-Puedes ponerte una de mis poleras -ofrece Samuel, y hay una esperanza tímida en su voz, una ilusión de intimidad compartida-. Tengo una gris, super suave, te va a quedar larga y cómoda. Y huele a mí, a mi detergente, a...
-Podría -lo interrumpo, y mis dedos acarician la tela de la camisa azul marino-. Pero me gustan más estas.
Se la muestro. La camisa de Damián. La sostengo contra mi pecho, y el gesto, aparentemente inocente, es una declaración. Una traición. Un secreto que Samuel no puede descifrar.
-¿En serio te pondrás eso? -pregunta, y en su voz hay una nota de decepción apenas disimulada, de competición infantil-. Yo tengo una mejor. Te juro que es más suave. Y me queda genial, te va a quedar...
-Me gusta esta, niño -digo, y la palabra "niño" es un arma de doble filo, una caricia y una distancia al mismo tiempo.
Samuel me mira.
-Siempre haces lo que quieres -sonríe, pero es una sonrisa triste, rendida, enamorada.
-Siempre -respondo, y le devuelvo la sonrisa-. Porque soy la favorita.
La frase flota entre nosotros, cargada de un doble sentido que él no puede atrapar pero intuye.
-Detesto que lo seas -murmura, y me sigue escaleras arriba. Sus pasos resuenan detrás de los míos. Llegamos al pasillo de las habitaciones, la suya justo al lado de la mía.
-¡Vamos! -me detengo frente a mi puerta y me giro hacia él-. No lo digas como si fuera algo malo.
Apoyo un hombro contra el marco de madera. Él se detiene frente a mí, tan cerca que puedo sentir el calor que aún irradia su cuerpo después del chapuzón.
-Es que a veces creo que te quiere más a ti que a mí -confiesa, y su voz se quiebra en un lugar diminuto pero devastador-. Y yo soy su hijo legítimo. Y sin embargo, te mira como si tú fueras la hija que siempre quiso.
-Samuel -digo, y mi mano libre encuentra su brazo, un contacto breve, cálido, una promesa de consuelo-. Damián te ama. Te juro que te ama. Solo que... suele ser un idiota a la hora de demostrar sus sentimientos.
Él sonríe, una mueca triste que no llega a los ojos.
-Aunque se muera por decir lo que siente -continúo, y mi voz baja, se vuelve íntima, secreta-, se detiene. Siempre se detiene. Porque quiere seguir con esa armadura de hombre frío e indestructible. Como si mostrar el corazón fuera una debilidad. Como si abrirse lo volviera... vulnerable.
-Lo conoces muy bien -susurra Samuel, y hay admiración en su voz, pero también un dejo de celos que no sabe disimular.
-Mi padre es amigo suyo -explico, encogiéndome de hombros con una naturalidad estudiada-. Prácticamente me crié viéndolo como el tío malgeniado que llegaba a casa cada fin de semana. El que siempre tenía una arruga en el entrecejo, el que bebía su café solo y miraba el horizonte como si buscara algo que había perdido.
Samuel asiente, y por un momento su mirada se pierde en el pasado, en todos los fines de semana que no tuvo.
-¿Sabes? -dice, y su voz es un hilo- Creo que eso es lo que me faltó a mí. Verlo más seguido. Mi nacimiento coincidió con la peor época de su matrimonio. Mi madre y él ya se odiaban cuando yo llegué al mundo. Y ya ves, se divorciaron, cada uno se fue a un extremo del país, y apenas lo veía una vez al año. Como si yo fuera un trámite. Como si mi existencia fuera una cláusula en el acuerdo de separación.
-Pero ahora estás con él -digo suavemente-. Para recuperar el tiempo perdido.
-Ni tanto -responde, y sacude la cabeza con amargura-. Estos últimos cinco años aquí, viviendo bajo su techo, compartiendo su mesa, y nada ha cambiado. Sigo sintiéndome un extraño. Sigo sin saber qué piensa, qué siente, qué espera de mí. Es como vivir con un fantasma que ocupa mi casa.
-Lo hará -digo, y mi mano aprieta su brazo, un gesto de consuelo que quizás no debería permitirme-. Cambiará. Te lo prometo. A veces los hombres como él solo necesitan tiempo. Y tú, Samuel, tienes algo que él perdió hace años.
-¿Qué?
-Calor -susurro-. Luz. Eso que llevas dentro y que no puedes ocultar por más que lo intentes. Eso que te hace especial.
Él me mira. Sus ojos brillan con una humedad que no termina de caer. Y en ese brillo veo todo lo que no dice: gratitud, confusión, deseo, miedo, esperanza. Un torbellino de emociones que lo desborda y que él no sabe gestionar.
-Gracias, Val -murmura-. Por estar aquí. Por escucharme. Por ser...
Su voz se pierde. No encuentra las palabras. O quizás las encuentra pero no se atreve a decirlas.
-Siempre -respondo, y sonrío.
Él sonríe también. Esa sonrisa suya, amplia y cálida, la que ilumina cualquier rincón oscuro.
-Bueno -digo, apartándome suavemente-, mejor me meto a cambiarme o terminaré con un resfriado.
-¿Necesitas algo? -pregunta rápido, casi ansioso, como si buscara cualquier excusa para no terminar este momento-. ¿Una toalla más? ¿Un secador? ¿Quieres que te prepare un té mientras...?
-Gracias -lo interrumpo con una sonrisa-. Acepto el secador. Y podemos compartir una limonada mientras te ayudo con alguna tarea pendiente.
Él arruga el entrecejo, pero sus ojos brillan.
-Eso de "tarea pendiente" lo dices como si fuera tu obligación ayudarme cada vez que vienes.
-Es mi pretexto -sonrío, inclinando ligeramente la cabeza.
-¿Así que vienes solo a ayudarme porque mi papá te lo pide?
-No -mi voz baja un tono, se vuelve confidencial-. Vengo porque es mi excusa para no quedarme en casa aburrida. Amo este lugar -mis ojos recorren el pasillo, la luz que entra por la ventana, y vuelven a él- y tu compañía.
Miento. Pero la mentira está envuelta en suficiente verdad para que él la beba como agua fresca.
Él sonríe. Esa sonrisa suya, amplia y luminosa, la que ilumina cualquier rincón oscuro. La que me hace dudar, por un instante, de todo lo que estoy haciendo.
-Traeré el secador de cabello -dice.