El secreto de la sumisa
img img El secreto de la sumisa img Capítulo 8 El punto de inflexión
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Capítulo 10 El salón de té img
Capítulo 11 Una nueva vida img
Capítulo 12 TENGO DUEÑO img
Capítulo 13 Tres dias sin el amo img
Capítulo 14 La merienda japonesa img
Capítulo 15 EL REINICIO DE UNA VIDA img
Capítulo 16 EL REINICIO DE UNA VIDA img
Capítulo 17 DOS DÍAS INTENSOS img
Capítulo 18 UNA NUEVA MUJER img
Capítulo 19 EL PROYECTO MIRANOVA img
Capítulo 20 EL MISTERIOSO INGLÉS img
Capítulo 21 LA REUNIÓN DE LAS DAMAS DE COLORES img
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Capítulo 8 El punto de inflexión

CAPITULO VIII

EL PUNTO DE INFLEXIÓN

El duquesito arrancó y su cochazo se fue perdiendo en la lejanía para disiparse como un jirón de niebla en la noche. Yo toqué el portero automático y una vocecita, la de mi María me respondió:

-¿Quién?

-Soy yo cielo, ábreme, que soy mamá.

Subí, como una condenada al cadalso en plena edad media. Menos mal que al abrir la puerta Antonio, María se me echó en mis brazos y eso me ayudó a llevarlo mejor.

-Te estábamos esperando, no sabía si quedarnos a dormir aquí en casa de mi madre. ¿Quién es el pavo ese que te traía en su coche?, porque un taxi no parecía. ¿Y de dónde has sacado esa ropa tan rara?, oye están pasando cosas muy...

-Pero nena, ¿de dónde sales mujer?, que he tenido que limpiarle yo la casa a mi niño y traérmelo con los niños, que los tienes desatendidos.

Sí, ya sé que habéis adivinado quién me echaba más porquería encima, mi suegra, que en una película de terror sería la protagonista. Ella siempre tan protectora con su hijo, y tan crítica conmigo, ya desde antes de que nos casásemos. Que si no le hago bien la tortilla de patatas, que no cocino bien y le tengo más delgao que un eucalipto, ¡ayyyyyy!, me tiene loca la muy...y ahora ¡lo que me faltaba!, que soy mala madre. ¡Mira que me la cargo!

-Verás querida suegra, tengo un trabajo que atender y a mi Antonio le tengo demasiado mimadito, que no es lo mismo, muy mal acostumbrado a hacer lo que le viene en gana y eso se va a acabar en nuestra casa, que por si te habías olvidado tenemos una casa propia, él...y yo. Así que nos vamos.

-Los niños y yo no vamos a ninguna parte, nos quedamos aquí con mi madre. Espero que entres en razón y vuelvas a ser la misma de siempre. ¡Y que sea la última vez que contestas con ese desparpajo a mi madre!

-¿Ah sí?, pues mira yo me voy a mi casa, y ya veremos si no me voy yo también y cuando vuelvas no me encuentras, que me tienes demasiado segura, ¡hombre ya!

Alex y María se me echaron en los brazos y casi se los descoyunta el muy bestia para soltarlos. Les dejé llorando y el alma se me rompía al verlos tan tristes. Salí hecha un trapo y bajé los escalones a pie, sintiéndome menos que nada. Igual Antonio y su madre tenían razón esta vez, claro, porque creo que me había pasado un poco, pero irse de casa y dejarme a las primeras de cambio...¡eso sí que no!, ¿qué pasa, que solo sirvo cuando soy la criada de todos y cuando me salgo del rol habitual, me desechan como a un trapo usado y viejo?,

Alonso, que al parecer, había tenido una corazonada, había regresado.

-¿Qué ha pasado?, no me preguntes la razón, pero algo me decía que ibas a salir como alma que lleva el diablo. He decidido volver y mira por dónde te encuentro en la puerta llorando a lágrima viva. Esta noche te quedarás en mi casa y no se hable más. Mañana con el nuevo día todo se verá diferente y verás cómo Antonio entra en razón y se da cuenta de que es una tontería discutir por nada.

-¡Ay Alonso!, tú no le conoces bien, y su madre, es que su madre solo sabe que echar leña al fuego. Pensarás que soy una maleducada y una loca de atar, no te culpo.

-De eso nada, ¿o crees que los que tenemos un título no reñimos nunca?, lo que pasa es que nuestras casas son más grandes y huimos al ala norte y listo...

Por un instante le miré creyéndome lo que decía hasta que se echó a reír y supe que y trataba de animarme solamente. Acabamos los dos riéndonos a carcajadas. Esa noche la pasé en la mansión, sola, a pesar de estar en tan buena compañía, porque mi familia estaba lejos y reñida conmigo. Lloré hasta que me quedé dormida. Toda mi vida estaba pendiente de un hilo, y lo peor era que no dependía de mí cortarlo o no. No me atrevía a llamar a Adrián, me había dicho que solo lo hiciese si era una urgencia, ¡y que demonios!, ¡aquello era una urgencia!, así que teclee el número temblorosa y temiendo una respuesta dura y esperé.

¡¡Riiiiiiinnnnngggg!!,¡¡ riiiiiiiiinnnnngggg!!

Nada, no cogía y cuando iba a colgar, su voz sonó fuerte y segura l otro lado del auricular.

-¿Si?, ¿qué te pasa?

-Pues...pues...-y no pude articular palabra, me eché a llorar como una tonta y solo me dijo una cosa.

-¿Dónde estás?

-En...en...en la mansión de los Castrejana.

-En tres cuartos de hora estoy allí. Vístete y límpiate las lágrimas, tu amo va a por ti.

Cuando me dijo aquello me quedé patidifusa. ¡Pues mira!, un casi desconocido me recoge viniendo desde la otra punta de Madrid y mi propio marido, me deja en la calle sola, tirada como una colilla...pero me vino una incógnita a la cabeza. ¿Qué pensaría Alonso de aquello?, le estaba dejando en un segundo plano y le podría sentar mal, No, si es que no doy una, ¡me meto yo sola en unos fregados!

Adrián conducía un BMW, de gama alta, que parecía flotar sobre el asfalto, y en su cara se reflejaba un rictus de rabia mal contenida que evidenciaba la contrariedad que sufría. Llegó al cabo de cuarenta minutos, había pisado a fondo el acelerador para llegar. Alonso, salió a recibirle y se dieron un abrazo, como si fuesen amigos desde críos, y ambos vinieron a mi habitación. Alonso muy cortés llamó suavemente, por si estaba dormida y al abrirles, bajé la cabeza avergonzada.

-Lo siento Alonso soy tonta yo...

-No te preocupes, has hecho lo que creías más conveniente, lo entiendo. Os dejo a solas que tendréis que hablar.

-Has hecho lo que debías si te pasa algo quiero estar informado, ¿entendido?, ahora cuéntame todo con detalle y no te olvides de nada.

Adrián se sentó al borde de la cama y pasó su brazo derecho por encima de mi hombro tembloroso y frío. En aquel momento no hubiese cambiado ese gesto ni por todos los diamantes del mundo hijas. Le refería todo, tal y cómo había pasado y me echó una pequeña regañina.

-Tienes responsabilidades que has obviado y eso es tu parte de culpa. ¿Recuerdas que te dije que debías decirme cuales eran tus límites?, este es el más importante cuando se tiene que cuidar de marido e hijos. El resto es insustancial, se aprende a superarlos. No quiero que dejes a tu marido y mucho menos a tus hijos, si crees que esto te supera lo dejamos y punto. No pasa nada.

-¡No!, no voy a dejarlo, lo que haré es organizarme mejor y clarificar cuáles son mis prioridades. Claro, si no me quiere dejar usted señor...

-Así me gusta, sabía que lo entenderías, veo que no me equivoqué contigo, tuve una corazonada al verte en aquella cafetería y supe, no sé la razón, que no estabas en tu elemento había algo discordante en ti. Ahora te llevaré a casa, a mi casa claro. Dormirás allí y mañana te llevaré yo mismo a tu casa. Hablaré si es preciso con tu marido y le dejaré las cosas claras.

Apoyada en él, salí de la habitación y bajamos juntos a la primera planta, donde Alonso, que parecía conocer muy, pero que muy bien a Adrián, se despidió de nosotros cordialmente. Ya en el coche con Adrián, me fue contando algo que yo desconocía por completo.

-Alonso es para mí más que un amigo, es un hermano. Le salvé la vida en un atentado hace cinco años y desde entonces somos inseparables, aunque claro está, él es noble y yo no, por lo que nos movemos en círculos muy diferentes. Su tío está muy enfermo y ha dejado sus títulos y fortuna a él, ya que no tiene descendencia. Quiere dar lustre al título que va a heredar y me pidió que le dijese de una decoradora que pudiese ayudarle a llevar a cabo el faraónico proyecto de redecorar la mansión. Alonso quiere que antes de morir su tío vea la mansión como era en sus mejores tiempos. Te estarás preguntando por qué te elegía ti. Quise probarte y ver si de verdad eras una simple maruja o había algo más ahí dentro. –Me tocó con el dedo la sien izquierda-. No me has defraudado, en vez de verlo como una montaña imposible de escalar decidiste engañarle y ayudarle. Y lo has hecho muy bien al parecer. Está encantado hasta su tío...ja ja ja.

Yo estaba asustada y perpleja, pero feliz de saber que al menos servía para algo. Iba a pasar la noche en casa de mi amo y me daba una cosaaaaa.

-Lo de hoy es algo fuera de lo normal, estarás en mi casa como una invitada, cuando vuelvas continuaremos dónde lo dejamos. De momento quiero que te relajes y duermas. Tengo un colchón hinchable que uso en contadas ocasiones y hoy lo utilizaremos.

¡Pues vaya negocio había hecho yo hijas!, cambiar la alcoba elegante de una mansión por una colchoneta hinchable, no, si ya os digo yo que....Adrián, era muy diferente a Alonso, era frío y distante, pero a su manera muy protector. Yo estaba en una encrucijada en la que mi vida iba a cambiar, no sé si para bien o para mal, pero iba a cambiar, de eso estaba segura. Ante mí, tres hombres se presentaban como tres mundos tan equidistantes entre sí, que optar por cualquiera de ellos sería una locura, tomase la decisión que tomase al respecto. Antonio, significaba volver a un pasado que ya veía como remoto, y en el que mi personalidad quedaría ahogada para siempre sin remisión, Alonso, era la viva representación de un futuro brillante y lleno de lujos, que resultaba obviamente tentador, y Adrián...Adrián se presentaba como el hombre duro y protector que me poseería sin lugar a dudas como amo y para siempre, educándome a su antojo, según sus deseos. Antonio, pensé para mí, quedaba absolutamente descartado, era algo de lo que me encontraba completamente segura. Que se lo quedase su mamá y a los nenes ya me los llevaría yo como fuera conmigo, que los hijos deben estar siempre con su madre, como Dios manda. Adrián introdujo el coche en un garaje cercano y nos bajamos, en silencio, mientras él se acercaba a mí y con ambas manos me tomaba la cara mirándome con fijeza.

-¿Ha osado tocarte ese cerdo de tu marido?

Yo temblaba como las hojas de los árboles en otoño, y le miré entre agradecida por su preocupación y el sentimiento de miedo, por una pelea entre machos, que ya se sabe cómo pueden acabar. Él se pegó a mí y sentí sus pectorales contra mis pechos. Nunca me había sentido posesión de nadie, pero en aquel instante supe que era de él para siempre, que nunca me libraría de aquel dulce yugo que era la esclavitud a su persona. Me palpó brazos piernas y cadera, y en aquel momento no supe por qué hacía tal cosa, pero luego comprendí que se trataba de auscultarme de alguna manera para saber sii yo le mentía y mi marido me había pegado, o hecho alguna clase de daño. De haber sido así, al tocarme con la fuerza que lo hacía me hubiese contenido el dolor, pero el rictus de mi cara me hubiese delatado.

-¡Vamos!, te examinaré más atentamente en casa.

¡Ay madre mía!, estaba otra vez temblando, pero esta vez de excitación, y cada vez que me tocaba me ponía a mil por hora, ¿qué tenía aquel hombre en sus dedos que me sometía con solo rozarme, con solo unas secas palabras, pronunciadas con autoridad? Subimos en el ascensor hasta la calle y caminamos en silencio hasta llegar a la casa de Adrián. Una vez dentro...

-¡Desnúdate!, -me dijo y se quedó sentado, despatarrado mirando cómo me desprendía de la ropa.

Me fui quitando cada prenda con deliberada lentitud, creyendo que eso le agradaría, y acerté, pues vi como en sus labios se dibujaba una tenue sonrisa de satisfacción. Me quedé desnuda y con las piernas separadas, a la vez que mis manos quedaban a mi espalda tomándome una muñeca con la otra mano. Bajé la cabeza y entonces él se puso en pie y fue rodeándome, palpando de nuevo mis piernas, mis muslos, subiendo hasta mi cadera, sin rozar siquiera mi sexo. Me apretó varios puntos de la espalda y los hombros, mientras casi se pegaba a ella, y acarició mi cuello, para meter sus dedos entre mi pelo y comprobar que no había ningún chichón oculto por este. Podía sentir su respiración, calmada y regular, acelerarse a medida que me tocaba. Entonces bruscamente se separó de mí.

-Bien, veo que me has dicho la verdad, dormirás en la cama, yo me arreglaré con el colchón hinchable.

Y diciendo esto, se dirigió a un armario del que extrajo una bolsa de cuyo interior se había sacado todo el aire, quedando su contenido envasado al vacío. Yo estaba realmente sorprendida, por su amabilidad, creía que dormiría en una colchoneta hinchable y por el contrario era él, quién iba a dormir en ella, y yo cómodamente en la cama. Pero no todo acabó ahí, tras hincharla con una especie de bomba automática, se vino hasta mí y me colocó el collar de cuero con remaches que siempre me ponía en las sesiones y me dio dos palmadas que resonaron como dos aplausos en cada nalga.

-Eres mi sumisa y debes estar siempre mentalizada de que no seré tu pareja ni nada que se le parezca. Esto de hoy es una excepción debido a que como tu amo, es mi obligación cuidarte y educarte como sumisa para que me sirvas como a mí me gusta. Mario solía decir que a las mujeres nos suelen gustar los canallas y los hombres duros, ¡mira que iba a tener razón el muy...!, Dio un par de vueltas a mi alrededor, y acabó por pegarse a mí, por detrás mientras acariciaba mis ingles y terminaba por acariciar con la yema de su dedo índice mi clítorix, provocándome un placer desconocido. Luego introdujo lentamente un dedo en mi vagina y luego repitió la operación con dos y me empecé a sentir húmeda y excitada como nunca antes. Acarició mis muslos y sentí la imperiosa necesidad de que regresase a mi sexo para seguir con la caricia íntima. Pero me dio la vuelta y apoyó mi cabeza en su poderoso hombro viril, mientras su polla se pegaba erecta y dura contra mi vientre. La agarró con su mano, y fue guiándola hasta que halló mi vagina y agachándose levemente fue introduciéndose en mí, hasta que un gemido incontenible, escapó de mi boca. Me penetró y bombeó con su miembro dentro de mí, hasta que me abandoné a él, sin resistencia alguna. Me presionó en los hombros, para obligarme a echarme en la cama boca arriba y quedé ante él, indefensa y feliz de ser poseída por un macho canalla y duro, como los definía muy bien mi amigo Mario.

La luz del alba nos sorprendió a él dormido en el colchón hinchable y medio cubierto por un edredón, del que sobresalían una pierna y los dos brazos. Dormía boca arriba y semejaba ser el señor del Olimpo en el que yo, una profana acababa de entrar, con la anuencia del rey de los dioses. Merodeé un poco en busca de algo con que preparar un desayuno y esperando que no le molestase. Además si le molestaba lo más que me iba a pasar era que me castigase, y...ji ji ji, eso no estaría tan mal. Encontré cereales y varios boles para ponerlos. En el frigorífico encontré mermeladas de varios sabores y elegí de arándanos, que jamás la había probado y pan de molde. Encendía la placa de inducción y puse unas tostadas para acompañar. En la parte baja de la nevera hallé naranjas y exprimí unas cuantas a mano en un exprimidor de cristal que me recordó mi niñez. Por su semejanza con el que mi madre usaba. Una cafetera italiana, hizo mis delicias al poder preparar café reciente. La puse sobre la placa y esperé a que todo estuviese listo. Si no le gustaba me la iba a ganar...

Me senté a esperar y cuando el silbido de la cafetera me indicó que el café estaba listo, me dispuse a despertarle. ¿Y cómo lo hago?, pensé. Me arrodillé junto a él y le acaricié la frente, y la parte alta de las cejas. El puente de la nariz y los labios con toda la dulzura de que yo era capaz. Fue desperezándose y abrió los ojos de repente, quedándose con la mirada clavada en mis ojos.

-Huelo a café, ¿acierto?

-Sí, amo, he preparado el desayuno, café con tostadas y cereales, cómo no sé aún qué le gusta desayunar...también he exprimido unas naranjas.

-Bien me gusta tu actitud esclava, espero que sigas teniendo la misma siempre. Ponlo todo sobre la mesa, tú desayunarás después de mí. Mientras yo lo hago estarás de pie a mi lado.

Obedecí de buen grado y la mesa quedó preparada para uno solo. Me mantuve de pie a su lado y le observé desayunar y dar buena cuenta de todo.

Me mantuve a su lado mientras daba cuenta del desayuno y su mano derecha se desvió y acarició mi rodilla suavemente. Cuando hubo concluido, se levantó y me ordenó:

-Recógelo todo y después desayuna tú. Mientras tanto he de atender algunos asuntos. Luego nos iremos.

Yo seguía desnuda menos mal que la temperatura era regular y bastante alta, él también estaba en calzoncillos y se paseaba por el Loft como un león en su exiguo harén. Fue hasta un cajón de la cómoda cercana a la cama y sacó el teléfono móvil, lo conectó. Llamó a Alonso por lo que pude medio escuchar y le refirió lo ocurrido. Más tarde llamó a un número que luego supe era el de mi casa y una voz ronca sonó tormentosa al otro lado. Adrián le dijo claramente que yo estaba en su casa y que me iba a llevar a la mía. Que esperaba que se comportase como un hombre y me supiera cuidar. Y colgó sin esperar ninguna respuesta.

El viaje hasta mi casa, ya sin el collar claro está y vestida con la ropa que llevaba del día anterior, fue tenso pero relajante a la vez, no sé cómo decirlo sin esa contradicción aparente. Pensaba:" Mira Tere, cómo te acabes enamorando de este tío, vas a sufrir lo indecible". Bajarme del coche supuso un esfuerzo titánico. Adrián me dijo, que me esperaría diez minutos por si tenía que irme con él de nuevo. Me metí en el portal mirando atrás con un miedo que me recorría el cuerpo como un rayo al caer una noche de invierno en un roble seco, y entré para pulsar a posteriori la tecla del ascensor y esperar con mis piernas en un baile intermitente. Esta vez por lo menos la vecinita no apareció y al abrirse el ascensor en mi planta, aspiré hondo y metí la llave en la cerradura. Los nenes no parecían estar, y Antonio apareció, como una figura que se me antojó siniestra y triste recortándose en el umbral de la puerta de la sala.

-Hola Tere...

-Hola Antonio.

Parecíamos dos desconocidos que se ven por primera vez en una cita a ciegas. Él estaba tan nervioso como yo, y solo acerté a preguntarle.

-Los nenes, ¿están bien?

-Sí, les he dejado con mi madre para esperarte y poder hablar con tranquilidad.

-Sí, tenemos que hablar de muchas cosas Antonio.

-Así que, ¿vas a dejarme?

Su semblante me pareció el de un niño que espera que su madre le abandone y estaba a punto de soltar el moco, como yo, claro, que no sabía ni por dónde me daba el aire.

-Aún no lo he decidido Antonio, pero es muy posible que sí. –No quise engañarle.

-Ya lo imaginaba. ¿Te irás con el que me llamó hace un rato por teléfono?, aún está en el coche ahí abajo, esperándote.

-Antonio, antes de nada tenemos que serenarnos.

-No te voy a agredir nunca lo he hecho Tere, tú sabes que soy muy bruto, es verdad pero soy buena persona, no soy de esos que pegan o matan a sus mujeres. Si me conoces un poco sabrás que no lo soy.

-Lo sé Antonio, pero de eso precisamente es de lo que tenemos que hablar, somos dos completos desconocidos y a pesar de llevar años casados, no somos felices.

-Habla por ti Tere, yo sí soy feliz y creía que tú también. De haber sabido lo que te pasaba esta conversación hubiese tenido lugar antes de ahora.

Nos sentamos en el sofá que me pareció el de otra casa y con las piernas muy juntas y alisándome la falda, comencé a decirle cuales eran mis sentimientos, mis necesidades, esas cosas que nunca se hablan, y siempre se dan por hechas erróneamente...

            
            

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