Renata POV:
"¡Gabriel, no seas tan duro con Renata! Quizás solo está enojada", Dijo Ximena, su voz era dulce como la miel, pero sus ojos brillaban con una malicia que solo yo podía ver. "Tal vez sea mi culpa, Gabriel. Siempre estoy aquí, ocupando tanto de tu tiempo. ¿Quizás Renata se siente desplazada?"
¡Qué farsante! Era una maestra del engaño, una actriz de primera clase. ¿Mi madre? Jamás habría sido tan calculadora. Gabriel, sin embargo, se tragaba cada una de sus palabras. "No digas tonterías, Ximena. Eres un ángel. Renata es la que siempre busca problemas."
Se volvió hacia mí, con los ojos inyectados en sangre. "Y tú, Renata, no tienes derecho a quejarte. Ximena es generosa. Te ha tolerado más de lo que nadie lo haría. Pero ya basta."
La bilis me subió a la garganta. Él no entendía nada. Nunca lo haría.
"El abogado de papá ha revisado el testamento," continuó Gabriel, su voz volviéndose fría y distante. "Ha decidido que la herencia se divida entre tú y Ximena." Mis ojos se abrieron con sorpresa. ¿Herencia? ¿Yo? ¿Ximena? Pero Gabriel no había terminado. "Pero, considerando tu estado mental, tu... inestabilidad, he decidido que no eres apta para manejar ninguna fortuna. Ximena será la única heredera."
Sentí náuseas. Un asco profundo me invadió. Quería gritar, quería huir, pero mi cuerpo etéreo era inútil. Estaba atrapada allí, forzada a escuchar.
"Papá, antes de morir," dijo Gabriel, su voz ahora era un susurro denso, "en sus últimos días de lucidez, pidió verme. Quería hablar de ti. Dijo que te había tratado mal, que se arrepentía. Me pidió que te cuidara, que te diera el amor que él no pudo darte."
¡Papá! ¿Papá se había arrepentido? Una mezcla de alivio y dolor me recorrió. ¿Por qué ahora? ¿Por qué no antes? ¿Por qué dejó que Gabriel lo impidiera?
La expresión de Gabriel se endureció aún más. "Le dije que estabas bien. Que no tenía por qué preocuparse. Que yo me encargaría de todo." Mi corazón se encogió. Siempre me había negado el perdón de papá. Siempre. "No merecías su perdón, Renata. No merecías su amor."
Ximena, a su lado, puso una mano en su hombro, fingiendo preocupación. "Gabriel, ¿no crees que eres demasiado duro con ella?"
Gabriel apartó su mano con brusquedad. "Papá era débil. Siempre lo fue. Se dejó consumir por la pena, por la culpa. Y tú, Renata, fuiste la causa de todo. La razón de su caída." Su voz se elevó. "Pero yo soy diferente. No soy débil. Yo pongo orden. Y tú, Renata, si no cambias, si no te comportas, perderás todo. Tu lugar en esta casa, tu herencia, todo."
Ximena bajó la cabeza. Pero vi el brillo en sus ojos, la ligera curvatura de sus labios. Una sonrisa de triunfo. Ella había ganado. Había conseguido todo lo que yo nunca tuve. Mi herencia, mi lugar en la casa, el amor de Gabriel.
Una rabia invisible ardía dentro de mí. Quería gritar, quería romperlo todo. Pero no podía. Mi alma estaba atada a ese lugar, a ese infierno. ¿Por qué? ¿Por qué no podía irme? Quizás quería ver cómo terminaba esta farsa. Quizás seguía esperando, tontamente, que Gabriel se diera cuenta del monstruo en el que se había convertido.
Gabriel volvió a su escritorio, despidiendo a Ximena con un gesto. Se sentó, encendió la lámpara que yo le había comprado, y reanudó su trabajo. Los segundos pasaban con el tictac del reloj en la pared. Mi tiempo se había detenido. El suyo seguía adelante, implacable.
Cuando Gabriel se levantó para irse, apagó la lámpara. La oscuridad me envolvió. Pero ya no sentía el frío físico. Solo la frialdad de su desprecio, que se había aferrado a mi alma. La muerte no me había liberado de eso.