-Señorita Vance, el señor Blackwood la espera en la Sala de Conferencias B -anunció Chloe con voz queda-. Y Elara... -añadió, deteniéndola un segundo-. Tenga cuidado. Julian Vane ya llegó.
Elara arqueó una ceja. -¿Julian Vane? ¿El magnate de la logística?
-El mismo. Es uno de nuestros clientes más importantes y antiguos. Pero también es un tiburón. Y le gusta mucho, mucho la sangre joven.
Elara asintió, agradeciendo el aviso, y se dirigió a la sala. Al entrar, lo primero que vio no fue al cliente, sino a Killian. Estaba de pie frente al ventanal, de espaldas a la puerta. Su traje azul medianoche estaba impecable, pero la rigidez de sus hombros delataba una tensión que Elara reconoció de inmediato.
Sentado a la mesa, con una sonrisa que desbordaba una confianza arrogante, estaba Julian Vane. Era un hombre de unos cuarenta años, bien parecido de una forma convencional y algo aceitosa, vestido con un traje que costaba más que el coche de Elara.
-Ah, debe ser ella -dijo Vane, poniéndose de pie con una agilidad felina en cuanto Elara cruzó el umbral. Sus ojos recorrieron el cuerpo de ella con una falta de pudor que la hizo sentir instantáneamente sucia-. Killian, no me habías dicho que habías contratado a una diosa para manejar tu marketing. Me habrías ahorrado muchas quejas sobre tus facturas.
Killian se giró lentamente. Sus ojos grises eran dos cuchillas de hielo dirigidas directamente a Vane, pero su voz se mantuvo plana, profesionalmente letal.
-La señorita Vance es la Jefa de Marketing, Julian. Está aquí para presentar los ajustes estratégicos para tu cuenta, no para servir de entretenimiento.
Vane soltó una carcajada, ignorando la advertencia implícita en el tono de Killian, y se acercó a Elara. Antes de que ella pudiera reaccionar, él tomó su mano y la elevó hacia sus labios, rozando sus nudillos con un beso que duró un segundo de más.
-Un placer absoluto, Elara. ¿Puedo llamarte Elara? -preguntó él, bajando la voz a un tono sugerente mientras mantenía su mano prisionera-. He oído que eres una rebelde. Que desafiaste al gran Blackwood en tu primer día. Eso requiere... fuego. Y yo siempre he sido un admirador del fuego.
Elara retiró su mano con firmeza, manteniendo una sonrisa profesional gélida.
-Señor Vane. Si le parece bien, preferiría que revisáramos los datos del mercado logístico. Creo que encontrará que el fuego se ha aplicado a mejorar su rentabilidad.
-Eficiente y hermosa. Killian, te la voy a robar -bromeó Vane, volviendo a sentarse, aunque su mirada seguía clavada en el escote de la blusa de Elara.
Killian no se sentó. Se colocó al otro lado de la mesa, justo frente a Elara, creando una barrera visual entre ella y Vane. Elara comenzó su presentación, desplegando los gráficos que tanto esfuerzo le habían costado. Su voz era segura, sus argumentos eran irrebatibles y los datos bailaban con una lógica perfecta.
Sin embargo, a Julian Vane no parecían importarle los datos.
-Ese punto sobre la integración digital es fascinante -interrumpió Vane, inclinándose hacia adelante, invadiendo el espacio personal de Elara-. ¿Por qué no me lo explicas mejor esta noche durante la cena? Conozco un lugar privado donde podríamos... profundizar en los detalles.
Elara sintió cómo la temperatura en la habitación caía por debajo de cero. Miró de reojo a Killian. Sus mandíbulas estaban tan apretadas que parecía que sus dientes iban a romperse. Sus manos, apoyadas sobre la mesa, se habían cerrado en puños blancos.
-El informe es autoexplicativo, señor Vane -respondió Elara, intentando mantener el control de la reunión-. Si tiene dudas técnicas, puedo enviar a mi equipo de análisis a su oficina mañana por la mañana.
-No quiero a tu equipo, preciosa. Te quiero a ti -insistió Vane, con una audacia que rozaba la insolencia-. Killian, no seas un acaparador. Una mujer como ella no debería estar encerrada en este mausoleo de cristal analizando números. Necesita salir, divertirse. ¿Verdad, Elara?
Vane extendió la mano por encima de la mesa, intentando tocar el antebrazo de Elara, donde la manga de su chaqueta terminaba.
Antes de que pudiera rozarla, el sonido de una palma golpeando la mesa de mármol resonó como un disparo de cañón en la sala.
Killian se había inclinado hacia adelante, sus ojos inyectados en una furia tan primitiva que Julian Vane retrocedió instintivamente, su sonrisa desapareciendo por primera vez.
-Suficiente -dijo Killian. Su voz era un gruñido bajo, el sonido de un animal que ha visto a otro depredador acercarse demasiado a lo que considera suyo.
-Vamos, Killian, solo es un poco de coqueteo inofensivo -balbuceó Vane, tratando de recuperar su compostura, aunque el sudor empezaba a brillar en su frente-. No me digas que ahora eres el caballero defensor de tus empleadas. Tú, que las tratas como si fueran piezas de ajedrez.
-Has terminado aquí, Julian -sentenció Killian. Sus palabras eran cortas, finales-. Mi secretaria te enviará los contratos de rescisión esta tarde. Blackwood Industries ya no requiere tu negocio.
Vane abrió los ojos de par en par, poniéndose de pie de un salto.
-¿Estás bromeando? ¿Vas a cancelar una cuenta de cincuenta millones por un comentario? ¡Es una locura comercial! ¡Tus accionistas te comerán vivo!
-Mis accionistas hacen lo que yo les digo. Y yo digo que estás fuera de mi edificio -Killian rodeó la mesa con una lentitud aterradora. Se detuvo a pocos centímetros de Vane, superándolo en altura y en pura presencia amenazante-. Si vuelves a dirigirte a la señorita Vance, si vuelves a mirarla o si vuelves a pronunciar su nombre con esa boca asquerosa, me aseguraré de que la única logística que manejes sea la de tu propia bancarrota. ¿Fui lo suficientemente claro?
Vane tragó saliva, miró a Elara -que permanecía inmóvil, procesando la escena con el corazón en la garganta- y luego volvió a mirar a Killian. Reconoció la mirada de un hombre que ha perdido la razón, o que finalmente la ha encontrado en su obsesión. Sin decir una palabra más, Vane recogió su maletín y salió de la sala casi corriendo.
El silencio que quedó tras él era ensordecedor.
Elara se quedó mirando la puerta por la que Vane había escapado, y luego se giró hacia Killian. Él seguía de pie, de espaldas a ella, respirando agitadamente, con los puños todavía cerrados.
-Señor Blackwood... Killian -susurró ella-. Acaba de tirar cincuenta millones de dólares a la basura.
Killian se giró. Su rostro estaba congestionado por la rabia, pero cuando sus ojos se encontraron con los de Elara, la furia se transformó en una angustia cruda. Se acercó a ella con pasos rápidos, deteniéndose justo en su espacio personal.
-Me importa una mierda el dinero -espetó él, su voz vibrando con una intensidad que la hizo estremecer-. Lo vi tocarte. Vi cómo te miraba.
-Puedo defenderme sola -replicó Elara, aunque su voz carecía de convicción-. Soy una profesional, Killian. He lidiado con tipos como él antes. No necesitaba que destruyera una alianza estratégica por un par de comentarios inapropiados.
Killian extendió una mano, sus dedos rozando la mejilla de Elara con una delicadeza que contrastaba violentamente con la furia de hace un momento. Su toque era fuego puro.
-Nadie te toca -gruñó él, sus ojos grises fijos en los de ella con una posesividad aterradora-. Nadie te mira así mientras yo respire. No eres una "alianza estratégica", Elara. No para mí.
Elara sintió que el suelo desaparecía bajo sus pies. La Regla de Oro no solo se había roto; Killian la había pulverizado frente a uno de sus clientes más importantes.
-Esto va a traer consecuencias -dijo ella, su respiración entrecortada por la cercanía de él-. Maya y Chloe tenían razón. Usted es un peligro.
-Soy tu peligro -corrigió él, su pulgar acariciando su labio inferior de una manera que la hizo gemir suavemente-. Y si tengo que quemar este imperio entero para mantener a hombres como Vane lejos de ti, lo haré sin pestañear.
Se quedaron así, en medio de la sala de juntas vacía, rodeados de millones de dólares en tecnología y prestigio, pero reducidos a algo mucho más básico: un hombre que había reclamado su presa y una mujer que, por primera vez en su vida, no quería ser salvada de la bestia, sino consumida por ella.
Killian se apartó bruscamente, como si de repente recordara dónde estaban, y se ajustó la chaqueta con manos que aún temblaban ligeramente.
-Vuelve a tu oficina, Elara -dijo, su voz recuperando una apariencia de frialdad que ya no engañaba a nadie-. Tenemos mucho trabajo que hacer. Y esta noche... esta noche vendrás conmigo a la cena de la Cámara de Comercio. No quiero que estés sola en este edificio ni un segundo más de lo necesario.
Elara asintió, incapaz de articular palabra. Mientras salía de la sala, supo que el capítulo de los "desafíos profesionales" había terminado. Había comenzado algo mucho más oscuro y obsesivo. La cacería de Killian Blackwood no había hecho más que empezar, y ella sospechaba que no descansaría hasta que no quedara nada de su antiguo mundo en pie. Solo quedarían ellos dos, y el pecado que estaban a punto de cometer bajo el peso de un contrato que ya no significaba nada.