En sus ojos, veo al chico que bromeaba hace un momento, pero también al hombre que me sostiene con cuidado en el agua fría, mirándome como si yo fuera el secreto más cálido, más valioso, más peligroso que ha encontrado en su vida. Y en ese momento, ridículo, empapada y tiritando, veo cómo sus párpados bajan un milímetro, cubriendo ese marrón claro con una sombra de deseo. Veo cómo su respiración se hace más lenta y profunda, cómo sus fosas nasales se dilatan ligeramente. Su cabeza se inclina hacia la mía, con una lentitud que hace que cada latido de mi corazón suene como un tambor en mis oídos, un redoble que anuncia algo inevitable. Siento el leve cambio en la presión de sus manos en mi cintura, un tirón suave, casi imperceptible, que me acerca esos centímetros cruciales que aún nos separan. El mundo se reduce al espacio entre sus labios y los míos, un centímetro de agua, de aire, de todo.
Mis propios labios, traicioneros, se entreabren en un gesto inconsciente. Es una rendición anticipada al hechizo de ese momento perfecto y romántico bajo el cielo color durazno. Mi lengua, sin permiso, humedece mi labio inferior. Lo veo seguirlo con la mirada.
Y entonces, actúo.
Con una fuerza repentina que nos toma a los dos por sorpresa, hundo mis manos en sus hombros y empujo hacia abajo. Lo sumerjo completamente en el agua cristalina con un "Plop" satisfactorio y absurdo que resuena en la tarde quieta.
-¡Gané! -exclamo, mi risa estalla en el aire tranquilo, un sonoro carcajeo lleno de alivio, de nerviosismo, de la loca alegría de haber roto el hechizo justo a tiempo. O quizás demasiado tarde.
Sin esperar a que salga a la superficie, salgo de la piscina. El aire cálido de la tarde golpea mi piel helada, un contraste que me arranca un escalofrío. El agua escurre de mi cabello empapado, de mi vestido azul que ahora es una gasa casi transparente, adherida a cada curva, a cada pliegue de mi cuerpo.
Aún con la sonrisa temblándome en los labios, hecho a correr hacia el interior de la casa. Mis pies descalzos chapotean en el césped, dejan huellas húmedas en las baldosas del patio, en el suelo de madera de la terraza. Entro en la casa, y allí, en la cocina, lo veo.
Damián está de pie junto a la barra de mármol, inmóvil como una estatua tallada en hielo y sombra. En sus manos sostiene un vaso de agua, pero no bebe. No respira. Solo mira.
Sus ojos grises me recorren de arriba abajo con una lentitud devastadora. Desde los pies embarrados de césped, pasando por las pantorrillas salpicadas, los muslos donde el vestido se pega como una súplica, las caderas, la cintura, el estómago, y se detienen, con una intensidad casi física, en mis pechos, en la transparencia que no deja absolutamente nada a la imaginación. Luego suben a mi cabello goteando, a mis labios entreabiertos por la carrera, a mis ojos que lo desafían sin pestañear.
La ira en sus ojos se enciende. Pero debajo de la ira, ardiendo en un fuego más profundo, más oscuro, esta ese deseo prohibido.
La sonrisa no se borra de mis labios. Al contrario, se suaviza, se vuelve una curva de ternura provocadora, un arma envuelta en seda. Avanzo un par de pasos dentro de la casa, dejando un reguero de agua detrás de mí.
-Creo que tendré que usar una de tus camisas, Damián -digo. Mi voz, curiosamente suave, es un contraste deliberado con mi apariencia de sirena náufraga-. Mientras se seca esto. No parece muy apropiada para la cena, ¿verdad?
La frase, cargada de una inocencia falsa y de una intimidad brutalmente deliberada, surte efecto inmediato. Veo cómo sus dedos se blanquean alrededor del vaso. Veo cómo sus ojos, por un instante, se desvían hacia la puerta por donde entré, hacia el jardín donde su hijo aún debe estar saliendo de la piscina, tiritando y confundido.
No dice una palabra, deposita el vaso sobre la barra de mármol. Da media vuelta y se dirige a su estudio con pasos largos y contenidos, la espalda tensa como una cuerda de violín a punto de romperse, los puños cerrados a los costados como si en ellos aprisionara todas las palabras que no puede decirme.
La puerta del estudio se cierra tras él con un clic suave, casi silencioso.
Pero en ese clic yo escucho un portazo. Escucho un hombre encerrándose con su propia tormenta, con la imagen de mi vestido transparente grabada a fuego en sus pupilas, con el recuerdo de mi piel mojada y mi sonrisa desafiante quemándole las entrañas.
Y sonrío.
Porque sé que detrás de esa puerta, Damián está apoyado contra la madera, respirando hondo, tratando de recuperar el control que perdió en el momento exacto en que sus ojos se encontraron con los míos.
Un segundo después, una mano se posa en mi hombro.
Grito. El susto me atraviesa como un latigazo, y me giro con el corazón desbocado.
-¡Samuel, por favor! -exhalo, llevándome una mano al pecho-. ¡Me asustaste!
Él sonríe, siguiéndome hacia el cuarto de lavado.
-Eso fue trampa, Val -dice, apoyándose en el marco de la puerta mientras yo abro armarios y revuelvo estantes.
-Te lo mereces por meterme al agua -respondo-. Mírame, estoy empapada. No tengo nada que ponerme para la cena. Absolutamente nada.
-Puedes ponerte un pijama -sugiere, y su voz se vuelve más suave-. Y verte hermosa como siempre.
Me detengo. Lo miro por encima del hombro. Sus ojos brillan con una luz nueva, una mezcla de timidez y admiración que me desarma por lo genuino.
-Deja los cumplidos, Samuel.
-No son cumplidos -responde, y da un paso adelante, entrando en el pequeño espacio del lavadero-. Es la verdad. Te ves realmente hermosa. Así, mojada, despeinada, con ese vestido pegado... pareces salida de una película. De esas películas antiguas en blanco y negro donde las mujeres eran diosas sin esfuerzo.
Su voz tiembla al final, como si las palabras se le hubieran escapado sin permiso.