Se sentó en el extremo opuesto del banco, dejando espacio suficiente para que la distancia fuera correcta y sin embargo menor de lo que hubiera esperado.
-Conociste a Nadia -dijo.
-Ella me encontró -corregí.
Algo en su expresión cambió. Tan levemente que si no hubiera estado mirándolo con atención me lo hubiera perdido.
-¿Qué te dijo?
-Que va a hacer cambios en la casa cuando se casen. Y me preguntó cuánto tiempo me quedaba.
-¿Qué le respondiste?
-El tiempo que necesite.
Silencio. Alekséi miró el estanque.
-Es la respuesta correcta -dijo.
-No la di para que fuera correcta. La di porque es verdad.
Me miró de costado.
-Lo sé -dijo.
Eso me tomó por sorpresa, no la respuesta en sí, sino el tono. Sin la frialdad de los dos días anteriores ni esa distancia calculada que mantenía en el comedor, aquí afuera, al menos parecía un poco menos necesaria.
-¿Cuánto tiempo lleva enfermo mi padre realmente? -pregunté.
-Ocho meses.
-¿Por qué no me avisaron antes?
-Porque él no quería que lo hicieran.
-¿Y tú estabas de acuerdo con eso?
Me miró directamente esta vez. Sus ojos grises a la luz de la tarde se veían menos acero, más profundos.
-No -dijo-. No estaba de acuerdo. Pero las decisiones de mi padre son suyas mientras pueda tomarlas.
Era la respuesta de un hombre que tiene código. No el código de la moral convencional sino el de la lealtad: estructurado, rígido, sin excepciones.
-¿Qué me está ocultando? -dije-. Él me dijo que hay cosas que no puede contarme todavía. Y tú lo sabes, lo puedo ver.
-Hay cosas de tu historia que desconoces -dijo-. Cosas que Dmitri creyó correcto que no supieras hasta que fueras lo suficientemente mayor o hasta que el momento fuera el adecuado.
-¿Y cuál es el momento adecuado?
-Eso lo decide él.
-Alekséi.
Dije su nombre y giró la cabeza para mirarme de frente.
-Lo que te puedo decir -dijo-, es que todo lo que Dmitri hizo contigo fue para protegerte. Esa es la verdad. Y cuando lo entiendas, vas a necesitar tiempo para procesarlo. Por eso hay un orden.
-No soy una muñeca de porcelana.
-Lo sé -dijo, con un tono tan convincente en la voz que me descolocó-. Pero eso no cambia el efecto de lo que vas a oír.
Nos quedamos en silencio un momento.
-¿Me tenías en cuenta? -pregunté-. Antes de que yo llegara. ¿Pensabas en mí?
No sé por qué lo pregunté, pero lo hice.
Alekséi se tomó un momento antes de responder.
-Pensaba en tu seguridad -dijo, seco-. Es diferente.
-¿En qué sentido?
-En el sentido de que pensar en alguien y pensar en su seguridad son cosas que pueden coexistir o pueden ser independientes. En tu caso, eran lo mismo.
Se levantó.
-Cena a las ocho -dijo-. Dmitri baja esta noche.
-Está bien.
-Y cámbiate -añadió, dándome la espalda-. Esa vestimenta no es apropiada para la casa. Hay hombres trabajando.
No esperó a que respondiera, se fue por el camino lateral, y me quedé mirándolo hasta que lo perdí de vista.
"Pensar en alguien y pensar en su seguridad son cosas que pueden coexistir o pueden ser independientes", me repetí.
Odiaba suponer que la línea entre las dos era yo, y que él había tenido que trazarla deliberadamente. Pero lo entendía: para el mundo Bratva yo era su hermanastra, y ese rol lo obligaba a cuidarme, no a mirarme con otros ojos.
Un rol que me dejaba afuera de todo lo que yo sí quería ser para él..."