Me faltaban tres tarjetas y me quedaban tres días, antes de estar con Adrián, a ver si me daba tiempo...me tenía que dar, de todas, todas, si no, me mataba. Así que la tarde del miércoles me dispuse a ir a la tercera de ellas. El titulito se las traía. "La Dama y la Grulla". Anda queeee...estaba en la calle Preciados. Era un palacio antiguo de esos que dan un miedooo, que se contratan para las pelis de vampiros, pues eso. Uno de esos. Miré dos veces la tarjetita de marras y sí, era aquel sitio. Una escalera elegante de esas que se dividen en dos al terminar, a derecha e izquierda, y más oscura que una noche sin luna, me condujo hasta la primera y única planta al parecer. A mi derecha un enorme espejo de marco, ancho y dorado, reinaba sobre una consola dorada también que se veía bien conservada a pesar de lo antigua. Me miré coqueta yo en él y me contoneé con las manos en mis caderas, mientras esperaba a llamar. Pero la puerta se abrió solita y yo metí la cabecita por entre la estrecha abertura para ver. No había nadie, así que entré, con más miedo que otra cosa pero bueno. El vestíbulo era como dos veces mi casa enterita y al fondo un par de puertas doradas, y envejecidas se cerraban ocultando la estancia siguiente. Me llegué hasta ellas y aporreé la derecha con el llamador, un león dorado de bronce que sonó como si rugiese de verdad. Se abrieron con un chirrido singular y ante mí, apareció un viejecito de los que tienen un pie en la tumba y otro ya en el aire, listo para caer en ella.
-La señorita de Guevara, supongo...
-Pues...sí, supongo que sí. "¿Para qué le iba a quitar la ilusión al ancianito?, igual se me muere.
-¡Sígame por favor!
Le seguí a paso de burra, porque iba tan lento que tardamos en llegar cinco minutos hasta la otra punta. Allí tras una mesa de caoba con incrustaciones de bronce se encontraba otro viejecito, de amable sonrisa y dientes amarillos. Sus lentes le caían sobre la mitad de la nariz y me miraba por encima de ellos.
-Verá. Señorita Guevara, tenemos dos posibilidades, o la cena de gala de los duques de Castrejana, o la cena de los Martín Posadilla. Deberá elegir una de las dos, ahora mismo, siento decirlo, pero no tengo nada más a la altura.
-Pues la de los duques de Castrejana, para mí será un honor.
-Más bien creo que será al revés, señorita. Es usted muy modesta. Además de hermosa.
-Me llegó al alma eso de Hermosa. Y yo me preguntaba ¿qué coño creerá este señor que he venido a hacer yo aquí?
Se levantó que yo pensé que se caía de repente, y entre los dos, cogiéndome cada uno de un brazo, me condujeron a un saloncito muy cuco, dónde me pidieron que esperase a que todo estuviese listo. Por si acaso, me aseguré de que era yo a quién esperaban, no fuera a ser que se equivocasen y...
-Yo me llamo Teresa y vengo de parte de Adrián Guevara.
Los dos se pusieron muy tiesos y me dijeron:
-Pues tiene razón nosotros esperábamos a la señorita Dana e Guevara.
-Huy perdón, ¿he dicho teresa? Es Dana claro. Es que venía pensando en mi hermana que se llama Teresa ¿saben ustedes?
-¡Uff!, menos mal, porque está todo casi listo y si nos equivocamos...-dejó en el aire la frase el segundo de los ancianitos. Espere aquí enseguida volvemos. ¿Quiere tomar algo?, tenemos té y café.
-Pues un café estaría bien si no es mucha molestia.
-Ninguna, ninguna, será un placer señorita Guevara.
El primero de los viejecitos se perdió en el vericueto de corredores y puertas, que se abrían y cerraban, para volver al poco rato con una bandeja que se bamboleaba sobre sus huesudas manos. Pero eso sí, el café olía a gloria hijas, y una sola tacita, semejaba ser la estrella de la bandeja, porque al parecer era solo para mí. La depositó, sin incidencias dignas de mención, sobre una mesa de pequeñas dimensiones y me acercó una silla de alto respaldo, digna de una reina. Me senté con las piernas juntas, pero sin cruzarlas y me alisé un poco la falda. Quería presentar la mejor apariencia posible. Tomé la tacita por el asa, con tres deditos y sorbí, sin hacer ruido alguno un poco del delicioso café. Sonreí al ancianito que me lo había traído y esperé instrucciones.
-¿Está a su gusto señorita Guevara?
-¡Oh, sí!, está delicioso, en verdad. Necesitaba este elixir para equilibrar mi mente en estos instantes, ya me sabrán disculpar...
-Es usted una persona muy agradable, creo que será de mucha utilidad a los duques de Castrejana.
Al escuchar aquellas palabras, pensé que los susodichos duques, necesitarían una criada bien educada y que yo iba a ser la elegida. Nunca, ni en mis más osados sueños podría haber imaginado cuál sería mi papel a desempeñar en aquella casona. Me hicieron esperar media hora larga, que se me antojó una eternidad, y mientras tanto, me puse a pensar en mis cosas. No era educado al parecer ponerse a manejar un teléfono móvil o leer una revista, que por otra parte no encontraría, pues solo vi periódicos del día en un revistero que debía valer su peso en oro, porque se veía a distancia que era de un estilo exquisito, y realizado en maderas nobles. Uno de los viejecitos desapareció y a los diez minutos, más o menos, regresó con una amplia sonrisa en su cara.
-Señorita Guevara su limousina le está esperando, le llevará directamente a la mansión de los señores duques.
Ni me atreví a decir palabra. Me dejé conducir hasta la gran puerta de entrada y descendí los escalones que había subido, para quedarme perpleja en la calle. Allí en medio de la calle preciados, que es peatonal, y cómo si no le importase nada, o bien tuviese un privilegio especialmente concedido para la ocasión, me esperaba una limousina negra, con un chófer con gorra de plato, que sostenía abierta la portezuela de la parte trasera de ésta.
-Señorita...-me dijo, amablemente, inclinándose con cierto grado de reverencia.
Penetré en la limousina y me acomodé en el centro del asiento. Ante mí una mesita con botellas de cristal finamente talladas y dos vasos de cristal a juego, adornaban, o eso creía yo. El chófer me dijo que me sirviese y que si no era de mi agrado, en el pequeño bar encontraría otros licores o refrescos. No acertaba a ver dónde estaba el bar, y al verme algo desconcertada, mirándome por el espejo retrovisor presionó un botoncito y de la pared acolchada de la tapicería se despegó una puertecita que dejó ver un mini bar espléndidamente servido. Alargué la mano y saqué una copa para servirme un poco de champán, que por el nombre cito debía tener origen francés. El vino, espumeó en la copa y llenó de burbujas la superficie. Me bebí un poco y pensé que los ricos sabían darse caprichitos, y no nosotros, que con una cervecita damos botes de alegría.
-Señorita debo advertirle que el señor duque es un hombre algo hosco y de carácter seco, por el contrario su hijo es un hombre amable y de fácil sonrisa, pero ambos precisan su ayuda. Sea paciente en lo posible y verá cómo todo va bien.
Yo ya estaba a mil con mis nervios, y con una intriga que ya, ya...a ver, ¿en qué podía yo ayudar a aquellos duques, que sin duda tendrían de todo y estarían servidos por una legión de criados, que más serían esclavos que otra cosa. Pero las apariencias engañan, y en esta ocasión era patente que así era. La mansión podría muy bien haber servido para una película de vampiros, y los muebles gritaban por ser restaurados con urgencia. El jardín, enorme y salpicado de robles y hayas, estaba lleno de zarzas y malas hierbas. Una figura alta esperaba en el porche, de gruesas columnas, y al que se llegaba ascendiendo los doce escalones de piedra bastante desgastados. De dentro llegaba una luz macilenta y tenue, que apenas daba para crear un aura de luz en torno al varón, que me esperaba a pie firme.
-La dejo aquí señorita, no tema estará en buenas manos el señor Guevara sabe lo que se hace. Salió de la limousina me abrió galantemente la portezuela y me saludó de nuevo, inclinándose con una sonrisa en sus labios. Arrancó, solo cuando vio que el varón que me esperaba me recibía con amabilidad. Y allí estaba yo, llena de preguntas sin respuestas, y con la intriga de saber qué hacía yo allí y en qué demontres podría serles yo de ayuda.
-Señorita Dana de Guevara, le doy la bienvenida a nuestra modesta mansión, le agradecemos mi tío y yo, que se haya dignado a venir en nuestra ayuda.Pase por favor he ordenado que la lleven a la habitación rosa, en la segunda planta. Creo que será de su agrado. Cuando se haya cambiado, por favor baje, la esperamos para tener una primera impresión.
De entre las sombras salió un hombre alto, y fornido, de unos sesenta años, elegantemente ataviado con una especie de frac y rostro impasible como la piedra. Me rogó, porque en este mundillo todos ruegan, nunca exigen ni piden, que le siguiese escaleras arriba. Yo me preguntaba, porque ahora lo de preguntarme era algo crónico en mía ya, con qué me iba yo a cambiar si no llevaba nada encima, ni maletas ni cosa por el estilo. Por un corredor interminable decoradas sus paredes con cuadros de Murillo y Rembrandt, y salpicado por consolas doradas sobre las cuales había relojes de hace siglos y espejos que no devolvían ninguna imagen por estar uno frente a otro, y llegamos a una puerta que él abrió con una enorme llave, para dejar la puerta de par en par. Una cama con dosel y dos mesillas, una a cada lado ocupaban una parte de la alcoba. La otra estaba ocupada por un tocador bastante grande con espejo oval, y una silla de caoba. Un gran armario al fondo completaba el mobiliario.
-Espero que le guste señorita, es una de las pocas alcobas ya restauradas.
Estaba decorada con seda rosácea, de un color suave y que empapelaba cada pared. De ahí su nombre imagino.
-Claro, es muy elegante, gracias, bajaré en cuanto me cambie.
Lo dije por educación y por seguirle la corriente, pero ¿de dónde iba yo a sacar un vestido unos zapatos y un bolso diferentes a los que llevaba?, abrí el armario, más por fisgonear un poco que otra cosa, de verdad, y allí alineados había al menos una docena de vestidos, que pensé eran nuevecitos. Los miré uno por uno, y la verdad os digo, no supe cuál elegir. Eran preciosos. Al mirar las etiquetas vi los nombres de los modistos y me quedé boquiabierta. Giorgio Armani, Versace, Pierre Cardín, Ives Sant Laurent, Ralp Laurent...seleccioné uno de Ives Sant Laurent, rojo oscuro, largo y ceñido, con escote palabra de honor, que tenía como complemento un echarpe a juego, para colocar alrededor del cuello. Un bolsito en el cajón de justo debajo, hacía juego y los zapatos en el de más abajo, el de en medio, completaban el atuendo. Me cambié y bajé despacio, casi contando los escalones. Un varón de apariencia sumamente avejentada y el que me recibiese en la entrada estaban sentados y al verme descender se pusieron en pie. Tras ellos, como un águila a la espera de su presa el omnipresente mayordomo que me levase a mi alcoba.
-Señorita Guevara, esperamos que estos días en nuestra humilde mansión sean para usted una experiencia positiva.
¡Ay Dios mío!, que esta gente espera que me quede unos días, y mis nenes y mi Antonio, ¿qué hago yo con ellos?, me va a matar mi Antonio. Bueno a ver cómo me desembarazo de ellos sin ofenderlos.
-Verán tengo algunas obligaciones que me impedirán permanecer mucho tiempo en su agradable mansión, pero haré cuanto me sea posible por serles de utilidad en cuanto me expongan sus necesidades al respecto. "Huy que bien que me había quedado aquella frasecilla coñooo!"
-¡Oh!, por ese detalle no se inquiete, comprendemos que una profesional tan ocupada a nivel internacional como es usted, no dispondrá de tiempo a menudo. Puede ir y venir a su antojo. Considérese en su propia casa.
Bueno aquello, ya me gustaba más. ¡Que susto hijas, que susto!, El más viejo, me sugirió que me sentase a su derecha, cosa que ahora sabía era un privilegio que se concede al invitado de honor. La mesa estaba dispuesta exquisitamente, con toda la cubertería que se iba a usar a diestra y siniestra de cada gran plato de porcelana, con los bordes dorados. La cubertería de plata por supuesto, y las copas, para Agua, vino, champán y brandy, bien alineadas. Tenían hechos los deberes. Apoyé levemente mis manitas en el borde de la mesa y vi que se miraban sonriendo aprobatoriamente. El mayordomo recibió la orden de servir y comenzó naturalmente por mí. La conversación dio comienzo tras servir este mismo el vino, blanco y transparente en mi copa y después en la del más entrado en años y acabando por llenar la del más joven, que quedaba frente a mí.
-Precisamos de ayuda profesional, como es la suya, reconocida en medio mundo, para redecorar adecuadamente esta mansión, que se cae a trozos y ha sido olvidada por sus anteriores dueños durante demasiado tiempo.
-La verdad es que tendrán que gastar una considerable cantidad de dinero, para ponerla como debería estar la casa de unos nobles de alta alcurnia.
-Por ese detalle no se preocupe, disponemos de una saneada cuenta y anhelamos ver la mansión, con su pasado esplendor, ya recobrado. Solo de las órdenes pre4cisas, y escoja cada mueble, cada cuadro y sitúelos dónde crea más conveniente. Las almonedas estarán a su disposición cuando las visite. Tiene carta blanca para decorarla y reconstruirla a su gusto. Como ve confiamos plenamente en su buen hacer señorita Guevara. El señor Guevara nos recomendó muy encarecidamente que confiásemos en usted y le concediésemos confianza plena. Y así hemos decidido hacerlo.
-Perdónenos nuestra falta de modales me presentaré soy el duque de Castrejana don Carlos de Aldaña y Castrejana. –se presentó a sí mismo el mayor de ambos.-y él es mi heredero, el conde de Montalto y Aldaña, don Alonso. Heredará esta finca y la de los Aldaña en Segovia. Tenemos gustos muy diferentes pero él será quién saldrá vencedor, porque su edad resulta un arma predominante. Así que intentaré entrometerme lo menos posible.
La comida no muy abundante, pero exquisita era un alarde de placeres gastronómicos que deleitaba el paladar sin llenar en exceso. Los vinos que se fueron sucediendo, los paladeé como si fuesen la ambrosía de los dioses y disfruté sintiéndome importante. Ahora espera estar a la altura, esto no era decorar la salita de casa. Pensé en esas casas que se ven en las revistas de moda y en los palacios de Madrid tan elegantes y recargados. Y decidí echarme un farol. Abandonamos el comedor y salimos Alonso y yo a pasear por el jardín.
-Creo don Alonso, que resultaría más elegante y moderno, mezclar algunos muebles que ya tienen ustedes en la mansión, con algunos de calidad adquiridos en tiendas especializadas, para obtener además de la elegancia y el abolengo que su título requiere, una comodidad, a la hora de vivir en ella, porque doy por hecho que van a trasladarse a esta mansión, ¿verdad?
-Pues lo cierto es que yo deseo que así sea, pero como ya le ha comentado mi tío, él, que no tiene hijos, y esa es la razón por la que yo heredaré sus títulos, es quién decidirá si se hace o no tal cosa mientras él sea el duque de Castrejana.
-¡Oh!, no tema, yo me encargaré de que desee fervientemente vivir aquí. Tienen ustedes una finca preciosa algo abandonada, pero preciosa, y en cuanto resucite ese jardín, hará las delicias de su tío, que paseará por él, como si del mismísimo paraíso se tratase. Me encargaré de contratar a tres jardineros eficientes que vayan limpiándolo y dejándolo preparado para plantar flores y plantas más adecuadas a este clima. ¿Querrá acompañarme a adquirir los muebles que precisaremos?, aunque antes deberá enseñarme toda la propiedad. Así me haré una clara idea de lo que se necesitará.
-Será un placer señorita Guevara, por supuesto, cuente con mi humilde ayuda.
No sé si hace falta deciros que me estaba enganchando a esto de ser considerada importante, a que se contase con mi opinión y a tener una profesión, que nunca soñé. Pero todo sueño tiende a disiparse y temía despertar. Aún quedaba mucho por hacer, y quise que me acompañase para no meter la pata.
La tarde la pasamos en un Madrid desconocido para mí Fuimos de almoneda en almoneda, que yo no sabía que se llamaban así las tiendas de antigüedades, y vi maravillas de muebles que al darle la vuelta a la etiqueta, me dejaron patitiesa. Alonso, demostró ser todo un caballero y no me llevó la contraria en ninguna ocasión, a pesar de que estoy segura de que no todas mis elecciones fueron de su completo agrado. Al final de la tarde un camión estaba ya cargado con tres grandes cómodas del siglo XVI, cinco armarios tallados en ébano del XVII y siete mesillas de noche que deberíamos combinar con muebles más acordes a la época en que vivimos. También una docena de cuadros, de precios elevadísimos y un par de espejos del siglo XVIII, que debo reconocer me ayudó a elegir Alonso. Llegar a la mansión supuso tener que pensar en volver a casa con los míos, estarían que se tiraban de los pelos, y eso si no habían llamado a los bomberos para que me buscasen, ja ja ja
A don Carlos le gustaron algunos de los muebles que llegaron casi a la par que nosotros, pero otros a pesar de que no dijo nada. Se limitó a fruncir el ceño, y callarse. Alonso, me dijo que dispusiese como precisara del armario de mi alcoba, pero claro, imaginaros si llego de esta guisa a casa, me ponen un piso en la Gran Vía, ja ja ja