Levantarme cada día suponía una monotonía, que no estaba dispuesta a dar continuación, y ahora que un submundo se abría ante mis ojos, la oportunidad era indiscutiblemente dorada, y plausible. Alex y María se fueron al colegio, y Antonio, se quedó mirando por enésima vez la sección de deportes del periódico, si le hubiera preguntado por el euríbor me hubiese dicho que qué coño era eso, y que de dónde me sacaba yo esas palabrejas tan raras. Si le llego a preguntar por el nombre del ministro de cultura o de economía...bueno, ni os cuento cómo me hubiera puesto, ja ja ja, no, no vayáis a creeros que le menosprecio ni nada por el estilo, es solo que me pone de los nervios su pacorra y la limitaciones que él mismo se ha autoimpuesto desde crío, sin contemplar otras posibilidades o actividades, claro que yo, tampoco era entonces la más indicada para decir ni pío. Cuando se levantó y rascándose el culo por debajo de la cinturilla del calzoncillo, se alejó canturreando, casi me da un soponcio, pero me díi la vuelta y me puse a recoger los derelictos del campo de batalla que eran la cocina, la mesa y el fregadero, ese cruel amo de todas nosotras, que no nos deja vivir sin estar mojadas...¡huy cómo ha sonado esooo!, de verdad que no pensaba en nada....ya me entendéis.
Lo cierto es que mi momento favorito era cuando todo quedaba ya recogidito y limpio, que brillaba como los chorros del oro y me sentaba en el sofatito a leer mi revista del corazón. Pero hoy no, no, no, hoy solo tenía ojos para mi tesorooo, mis cuatro tarjetitas de la suerteeee. Las barajeé como si fuesen naipes y cerrando los ojos elegí una al azar. "Le Chateau Biege", pues me sonó a medio cursi, mezclado con hortera mira por dónde. Pero igual allí me estaba esperando un collar de perlas o de diamantes, que ya por pedir que no quede. Estaba en la calle La Castellana número noventa y seis. Bueno, pues a ver qué es la sorpresa que me aguarda allí...me quité el uniforme de criada de la familia que llevaba como si del de una cárcel se y tratase y me vestí con mis Manolos negros y una faldita negra larga, y discretita y una blusa blanca, un poco pasada de moda la verdad, pero no había más. Un bolsito negro, el de batalla que lo llamo yo, no por usarlo mucho, si no porque lo saco, cuando voy de chulilla por la calle, je je. Pero antes puse la tele y miré a ver si ponían a la tarde un capítulo de "Mátame que me enamoro", es que estaba, ¡madre, cómo estaba el nene protagonista!, y la pobre Lucía Medellín de los Remedios, que era una pobre desgraciada que tendría que ser la dueña de la mansión de "Los Robles Rojos" y se lo habían quitado todo, pero todo, dos hermanastros terriblemente malos que la odiaban y la despreciaban. ¡Y sí, tuve suerte!, lo ponían a las cuatro menos cuarto, que Antonio echaba la cabezadita en la habitación y los nenes no daban guerra ya camino del cole otra vez. Bueno, pues el día está decididito ya, entonces, primero los diamantes y luego mientras tomo el café me veo el capitulito de "Mátame que me enamoro". Me puse de pie perezosamente y me puse la ropa seleccionada previamente. ¡Qué cursi eso de Chateau Beige. Podrían haberle puesto, Chateau Rouge, o Le Chateau Interdit. Abajo en letra ilegible ponía algo que no veía bien, así que pasé de ello. Sería la letra pequeña dónde asustan con los precios, me dije a mí misma. Cada vez que me disponía a salir para ir a algún sitio de estos que ahora frecuentaba, echaba un ojito por la terraza a ver si alguna cotilla estaba alerta, que parecen a veces los radares de un barco de guerra hijas, cómo controlan. Nada, no hay moros en la costa, pa la calle.
En el metro me iban a poner un monumento, nunca había yo gastado tanto billetito para ir y venir a sitios del centro, pero qué va, si ni me veían. De pequeña me decía mi madre que parecía una princesa, pero claro en vez de llegar un príncipe azul sobre un caballo blanco espada en mano a rescatarme de la vulgaridad, llegó un ogro rugidor que me encadenó a sus velludas muñecas de por vida. Menos mal que tengo dos nenes que son como dos ositos, guerreros ellos, pero dos ositos de peluche. El sol jugaba a esconderse entre las nubes y no estaba claro si luciría o se terminaría por apagar como las vidas de casi todos. ¡Huyyy, que poeta estaba yo aquella mañanaaaa!, lo cierto es que podría haber ido a pie pero estaba de un vago, que no me apetecía más que probarme collares de diamantes y perlas chicas.
No era una tienda, ni mucho menos una joyería de Cartier, qué va...era una academia. Eso era lo que ponía en letrita pequeña, "Academia de protocolo, "Hanting", me quedé desilusionada y flasheada. Mira este tío, que me mandaba a prender, eso a aprender ¿qué?, pues entré con más miedo que vergüenza, y vi un salón lujosamente decorado con espejos dorados y consolas que seguramente habrían salido de palacios de duques arruinados como el duque de media luna, de "Mátame que me enamoro", que no tenía ni un euro el muy malote y sin embargo fingía ser un ricachón, de esos que van dando propinas millonarias. Hay quién dice que no, pero se aprende mucho en los culebrones, que os lo digo yo. Recuerdo que una vez salió un convento, donde guardaban una reliquia de Santa Eulalia y cuando fui a verlo, que estaba en el Madrid de los Austrias, mi Antonio se quedó parado, al ver que sabía yo aquello. Vamos que cultura lo que se dice cultura también hay mucha que conste. Un envarado señor de unos cincuenta añitos bien pasados y sin una arruga en la cara, porque se pondría botox claro, que si no a ver. Pues se me acercó oliendo a perfume que apestaba y me sonrió mostrándome los dientes, blanquísimos eso sí, de par en par.
-¿Qué desea la señora?
-¡Y dale con lo de señora!, pero, ¿tan mayor me veían?, bueno le entregué la tarjeta y le dije que iba de parte de Adrián Guevara. Mañana os lo juro voy a ir a una joyería de Suárez y voy a decirle que voy de su parte, ¡a ver qué pasa coño!
-Pues vengo de parte del señor Adrián de Guevara...
-¡Ah, clarooo!, venga conmigo señora, se lo ruego.
-Como me vuelva a llamar señora le doy una leche que lo espabilo ¿eh?
Ei tipo, que parecía un mayordomo de esos de las pelis de terror, va y me lleva a una sala dónde seis mujeres y dos hombres comían por decir algo, porque comer, lo que se dice comer, la verdad poco. Cortaban trocitos y los meneaban en el aire como si los examinasen tras una autopsia...
-Por favor ocupe, si es tan amable la mesa número seis. Enseguida viene su maitre personal a atenderla.
Yo creía que me traerían la comida, pero ¿tan pronto?, ¡si eran las once de la mañana!, yo no la iba a desmenuzar de aquella manera tan absurda eso seguro, pues vaya modales...un tío guapísimo, demasiado diría yo para no ser gay, llegó y de su antebrazo colgaba un trapito blanco, casi tan blanco como los dientes del cincuentón que me daba grima. Se inclinó reverentemente y me dijo:
-Le voy a servir siete platos de diferentes alimentos y le mostraré como se toman con los cubiertos adecuados, pero antes permítame que le diga cómo ponerse frente a una mesa de gala. Nunca apoye los brazos en la mesa ni los codos, ni tan siquiera las manos. Solo el dorso de cada mano en el caso de una dama debe apoyarse levemente en el borde de la mesa. Y en contra de la popular creencia de que estirar el meñique es refinado, créame es de mal gusto y demuestra poca sofisticación, es mejor que los mantenga dobladitos. El cuerpo debe estar en posición recta y la vista atenta a recorrer la mesa, sin detenerse en nadie en particular, de no estar manteniendo una conversación. Tampoco debe preguntar nada a quién no conozca. Sonría levemente y no deje que el cuidado de su apariencia le imela a acicalarse en la mesa, es de muy mal gusto. Se va al baño y allí se arregla el maquillaje.
Al principio reconozco que tanta ñoñería me estaba poniendo a mil por hora, pero según me iba indicando las cosas que nunca se debían hacer en una mesa de gente educada, me iba dando cuenta de lo rudimentaria que es la mal llamada educación popular. ¡Pero si éramos unos puñeteros patanes!, me fue, con suma paciencia colocando las manos, y me dijo cómo coger los cubiertos, como usarlos y yo al ver la enorme cantidad de ellos que había a cada lado del inmenso plato vacío, me puse nerviosísima.
-Yo no voy a saber manejar esto ni de loca.
-No se apresure a desmerecerse señorita, le aseguro que sabrá en poco tiempo manejarse mejor que doña Leticia Ortiz.
¡Mira...! Eso de llamarme por primera vez un tío señorita y compararme con la princesa de Asturias, me dio unos ánimoooossss!, me puse todo recta en mi silla doradita y le miré como diciendo: "Hala pues empecemos, que mañana como con la Leti".
No es ten difícil si se tiene como yo, un Cicerone, que te vaya diciendo con paciencia y sin llamarte tonta, imbécil o decirte que no sirves para nada, cómo debes coger el cubierto, cómo se llama el alimento en cuestión o qué debes y qué no decir en cada instante. Yo era una mujer corriente, sin más esperanza que sacar adelante a mis nenes, que hoy día ya es mucho creedme. Pero ji idea os hacéis de lo que puede hacer en una la recobrada ilusión de volver a ser mujer, mujer de las de verdad de esas que los hombres atractivos se vuelven para mirarlas. Descubrí que piropear era vulgar y que los que realmente sabían seducir hablaban en vez de gritar cosas que sonrojan a las damas, que yo ahora empezaba a ser una dama. Estuve dos horas y media y al salir respiré como nunca antes. Un trocito de "La Tere", se quedaba hoy allí adentro. Dana despuntaba como una mujer elegante y distinguida sin pretensiones, digna de pertenecer a...la alta sociedad. Eran las dos y cuarenta y tres minutos, y yo divagando por los mundos de Yupi...mi Antonio me iba a degollar vivaaaa. Que tenía partida en el bar a la tarde, el campeonato de Mus, y eso era a las cinco. Si no había comido, y tomado su cafetito se ponía a gritar como un energúmeno. Corría como una posesa, pero los Manolos no querían ir a mi ritmo y casi rompo un tacón al bajar por la boca del metro. Los hombres me miraban como si nunca hubiesen visto correr a una mujer. ¡Claro que cómo ahora era una dama!, pues igual no.
La comida estuvo a punto por los pelos, y mis tetas subían y bajaban como ascensores de un rascacielos, ¡hijas mías que estréssss!, como siempre Alex se me echó encima y despegarle fue casi misión imposible y María más fría ella se quedó sentadita mirándose los pies. Esta cría la tengo que llevar al sicólogo, a ver si un día, me salta con que es que se siente chico y me muero. Odia el color rosa, no le van nada, pero que nada, las muñecas ni gordas ni delgadas, ni rubias ni morenas, ni del todo a cien ni de marca, y solo pinta con sus acuarelas, que me lo pone todo patas arriba. Una vez hace un año, o así, le compré una Barbie con un vestidito rosa palo, con brillitos en el top, que daba gusto verla, pues ni caso que la hizo. Otro día al pasar por una tiendita de ropa de nena, que hay cosas super monas, le dije a ver qué le gustaba y me dijo que nada que prefería unos vaqueros de Levis. Me tiene preocupadísima. Le quita los juguetes a su hermano, los Action Man, las pistolas y Alex se pone a chillar como si le torturase.
¿Sabéis lo que es eso de suspirar porque el aire, como que te falta ya?, pues eso. Me pasaba algo así. Se me pasó todo cuando empecé a ver los créditos de "Mátame que me enamoro", ¡ay que gusto! ¡Sola y con mi Julián!
El capítulo empezó con el ataque que sufrió la semana pasada la pobre Lucía que lloraba desconsolada en medio de la noche, sola y aturdida, después de huir de Tolomeo, que le quería para casarse con ella para así heredar la mansión de "Los Robles Rojos" el duque, que malo era un rato largo, estaba dispuesto a casarse para poder tener liquidez, que si no las deudas le iban a llevar a la cárcel. Ahora salía mi Julián, tan guapote él, ¡pechote de lobo que tiene, uf! Te mira y te pones roja. Lucía perdida en el bosque y Julián que la buscaba llamándola a grito pelao, pobre mujer, si es que no le pasaba nada bueno. Pero lo mejor estaba por llegar cuando...mi móvil vibró por tercera vez. Un sms de Adrián. "Aprende a comer", el tío escueto es un rato eso sí que sí. Ya me había percatado yo de que tenía que aprender a comer claro, eso era de lo que se trataba ¿no?, pero al poco vibró otra vez. Otro sms, eso no era habitual. "Visítalos a todos antes del sábado, que tendrás que demostrarme lo aprendido".
Reconozco que me puse nerviosita sí. Me levanté y mientras miraba el capítulo, me puse a practicar con mis Manolos rojos, y a contonearme suavemente, mientras imaginaba los cubiertos frente a mí y elegía una salsita de roquefort y rosas, para untarla despacito en una tosta diminuta y mordisquearla, como si fuese una ratita presumida. Menos mal que nadie me podía ver, que si no...la llegada de los nenes, que venían con Mari rompió el encanto, y ella todo intrigada, pues claro, aprovechó para preguntarme por mi...Julián. Que ella aún no sabía que era Adrián como se llamaba.
-Bueno, a ver si sueltas prenda hija, que estás callada como una muerta.
-Huy, pues cuando te cuente te vas a morir de envidia hija. Y es de raroooo
-¿Quién es raro mamá?, inquirió Alex, que estaba a todas.
-Nadie hijo, nadie vete a jugar que luego tienes que hacer los deberes. ¡Mira que estos nenes son el diablo ¿eh? lo oyen todo, y luego a contárselo a papá.
-Esta vez ha habido tema vaya...
-No, no ha habido tema, tampoco.
-Huy ese tío es gay te lo digo yo. Si no va directo a lo que van los tíos, es que no le van las mujeres.
-No es eso, mal pensada. ¡Solo piensas en el tema hija!, es que esto va de otra cosa muy distinta. Le van cosas, digamos más raritas.
-¡No me digas!,?ya me dijiste algo, pero vamos que no sé a qué te refieres con raritas. ¿Te pega con látigos?, ¿te pellizca las...?
-Pues algo así...pero no, que pegarme no, ¿eh?
-Pues tú dirás nena, como no me lo expliques, tendré que ir a una adivina.
-Mira voy a sacar unas pastitas y unos cafetitos que los vamos a necesitar. Antonio está en su partida de mus y nosotras...
-Nosotras con las Sombras de Greyyyy...ja ja ja.
-Oye Mari, que esto es serio ¿eh?
-Ya, ya, mujer, ya lo sé. –Se puso a fingir que se ponía formalita ella, que estaba como un flan esperando conocer los detalles escabrosos.
Las risas que se echó Mari, a costa mía aún perduran en mis oídos a través del tiempo. Se me imaginaba tirando la salsa rosa en el mantelito impoluto, y manchándome los morros de tomate, que me quitaba un amanerado camarero...en fin una película se hizooooo. Yo acabé poniéndome mosca y me senté a ver la tele, sin más, cruzando los brazos enfadada.
-Mujer no te pongas así, es que te imagino y...ja ja ja , no pasa anda, a mí me ocurriría lo mismo.
Fue el instante en que decidía no contarle más de mis historias.