Alto. Anchura de hombros que hacía que el traje oscuro pareciera una segunda piel en lugar de ropa. Cabello negro, corto en los lados, un poco más largo arriba, perfectamente ordenado. Mandíbula con la tensión fijada de alguien que ha aprendido a controlar cada músculo de su cara.
Y sus ojos.
Grises. Del color del acero justo antes de que se caliente lo suficiente para doblarse.
Me miró exactamente dos segundos.
Luego fue hacia la cabecera de la mesa, se sirvió café, tomó el periódico de papel que alguien había dejado preparado sobre el mantel, y se sentó.
Como si yo no estuviera. Como si la chica que había regresado después de ocho años fuera parte del mobiliario del comedor. Me mordí el labio, completamente decepcionada, esperaba otra cosa.
-Buenos días -dije.
Levantó la vista del periódico. Me miró con una expresión que no era hostilidad exactamente, pero se le parecía mucho.
-Michelle -dijo. Solo mi nombre, sin entonación de bienvenida, sin el prefijo de "bienvenida a casa" que Irina me había dado la noche anterior.
Solo mi nombre, conveniente para saludarme y terminar ahí.
Volvió al periódico.
Tomé mi café y decidí que no iba a sentirme pequeña en esta mesa. Ocho años en un internado suizo me habían enseñado muchas cosas, pero una en particular no venía de allí. Venía de él. Fue una de las pocas exigencias que me hizo antes de que me marchara: que aprendiera a hacerme valer, que no dejara que nadie me pasara por encima. Y yo, le había hecho caso.
-¿Es todo? ¿Así me recibes? - No se molestó en responder. -Bien, si las cosas serán así, vayamos al grano ¿Cómo está mi padre? -pregunté.
-Mejor que hace una semana -dijo sin levantar la vista-. Peor que hace un mes.
-¿Cuál es el diagnóstico?
Ahora sí levantó la vista. Me miró con algo que podría haber sido sorpresa si no hubiera estado tan perfectamente controlado.
-Su corazón -dijo-. Él te explicará los detalles cuando estés lista para escucharlos.
-Estoy lista ahora.
-Él no lo está ahora.
Punto. El modo en que este hombre cerraba las conversaciones era idéntica a como nuestro padre cerraba sus reuniones: inamovible de que lo dicho se cumple.
El desayuno continuó en silencio.
Alekséi terminó su café, dobló el periódico, y se levantó.
Antes de salir, se detuvo en la puerta.
-La reunión con el equipo de seguridad es a las doce -dijo. No hacia mi directamente, no me estaba mirando-. Mientras estés aquí, no salgas de la propiedad sin avisarle a Viktor.
-No recuerdo haber pedido instrucciones -dije.
Se giró.
Me miró desde esa distancia de cinco metros; amenazadoramente, comiéndome con la mirada.
-No son instrucciones -dijo finalmente-. Son las reglas de esta casa. Las mismas para todos.
-¿Incluido tú?
Silencio de dos segundos.
-Incluido yo -dijo.
Se fue.
Me quedé con el café en la mano, molesta por su actitud y otra cosa que me niego a nombrar.
Irina entró a retirar el desayuno, sigilosa, como siempre.
-¿Siempre es así? -le pregunté.
-¿El señor Alekséi? -Algo en su expresión cambió, suavizándose un poco-. Lleva tres años dirigiendo las operaciones mientras tu padre estuvo... ocupado con otros asuntos. Un hombre que carga con lo que él carga se vuelve así.
-¿Así cómo Irina?
Ella recogió mi taza.
-Eficiente -dijo, con un tono que sugería que esa era la versión amable de la descripción.
Salí al jardín después del desayuno para despejarme. El aire de la mañana a ese frío específico de las mañanas rusas que no importa cuántos años pases fuera, tu cuerpo recuerda como propio.
Caminé hasta el fondo del jardín, hasta el banco junto al estanque donde de niña me sentaba a leer con Alekséi.
Me senté.
Miré el agua quieta.
Y traté de convencerme de que los ojos grises de Alekséi Volkov no eran lo primero en lo que había pensado cuando me desperté esa mañana.