-"Cuando les visites, diles que vas de mi parte de parte de Adrián Guevara."
-¡¡Coñoooo!!, ¡¡pero si tenía nombre el jodíoooo!!, Adrián Guevara, repetí para mí, ese si que mola, su santa madre sabía elegir nombres chulos. ¡Chicas que morbooo! Ahora por fin se desvelaba el secreto mejor guardado del...no, ya no sería nunca más el Julián, era a partir de ese momento, Adrián. Busqué un sitio, fuera del alcance de los nenes, y sobre todo, donde a Antonio, no le diese por hurgar, que estaba segurísima, de que trataría de fisgarme el móvil. Y lo encontré en un lugar del todo inverosímil. Un juguete de Alex, roto, que ya no usaba nunca. Uno de esos camiones que les falta una rueda y el volquete esta desencajado, pues allí estaría el móvil de Adrián, ¡Como sonaba coño, ¡, ¡Adrián!
Yo estaba más contenta que unas castañuelas, pero por otra parte, tenía pánico a ir a ver a aquellos tipos, que a saber quiénes eran. Bueno, me tocaba limpieza general el lunes, cuando los nenes y Antonio se fuesen a sus cosas, así que tendría tiempo, más que de sobra para pensar en ello. Ir no, ni hablar, de eso nada de nada, claro, ¡qué miedo hijas, qué miedo!, ¡a saber quiénes eran!, claro, que por otra parte podía ir a una de las direcciones y mirar de lejos, por eso, ¿no pasaría nada, verdad?, Antonio se puso a chatear en el ordenador, con no sé quién y los niños se pusieron a jugar por separado que es como no discutían nunca, por cierto. Yo recogí la cocina, y me dejé caer en el butacón de la esquina de la salita de estar. Estaba agotada, sí, no vayáis a pensar, esto de ser sumisa agota pero que mucho. Me eché un sueñecito, mientras la calma duraba, que no sería eterna, no...
Se fueron yendo a la cama. Primero Antonio, que madrugaba, porque tenía que salir a no sé dónde, a no sé qué, bueno la cosa es que estaba despejándome la sala. A los nenes, me los llevé a sus camitas y se quedaron roque, nada más arroparles. ¡Ay...!, hay días que lo mejor de ellos son las noches. Yo fui dejando impoluta la salita y me fui para la cama, al poco, sí, necesitaba dormir. Pero antes...me encerré en el baño y le volvía a leer, el mensajito, del Adrián, ¡ay como me cuesta todavía cambiarle el nombre hijas!, luego saqué las tarjetas de presentación y elegí una. "Shoe`s fashion", era la dirección de una tienda de esas carísimas que si entras te cobran el aire que respiras, pues una de esas. Bueno, seguro que el dueño sería un viejo verde, que le pagaba a Adrián por verme en pelotas. ¡Ni hablar!, que vaya a mirarle las tetas a su madre!, Me encendí al pensarlo. Eso sí, fisgar, le voy a fisgar yo bien a ese...
El día comenzó ya mal, de esos días que todo se tuerce y estás que echas chispas, pues uno de esos. Alex embadurnó a maría con la leche de los cereales y Antonio estaba de un picajoso, que me logró sacar de mis casillas. Todo fueron gritos y reproches en la cocina. Cuando se marcharon respiré y mira tú por dónde, que hasta s eme había olvidado el tema de las tarjetas, ya, ya, eso no os lo creéis ni vosotras, ja ja ja , llevaba la elegida en el bolsillo del delantal, menos mal que no s eme había mojado de leche ni manchado de mantequilla o cosa por el estilo, que si no...la tiendita en cuestión se encontraba en la calle Serrano, y en el escaparate, se veían seis pares de zapatos de los que usa la Obregón, pues de esos. Una cosa me sorprendió, todos pasaban de setecientos euros, y eran todos "Manolo Blani", vamos que hasta la Preysler pasaba de largo de lo caros que resultaban. Total para pisar las mismas calles digo yo. Me armé d evalor y envarada, tiesa como si me hubieran metido el palo de una escoba por la espalda, presioné y me metí en la tienda. El dependiente me miró como si hubiese entrado una mosca molesta y ruidosa y ni se dio por aludido, se quedó haciendo que hacía, manoseando unos zapatos y cambiándolos de sitio, de una balda a otra. No me atreví a tocar ningún par, porque si s eme rompían, no tenía dinero para pagarlos ni hipotecando otra vez el piso. Yo respiraba aterrada de miedo, creía que de un momento a otro, me iba a decir. "¿qué coño haces aquí tía?, lárgate con viento fresco." Así que muy finita yo, me dirigí al dependiente, como si fuese una gran señorona y le dije:
-Vengo de parte de Adrián Guevara.
El tipo me miró como entre sorprendido, y me sonrió como un bobo. Igual s epensaba que yo era extraterrestre o algo así...pero me dijo con su mejor voz.
-¡Ah sí, venga con migo señora!
-¡Huyyy!, señora, me había llamado señora. Y digo yo, eso ¿sería por mayor o por importante?, La cosa es que sacó de detrás del lujoso mostrador de cristal un par de cajas de zapatos y las introdujo en una bolsa con el membrete de la tienda, para entregármelas sin más.
-Esto lo dejó el señor Guevara para usted señora. Gracias por comprar en nuestra tienda.
-Mira nene,-me pensé para mis adentros yo- eso de gracias por comprar en nuestra tienda, irá con ritintín, claro porque yo no he comprado nada de nada. Pero me dirigí a la salida y elegantemente dejé que la puerta de cristal se cerrase tras de mí. Miré atrás y al no verle salir a reclamarme las cajas corrí como una poseída en busca de una cafetería para abrir cuanto antes las dos cajas y ver qué me había comprado aquel Adrián, que me tenía loca. Mura que hay tiendas en serrano, pero cafeterías, ni una oye. Pones aquí una con tapas majas y te forras, pensé yo. Al final de la calle, como no, encontré una en la que para entrar había que pedir cita, porque era tan estrecha la puerta y el interior, que creo que loa habían hecho para que solo entrasen las anoréxicas. Pedí un té, que es lo que piden las nenas finas, ahora las llaman pijas, que la cosa es parecida. Abrí la primera caja y me encontré un sueño, hijas, un sueño de zapatos. Unos Manolo Blani de tacón de vértigo, en piel negra, con un ribete de plumas alrededor del tobillo y cristalitos de Swarosvki, adornando las punteras. Pero de etiquetas con precio ni asomar, nada, no encontré el precio por parte ninguna. Los metí en la caja y abrí la segunda. Eran rojos, de un rojo escarlata precioso. Limpios de adornos, en piel de melocotón, con taconazo, eso sí, como los otros. Pero con las punteras cortadas, asomarían los deditos digo yo...entonces una tipa, que no había yo visto que entrase, me dijo a las claras, entusiasmada:
-¡Huy son los de la última temporada, esos salieron en el desfile de Cibeles hace una semana!, su marido se gasta el dinero, no cabe duda hija. Los llevaba, lo recuerdo muy bien, Nahomí Campbell, que el rojo le sentaba de muerte. Creo, -me dijo bajando la voz, como en confidencia-, que se los regalan al terminar la gala. Lo he leído en el Hola.
-Pues este otro par me gusta más a mí, a ver qué le parece.
Y le enseñé el par negro.
-¿Me permite?,-me pidió permiso para cogerlos en sus manos de uñas super largas y pintaditas de rojo oscuro.
-Son maravillosos, estos con un Versace y un clutch de cristal negro, le quedarán de cine amiga mía.
-Bueno, ya podéis imaginar que para mí hablaba en chino, un clutch, un Versace, ay, lo segundo me sonaba, pero lo de clutch...Charlamos animadamente un ratito y resultó que era la esposa de un político que ganaba un dineral y que se lo gastaba en chucherías como ella decía. Total nada, solo se había gastado ese día Tres mil euritos de nada. En unos zapatos de Purificación García y un Armani, color crudo, para ir con su marido a la cena de gala en Zarzuela. Nos despedimos con dos besos de esos que ni te tocan al cara para no llevarse el maquillaje de la otra, que seguro que también costaría lo suyo. Yo atontadita y sorprendida, metí las dos cajas en la bolsa de la tienda y me fui dando un garbeo hasta la parada de metro donde me sumergiría en mi micromundo de ama de casa corriente. Me quedaban cuatro tarjetitas más, y como todas fueran como la primera, pues hijas, que me iba a poner las botas. Me preocupaba sobremanera, dónde iba yo a guardar aquellas dos cajas, sin que Antonio o los nenes me las localizasen. Se iba a armar una muy gorda, pensaría que tengo un amante o algo así...bueno ¿y no era la verdad que tenía un amante?, ¡ay qué mal me sonaba aquello!, yo que siempre había criticado a las que hacían cosas de estas. No, si nunca se sabe dónde va a terminar una, ni qué va a hacer con su vida, o al menos con parte de ella. Apretaba las dos cajas, dentro de la bolsa, sentada en el metro, como si de ellas dependiera mi vida, y en ese preciso instante, mi flamante teléfono móvil vibró una vez más. Un sms de Adrián, que no me acostumbraba yo a llamarle por el nuevo nombre, ¿qué queréis que os diga?, ahora ya sabía cómo se llamaban los dichosos mensajitos, que lo mío me estaba costando sumergirme en la vorágine de siglas y letritas que tan de moda están. Solo cinco palabras, había escrito, menos mal que era gratis el whassapt, que si no. "Aprende a caminar con ellos". ¡Con lo que me apetecía a mí presumir de Manolos!, y tenía que esconderlos de todas, todas. Pensé en varios sitios, pero con dos nenes tan guerreros, nada, no me acababa de decidir. Pero bueno, un sitio era el más apropiado, el armarito de la terraza donde guardaba trastillos que ya no se usaban. Los niños no lo tenían al alcance y Antonio, nunca enredaba allí.
Llegar a casa me suponía volver a la realidad y suspiré resignada. Todo me resultaba tan anodino...era una manera de vivir que me había dominado a mí, y no había elegido yo, del todo. Ahora los ojitos me brillaban como estrellas y una ilusión, se abría camino en mi monótona vida. Y tenía nombre y apellido, Adrián Guevara. Subí en el ascensor y pensé: "a ver si la vecinita me encuentra esta vez, que le enseño los Manolos y se muere de envidia la muy...y mira hubo suerte. Salía del ascensor, porque ya os digo, que parece talmente, que me espera para salir a mi encuentro, y me sonríe diciéndome: "¿Qué de compras?, yo pensé ¿Cómo sabe esta que llevo compras?, pero claro la bolsita de la tienda de la calle Serrano daba un cante, que ya, ya.
-Pues mira que he salido a comprarme unos Manolos Blani, un caprichito de nada, le solté así, como que no quiere la cosa.
-¡Huy!, ¿no será verdad? Enséñamelos que no he visto unos desde hace, ¡ufff!, ni lo sé.
Pues sí, hijas sí, me di el gran gustazo de enseñárselos y presumir de Manolos.
-Abrí, ni corta ni perezosa la bolsa y ella misma sacó la primera caja. Los zapatos de color negro, se adueñaron del espacio en que nos encontrábamos, os lo aseguro. Los miró derretida de gusto, y verde de envidia.
Son de esta última temporada, los llevaba en Cibeles Nahomí Campbell, le sentaban de maravilla, como a mí, claro...
-¡Ay, nena!, tu marido es todo un galán, que se gasta un dinerito en su mujercita ¿eh?, vaya, vaya, que calladito te lo tenías.
-Mujer como nunca hablamos más que un hola y un adiós...
-Sí, es que voy siempre a toda prisa, el trabajo ya sabes.
-Claro, claro, -¿de qué trabajarás tú rica?, pensé para mis adentros.
-Bueno te dejo, ya me enseñarás los otros otro día, que voy tarde.
-Hala adiós nena, no corras mucho a ver si te vas a caer...
Son de esas cosas que no se piensan y que al final te salen caras. Que ¿por qué os digo esto?, pues porque ni cuenta, me di de que ella podría muy bien decirle a mi Antonio que me había comprado unos zapatos preciosos y carísimos, y el mosqueo que podría agarrar sería monumental claro. Mira tú por donde, me podía salir muy caro haber presumido de Manolos. Me metí en el ascensor y me di dos tortitas en la cara, ¡que eres tonta hija!, me recriminé a mí misma. Metí la llave en la cerradura y entré en casa. Todo estaba como siempre, Alex peleando con María y Antonio en el ordenador chateando con a saber quién también. Fui a todo correr a la terraza y saqué un par de cajas de cartón que tenían un chino roto, una tostadora vieja y unos cubiertos que vieron mejores tiempos y puse detrás las dos cajitas, con sumo cuidado. Volvía poner delante las dos cajas viejas de cartón y cerré el armarito. Me costaba llegar al fondo, pero obligada te veas, y es que estaba muy alto el condenado. Me puse a trajinar por la cocina como si nada y enseguida llegó Antonio.
-¿Qué tal el paseo?
-Pues mira tranquilo, considerando la guerra que metéis los tres en casa...
-No te quejes tanto, si te gusta.
-Sí, claro qué remedio. Oye que he quedado con Mari y Mario para tomar algo mañana.
-Pero ¿no soléis quedar los jueves?
-Sí, sí, pero como Mari va de compras pues ya sabes, por cotillear un poco. Cosas de mujeres.
-Vale, vale, pero no tardes que los críos se ponen de pesados y solo hacen que enredar en mi ordenador. No me dejan respirar.
-Si lo sabré yo, que brego con ellos día a día, ¿qué me vas a contar?
Aquel lunes, al terminar la faena en la cocina y recoger todo lo que iban dejando tirado, me quedé, que no lo había hecho nunca en la terraza, mirando al cielo nocturno. A veces, tenemos pequeños placeres a mano y no los sabemos ver. Me apoyé en la barandilla de la terraza y miré al cielo. No se veían estrellas ni nada que se le pareciese de lejos. Pero el fresco me ayudó a pensar, a clarificar mis ideas. Pensé en lo que estaba haciendo, si era normal, si merecería la pena arriesgar todo lo que tantos sacrificios me había costado en la vida, los nenes, la casa, Antonio...ya estaba pensando como hacía mi madre, que la recuerdo mucho. La pobre murió hace tres años y desde entonces creo que me he convertido un poco en ella. Quiero dejar de ser una maruja sin relieve, sin nada que contar, a la que no le pasa nunca nada. Pero claro me he metido en un lío super gordo. A saber cómo puede acabar todo esto, como el rosario de la aurora. Me atusé el pelo, que s eme rebelaba y lo sujeté con una goma que llevaba en el delantal. Entré en el baño y me fui aplicando un par de toallitas húmedas para desmaquillarme y me puse mi crema de noche. No me vendrían mal unas cremas de esas que cuestan un ojo de la cara, no...esas sí que tienen que dejarte la piel como la de una jovencita. Suspiré y me fui desvistiendo. Me acordé de lo que dijo uno de aquellos desconocidos que me habían sobeteado a su gusto, que tenía unas buenas tetas. No, si ya sé yo, que todavía encandilaba a alguno, no sería a Brad Pit, pero...me miré en el espejo, me fui dando la vuelta y pensé.
-"Me vendría bien subirme un poco las nalgas, tengo un poco caído el culito. No, si no se nota, me consolé yo misma. Aunque mejor quitarme estas patas de gallo que ya asoman insolentes en los extremos de los ojos, y las ojeras no sé yo si..."Antonio, esa noche se quedó en el ordenador hasta las dos de la madrugada, como al día siguiente no tenía que levantarse pronto, pues aprovechó. Yo empezaba a estar mosqueada, es la verdad, ¿con quién chatearía este?, vino, se metió como lo haría un elefante al derrumbarse en plena selva, y claro me despertó.
-¿Te he despertado?, lo siento.
No, si, además no podré decirle que me tiene frita, y que cada vez que se deja caer en la cama, me da un susto de muerte, menos mal que las mujeres siempre tenemos ese radar especial, que nos mantiene en un permanente duermevela. Mientras trataba de volver a dormirme, pensé que estaba echando de menos a Adrián, y casi no le había dejado. Iba a estar unos días fuera dijo, pero no especificó cuantos. Antonio, comenzó a roncar y yo, acostumbrada me dormí, pensando en qué sería lo de las otras tarjetas.
A la mañana siguiente, me desperté como nueva, parecía que hubiese dormido doce horas seguidas. Preparé el desayuno de los nenes, el de Antonio, y bajé a por el periódico, aguantando el siempre presente piropo facilón de Chechu. Cuando todos se hubieron marchado, me fui como un cohete a la terraza y saqué mis dos cajas de zapatos. Las llevé a la salita de estar y saqué los negros. Me los calcé y me vino una pregunta a la mente. ¿Cómo diantres sabía Adrián mi número de pie?, si Antonio que vive conmigo desde, hace tanto, seguro que ni lo sabe. Bueno, da igual, la cosa es que me quedaban mejor que a Nahomí. ¡Vaya que sí! Eso sí, lo de caminar con aquellos tacones de veinticinco centímetros ya fue otra cosa, s eme torcían los tobillos como a una quinceañera que se los pone por primera vez. Al poco, pude pasearme contoneándome por la salita, que para mucho no daba, de lo pequeña que era. En ese momento, sonó el timbre. Los metí en la caja y ésta bajo la cama de mi habitación, a todo correr y abrí tras atusarme el pelo y el delantal. Y ¡allí estaba la vecinita!
-¡Holaaa!, que me he dicho, hija dejaste con la palabra en la boca a tu vecina, con lo maja que es. Así que he venido a charlar un ratito, si tienes tiempo claro. ¿Molesto?
-Noo, que va, nooo, estaba limpiando, ya sabes los quehaceres de las mujeres que no se valoran de cada día. Pero pasa, pasa.
Cerré la puerta y maldije lo inoportuna que siempre era esta mujer.
-Oye esos zapatos eran monísimos ¿eh?, supongo que es tu cumpleaños o algo así. Porque cuestan lo suyo. Que majete tu maridito.
-Bueno, he ahorrado y era un sueño que yo tenía, así que me he dado el capricho.
-¡Ay mujer! Que me tienes en ascuas, enséñamelos porfaaaa.
No tuve más remedio, esto me pasaba por bocazas. Fui a mi habitación y traje los zapatos. Me los puse y le pregunté a ver qué le parecía cómo me quedaban.
-¡Que bonitos criatura!, si son un tesoro, te quedan como hechos a medida. ¿Y los otros?, ¿también son manolos?, porque hija estás que tiras la casa por la ventana.
-Sí, son también manolos, pero más baratitos, no creas.
-¡Ayyy!, ¡enséñamelos!,¡enséñamelos!, ¡que estoy emocionadísimaaaa!. –me dijo, con un gritito muy pijo y saltando sentada en mi sofá.
Le saqué los rojos, y me los probé delante de ella también. Caminé sin caerme unos pasos, como si tuviese experiencia con ellos, y debí componer una imagen patética, yo con mi delantal y calzada con unos Manolos carísimos.
-Pues nena, lo haces de miedo, que elegancia.
La vecinita me miraba como lo haría una amiga de muchos años y yo empezaba a creérmelo. Me los quité para poner un cafetito, y charlar de otras cosas, que yo también quería saber cosas de ella. Me tenía intrigadísima tanta ida y venida, sin saber a dónde.
-Bueno, y tú, ¿qué me cuentas?, ¿a qué te dedicas?, no sé nada de ti y somos vecinas.
-Pues no hay mucho que contar, trabajo de camarera en una cafetería de la calle Callao y tengo unos horarios de locura hija, cada día me los cambian y como abren hasta las dos de la madrugada...
-Ya, es lo peor, yo lo sé por Antonio, se pone de muy mal humor con tanto cambio de turno.
La vecinita se fue a la hora o así y yo me quedé probándome mis Manolos un ratito más a solas. Luego los volvía colocar en el armarito de la terraza y me senté a ver un capítulo que daban repetido en la tele, de "Mátame que me enamoro", mira tú, que mi Adrián me parecía a mí, mucho más atractivo que el Julián aquel del culebrón...