La hija del jefe del clan Petrov, con quien los Volkov habían acordado una alianza que, según me explicó Irina con la discreción de quien da información sin parecerlo, llevaba un año en construcción y que el compromiso oficial se sellaría en pocas semanas.
La vi desde la ventana del piso de arriba antes de que entrara. La vi con la misma claridad con que se ve algo peligroso: no porque hiciera nada amenazador, sino por que Alekséi la recibió en la entrada, con esa cordialidad exacta y medida que era la versión pública de la frialdad que yo había experimentado en el desayuno. Y por la manera en que ella se movía a su lado: asumí que ya consideraba este lugar suyo aunque todavía no tenga ningún papel para avalarlo.
Me alejé de la ventana.
Bajé a buscar un libro a la biblioteca de la planta baja.
La biblioteca era el único lugar de esta mansión que yo asociaba con paz. Dmitri me había enseñado a leer en ese cuarto, sentados en los sillones junto a la chimenea los sábados de invierno. Era el espacio más honesto de la casa: no había cámaras visibles, no había guardias apostados en las esquinas, solo las paredes de libros, el olor a papel y el silencio donde se puede pensar.
Estaba eligiendo entre dos títulos cuando la escuché entrar.
Los pasos eran demasiado elegantes para ser accidentales.
-Qué sorpresa -dijo Nadia.
Me giré. Estaba en el umbral de la biblioteca con una sonrisa en el rostro que tenía todas las formas correctas y ninguno de los sentimientos que debería acompañarlas.
-Hola -dije.
-Eres Michelle. -No fue una pregunta, era una confirmación del tipo que hace alguien que ya investigó-. Dmitri nos habló de ti. La pequeña "Misha" que estaba en el extranjero.
-La misma.
Se acercó despacio. No había nada de imposición en su gesto, al contrario parecía entender perfectamente que lugar ocupaba yo en esta casa y estaba tanteando que tanto podía probarme pero, sin que lo parezca.
-Soy Nadia Petrov -dijo extendiendo la mano-. La prometida de Alekséi.
Le estreché la mano.
-Lo sé -dije.
Sus ojos me recorrieron con toda la apariencia de curiosidad y que era, claramente, la apreciación de una víbora profesional.
-¿Cuánto tiempo te vas a quedar? -preguntó.
-El tiempo que necesite.
-Claro. -Sonrió-. Con la salud de Dmitri, tiene sentido que la familia esté cerca.
La manera en que dijo 'familia' no me gustó. La palabra funcionó como un guante prestado, uno que estaba probando en mi mano para ver si encajaba.
-¿Llevas mucho tiempo viniendo a la mansión? -pregunté, siguiéndole el juego.
-Desde que Alekséi y yo formalizamos la relación. Seis meses. - Se movió hacia las estanterías, pasando los dedos por los lomos de los libros, con una posesividad natural-. Es una casa extraordinaria. Cuando nos casemos haré algunos cambios, claro. Modernizarla un poco. Pero la estructura es hermosa.
"Cuando nos casemos haré algunos cambios."
Dicho frente a mí, la hija de la casa, en la biblioteca, sin considerar que esa frase pueda molestarme porque ya decidió que su opinión es la única que importa.
-Estoy segura de que quedará muy bien -dije.
Cogí el libro que había elegido y me fui.
En el corredor, me crucé con Alekséi que venía en dirección opuesta. Se detuvo. Me miró un segundo.
-¿Todo en orden? -preguntó.
-Perfectamente -dije.
Seguí caminando.
Detrás de mí, escuché que él entraba a la biblioteca. Escuché la voz de Nadia, más suave ahora, más calculadamente melosa.
Subí las escaleras con el libro apretado entre los dedos y convencida de que Nadia Petrov me había declarado algo en esa biblioteca sin usar ni una sola palabra que pudiera citarse como amenaza.
Y de que yo acababa de entender exactamente qué tipo de juego se jugaba en esta mansión; un hombre.