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El Lamento De Mi Alma Perdida
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Capítulo 7

Renata POV:

Al principio, Ximena fue una falsa amiga. Me llamaba "hermanita" con una sonrisa empalagosa. Sus ojos, sin embargo, no mentían. Observó cómo Gabriel y papá me trataban, la indiferencia, el desprecio. Y entonces, comenzó su propio juego.

Empezó con pequeñas cosas. Escondía mis libros, rompía mis bolígrafos, manchaba mi ropa. Siempre con una sonrisa angelical, siempre con una excusa lista. "Lo siento, hermanita, fue un accidente." Pero sus ojos. Sus ojos eran fríos.

Al principio, yo quería ser su amiga. Le ofrecía ayuda con sus tareas, le compartía mis dulces. Ella me miraba con desprecio. "No necesito tu ayuda, Renata. Eres tan patética." Sus palabras eran como veneno.

El verdadero infierno comenzó en la escuela secundaria. Ximena ya había construido su pequeño imperio de popularidad. Era la niña bonita, la rica, la adorada de Gabriel. Todos querían estar con ella. Y ella, como una araña, tejió una red de intrigas a nuestro alrededor. No era feliz, lo sabía. Sus ojos siempre buscaban la aprobación, la envidia.

Un día, después de que yo obtuviera una mejor calificación que ella en matemáticas, me acorralaron en el baño. Ximena, con su séquito de chicas, me empujó contra la pared. No me golpearon donde se vieran las marcas. Estaba acostumbrada. Sus puños se estrellaron contra mis costillas, mis muslos, mi estómago. Ximena solo observaba, con esa sonrisa inocente.

"¿Por qué haces esto?", jadeé, sintiendo el dolor.

Ella se acercó, su voz un susurro venenoso. "Gabriel dice que eres un error. Que no mereces nada. Y yo, solo estoy ayudando a que te des cuenta de tu lugar."

Sabía que Gabriel me odiaba. Pero escuchar a Ximena decirlo, usarlo como excusa... eso dolía más que los golpes. Los ataques eran intermitentes, una tortura psicológica constante. Aprendí a esconderme, a ser invisible. Bajé mis calificaciones a propósito, para no destacar, para no darle motivos a Ximena. Dejé de esperar ayuda de Gabriel. Solo quería que me dejaran en paz.

Pero ese día, después del cumpleaños de Gabriel, al que no fui invitada, las cosas escalaron. Me rodearon en el pasillo, me empujaron al suelo. Patadas y puñetazos llovieron sobre mí. Me encogí, gimiendo de dolor.

"Si le cuentas a alguien, te irá peor," siseó una de ellas.

Ximena, apoyada en la pared, se limpió las manos con una toallita de alcohol. Su sonrisa era de hielo. "Eres tan inútil, Renata. Un estorbo. Un error."

Me arrastré a casa, magullada y rota. Gabriel estaba en la sala, con un vaso de whisky en la mano. Me miró, sus ojos se detuvieron en mis heridas, y luego se desviaron. "Ve a limpiarte. No quiero verte así." Ni una pregunta. Ni una palabra de preocupación. En ese momento, supe que estaba sola. Completamente sola. Y un odio frío y silencioso comenzó a crecer en mi interior. Dejé de llorar. Empecé a observar.

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