en las paredes de cristal img
Capítulo 18 El león defiende su territorio img
Capítulo 19 Un regalo opresivo img
Capítulo 20 El muro img
Capítulo 21 La mujer de rojo img
Capítulo 22 Semillas de duda img
Capítulo 23 Investigación silenciosa img
Capítulo 24 La amenaza img
Capítulo 25 Furia desatada img
Capítulo 26 La fortaleza img
Capítulo 27 Desnudando el alma img
Capítulo 28 El Secreto Oscuro img
Capítulo 29 La elección img
Capítulo 30 Unión absoluta img
Capítulo 31 Días de paraíso img
Capítulo 32 El jaque mate img
Capítulo 33 El sacrificio del bruto img
Capítulo 34 Corazón destrozado img
Capítulo 35 El infierno de Killian img
Capítulo 36 Renacer de las cenizas img
Capítulo 37 El guardián en las sombras img
Capítulo 38 El reencuentro img
Capítulo 39 La máscara se cae img
Capítulo 40 Confrontación bajo la lluvia img
Capítulo 41 Alianza estratégica img
Capítulo 42 Socios letales img
Capítulo 43 La trampa img
Capítulo 44 El clímax img
Capítulo 45 Sangre y honor img
Capítulo 46 Sala de espera img
Capítulo 47 El despertar img
Capítulo 48 El nuevo imperio img
Capítulo 49 La propuesta img
Capítulo 50 La Boda de Hielo y Fuego img
Capítulo 51 Ecos en la Costa Este img
Capítulo 52 La vulnerabilidad de la Reina img
Capítulo 53 Un bebe secreto img
Capítulo 54 El juego de las sombras img
Capítulo 55 El instinto del lobo img
Capítulo 56 La emboscada en la cumbre img
Capítulo 57 La confesión img
Capítulo 58 Furia desatada img
Capítulo 59 El trono asegurado img
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Capítulo 3 La Regla de Oro

La oficina de la Jefa de Marketing era un santuario de cristal y acero, con ventanales que iban del suelo al techo y ofrecían una vista panorámica del horizonte de la ciudad. Sin embargo, para Elara Vance, en ese preciso momento, se sentía más como una celda de aislamiento en el corredor de la muerte.

Habían pasado apenas dos horas desde el desastre -o el triunfo, dependiendo de cómo se mirara- en la Sala Obsidian. Elara estaba sentada detrás de su imponente escritorio de caoba, rodeada de carpetas de la gestión anterior, tazas de café a medio terminar y tres monitores encendidos mostrando hojas de cálculo interminables. El reloj digital en la esquina de su pantalla marcaba las 11:45 a.m.

Cuarenta y seis horas y quince minutos. Ese era el tiempo exacto que le quedaba para diseñar un modelo predictivo que normalmente tomaría semanas.

Se frotó las sienes con las yemas de los dedos, sintiendo el inicio de una jaqueca palpitante. La adrenalina que la había sostenido durante su enfrentamiento con Killian Blackwood se estaba desvaneciendo, dejando a su paso una mezcla de agotamiento y terror puro. ¿En qué demonios estaba pensando al llamarlo dinosaurio frente a toda la junta directiva?

Unos suaves golpes en la puerta de cristal la sacaron de sus pensamientos.

Alzó la vista para encontrarse con Chloe, la coordinadora ejecutiva que la había guiado esa mañana, acompañada de una mujer exuberante de cabello rizado oscuro y labios pintados de un rojo desafiante.

-¿Podemos pasar, o estás demasiado ocupada cavando tu propia tumba corporativa? -preguntó la mujer del labial rojo, empujando la puerta sin esperar respuesta. Llevaba dos enormes vasos de café helado.

Elara parpadeó, sorprendida por la informalidad.

-Adelante. Aunque creo que la tumba ya está cavada; ahora solo estoy intentando decorarla con gráficos de rentabilidad.

La mujer soltó una carcajada cristalina y dejó uno de los vasos sobre el escritorio de Elara.

-Me caes bien. Soy Maya, Directora de Relaciones Públicas. Y esta pobre mujer a mi lado es Chloe, que casi sufre un infarto viéndote enfrentar a la guillotina con tacones de diez centímetros.

Chloe cerró la puerta de cristal detrás de ella, asegurándose de que quedara bien encajada antes de soltar un suspiro tembloroso.

-No es gracioso, Maya. Señorita Vance... Elara. Pensé que la seguridad iba a tener que escoltarla fuera del edificio. Nadie le habla así al señor Blackwood. Nadie.

Elara tomó un sorbo de café, agradeciendo el golpe de cafeína fría.

-Estaba defendiendo mi trabajo, Chloe. Fui contratada para reestructurar el departamento, no para calentar una silla y decirle al CEO lo brillante que es. Si mi estrategia es sólida, él tiene que escucharla.

Maya se apoyó en el borde del escritorio, cruzando los brazos sobre su blusa de seda. Su mirada era una mezcla de admiración y lástima.

-Cariño, vienes de una agencia creativa, ¿verdad? Un ambiente moderno, mesas de ping-pong en la sala de descanso, jefes que te invitan a cervezas los viernes. Tienes que entender algo: Blackwood Industries no es una empresa, es una monarquía absoluta. Y Killian Blackwood es un tirano forjado en hielo.

-Me di cuenta de la parte del hielo -murmuró Elara, recordando la frialdad abrasadora en los ojos grises del CEO.

-No, no lo entiendes -insistió Maya, bajando la voz instintivamente, como si temiera que los micrófonos ocultos en las paredes pudieran escucharla-. El hombre es una máquina. Tomó esta empresa cuando su padre murió repentinamente. Las acciones estaban por los suelos, los inversores huían como ratas de un barco hundiéndose. Killian tenía veintiséis años. En menos de un lustro, no solo recuperó las pérdidas, sino que triplicó el valor de la compañía. Destruyó a sus competidores sin parpadear. Despidió a la mitad de la junta directiva antigua en una sola tarde. No tiene piedad, no tiene amigos y, sobre todo, no tiene debilidades.

Chloe asintió frenéticamente.

-Por eso tienes que tener cuidado con este desafío de las cuarenta y ocho horas. No es una prueba para ver si eres buena; es una trampa para tener una excusa documentada y legal para despedirte por insubordinación.

Elara frunció el ceño, apoyando los codos sobre el escritorio.

-¿Por qué tanta hostilidad? Solo le presenté una proyección demográfica. Sentí que... sentí que me atacaba a nivel personal antes de que siquiera abriera la boca.

Maya y Chloe intercambiaron una mirada cargada de significado. Un silencio tenso y denso llenó la oficina por unos segundos.

-Es por ti -dijo Maya finalmente, señalando a Elara de arriba a abajo.

-¿Por mí? ¿Qué tiene de malo mi aspecto? Llevo un traje de diseño conservador.

-No es tu ropa, Elara. Eres tú. Eres joven, eres brillante, eres objetivamente hermosa y, lo más peligroso de todo, no te encogiste de miedo cuando él rugió. Eres un riesgo ambulante para la Regla de Oro.

Elara se reclinó en su silla.

-¿La famosa regla de "no tocar al personal"? Pensé que eso era solo un rumor de pasillo, una exageración de la prensa amarilla para darle un aire misterioso.

Chloe negó con la cabeza, su rostro volviéndose mortalmente serio.

-No es un rumor. Revisa tu contrato. Página doce, Cláusula 4B. Prohibición estricta y absoluta de cualquier relación romántica, sexual o fraternización personal entre empleados de diferente jerarquía, y tolerancia cero de proximidad con el CEO. La infracción resulta en terminación inmediata sin derecho a indemnización.

-Todas las empresas grandes tienen políticas contra el acoso o el nepotismo -rebatió Elara, buscando la lógica en la situación.

-Esto no es contra el acoso -la interrumpió Maya-. Esto es una cuarentena autoimpuesta. Killian Blackwood no permite que nadie se le acerque. Cero. Nada. En los cinco años que llevo trabajando aquí, he visto a tres mujeres ser escoltadas fuera del edificio por los guardias de seguridad. Una ejecutiva de finanzas rozó su hombro "accidentalmente" en el ascensor. Despedida. Una asistente intentó invitarle un café fuera de horario. Despedida. Una socia externa le coqueteó en una cena de caridad; Blackwood cortó todos los lazos comerciales con la firma de ella a la mañana siguiente, costándole millones a ambas partes.

Elara sintió un nudo frío formándose en la boca del estómago. Las palabras de Maya pintaban a un monstruo clínico, a un sociópata sin capacidad para la empatía humana.

Pero su mente, traicionera, volvió a reproducir el instante en la Sala Obsidian. El momento en que los ojos de Killian se cruzaron con los de ella. Esa no era la mirada de un hombre clínico ni vacío. Era la mirada de un hombre que ardía por dentro, un hombre que luchaba con uñas y dientes contra algo feroz y desesperado. Había visto posesión. Había visto deseo crudo.

-Dicen que algo pasó en su pasado -susurró Chloe, acercándose más al escritorio-. Antes de que tomara la empresa. Hay cinco años en su biografía oficial que están borrosos. Unos dicen que estuvo involucrado con la mafia; otros, que una mujer lo traicionó de una forma tan brutal que juró no volver a sentir nada. Sea lo que sea, lo rompió. Por eso impone esa distancia. Él cree que cualquier tipo de emoción lo hace vulnerable, y odia la vulnerabilidad más que a la bancarrota.

-Así que cuando entraste hoy -continuó Maya, retomando el hilo-, desfilando con ese porte, desafiándolo frente a los hombres que él aterroriza a diario... encendiste todas sus alarmas. Él no te odia, Elara. Te ve como una amenaza a su control. Y Killian Blackwood siempre aniquila lo que no puede controlar.

La advertencia flotó en el aire, pesada y ominosa. Elara miró las hojas de cálculo en sus monitores. La inmensidad de la tarea que tenía por delante cobró un nuevo y aterrador sentido. No se trataba solo de números; se trataba de supervivencia. Él la había acorralado en un rincón, esperando que se rindiera para poder extirparla de su empresa antes de que la inexplicable atracción mutua los devorara a ambos.

Pero Killian no sabía que ella también tenía sus propios motivos para no rendirse. Su carrera era su salvavidas, lo único que le daba sentido a su vida tras dejar atrás un pasado lleno de carencias y humillaciones. No iba a permitir que un hombre, por muy imponente y atormentado que fuera, le arrebatara lo que había construido con tanto sudor.

-Gracias por la advertencia, chicas -dijo Elara, su voz firme, despojándose de cualquier rastro de duda-. Agradezco el café y la lección de historia. Pero no planeo coquetear con el CEO, ni rozar su hombro en el ascensor. Planeo entregarle un reporte tan impecable que no le quede más remedio que tragar su orgullo y aprobar mi campaña.

Maya sonrió, una sonrisa afilada y llena de respeto.

-Eres una suicida, Vance. Me encanta. Si sobrevives al jueves, los tragos van por mi cuenta.

-Trato hecho.

Cuando las dos mujeres abandonaron la oficina, el silencio volvió a envolver a Elara. La inmensidad del edificio la oprimía, pero la determinación ardía en su pecho. Abrió el archivo maestro de las finanzas corporativas y comenzó a teclear.

Iba a necesitar más café. Y probablemente, un milagro.

Afuera, la ciudad comenzaba a oscurecer, las luces de los rascacielos encendiéndose una a una. Elara no se movió de su silla. No se movería hasta que cada número, cada estadística y cada proyección encajara perfectamente. Si Killian Blackwood quería una guerra de intelecto y resistencia, la iba a tener.

Y si él pensaba que podía asustarla con su máscara de frialdad, estaba muy equivocado. Ella había visto a la bestia detrás del hielo, y por alguna razón irracional y peligrosa, no le tenía miedo en absoluto.

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