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El Lamento De Mi Alma Perdida
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Capítulo 2

Renata POV:

Floté de regreso a esa mansión. Ese lugar al que una vez llamé hogar, aunque nunca sentí su calor. La casa era tan grande, tan lujosa, pero siempre estuvo vacía. Era un mausoleo envuelto en mármol y silencio, un espejo perfecto de mi propia vida. Nada me había dado allí más que un techo sobre mi cabeza.

Gabriel estaba en su estudio. Las luces de los focos de la mesa de trabajo proyectaban sombras afiladas en los contornos de su rostro, haciendo que sus rasgos parecieran aún más duros. Su mandíbula, tensa, y sus ojos, irritados, delataban su humor. Estaba furioso. Se movía sin descanso, golpeando el escritorio.

Consultó su reloj con impaciencia. Cinco minutos. Diez. Quince. Luego lanzó el teléfono sobre la mesa, con un sonido hueco y molesto. Intentó llamar de nuevo, pero nadie contestó. Por fin, harto, gritó, "¡Maldita sea!" Y colgó con la fuerza suficiente para que el aparato rebotara.

En un arrebato de rabia, barrió todo lo que había sobre el escritorio al suelo. Plumas, papeles, una taza de café a medio beber. Todo. Los objetos se dispersaron con un estruendo seco. Gabriel siempre había sido así. Explosivo. Con un temperamento que se encendía como la pólvora.

"¡Renata! ¿Dónde demonios te has metido ahora, mocosa insolente? ¡Te has vuelto tan rebelde!" Era mi nombre, pero no el mío. Era el nombre de un fantasma que había huido de las calles donde me habían dejado. Se quejó de que lo había borrado de mi teléfono. "¡Ni siquiera me tienes en tus contactos! ¡¿Qué clase de hermana eres?!"

Siguió con su rutina de destrucción, golpeando la mesa, maldiciendo al aire. "¡Que te den! ¡Ojalá te vayas y no regreses nunca! ¡Ojalá te mueras!"

Sus palabras me atravesaron. A pesar de todo, a pesar de estar muerta, una punzada de dolor helado se clavó en lo que quedaba de mi corazón. Era una sensación tan familiar, tan esperada, que casi me hizo sonreír con amargura. No pude contener la tristeza que afloró a mi alma, una tristeza que la muerte no había logrado borrar.

"Ya estoy muerta, Gabriel," susurré, aunque él no podía oírme. "Y aun así, tus palabras duelen más que el golpe que me quitó la vida."

El sol se ponía por la ventana, el último rayo de luz se desvanecía en el horizonte. Con él, sentí que la última chispa de calor que me quedaba también se extinguía. Dejé de ser una presencia triste, y me convertí en un eco congelado. La soledad era mi única compañera.

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