Género Ranking
Instalar APP HOT
Entre el deseo y el amor
img img Entre el deseo y el amor img Capítulo 5 CINCO
5 Capítulo
Capítulo 6 SEIS img
Capítulo 7 SIETE img
Capítulo 8 OCHO img
Capítulo 9 NUEVE img
Capítulo 10 DIEZ img
Capítulo 11 ONCE img
Capítulo 12 Doce img
Capítulo 13 TRECE img
Capítulo 14 CATORCE img
Capítulo 15 QUINCE img
Capítulo 16 DIECISEIS img
Capítulo 17 DIECISIETE img
Capítulo 18 DIECIOCHO img
Capítulo 19 DIECINUEVE img
Capítulo 20 VEINTE img
Capítulo 21 VEINTIUNO img
Capítulo 22 VEINTIDOS img
Capítulo 23 VEINTITRES img
Capítulo 24 VEINTICUATRO img
Capítulo 25 VEINTICINCO img
Capítulo 26 VEINTISEIS img
Capítulo 27 VEINTISIETE img
img
  /  1
img

Capítulo 5 CINCO

VALERIA

Tomo una toalla y empiezo a secarme el cabello con movimientos lentos, mientras observo las prendas colgadas en el pequeño perchero del lavadero. Camisas blancas de Damián, impecables, almidonadas. Poleras deportivas de Samuel, coloridas, juveniles. Mi mirada se detiene en una de algodón grueso, azul marino, con olor a él, a Damián, a ese aroma salino y oscuro que llevo horas respirando.

-¿Qué puedo ponerme? -murmuro, más para mí que para él.

-Puedes ponerte una de mis poleras -ofrece Samuel, y hay una esperanza tímida en su voz, una ilusión de intimidad compartida-. Tengo una gris, super suave, te va a quedar larga y cómoda. Y huele a mí, a mi detergente, a...

-Podría -lo interrumpo, y mis dedos acarician la tela de la camisa azul marino-. Pero me gustan más estas.

Se la muestro. La camisa de Damián. La sostengo contra mi pecho, y el gesto, aparentemente inocente, es una declaración. Una traición. Un secreto que Samuel no puede descifrar.

-¿En serio te pondrás eso? -pregunta, y en su voz hay una nota de decepción apenas disimulada, de competición infantil-. Yo tengo una mejor. Te juro que es más suave. Y me queda genial, te va a quedar...

-Me gusta esta, niño -digo, y la palabra "niño" es un arma de doble filo, una caricia y una distancia al mismo tiempo.

Samuel me mira.

-Siempre haces lo que quieres -sonríe, pero es una sonrisa triste, rendida, enamorada.

-Siempre -respondo, y le devuelvo la sonrisa-. Porque soy la favorita.

La frase flota entre nosotros, cargada de un doble sentido que él no puede atrapar pero intuye.

-Detesto que lo seas -murmura, y me sigue escaleras arriba. Sus pasos resuenan detrás de los míos. Llegamos al pasillo de las habitaciones, la suya justo al lado de la mía.

-¡Vamos! -me detengo frente a mi puerta y me giro hacia él-. No lo digas como si fuera algo malo.

Apoyo un hombro contra el marco de madera. Él se detiene frente a mí, tan cerca que puedo sentir el calor que aún irradia su cuerpo después del chapuzón.

-Es que a veces creo que te quiere más a ti que a mí -confiesa, y su voz se quiebra en un lugar diminuto pero devastador-. Y yo soy su hijo legítimo. Y sin embargo, te mira como si tú fueras la hija que siempre quiso.

-Samuel -digo, y mi mano libre encuentra su brazo, un contacto breve, cálido, una promesa de consuelo-. Damián te ama. Te juro que te ama. Solo que... suele ser un idiota a la hora de demostrar sus sentimientos.

Él sonríe, una mueca triste que no llega a los ojos.

-Aunque se muera por decir lo que siente -continúo, y mi voz baja, se vuelve íntima, secreta-, se detiene. Siempre se detiene. Porque quiere seguir con esa armadura de hombre frío e indestructible. Como si mostrar el corazón fuera una debilidad. Como si abrirse lo volviera... vulnerable.

-Lo conoces muy bien -susurra Samuel, y hay admiración en su voz, pero también un dejo de celos que no sabe disimular.

-Mi padre es amigo suyo -explico, encogiéndome de hombros con una naturalidad estudiada-. Prácticamente me crié viéndolo como el tío malgeniado que llegaba a casa cada fin de semana. El que siempre tenía una arruga en el entrecejo, el que bebía su café solo y miraba el horizonte como si buscara algo que había perdido.

Samuel asiente, y por un momento su mirada se pierde en el pasado, en todos los fines de semana que no tuvo.

-¿Sabes? -dice, y su voz es un hilo- Creo que eso es lo que me faltó a mí. Verlo más seguido. Mi nacimiento coincidió con la peor época de su matrimonio. Mi madre y él ya se odiaban cuando yo llegué al mundo. Y ya ves, se divorciaron, cada uno se fue a un extremo del país, y apenas lo veía una vez al año. Como si yo fuera un trámite. Como si mi existencia fuera una cláusula en el acuerdo de separación.

-Pero ahora estás con él -digo suavemente-. Para recuperar el tiempo perdido.

-Ni tanto -responde, y sacude la cabeza con amargura-. Estos últimos cinco años aquí, viviendo bajo su techo, compartiendo su mesa, y nada ha cambiado. Sigo sintiéndome un extraño. Sigo sin saber qué piensa, qué siente, qué espera de mí. Es como vivir con un fantasma que ocupa mi casa.

-Lo hará -digo, y mi mano aprieta su brazo, un gesto de consuelo que quizás no debería permitirme-. Cambiará. Te lo prometo. A veces los hombres como él solo necesitan tiempo. Y tú, Samuel, tienes algo que él perdió hace años.

-¿Qué?

-Calor -susurro-. Luz. Eso que llevas dentro y que no puedes ocultar por más que lo intentes. Eso que te hace especial.

Él me mira. Sus ojos brillan con una humedad que no termina de caer. Y en ese brillo veo todo lo que no dice: gratitud, confusión, deseo, miedo, esperanza. Un torbellino de emociones que lo desborda y que él no sabe gestionar.

-Gracias, Val -murmura-. Por estar aquí. Por escucharme. Por ser...

Su voz se pierde. No encuentra las palabras. O quizás las encuentra pero no se atreve a decirlas.

-Siempre -respondo, y sonrío.

Él sonríe también. Esa sonrisa suya, amplia y cálida, la que ilumina cualquier rincón oscuro.

-Bueno -digo, apartándome suavemente-, mejor me meto a cambiarme o terminaré con un resfriado.

-¿Necesitas algo? -pregunta rápido, casi ansioso, como si buscara cualquier excusa para no terminar este momento-. ¿Una toalla más? ¿Un secador? ¿Quieres que te prepare un té mientras...?

-Gracias -lo interrumpo con una sonrisa-. Acepto el secador. Y podemos compartir una limonada mientras te ayudo con alguna tarea pendiente.

Él arruga el entrecejo, pero sus ojos brillan.

-Eso de "tarea pendiente" lo dices como si fuera tu obligación ayudarme cada vez que vienes.

-Es mi pretexto -sonrío, inclinando ligeramente la cabeza.

-¿Así que vienes solo a ayudarme porque mi papá te lo pide?

-No -mi voz baja un tono, se vuelve confidencial-. Vengo porque es mi excusa para no quedarme en casa aburrida. Amo este lugar -mis ojos recorren el pasillo, la luz que entra por la ventana, y vuelven a él- y tu compañía.

Miento. Pero la mentira está envuelta en suficiente verdad para que él la beba como agua fresca.

Él sonríe. Esa sonrisa suya, amplia y luminosa, la que ilumina cualquier rincón oscuro. La que me hace dudar, por un instante, de todo lo que estoy haciendo.

-Traeré el secador de cabello -dice.

Anterior
                         
Descargar libro

COPYRIGHT(©) 2022