El secreto de la sumisa
img img El secreto de la sumisa img Capítulo 7 Dos mundos opuestos
7
Capítulo 10 El salón de té img
Capítulo 11 Una nueva vida img
Capítulo 12 TENGO DUEÑO img
Capítulo 13 Tres dias sin el amo img
Capítulo 14 La merienda japonesa img
Capítulo 15 EL REINICIO DE UNA VIDA img
Capítulo 16 EL REINICIO DE UNA VIDA img
Capítulo 17 DOS DÍAS INTENSOS img
Capítulo 18 UNA NUEVA MUJER img
Capítulo 19 EL PROYECTO MIRANOVA img
Capítulo 20 EL MISTERIOSO INGLÉS img
Capítulo 21 LA REUNIÓN DE LAS DAMAS DE COLORES img
img
  /  1
img

Capítulo 7 Dos mundos opuestos

CAPITULO VII

DOS MUNDOS OPUESTOS

Mari Y Mario, se dieron cita aquel día en el bar del "Topete", un vecino del barrio, que servía las mejores tapas y era el más cotilla del mundo. Pero eso a Mari y a Mario, les daba lo mismo. La verdad es que estaban preocupadas por mí, y al parecer la conversación fue por un resbaladizo camino.

-Mira Mario, si a mí me da igual lo que haga con su vida, es solo que tiene dos niños y un marido y va a tirar todo por la borda por un tío que simplemente la quiere para usarla a su antojo. Lo que yo digo es que, ¿por qué no se da un homenaje y se olvida?

-Mira hija, -le respondía Mario, muy afectado por la ausencia de Teresa, a la que quería especialmente-, cuando una se enamora ya no hay manera y los tíos son muy ladinos que si lo sabré yo. Te dicen ricuras, de esas como, "Que guapa estás hoy", "te comería enterita", y nosotras que somos tontas, pues ¡hala!, vamos y nos lo creemos. No, si seguramente tienes razón en lo que dices, pero, para que esto acabe, tiene que darle un palo gordo o se quedará enganchada hasta que sea demasiado tarde, y pase alguna desgracia.

-Pues lo mismo que pienso yo. La cuestión es ahora, cómo la hacemos entrar en razón.

-Simplemente no se puede. Cuanto más le digas más le parecerá que la tenemos envidia y que queremos que no sea feliz.

-¡Ay, Mario!, ¡qué pesimista eres chico!, los tíos gays, ¿también pasáis por esto entonces?

-¡Anda ésta!, ¡pues claro!, como que te crees que no hay gays pero que muy cabronazos y esos son los que más nos gustan a las tontas como yo. Si me parezco mucho a vosotras, la verdad, soy tonta del culo.

-Pues hijo, bienvenido al club.

-No, si me dirás ahora que tú...

-Oye que yo también ligo de vez en cuando, que no estoy muerta. Pero tengo más coco que Tere, no me cuelgo de ninguno, que no se lo merece.

-Bueno, eso es verdad, pero cómo encuentres a uno que te haga tilín, ya me lo contarás, te hace de todo y encima te hace gracia el muy...

-¿Qué le decimos a Tere, Mario?, -le miró fijamente componiendo una carita de desgraciada que daba verdadera pena.

-Yo creo que de momento lo mejor esperar acontecimientos y preguntarle muy por encima a ver cómo respira.

-Mira, yo no sé si voy aguantar sin llamarla de todo. Me voy a plantar en su casa esta noche y con la excusa de que tengo que llevar a los nenes al cole mañana por el cumple de la mía a ver qué me dice.

-Chica yo no lo haría pero allá tú, igual te resulta bien.

La noche iba cayendo como si alguien dejase que se derramara la oscuridad, cubriendo paulatinamente el cielo de Madrid. Teresa regresó a casa, y allí el comité de bienvenida la puso los puntos sobre las ies.

-¿Se puede saber de dónde vienes, que has estado todo el día fuera sin llamar ni decir nada?, he tenido que llamar a la Mari para que recogiese a los niños y les pusiera algo de merendar. Estás muy rara, Tere, muy rara y tenemos que hablar al respecto.

-Eso te pasa porque nunca vas a por ellos al colegio, con la ilusión que les haría a los dos ¿verdad niños?, -les preguntó en un vano intento de ganárselos y tener aliados. Pero los niños estaban bien aleccionados y sus ceños hablaban por ellos.

-No te vayas por los cerros de Úbeda Tere, que sabes muy bien darle la vuelta a las cosas, para tener siempre la razón. Esta noche hablaremos del tema, que me tienes ¡hasta los putos huevos, joder!

Antonio se marchó enfurruñado y se dejó caer torpemente en el sofá y a mí se me saltaron unas lagrimitas, que no pude contener, porque estaba muy confusa y tenía un cacao mental de muy padre y señor mío. Alex, se acercó y me dijo muy lastimero él:

-Mamá no llores, yo sí te quiero.

Mira, me eché a llorar, ahora sí que, como si fuera un manantial. Comprendía perfectamente a la pobre Lucía Medellín de "Mátame que me enamoro", cómo se sufre cuando te enganchas a un tíooooo. Yo ya estaba en un punto en el que no cabía la vuelta atrás y me daba igual no todo, pero casi. Porque mis nenes son sagraditos eso sí ¿eh?, me puse a fregar de espaldas a la puerta de la cocina para que no me viese Antonio llorar que encima le daba mucha rabia y siempre me decía que era para ganar las discusiones que lloramos las mujeres, será gilipollas...no sé vosotras, pero yo habré tenido tres conversaciones que no fuesen sobre los nenes o su madre con mi Antonio, de nosotros nada de nada, y siempre se escabulle diciendo eso de. "Si estoy contigo será porque te quiero, ¿no?, si yo me conformaría con que de vez en cuando me dijese te quiero al oidito en susurros, para que no le llamen maricón, que encima si van y te lo dicen pierden, eso creen ellos, la masculinidad. Penando, creía dar con la razón por la que me molaba tanto Adrián, quizás fuera porque acostumbrada a un trato despectivo o indiferente, al menos con él era la estrella de las sesiones.

Cuando s eme hubo pasado algo la rabieta y el disgusto, me encerré en el baño y saqué las dos tarjetas que me quedaban. A este paso no iba a poder visitar sus dueños. Bueno me tendría que organizar mejor...

La cuarta decía:" Salón de té", nada, de morbo, ni nada que pudiese sorprender en un principio al menos. La quinta y última rezaba así : "Gemólogo", este debía ser el que cuida de las que se llaman Gema, claro, así que no sé en qué me podría ayudar. Bueno, de momento mañana Alex y maría estarían todo el día con Mari, que tenía el cumple de su nena. Terminaré de adecentar la mansión y a ver ese saloncito de té que debe ser una monería. Pero lo que no me esperaba era que sonase el timbre de repente. Me asusté y salí en camisón a ver quién era. ¡La Mari!, ¿Qué querrá a estas horas?, mira que la mato ¿eh?

-Hola Tere, que estoy muy preocupada y tengo que hablar contigo o reviento.

-Pasa, anda, pasa. A ver qué tripa se te ha roto ahora.

-¿Pues qué tripa s eme va a romper hija? que me tienes con lo del...

-¡¡Chiiiiiiissssssss!!, le chité para que se callase. Señalando la habitación donde Antonio estaba con su maldito ordenador. Ven a la cocina andaaaa.

Una vez encerraditas en al cocina a cal y canto, me imaginé a qué podría venir pero dejé que se explayase.

-Mira Tere que Mario y yo estamos al borde de la desesperación contigo, que ese, ese...Julián te tiene sorbidito el seso mujer y eres una mujer casada con dos nenes preciosos. Tienes que dejarle, ¡prométemelo!

-¡Ay!, si ya sabía yo que venías a esto, ¿y no podías haberte esperado hasta mañana?, ¡mira que eres hija!

-No aguanto más. –Se me echó a llorar como una colegiala-, me tienes preocupá preocupá del tó hija. –Le solía salir el acentillo andaluz cuando estaba muy nerviosa.

-Mira yo mañana te prometo que hablamos con más calma pero ahora tengo que dormir algo, que mañana tengo un curro...

-Pero, pero...¿tú trabajas?, ¡ay cuantas cosas me tienes que contar mala amiga.

-Pues mira sí, trabajo de decoradora internacional para unos duques, me eché flores sin pensar.

-¿Pero ese tipo es un duque?

-¡Ay, que no!, hija es que me han contratado para decorar una mansión.

-Sí claro y yo voy y me lo creo, ¿no será la de la Preysler no?, seguro que va a cambiar los baños y como son tantos te necesita a ti, no si...

-No te cuento más que me pones de los nervios nena. Vete a dormir y mañana ya hablamos. ¡Hala a casita nena!

-Pero me prometes que hablaremos de verdad ¿eh?

-Que síiiiii, pero vete que me pones en un apuro mujer.

La eché casi a cajas destempladas y me volví a encerrar en el baño. Pensé y pensé y no supe que estaba haciendo, esa era la puritita verdad. Soñé que decoraba un palacio y que me pagaban una fortuna con el dinerito me iba a un balneario y me daban masajes unos machotes de esos que solo salen en la teleeee. El despertar fue tenso. Antonio se había ido sin desayunar y los nenes daban más guerra que de costumbre, como si percibieran la tensión entre Antonio y yo. Les eché un par de regañinas y tres gritos y se calmaron algo. Cuando se fueron, me vestí con la ropa mona que sacase el día anterior de aquel armario de las maravillas y bajé por las escaleras a zancadas con los taconazos resonando que pa qué. Pensé que al menos no me encontraría con la vecinita, pero qué va. Allí estaba ella sentada en el último escalón con un tacón en la mano.

-¡Ay, hija! que s eme ha roto el tacón y casi me mato he bajado rodando los tres últimos escalones.

-Menos mal que solo habían sido tres si llegan a ser cuatro se mata, ¡no te digo!, la muy pija.

-Oye...¿ a dónde vas tan puesta?, estás de cine.

-Pues que llego tarde al trabajo hija ya te contaré. –Esta si me dejo me somete al tercer grado como en las películas.

Una vez en la calle pensé. ¿Cómo voy a bajar al metro de esta facha?, nada, nada taxi que te crió que pagan los duquesitos. Me metí en el primero que apareció y tranquilamente le di la dirección que venía en la tarjeta, y que amablemente me había escrito con una letra impecable Alonso. Tardamos en llegar y me sirvió para relajarme y centrarme en cómo redecorar aquel dinosaurio que era el palacio de los Castrejana. Lo mejor, pensaba yo era salpicar muebles antiguos y mezclarlos con muebles modernos pero no de diseño. Así lograría hacer algo presentable. En qué berenjenales me estaba metiendo este tío.

La mansión de día parecía más bonita, como una dama de la edad media que estuviese quitándose los harapos y cambiándolos por sedas de vistosos colores. El jardín estaba atestado de hierbajos y zarzas. Lo primero sería despejarlo. Que entrase la luz a raudales por los amplísimos ventanales de la mansión. Alonso paseaba nervioso por la entrada y cuando me vio s ele iluminó la carita.

-Señorita Guevara ¡por fin! Ya pensaba que no vendría hoy, tenemos que contratar a jardineros, ¿no cree?, ¿sabe que cuando yo era pequeño, solía venir a jugar en este jardín?, cuando esté limpio de malas hierbas le enseñaré sus secretos, se sorprenderá de las cosas que oculta este jardincito.

¡Que majo era el duquesito!, claro que lo que él llamaba jardincito tenía l menos quince hectáreas. Pero ¿eso qué era?, náaaa.

-Venía pensando en eso específicamente mire usted.

Se me acercó y me miró con unos ojitos de cordero degollado, que ya ya.

-¿No cree, que es hora de que nos empecemos a tutear? Es más cómodo para ambos, ¿no le parece?

-Bueno, como a usted le parezca mejor, quiero decir, como tú quieras.

Y pensé yo: ¿este tío me estará echando los trastos?, paseamos juntitos por el enmarañado jardín hasta dónde nos fue posible y luego entramos. Los muebles llegaban en ese momento en el camión contratado a tal efecto el día anterior en la al moneda. El ruido del motor, nada romántico por cierto, nos situó de nuevo en la realidad, aunque yo ya no sabía distinguir lo real e lo no real claro. Dos fortachones operarios sacaron los muebles con verdadera delicadeza, y los fueron dejando dónde yo les iba indicando. Sudaron la tinta gorda, que tuvieron que subir las tres plantas, con las cómodas que eran de roble macizo. Le pregunté dónde había sábanas para cubrir los muebles porque habría que empapelar las habitaciones o pintar las que hiciera falta. La actividad era frenética y yo solo pensaba en pasar a la cuarta tarjeta hijas, que estaba agotada ya.

El duque no apareció por la mansión aquel día, solo Alonso y yo estuvimos trabajando y organizándolo todo. Entonces mi móvil vibró otra vez. Leí el sms y decía: "¿Puedes hablar?", pues claro que sí, le puse un simple sí, y sonó el teléfono. La melodía era una canción de Queen muy conocida.

-¿Sí, señor?

-Espero que estés trabajando en lo que te he puesto como deberes de urgencia. Y que te estén tratando bien.

-Sí, sí, me tratan muy bien todos, estoy...

-Sé dónde estás en todo momento. Estás con don Alonso de Castrejana en su mansión de la sierra madrileña decorándola para él por orden mía. ¿Te gusta el trabajo?

Perpleja me quedé hijas, este tío era una cajita de sorpresas.

-Sí, me gusta mucho señor. Acabaré hoy y pasaré a la siguiente tarjeta.

-Así me gusta que obedezcas y no pongas pegas. El sábado estate a las once de la noche en mi casa.

Cortó la comunicación y me quedé preocupada. No sabía si podría ir, el caso es que Antonio...los nenes...Alonso, me sacó de mi abstracción al llegar a mi altura.

-¿Te encuentras bien?

-Sí, claro, es solo que pensaba en qué sería mejor si el color individual en cada habitación o uno homogéneo para todas.

-Yo creo que la primera opción es mejor, si no todo parecería más lúgubre.

-Sí, yo también lo creo así.

No terminaba yo de pensar en cómo sabía el condenado de Adrián, dónde me encontraba yo en cada momento. Pero ahora cuanto antes terminase de decorar la mansión de los duques, mejor. No tardaron en llegar los dueños de la tienda donde Alonso en persona había elegido algunas sedas para empapelar las paredes, a fin de facilitarme el trabajo. Eran sedas exquisitas, llevaban impresas, que no bordados, dibujos de cahemir unas, y flores grandes, otras. Dos eran simplemente de color azul la una, y verde, la otra. Setecientos metros de seda iba a llevar empapelar con ellas las paredes de tres plantas. ¡Madre mía!, ¡pero si con eso se podía dar de comer a un ejército entero!, y eso no era todo, Alonso, estaba dispuesto a gastarse una verdadera fortuna en muebles, lámparas, alfombras persas, y tapices, todo ello d ela época en que se construyó aquella que debió de ser la mansión más ostentosa y rica de la zona. La envidia de la alta nobleza. Yo solo tenía en realidad, que decidir dónde iba air cada color, y cada mueble, y descubrí que el ojo iba dirigiéndome, como si siempre hubiese desarrollado aquel trabajo. Tenía que acabarlo en unas horas, después, con alguna excusa ya volvería a ver el resultado y así quedar bien. Alonso merecía que mostrase paciencia y modales con él. Era tan amable. La noche caía y yo estaba sin aparecer por casa por segunda vez. Empezaba a pensar que me había divorciado mentalmente de Antonio. Claro que pondría el grito en el cuello, al llegar a casa, pero mira, que no tenemos más que una vida y yo no estaba ya dispuesta a vivirla como si fuese un animalito de granja, adiestrado para ser un ama de casa corriente y vulgar, y sin la esperanza de ser deseada y amada como toda mujer esperamos. Alonso se acercó a mí y rozándome levemente la cintura me preguntó sonriéndome.

-"¿Tienes hambre?, yo estoy deseando sentarme a la mesa", ¿me acompañas?. Te prometo que te llevaré en persona a tu casa después.

-Sí, creo que lo mejor será que comamos algo, podría desfallecer de no hacerlo.

Alonso dejó que entrase yo primero y cuando penetramos en el salón, la mesa estaba impecablemente dispuesta para que cenásemos como corresponde a dos personas de rango. Claro que él no sabía que yo era una simple plebeya. Pero aquella noche era la duquesa y no quería pensar en nada más.

-He elegido un vino que creo será de tu agrado, es un viña Berceo, acompaña muy bien las carnes rojas. Para los postres un champán Taitinguer y luego un brandy Torres de reserva. ¡Oh!, sé lo que estás pensando, que no tendremos tanto tiempo. Pero Amiga mía déjame decirte que los placeres de la mesa requieren calma y sosiego, te sugiero que hagas un inciso en tus pensamientos y disfrutes de las viandas y los caldos. Todo terminará bien, me haré cargo de tu persona y responsable del retraso que causen mis modales.

-Bueno, pedido así, creo que me resultará imposible del todo negarme. –Le dije sonriente y elevando mi copa de vino, previamente servida por el eficiente mayordomo del duque.

Me relajé y me dispuse a tomar algo y disfrutarlo, en aquella compañía única en verdad. Posiblemente, nunca más podría cenar a solas con un duque, y quizás acompañado tampoco, claro. El vino tinto fue de mi agrado, hasta el punto que sigue siendo hoy día mi favorito para acompañar a las carnes rojas, y cada vez que lo degusto, tras decantarlo adecuadamente, sonrío pensando en el duque don Alonso de Castrejana. Pero reconozco que lo que más me gustó y a lo que me hice adicta fue al champán francés. Desde entonces he probado unos cuantos y siempre me han parecido suaves, burbujeantes y elegantes en sí mismos. Pero cuando dieron las doce, como en el cuento de cenicienta, hube de recobrar la lucidez y solicitar encarecidamente a Alonso que me llevase a casa y esperase por si mi marido me tiraba por la ventana. Él se echóa reír pensando en la clase de esposo que debía de tener yo, y creyó, equivocadamente claro está, que se trataba de justificados celos, de un varón, que valoraba a la mujer que tenía a su lado. ¡Nada más lejos de la realidad!

-Cuando estés lista podemos salir para Madrid.

-¡Cuánto antes te lo ruego!, ¿veis ya empezaba yo también a rogar en vez de pedir las cosas o exigirlas a gritos. No, si al final iba a convertirme en eso que siempre había yo criticado tanto, en una pija.

Alonso, tenía un mercedes último modelo, que era mucho más discreto que la limousina desde luego, y en él, ocupando yo el asiento del copiloto, llegué al portal de casa. Estaba avergonzada, porque pensé que Alonso, creería que era una muerta de hambre, y claro en comparación, ¡pues hijas lo era!, se ofreció a subir conmigo y darle las correspondientes explicaciones a Antonio, ¡este no sabía con quién se la estaba jugando!, ¡con lo bruto que era mi Antonio!, no, quita a ver si me lo iba a dejar tullido o manco, o cojo, no, no, ni hablar, se lo rogué mil veces, hasta que accedió a simplemente esperar unos minutos por si era necesario que me rescatase. Subí en el ascensor temiendo la reacción de Antonio, que con toda razón podría echarme en cara ser una mala madre una mala esposa y una desconsiderada, pero por lo menos estaba contenta de ser quién empezaba a ser. ¡Yo misma! Metí la llave en la cerradura y di dos vueltas. Entré tras suspirar y armarme de valor.

-¿Hay alguien en casa?, mamá ya está en casaaaa.

Nada, ni un ruido, ni una voz. ¡Qué raro, si los nenes no dejan de gritar a todas horas!, el salón estaba recogido y ordenado y la cocina con un fregadero impoluto y todo en su sitio. ¡Ay madre!, ¡que han venido los extraterrestres y se me los han llevado!, pero tampoco. Una nota escrita con letra familiar encima de la mesa de la cocina lo explicaba todo.

-"Tere, Alex se ha puesto muy malo, de la tripa y he llamado a mi madre que sabe mucho de estas cosas. María está muy asustada, pero está bien. Cuando vengas llámame a casa de mi madre, estaremos allí o en el hospital."

Mira, bajé los escalones a pata de dos en dos, que casi me esmorro viva, y cuando salí por el portal, Alonso, que aún esperaba en el coche, debió verme como a la madre de la niña del exorcista con los pelos para un lado, las piernas torcidas temblándome y los ojos lagrimosos.

-Pero...¿Qué te ocurre?, ¿estás bien?

-¡Ay Alonso, que soy muy mala madre que mi niño Alex se ha puesto malito y yo no estaba para cuidarle, que no se puede trabajar y cuidar de una familia.

-Bueno cálmate mujer y dime dónde te llevo.

-No, no, bastante has hecho ya, cojo un taxi y me voy apara casa de mi suegra que se va poner de contenta...

-Pero Dana, ¿cómo se va poner contenta tu suegra por eso?

-No, no es por lo del niño, no, es por poderse cebar en mí a su gusto. ¡Que me tiene unas ganas, que ya, ya!

Le di la dirección y el mercedes, rodó suave como la seda que empapelaba las paredes de la mansión de los Castrejana. Al salir del coche me miró con rostro afable y me dijo a ver si quería que me quedase a ver s pasaba algo o no, y le despedí de buenas maneras mientras miraba a la ventana del tercer piso, donde mi niño debía estar llorando a moco tendido sin su madre.

-No, no hace falta esta guerra la sé librar yo. Pero muchas gracias eres muy amable. Mañana pasaré a ver cómo van los trabajos y hablamos y te cuento.

            
            

COPYRIGHT(©) 2022